Viernes, 7 de febrero de 2014

Viernes, 7 de febrero de 2014

Beato Pío IX

En Roma, beato Pío IX, papa, que proclamó la verdad de Cristo, a quien estaba íntimamente unido. Instituyó muchas sedes episcopales, promovió el culto de la santísima Virgen María y convocó el Concilio Vaticano I (Martiroligo Romano).

Semblanza

El Papa de la Inmaculada

El protagonista del más largo pontificado

El 17 de enero de 1978 el arzobispo de Cracovia, cardenal Wojtyla, escribió una carta pastoral con motivo del centenario de la muerte del papa Pío IX. Su largo pontificado -decía del último Papa Rey-, durante el cual gobernó la Nave de San Pedro con espíritu de fe intrépida y de gran caridad, tiene mucho que decir a los hombres de nuestro siglo. Somos testigos de una lucha entre el Espíritu de Cristo y el “espíritu de este mundo”, que trata con todas sus fuerzas de apoderarse del alma y del cuerpo del hombre contemporáneo.

El pontificado de Pío IX fue rico en acontecimientos. Entre ellos sobresalen: la definición del Dogma de la Inmaculada Concepción; la publicación de la encíclica Quanta cura, con su anexo designado Syllabus; el destierro del Papa a Gaeta; la celebración del Concilio Vaticano I, en el que se definió la infalibilidad pontificia; el fin de los Estados Pontificios.

El protagonista principal de estos hechos, Juan María Mastai-Ferreti, había nacido el 13 de mayo de 1792, en Senigallia (antes, Sinigaglia), provincia de Ancona. A los 17 años recibe la tonsura. Su vocación al sacerdocio va madurando, y el 10 de abril de 1819 recibió la ordenación sacerdotal. Cuatro años después viaja a Chile, al ser nombrado auditor del Delegado Apostólico en aquel país. En 1825 regresa de América, dando por acabada su breve, aunque interesante, participación en la diplomacia pontificia.

El 24 de abril de 1827 León XII lo nombró obispo de Spoleto. Sólo tenía 35 años de edad. Su episcopado se caracterizó por el celo por la formación del clero, el empeño en regularizar la vida de los monasterios y el impulso por mejorar la moralidad del pueblo. Recorrió toda la diócesis en visita pastoral y se distinguió de modo particular en la asistencia de las víctimas del terremoto ocurrido al principio del año 1832. En febrero de 1832 Gregorio XVI le trasladó a la sede de Imola, donde también destacó por su amor al pueblo.

En el consistorio del 14 de diciembre de 1840 es creado cardenal del título de los Santos Pedro y Marcelino. Muerto Gregorio XVI el 1 de junio de 1846, Juan María Mastai-Ferreti se trasladó a Roma para participar en el cónclave.

Elegido para la Sede Romana

En la tarde del 16 de junio, después del cuarto escrutinio, el cardenal Mastai-Ferreti, que era el escrutador encargado de leer los votos emitidos, leyó su nombre hasta treinta y seis veces. Tenía tres votos más de los requeridos para ser papa. Se resistía a cargar sobre sus hombros el enorme peso del Pontificado, pero aceptó, al fin, con lágrimas en los ojos. He aquí a tu indigno siervo. Hágase tu voluntad, dijo al aceptar. Tomó el nombre de Pío IX.

Al notificar a sus hermanos su elevación a la Sede de San Pedro, escribió: El buen Dios que humilla y exalta se ha dignado elevarme de la nada a la más sublime dignidad del mundo. ¡Cúmplase siempre su santísima voluntad!… Lejos de regocijaros, tened compasión de vuestro hermano que os da a todos su bendición apostólica.

Destierro en Gaeta  

La elección de Pío IX fue bien acogida por las tendencias liberales. Incluso algunos llegaron a calificarle de liberal, pero el pretendido liberalismo del Papa se reducía en la práctica a una gran libertad de espíritu que le incitaba a pensar que más valía desarmar el espíritu revolucionario con la dulzura que tratar de doblegarlo por la fuerza, sobre todo cuando el soberano es al mismo tiempo sacerdote.

Con la tiara, a Pío IX se le vino encima todos los problemas que tuvo su predecesor Gregorio XVI. La extraordinaria popularidad que gozó al comienzo de su pontificado fue decreciendo a medida que el mito de papa liberal iba dando paso a la realidad.

Al declarar el Piamonte la guerra al Imperio Austríaco, el movimiento revolucionario instaba al Romano Pontífice que se uniera a la Casa de Saboya contra Austria. El 27 de abril de 1848 llegó a Roma, enviado por el rey Carlos Alberto, el conde Rignon para pedir a Pío IX apoyo material y moral para la guerra que los italianos tenían contra los austríacos. El Papa, pese a su simpatía por la causa italiana, considerando que la intervención militar que se le pedía era incompatible con su misión religiosa, respondió: Si todavía pudiera firmar por Mastai-Ferreti, tomaría la pluma y en pocos minutos estaría hecho, porque yo también soy italiano. Pero me toca firmar como Pío IX, y la cabeza de la Iglesia debe ser ministro de paz, y no de guerra. Dos días después declaraba que, dada su condición de pastor supremo y jefe de una religión que sólo quiere la paz y la concordia, no podía declarar la guerra a una nación cuyos ciudadanos eran hijos espirituales suyos. Fiel a las obligaciones de Nuestro supremo apostolado -dijo-, Nos abrazamos a todos los pueblos y a todas las naciones en un idéntico sentimiento de paternal amor.

Esta negativa de Pío IX trajo como consecuencia la ruptura definitiva de la implícita tregua entre los revolucionarios y el Papa. El día 15 de noviembre de 1848, el conde Pellegrino Rossi, Primer Ministro constitucional de Pío IX, era asesinado. Al día siguiente los revolucionarios se amotinaron ante la residencia  del Papa, el Quirinal. Ante lo insostenible  de la situación Pío IX, disfrazado como un simple eclesiástico, salió de Roma para refugiarse en Gaeta. El 9 de febrero de 1849, una asamblea constituyente proclamó la República Romana.

Pocos meses más tarde, el 3 de julio, el general francés Oudinot se apoderó de Roma mientras que los ejércitos de otras potencias ocupaban el resto de los Estados Pontificios, poniendo fin a la efímera República. El 12 de abril de 1850 volvió Pío IX a la Urbe.

El dogma de la Inmaculada

El hecho de mayor gloria del pontificado de Pío IX fue la definición dogmática de la Inmaculada Concepción.

A raíz de la aparición de la Virgen a Catalina Labouré en 1830, muchos obispos solicitaron a la Santa Sede la introducción de la palabra Inmaculada en el prefacio de la fiesta de la Concepción de la Virgen. Más adelante, las solicitudes eran para que fuese definida como dogma de fe la doctrina referente a la Concepción Inmaculada de María. Con el advenimiento de Pío IX las peticiones fueron creciendo.

Desde su destierro en Gaeta, el día de la fiesta de la Purificación de 1849, el Papa rogaba a todos los obispos que rezasen por la definición y diesen su dictamen acerca de la oportunidad de ésta. Las respuestas recibidas fueron favorables. Fue entonces cuando Pío IX encargó la redacción de la bula Ineffabilis Deus acerca de la Concepción Inmaculada de la Virgen María a monseñor Pacifici. Éste, una vez concluido su trabajo, rogó al Papa que le firmase una copia de dicha bula, con la cual quiso que le enterrasen para que le sirviese de pasaporte para el Cielo.

El 8 de diciembre de 1854, en la Basílica de San Pedro, Pío IX leyó la bula Ineffabilis Deus con voz clara y sonora, pero su emoción era tan grande que tuvo que detenerse hasta en tres ocasiones. Declaramos, pronunciamos y definimos que la doctrina que sostiene que la Beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de pecado original en el primer instante de su concepción; por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús, Salvador del género humano, ha sido revelada por Dios y debe ser, por tanto, firme y constantemente creída por todos los fieles.

Durante los días siguientes todo el mundo católico estuvo de fiesta. Esta definición dogmática fue, sin duda, el golpe más fuerte que Pío IX asestó al Infierno.

Condena de las falsas doctrinas

Pío IX era consciente de las tempestades y borrascas que amenazaban a la barca de Pedro, y a él le tocaba llevar el timón. No se hacía ilusiones con tiempos de bonanza. Sabía que la Iglesia, desde el principio había sufrido persecuciones. En una audiencia pública preguntó a un seminarista: ¿Cuántas son las notas del Iglesia?  El seminarista respondió: Cuatro: la Iglesia es una, santa, católica y apostólica.  Son cinco -dijo el Papa-; ¿cuál falta? El seminarista no supo contestar. Entonces Pío IX dijo: La Iglesia perseguida. ¿No te acuerdas de las palabras de Cristo? “Si me persiguieron a mí, también os perseguirán a vosotros a causa de mi nombre”.

Pío IX, como buen timonel, supo conducir la Iglesia a través del oleaje de este mundo. Nunca dejó de condenar los principales errores y las falsas doctrinas surgidas en su época. Doctrinas que llevaban a la instauración de una sociedad oficialmente no cristiana, fundada en ideas agnósticas. Para defender el sagrado depósito de la fe, Pío IX publicó en 1864 la encíclica Quanta cura con el anexo denominado Syllabus.

Con este documento condenaba: el racionalismo, que postula especialmente para la Filosofía y la Teología una independencia absoluta en relación con el Magisterio eclesiástico, e incluso llega a negar la divinidad de Jesucristo; el galicanismo, que exige una sanción del poder civil para el ejercicio de la autoridad eclesiástica; el estatismo, que apunta hacia el monopolio de la enseñanza y suprime las órdenes religiosas; el socialismo, que pretende someter totalmente la familia al Estado; la doctrina de los economistas, que consideran la organización de la sociedad como no teniendo otro objeto que la adquisición de las riquezas; el indiferentismo, que considera que todas las religiones son válidas; y, sobre todo, el naturalismo, que considera como un progreso el que la sociedad esté constituida y gobernada sin tener en cuenta la religión y reivindica como un ideal la laicización de todas las instituciones.

También se repudiaban el panteísmo, la francmasonería, el liberalismo, el jurisdiccionalismo, el comunismo, las falsas doctrinas sobre las relaciones de la Iglesia y del Estado, y las erróneas concepciones morales sobre el matrimonio cristiano.

Con estos documentos, Pío IX trataba de mantener incólume la doctrina de la fe frente al agnosticismo y la irreligiosidad propugnados por la llamada ciencia moderna, negadora de Dios y cuya fragilidad el paso del tiempo se ha encargado de demostrar.

El Concilio Vaticano I

Otro hito importante del pontificado de mayor duración de la historia fue la celebración del Concilio Vaticano I.

Con la bula Aeterni Patris, fechada el 29 de junio de 1868, Pío IX convocaba un concilio ecuménico. A todos es notoria y manifiesta la horrible tempestad que hoy conmueve a la Iglesia, y los muchos y grandes peligros que afligen también a la sociedad civil… Siguiendo las huellas de nuestros predecesores, hemos creído oportuno reunir en Concilio General -lo que largo tiempo deseábamos- a todos los Venerables Hermanos Prelados de todo el orbe católico, llamados a tomar parte de nuestra solicitud. Así se expresaba el Papa en la citada bula. Y el 8 de diciembre de 1869, la fecha prevista, se celebró la sesión inaugural.

El Concilio aprobó dos constituciones de gran trascendencia: la Dei Filius y la Pastor Aeternus. En la primer se hacía una exposición densa y luminosa de la doctrina católica sobre Dios, la revelación y la fe. Proclamaba la existencia de un Dios personal, libre, creador de todas las cosas y absolutamente independiente del mundo material y espiritual que ha creado, a la vez que enseñaba que ciertas verdades religiosas -principalmente la existencia de Dios- podían ser conocidas con certeza por la luz natural de la razón humana. También recordaba el carácter razonable de la fe católica. La mostraba ante todo como una adhesión libre y un don de la gracia divina, y cómo la Iglesia guardiana del depósito de la fe, lleva en sí misma la garantía de su origen divino. También delimitaba las esferas respectivas de la fe y de la razón, y recordaba que un desacuerdo aparente entre la ciencia y la religión no puede proceder sino de un error sobre la doctrina preconizada por ésta o de una falsa idea sobre las conclusiones de aquélla. Y en la segunda, la Pastor Aeternus, se confirmaba la unidad absoluta de la Iglesia bajo la autoridad suprema e indiscutible del Romano Pontífice, y se definía el Dogma de la Infalibilidad del Papa cuando habla ex cathedra.

La anexión de Roma y provincias adyacentes al Reino de Italia hizo que Pío IX declarara el 20 de octubre de 1870 suspendido el Concilio sine die, pues en aquellas circunstancias no se podía celebrar libre, seguro y tranquilo.

Pérdida de los Estados Pontificios

Pío IX fue el último Papa soberano de los Estados Pontificios. Cuando Víctor Manuel II, rey del Piamonte, emprendió la tarea de la unificación de Italia, pidió al Papa que otorgarse a los habitantes que aún permanecían bajo la soberanía pontificia los mismos derechos que disfrutaban los ciudadanos piamonteses, y la aceptación, como hecho consumado, de la anexión por parte del Piamonte de algunos territorios de la Iglesia. Pío IX rechazó la petición por considerar imposible ceder. En carta dirigida al emperador francés, Napoleón III, explicaba su postura: Basta para convencerse de esta imposibilidad, pensar en mi situación, en mi carácter sagrado y en los derechos de la Santa Sede, derechos que no son los de una dinastía, sino de todos los católicos. Las dificultades son insuperables porque yo no puedo ceder en lo que no me pertenece.

Pío IX estaba convencido que una de sus obligaciones era defender la soberanía de los Estados Pontificios. Pero el cumplimiento de este deber le suponía un gran sacrificio. Una vez le dijo al general pontificio Kanzler: Defenderé el poder temporal de la Iglesia hasta la muerte, pero es una verdadera lata. Y cuando el 7 de septiembre de 1870, Víctor Manuel II, de la Casa de Saboya, anunció su propósito de ocupar Roma, el Papa contestó en estos términos: Yo bendigo a Dios, que ha permitido que Vuestra Majestad colme de amargura el último período de mi vida. Por lo demás, no puedo admitir las exigencias contenidas en vuestra carta, ni asociarme a los principios que contiene. Invoco de nuevo a Dios, y pongo en sus manos mi causa, que es enteramente la suya y le ruego que conceda a Vuestra Majestad la misericordia que os es necesaria.

Tres semanas después, el 20 de septiembre, el ejército del Piamonte, al mando del general Cadorna, entraba en Roma por la Puerta Pía casi sin resistencia. Pío IX había ordenado hacer sólo la necesaria para mostrar que la ocupación era violenta. Kanzler fue el encargado de capitular. Pío IX dijo, en histórica frase: El Papa es prisionero de Víctor Manuel. Desde aquel momento, recluido en el Vaticano, se consideró despojado de la necesaria independencia territorial para gobernar con libertad la Iglesia.

Muerte del Papa

Un mes antes de su muerte, Pío IX realizó un acto sublime de caridad: el de enviar un prelado al moribundo rey Víctor Manuel II de Italia para que pudiera reconciliarse con Dios en la hora postrera, ya que con la ocupación de Roma había incurrido en la pena de excomunión. Y cuando el Papa ya se encontraba en sus últimas horas, postrado en el lecho, uno de los prelados que le asistían le preguntó qué era lo que en aquella hora suprema pensaba. El moribundo Pontífice respondió: Mira: estoy contemplando dulcemente los quince misterios que adornan las paredes de esta sala que son otros tantos cuadros de consuelo. ¡Si vieses cómo me animan! Contemplando los misterios de gozo, no me acuerdo de mis dolores; pensando en los de la cruz, me siento confortado en gran manera, pues veo que no voy solo en el camino del dolor, sino que delante de mí va Jesús; y cuando considero los de gloria, siento una gran alegría, y me parece que todas mis penas se convierten en resplandores de gloria. ¡Cómo me consuela el rosario en este lecho de muerte!

Después, dirigiéndose a todos los que le rodeaban, dijo: Es el rosario un evangelio compendiado y dará a los que lo rezan los ríos de paz de que nos hablan la Escritura; es la devoción más hermosa, más rica en gracias y gratísima al corazón de María. Sea éste, hijos míos, mi testamento para que os acordéis de mí en la tierra.

Una figura controvertida

El 7 de febrero de 1878 muere Pío IX. Su figura pasa a pertenecer a la historia. Una figura controvertida. Sus adversarios lo consideran débil y mediocre, e incluso, un autócrata vanidoso. Pero este juicio es profundamente injusto. Es verdad que fue un hombre irresoluto y vacilante en política, pero la verdadera dimensión de Pío IX es la sacerdotal, y aquí siempre se mostró firme y tenaz en la defensa de los intereses religiosos, afrontando las tempestades sin que le temblara el pulso.

No desprovisto de inteligencia, Pío IX era, sin embargo y ante todo, un emotivo; un hombre de gran amplitud de espíritu, de un corazón más grande todavía, y que se deja llevar por los impulsos más que por su juicio. Pero sus impulsos son grandes, nobles, universales. Un hombre que se crecía a la hora de afrontar las situaciones difíciles cuando creía con ello servir a los intereses de la Iglesia. Servir a la Iglesia fue su única ambición, que se arraigaba en una fe profunda y en una ardiente piedad. Siempre puso su total confianza en Dios y  no adoptaba ninguna decisión importante sin antes invocar a la Virgen a la que amaba intensamente.

Vida de piedad

También era muy devoto de san José, al que declaró Patrono de la Iglesia y cuya fiesta extendió a toda la Iglesia universal. En una ocasión un pintor recibió de Pío IX el encargo de pintar un cuadro de la Coronación de la Virgen. La pintura la representaría en la Gloria siendo coronada por las tres Divinas Personas y rodeada de ángeles y santos. Al presentarle el pintor el diseño, Pío IX lo examinó detenidamente, y dijo al artista: Bien, pero no veo a san José. Replicó el pintor que lo pondría en sitio destacado entre los santos, sobre las nubes del Cielo. Entonces el Papa, señalando con el dedo a Jesucristo y a la Virgen dijo de modo categórico: Nada de eso. Es allá, al lado de Jesús y de su Madre, y únicamente allá, donde debéis poner a san José.

Su piedad se manifestó en el tiempo que dedicó al rezo. Escrupulosamente fiel a su meditación diaria, gustaba recitar su breviario de rodillas, rezar largamente ante el Santo Sacramento y entrar en las iglesias en el curso de sus paseos.

Humildad y sencillez

Era humilde y sencillo. A veces bromeaba a cuenta de la fama de santidad que le atribuían los fieles católicos, y contó en una ocasión que para no llenarse de vanidad con los aplausos que le dedicaban en la Basílica de San Pedro cuando entraba en la silla gestatoria procuraba distraerse mirando la calva del embajador francés, monsieur Sartiges.

Muestra de su sencillez es el siguiente hecho. En 1871, Pío IX recibió en audiencia privada a don Bosco, que tenía fama de santidad y, durante la entrevista, le preguntó si ya tenía licencias para confesar en Roma. No, Santo Padre. A menos que Vuestra Santidad me las conceda… Pues bien, concedidas -dijo el Papa-. Así podrá usted confesarme. Y el Vicario de Cristo se hincó de rodillas, ante el estupor del fundador de los Salesianos.

Su vida, que no cambió con la elección al Pontificado, constituía un alto ejemplo viviente de sacrificio y de virtud. A las cinco de la mañana se levantaba del lecho y él mismo se afeitaba y se vestía sin ayuda alguna. Dedicaba dos horas enteras a la oración matinal, Misa y acción de gracias. De ocho a nueve dictaba órdenes de carácter urgente y a las nueve tomaba un modesto desayuno, tras el cual se entretenía en despachar la correspondencia y en atender a los cardenales o prefectos de las distintas congregaciones. Almorzaba a las doce, después de dar un breve paseo por los jardines del Vaticano, y terminado el almuerzo solía rezar el rosario y el breviario, paseando por los jardines del Palacio apostólico o por las vastas galerías del mismo. A las cinco comenzaba de nuevo a trabajar o a conceder audiencias hasta la nueve. Cenaba muy frugalmente, rezaba el Oficio y se retiraba a descansar.

Utilizaba muebles sencillos. Su espíritu de sacrificio le llevaba a disimular los molestos sufrimientos de las piernas y a la utilización de algunas disciplinas corporales. Fue caritativo en extremo, daba a manos llenas el dinero que los fieles le entregaban.

En 1858, el obispo de Nimes, a su vuelta de Roma, trazó el siguiente retrato de Pío IX: Su cabeza, regular en sus rasgos, noble en su conjunto, se distingue sobre todo por un rostro lleno de dulzura y del que emana la más suave bondad. Nada tan límpido y benevolente como su mirada; nada tan paternal y amable como su sonrisa. En su voz, no carente de fuerza, hay un acento de ternura admirable. Se siente, tanto por las palabras como por el aspecto de su figura, que lleva en su corazón un inmenso tesoro de amor.

Y como buen pastor iba tras las ovejas descarriadas, empleando diversos métodos, pero todos con la finalidad de recuperar a las almas extraviadas, como el siguiente caso. Ernesto Renán fue llamado el blasfemo de Europa. Este historiador y filósofo francés era un hombre de extraordinaria cultura, pero había perdido la fe católica y la atacó en términos terribles. Escribió un libro titulado Vida de Jesús nada reverente con la figura amabílisima de Nuestro Señor. Pues bien, durante muchos años Pío X hizo que todos los días llegase a casa de Renán una carta que consistía en una simple hoja de papel en medio de la cual estaban escritas siempre las mismas palabras: Hay un infierno.

En otra ocasión, habiéndose confesado un hombre con Pío IX, el penitente se resistía a aceptar la penitencia. Entonces el Papa le regaló un anillo de oro con esta inscripción: Recuerda que has de morir, imponiéndole la obligación de repetir estas palabras cada vez que sus ojos se cruzaran con el anillo. El hombre quedó muy contento; pero la idea de la muerte acabó por convertirle de veras, e hizo penitencia de sus pecados.

El decreto de virtudes heroicas

El 6 de julio de 1985 la Santa Sede promulgó el decreto de la Congregación para las Causas de los Santos sobre las virtudes heroicas del Siervo de Dios Pío IX, cuyo comienzo es: “El gran Sacerdote, que durante su vida apuntaló la casa y en sus días fue consolidado el templo” (Si 50, 1).  Este elogio de Simón, hijo de Osías, muy bien conviene a Pío IX, Sumo Pontífice, que durante largos años gobernó y guió la Iglesia de Cristo.

Más adelante dice el citado decreto: En su tarea de gobernar, tanto la energía y la inteligencia relucieron. Y en verdad no se abstuvo de ningún trabajo ni vigilia en virtud de su importante cargo. Publicó abundantes e importantes documentos en su misión magisterial. Siempre atento a la pureza de la fe, expuso la doctrina de la verdad divina con fidelidad suma.

Además de trabajar mucho, su sufrimiento fue enorme, hasta tal punto que le son aplicables en grado total estas palabras del Evangelio: “El Buen Pastor entrega su alma a sus ovejas” (Jn 10, 11).

Después de su muerte, su sucesor en la Sede de San Pedro, León XIII, con palabras apropiadas hizo elogio de su inmediato predecesor en su primera alocución (13 de mayo de 1878): “La debilidad de nuestras fuerzas para llevar tanta responsabilidad era en él desigual y su fuerza parecía tanto mayor cuanto más ilustre y célebre era. Como realmente aquel insigne rector del rebaño de los católicos luchara a favor de la verdad y de la justicia con su siempre  infatigable espíritu, fue un modelo de cómo desempeñar con grandes trabajos el gobierno de la Cristiandad, y no sólo engrandeció la Sede Apostólica con el esplendor de sus virtudes, sino también hasta tal punto elevó la Iglesia universal con su amor y admiración que de la misma forma que había sido superior a todos los obispos romanos en la larga duración de su pontificado, así importa conocer los amplísimos testimonios de veneración y complacencia del pueblo en comparación con los demás”.

Juan Pablo II beatificó a Pío IX el día 3 de septiembre de 2000, Año Santo del Gran Jubileo.

 

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