Martes, 28 de enero de 2014

Martes, 28 de enero de 2014

Memoria obligatoria de Santo Tomás de Aquino

Memoria de santo Tomás de Aquino, presbítero de la Orden de predicadores y doctor de la Iglesia, que, dotado de gran inteligencia, con sus discursos y escritos comunicó a los demás una extraordinaria sabiduría. Llamado a participar en el II Concilio Ecuménico de Lyon por el papa beato Gregorio X, falleció durante el viaje en el monasterio de Fossanova, en la región italiana del Lacio, el día siete de marzo, fecha en la que, años después, se trasladaron sus restos a la ciudad de Toulouse, en Francia (Martirologio Romano).

Semblanza

El Doctor Angélico

Muerte en Fosanova

Al poco tiempo de ser elegido papa, el beato Gregorio X convocó un concilio en la ciudad francesa de Lyon (Concilio II de Lyon). Invitado por el Papa, un fraile dominico se puso inmediatamente en camino, pero no llegó a su destino. Durante el camino cayó gravemente enfermo. Pide que le lleven al monasterio benedictino de Fosanova, a pesar de que su hermana quería cuidarle en su castillo de Severino, porque ‑según dijo el enfermo‑ es mejor que Dios me encuentre en casa de religiosos que de seglares.

Al saber cercana su muerte, hizo confesión general con su fiel fray Reginaldo de Piperno, que sin poder contener las lágrimas, exclamó: Dios mío… Los pecados de un niño de cinco años… En toda su vida, sólo unos pecadillos.

Después de ser ungido con la Santa Unción, de rodillas recibe al Señor en el Viático. El 7 de marzo de 1274, mientras los monjes cantaban a la Virgen la Salve, fray Tomás de Aquino entraba en la gloria de Dios.

En la Orden de Santo Domingo

Su vida comenzó en la fortaleza de Rocaseca, en el año del Señor de 1225. Hijo de Landelino de Aquino y de Teodora de Teate, era el menor de los doce hijos del matrimonio.

A los cinco años sus padres le enviaron a la escuela monástica de la Abadía de Montecasino, y lo primero que hizo fue preguntar al abad cómo era Dios. A lo largo de toda su vida no hará otra cosa que tratar de responder a esa pregunta, tratar de conocer más profundamente a Dios para amarle más.

Cuando tiene la edad de dieciocho años, estando en Nápoles, decide entrar en la Orden fundada por Santo Domingo. La oposición de su madre, ya viuda, que quería que su hijo menor fuera abad de Montecasino, es grande. Enterado Tomás de la reacción de su madre, decide salir presuroso hacia Roma con otros frailes. En Aquapendente es alcanzado por tres de sus hermanos. Y cuando le fuerzan a quitarse el hábito, fray Tomás se ciñe su capa al cuerpo para impedir que se lo arranquen y profanen, a la vez que dice: ¡Antes morir!

Encerrado en la fortaleza familiar de Rocaseca, sus hermanos deciden urdir una trama definitiva para que el benjamín de la familia desista de su propósito de seguir siendo fraile dominico. Introducen en la habitación a una joven elegante y provocativa. Tomás, corre hacia la chimenea, coge un tizón ardiendo y se lanza ‑con gesto amenazador‑ hacia la intrusa, que huye despavorida. Cierra la puerta de su aposento con cerrojos, y hace una cruz en la pared con el tizón ennegrecido y se postra ante la cruz pidiendo a Dios por intercesión de su Madre Purísima que le libre de toda impureza. A partir de aquel momento, se siente seguro y lleno de paz. En el sueño de la noche, dos ángeles iluminan su cuarto y le ciñen fuertemente el cíngulo que la Virgen le entrega en prenda de perfecta y vitalicia castidad. Nunca jamás sintió desordenados estímulos de la carne.

Estudios en París

Consigue salir de Rocaseca y se traslada a París. En el año 1248, en el recién erigido Estudio General de Colonia llegó Tomás de Aquino, ya estudiante profeso de la Orden de Santo Domingo. Comenzó a asistir a las clases que impartía un profesor, uno de los grandes sabios de la época: Alberto de Rengesburgo, que la Iglesia lo venera como santo: san Alberto Magno.

Los compañeros de fray Tomás al verle alto (1,90 m.), corpulento y taciturno, comenzaron a llamarle: Buey mudo de Sicilia. En una ocasión le tocó repetir la lección que san Alberto había explicado con una larga serie de intrincados argumentos. Lo hizo con tal acierto, que repitió todos los argumentos, y además, los esclareció con nuevas luces, ante el asombro de todos, lo que hizo pronunciar a fray Alberto la siguiente profecía: Fray Tomás, no parece usted un estudiante que contesta, sino un maestro que define. Vosotros llamáis a éste el buey mudo; pero yo os aseguro que este buey dará tales mugidos con su ciencia, que resonarán en el mundo entero.

Maestro y discípulo eran plenamente conscientes de uno de los más graves peligros de la época: la quiebra entre la Fe y la Razón, una quiebra tan profunda que algunos intelectuales pensaban que eran como dos líneas paralelas y, por lo tanto, los filósofos cristianos debían evitar a toda costa chocar con los teólogos, pues las conclusiones de éstos, si bien eran necesarias, no tenían por qué ser necesariamente verdaderas… Lo cual, evidentemente, vaciaba de contenido a la verdad.

Alberto y Tomás, pues, emprendieron la ardua tarea de evitar ese peligro bautizando la Filosofía, especialmente la de Aristóteles. Toda una labor capaz de dejar exhaustos a veinte eruditos.

Maestro

No tardó Tomás en convertirse él mismo en maestro, los discípulos empezaron a acudir a él desde toda Europa. Su madre, gozosa y siempre madre, acude al pontífice Inocencio IV para que le proponga a su hijo ‑sin dejar de ser dominico‑ el ser abad de Montecasino. Hay acuerdo: Rocaseca, Montecasino y el Papado, amigablemente lo concertaron. Pero fray Tomás prefiere estudiar y enseñar como simple fraile. Lo mismo había de contestar más tarde al papa Clemente IV cuando le ofreció el arzobispado de Nápoles; y a su confesor y secretario, fray Reginaldo, se lo confirmará: Ten por cierto que yo moriré de simple fraile.

Escribe obras filosóficas y teológicas, entre las que destacan la Summa Theologica y la Summa contra Gentiles, auténticas enciclopedias del saber que marcan la cumbre de la Escolástica.

Por deseo del papa Urbano IV, Santo Tomás redactó el Oficio y la Misa de la festividad del Corpus Christi. A él debemos también el himno eucarístico tan conmovedor del Adoro te devote.

Diversas anécdotas

Su vida es rica en anécdotas. En cierta ocasión, su hermana Teodora, que le había hospedado en su castillo de Maenza para que descansara, le preguntó: ¿Cómo seré yo santa? Y santo Tomás respondió con una sola palabra: Queriendo.

Estando un día recogido en oración en la capilla de San Nicolás de Nápoles, oyó la voz de Jesús Crucificado que le decía: Has escrito muy bien de Mí, Tomás. ¿Qué recompensa quieres de Mí por tu trabajo? La respuesta del Santo no se hizo esperar:   Señor, no quiero ninguna cosa, sino sólo a Ti.

En el mismo lugar, en la fiesta del santo titular de la capilla, san Nicolás, día 6 de diciembre del año 1273, mientras celebraba la Santa Misa, tuvo una visión. A partir de aquel día no volvió a escribir ni a dictar. Interrogado por fray Reginaldo, su confesor, el motivo por el cual no escribe, santo Tomás respondió: No puedo, no puedo. Todo lo que he escrito es paja en comparación con lo que Dios me ha hecho ver.

La mejor lección de obediencia en la vida religiosa la dio en las calles de Bolonia. Había ido y presenciado el traslado de los restos de santo Domingo al lugar de su actual sepulcro (año 1267). Paseaba por el claustro, cuando un fraile de otro convento que no le conocía le pide que le acompañe a la ciudad. El prior le había dicho que lo hiciera por su mandato con el primer hermano que encontrara. Tomás no dudó. El fraile tenía prisa y recriminaba por la calle a fray Tomás que no fuera tan deprisa como él. La gente al verlo cansado, verdaderamente fatigado, detiene al fraile y le dicen: ¡Pero mira, no le hagas correr, que es fray Tomás!… Al darse cuenta de su falta, pide mil perdones a fray Tomás. Éste se contentó con decir: En la obediencia está la perfección religiosa.

En otra ocasión, un religioso de su misma Orden le dijo en broma: ¡Eh, hermano Tomás, venga a ver volar un buey! Y santo Tomás fue a mirar por la ventana, ante la risa del bromista. La réplica de Tomás fue: Prefiero creer que puede volar un buey, a que un religioso pueda mentir.

Sabio y santo

En el mismo instante de su  muerte, su antiguo  maestro, san Alberto Magno, ve en su convento a fray Tomás en brazos de Santa María entrar en el Cielo y lo anuncia lloroso: Ha muerto fray Tomás, flor del mundo y luz de la Iglesia.

Su doctrina permanece, continúa iluminando. Impresionante es el elogio que hace de santo Tomás el cardenal Bassarión en plena época del Renacimiento: Santo Tomás es el más santo entre los sabios y el más sabio entre los santos. Elogio que reitera el papa Pío XI, ya en el siglo XX.

Desde la suprema cátedra de San Pedro, los Romanos Pontífices claman a voz en grito: Id a Tomás cuantos suspiráis por la verdadera ciencia teológica que conduce al conocimiento de Dios.

Los papas, unánimes, le proclaman: Doctor Común, Doctor Universal, Doctor de la Iglesia, Doctor Angélico, Doctor Eucarístico, Patrono de Universidades, Liceos, Institutos y Escuelas Católicas.

Sixto V hizo pintar una imagen suya en la Biblioteca Vaticana con la pluma en la mano derecha y el sol en el pecho irradiando rayos de luz sobre la Iglesia que sostiene en la izquierda, y esta inscripción: Los escritos de santo Tomás son aprobados por Cristo crucificado. Allí se le contempla junto a la Cruz. Bien se entiende aquella afirmación de santo Tomás: Mi libro es el Crucifijo.

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