Sábado, 8 de febrero de 2014

Sábado, 8 de febrero de 2014

Memoria libre de san Jerónimo Emiliani

San Jerónimo Emiliani, que en su juventud se dejó llevar por la cólera y la lujuria, pero tras ser encarcelado por sus enemigos se convirtió a Dios, entregándose al cuidado de los más necesitados, especialmente los huérfanos y enfermos. Junto con los compañeros que logró reunir, dio inicio a la Congregación llamada de los Clérigos Regulares de Somasca, y tiempo después, mientras atendía a los enfermos en estas misma población de Somasca, cercana a Bérgamo, en la región italiana de Lombardía, contrajo la pesta y falleció piadosamente (Martirologio Romano).

Memoria libre de santa Josefina Bakhita

Santa Josefina Bakhita, virgen, nacida en la región de Darfur, en Sudán, que, siendo aún niña, fue raptada y vendida en diversos mercados africanos de esclavos, sufriendo dura cautividad. Al obtener la libertad, abrazó la fe cristiana e ingresó en el Instituto de Hijas de la Caridad (Canosianas), y pasó el resto de su vida en Schio, en el territorio italiano de Vicenza, entregada a Cristo y al servicio del prójimo (Martirologio Romano).

Semblanza

La Madre Morenita

Una sudanesa en el ábside de la catedral de El Obeid

En el ábside de la catedral de El Obeid, capital de Kordofan (Sudán) se ve un enorme fresco de Santa María Reina, que muestra a África el Hijo que lleva en su seno. A los dos lados se ve de rodillas a dos grandes figuras, una de mujer y otra de hombre, intercediendo por aquella tierra. Son precisamente santa Josefina Bakhita, hija de esa tierra, primero esclava y después religiosa canosiana, y el beato Daniel Comboni, apóstol de África, que precisamente en ese lugar fundó una misión, una colonia antiesclavista.

La santa sudanesa es una flor africana que conoció las angustias del secuestro y de la esclavitud y que se abrió admirablemente a la gracia en Italia, junto a las hijas de santa Magdalena de Canosa. En ella encontramos (…) un testimonio eminente del amor paternal de Dios y un signo esplendoroso de la perenne actualidad de las bienaventuranzas, dijo el beato Juan Pablo II en el día de su beatificación.

La historia de Bakhita es uno de los numerosos ejemplos de la trata de esclavos. Fue capturada por negreros árabes a la edad de nueve años, vendida en subasta como esclava, maltratada y vendida más de cinco veces en mercados de esclavos de Sudán, cambiando de dueño, como se hace con los animales.

Infancia y secuestro

No se conocen datos exactos de su nacimiento. Se dice que hacia 1869 nació en el pueblo de Olgossa, en la región de Darfur, al Oeste de Sudán. Pertenecía a la tribu nubia. Sus padres eran paganos, y es de suponer que practicaban las religiones tradicionales en las que el culto a los antepasados, estrechamente unidos a su familia terrena, era el centro de toda la vida religiosa y social de la tribu. Bakhita creció junto a sus padres, tres hermanos y dos hermanas, una de ellas su gemela.

Por las poblaciones de la región de Darfur, árabes dedicados a la trata de esclavos hacían incursiones periódicas entre las tribus negras de África Central y especialmente entre los nubios del oeste para someterlos a la esclavitud.

La tribu de Bakhita, con frecuencia, era cruelmente sorprendida por estas incursiones de negreros esclavistas. Cuando tenía unos siete años, contempló impotente cómo raptaban a su hermana mayor y a otros miembros de su aldea, para venderlos como esclavos. La captura de su hermana por los negreros que llegaron a Olgossa, marcó mucho el resto de la vida de Bakhita, tanto así que más adelante escribiría: Recuerdo cuánto lloró mamá y cuánto lloramos todos.

Dos años después, le tocó a ella. En su biografía contó su propia experiencia del secuestro, aquel encontrarse con los buscadores de esclavos. Cuando aproximadamente tenía nueve años, paseaba con una amiga por el campo y vimos de pronto aparecer a dos extranjeros, de los cuales uno dijo a mi amiga: “Deja a la niña pequeña ir al bosque a buscarme alguna fruta. Mientras tú puedes continuar tu camino, te alcanzaremos dentro de poco”. El objetivo de ellos era capturarme, por lo que tenían que alejar a mi amiga para que no pudiera dar la alarma. Sin sospechar nada obedecí, como siempre hacía. Cuando estaba en el bosque, me percaté que las dos personas estaban detrás de mí, y fue cuando uno de ellos me agarró fuertemente y el otro sacó un cuchillo con el cual me amenazó diciéndome: “Si gritas, morirás. ¡Síguenos!” Y fue forzada a caminar durante varios días.

El nombre de Bakhita

Bakhita no es el nombre recibido de sus padres al nacer. Se le puso este nombre cuando fue secuestrada. Los dos hombres que la secuestraron le dijeron: Tu nombre, de aquí en adelante, es Bakhita. Tan grande fue el terror y fuerte la impresión de aquellos instantes que se le borró de su memoria hasta su propio nombre y el del lugar donde nació. Tan grande fue el vacío que se produjo en su memoria que nunca llegó a recordar su verdadero nombre. Sus raptores la apodaron Bakhita, que en su dialecto equivale a Fortunata o Beata, quizás al ver su especial carisma.

El cambio de nombre, por parte de los comerciantes de esclavos, era una estrategia de uso común y tenía sin duda una lógica. La intención era llevar a la víctima a olvidar sus raíces y el ambiente de la propia familia. Era un triunfo más en la mano de los raptores: quien da el nombre a alguien, se vuelve su dueño.

El papa beato Juan Pablo II, en la homilía de la Misa de la beatificación, hizo referencia al nombre. El nombre de Bakhita -como la habían llamado sus secuestradores- significa Afortunada, y así fue efectivamente, gracias al Dios de todo consuelo, que la llevaba siempre como de la mano y caminaba junto a ella.

En los mercados de esclavos

En el año 1873 fue prohibida oficialmente la trata de esclavos en Sudán que por entonces se encontraba bajo el dominio turco-egipcio. Pero aquella ley prohibitiva de la esclavitud era letra muerta, siendo violada por las mismas autoridades locales.

Por aquellos años, para liberar a los nativos de las atrocidades de la esclavitud, Daniel Comboni, decidido luchador contra la trata de esclavos, fundó una misión y estableció una colonia antiesclavista en El Obeid, emporio de los negreros. A pesar de estos intentos, la esclavitud era una triste realidad aceptada en Sudán. En los mercados esclavistas, que continuaban funcionando sin ninguna traba, se comerciaba con la mercancía humana.

Bakhita, raptada por negreros cuando aún era niña y vendida varias veces en los mercados africanos -dijo el beato Juan Pablo II en la citada homilía-, conoció las atrocidades de una esclavitud que dejó en su cuerpo señales profundas de la crueldad humana. A pesar de estas experiencias de dolor, su inocencia permaneció íntegra, llena de esperanza.

Efectivamente, luego de ser capturada, Bakhita fue llevada a El Obeid, donde fue vendida. Siempre recordará el extenuante viaje de ocho días hacia esa ciudad, su intento de fuga, que duró un día y una noche, con una joven compañera de huida. Las dos niñas no distinguían el norte del sur, pero no pararon; vencieron el miedo, el hambre, la sed, el cansancio y los animales salvajes. Pero no escaparon a la red traicionera de un pastor que encontraron en el camino. Las dos niñas le habían pedido ayuda, y aquel hombre en quien las inocentes niñas confiaron, prometiéndolas que las llevarían a casa de sus padres, las condujo a un mercado de esclavos donde fueron vendidas a otro patrón por parte del pastor.

Durante su esclavitud -diez años con las cadenas que le impedían el ser libre- fue vendida y revendida varias veces en los mercados de esclavos de la ya citada ciudad y en los de Kartoum (Jartum). Tuvo cinco amos distintos (su primer patrón fue un mercader musulmán de esclavos) y conoció las humillaciones, los sufrimientos físicos y morales propios de la esclavitud.

En varias ocasiones, además de la ya narrada, intentó escapar. En una ocasión, en el largo camino hacia los mercados de Norte, estuvo a punto de conseguirlo. Bakhita pudo escapar de la caravana de esclavos y vagó por el desierto, con gran peligro de perecer por las fieras. Capturada por otros mercaderes, fue vendida cuando tenía 13 años a un oficial del ejército turco (su cuarto amo), que la sometió a durísimos castigos morales y corporales.

Este general de la armada turca acampada en El Obeid destinó a Bakhita al servicio de su madre y su mujer. Este fue para ella un periodo de torturas y sufrimientos atroces. Las dos mujeres, como contará la misma Bakhita, no le concedieron un momento de paz y no hubo ni un solo día que no la flagelasen hasta hacerle sangre. Todo su cuerpo quedó surcado por las cicatrices, que llegaron a contarse unas 144. Todos los esclavos del patrón turco dormían en una habitación común, se les encargaban trabajos agotadores y eran maltratados y alimentados mal.

Además fue tatuada. El cruel y sádico tatuaje fue para Bakhita una de las peores torturas, pues consistía en una verdadera operación a sangre fría, realizándose sobre su piel infinidad de incisiones (en total 114), que dejaron visibles en el cuerpo de la joven cicatrices que no desaparecieron en toda su vida. Y para evitar infecciones le colocaron sal durante un mes. Sentía que iba a morir en cualquier momento, en especial cuando me colocaban la sal y me restregaban las heridas en carne viva. Literalmente bañadas en mi sangre, me colocaron en una estera de paja, donde quedé varias horas, totalmente inconsciente. Cuando desperté, vi a mi lado dos compañeras de destino que también terminaron siendo tatuadas. Durante más de un mes estuvimos condenadas a estar echadas, sin movernos, sin ni siquiera un paño para limpiar el pus y la sangre de las heridas. Puedo decir realmente que fue un milagro de Dios que yo no muriese, porque Él me tenía destinada para “cosas mejores”,  contó en su biografía.

Un rayo de esperanza

En 1882, el patrón turco de Bakhita tuvo que volver a Turquía. Y la joven esclava, junto con otros esclavos, en el mercado de la capital de Sudán fue puesta en venta una vez más (su quinta y última compra-venta). Fue adquirida por un comerciante italiano que también era Cónsul de Italia en aquel país de África Central. El agente consular, Calixto Legnani, fue su quinto amo. Por primer vez desde el día del secuestro, Bakhita notó con grata sorpresa que nadie, al darle órdenes, usaba ya la fusta; al contrario, la trataban de manera afable y cordial. El trato que recibía era humanitario y de afecto. Esta vez fui realmente afortunada -escribió años después Bakhita-, porque el nuevo patrón era un hombre bueno y me gustaba. No fui maltratada ni humillada algo que me parecía completamente irreal, pudiendo llegar incluso a sentirme en paz y tranquilidad.

En la casa del Cónsul Bakhita conoció la serenidad, el cariño y momentos de alegría, aunque siempre velados por la nostalgia de una familia propia, perdida quizá para siempre. Permaneció en aquella hasta 1884.

En aquel año, acontecimientos políticos provocaron la salida de los europeos residentes en Jartum de Sudán. Legnani, ante el avance de los rebeldes mahditas y la posterior llegada de las tropas de Mahdi a la capital, que fue conquistada y arrasada en 1885, volvió a Italia. Bakhita se negó a dejar a su amo europeo y consiguió viajar a Italia con él y con un amigo del Cónsul, llamado Augusto Michieli y que tenía importantes negocios en África.

En Italia

En Génova los esperaba la esposa de Michieli, de nombre Turina. Ésta, al enterarse de la llegada de varios esclavos, pidió que se le entregase uno. Legnani, urgido por las peticiones de Turina, aceptó que Bakhita se quedase con los Michieli. Con sus nuevos amos, Bakhita vivió tres años en la casa de su nueva familia, en Zianigo (en la zona de Mirano Veneto). Cuando nació la hija del matrimonio Michieli, Mimmina, Bakhita se convirtió en su niñera y amiga.

Regresó posteriormente a Sudán, donde Michieli compró un gran hotel, en Suakin, en el Mar Rojo. Teniendo que regresar Turina Michieli a Italia, Bakhita tuvo que acompañarla. Entonces di en mi corazón un eterno adiós a África, escribió en sus memorias.

Con su regreso a Italia, comenzó un camino hacia la libertad que no estuvo exento de problemas y dificultades. De hecho, en 1889, la gestión del hotel en Suakin obligó a la señora de Michieli trasladarse a aquel lugar para ayudar a su marido en la marcha del negocio, e intentó de nuevo llevarse a la esclava, pero ésta se negó. Entonces tuvo que intervenir el procurador del rey. La señora de Michieli se negaba a perderla y siguiendo el consejo de su administrador, Illuminato Checchini, Turina decidió confiar su hija a las Monjas Canosianas del Instituto de los Catecúmenos de Venecia, y que Bakhita permaneciese como nodriza de Mimmina.

Y es aquí donde Bakhita conoció a aquel Dios que ya desde niña sentía en su corazón sin saber quién era. Más tarde escribió: Viendo el sol, la luna y las estrellas, decía dentro de mí: ¿Quién será el Dueño de estas bellas cosas? Y sentía grandes deseos de verle, de conocerle y de rendirle homenaje.

En libertad, hacia la fe

Con las religiosas de la congregación de las Hijas de la Caridad de santa Magdalena de Canosa, conoció al Dios de cristianos y fue así como supo que Dios había permanecido en su corazón, por que le había dado fuerza para poder soportar la esclavitud. Y a Aquél que no sabía quien era, a partir de entonces comenzó a conocerle. Bakhita había iniciado su encuentro con la fe cristiana y con la libertad. Ésta la obtuvo, pues el gobierno italiano no reconocía la esclavitud.

Después de algunos meses de catecumenado, y tras haber obtenido la libertad según la ley italiana, el 9 de enero de 1890 Bakhita fue bautizada (recibió en la pila bautismal los nombres de Josefina Margarita Fortunata, junto al de Bakhita) y confirmada por el cardenal patriarca de Venecia, e hizo la primera comunión. Aquí llego a convertirme en una de las hijas de Dios, fue lo que manifestó en el momento de recibir las aguas bautismales. Aquel día en que recibió los sacramentos de la iniciación cristiana no sabía cómo expresar su alegría. Sus grandes ojos brillaban, revelando una intensa conmoción. Desde entonces se le vio besar frecuentemente la fuente bautismal y decir: ¡Aquí me hice hija de Dios!

Ella misma contó en su biografía que cada día que pasaba se convencía más de que ese Dios, que ahora conocía y amaba, la había atraído hacia Sí por caminos misteriosos, conduciéndola de la mano, que me ha traído -escribió- hasta aquí de esta extraña forma.

Cuando la señora de Michieli volvió de Sudán  para llevarse a su hija Minnina y a Bakhita, ésta, con una decisión, coraje y valentía inusuales, manifestó su voluntad de quedarse con las religiosas hijas de santa Magdalena de Canosa. Como la esclavitud era ilegal en Italia, Turina Michieli no pudo forzar a Bakhita. Ésta se quedó en el Instituto de las Canosianas.

Religiosa canosiana

Desde el día de su bautismo, en el corazón de Bakhita iba fraguándose un nuevo deseo, el de convertirse religiosa canosiana y servir a aquel Dios que le había dado tantas pruebas de su amor. Y siendo libre escogió, de nuevo, ser esclava, pero su nuevo dueño -el Señor- no andaba con el látigo en la mano, como los antiguos dueños esclavistas. Su nuevo Señor se llamaba Jesucristo, Aquél que murió y resucitó para ofrecerle la verdadera libertad y salvación. Es Él quien le da fuerza, valor y alegría para seguirlo y hacer su voluntad, entrando en la Congregación de las Hermanas Canosianas.

Y así fue como en el año1893, en el Instituto de los Catecúmenos de Venecia, entró como novicia en la congregación donde por primera vez se sintió y respetada.

En la homilía de la Misa de beatificación, el papa beato Juan Pablo II se refirió al itinerario seguido por la santa sudanesa: Llegada a Venecia por los caminos misteriosos de la divina Providencia, Bakhita se abrió muy pronto a la gracia. El bautismo y, después de algunos años, la profesión religiosa entre las hermanas canosianas, que la habían acogido e instruido, fueron la consecuencia lógica del descubrimiento del tesoro evangélico, para lo cual sacrificó todo, incluso el regreso ya siendo libre, a su tierra natal. Como Magadelna de Canosa, ella también quería vivir sólo para Dios, y con constancia heroica emprendió humilde y confiadamente el camino de la fidelidad al amor más grande. Su fe era firme, transparente, fervorosa. “Sabéis qué gran alegría da conocer a Dios”, solía repetir.

El día de la Inmaculada Concepción -8 de diciembre- de 1896, en la casa madre de las Canossianas de Verona, a los 38 años de edad, hizo la profesión religiosa, se consagró para siempre a su Dios al que ella llamaba, con dulce expresión, mi Patrón. Como estaba prescrito, la aspirante a los votos religiosos debía ser examinada por un representante de la Iglesia; y fue el cardenal José Sarto, a la  sazón Patriarca de Venecia, futuro papa san Pío X, quien examinó a Josefina Bakhita. El Patriarca la despidió con estas palabras: Pronunciad los santos votos sin temor. Jesús os quiere, Jesús os ama. Ámelo y sírvalo así.

En Schio

Durante más de cincuenta años, Bakhita, dejándose guiar por la obediencia en un compromiso cotidiano, humilde y escondido, pero rico de genuina caridad y de oración, fue un verdadero testigo del amor de Dios y de servicio a los demás. Trasladada en 1902 a Schio (Vicenza), donde las canosianas estaban desde 1886 con varias obras educativas y de caridad, vivió entregándose en distintos quehaceres de la casa de Schio: fue cocinera, responsable del guardarropa y de la sacristía, costurera y portera.

Cuando se dedicó a esta última tarea, ponía sus manos, dulces y cariñosas, sobre las cabezas de los niños que cada día frecuentaban los colegios del Instituto. Su voz amable, que tenía el tono de las canciones de cuna, llegaba grata a los pequeños, confortable a los pobres y a los que sufrían, animando a cuantos llamaban a la puerta del Instituto.

Su humildad y sencillez, su constante sonrisa y su celo infatigable le conquistaron el afecto de todo Schio, donde se la conocía -y aún se la recuerda- como la nostra Madre Moretta, nuestra Madre Negrita. Las hermanas canosianas la apreciaban por su dulzura inalterable, por su exquisita bondad y por su profundo deseo de dar a conocer al Señor. Solía decir: Que seáis buenos, que améis al Señor, que recéis por los que no le conocen. ¡Si supierais qué gran gracia es conocer a Dios!

A este afecto también se refirió el beato Juan Pablo II en la citada homilía: Los habitantes de Schio, donde residió casi todo el tiempo, muy pronto descubrieron en su “madre morenita” -así la llamaban- una humanidad rica en el dar, una fuerza interior no común que arrastraba. Su vida se consumó en una incesante oración con intención misionera, en una fidelidad humilde y heroica por su caridad, que le consintió vivir la libertad de los hijos de Dios y promoverla a su alrededor.

Pasión misionera

En 1910, a petición de su superiora, contó su historia y comenzó a escribir su autobiografía. Fue algo que le costó mucho trabajo. Rememorando su infancia y juventud, Josefina Bakhita decía: Si me encontrase con aquellos negreros que me raptaron e incluso aquellos que me torturaron, me pondría de rodillas y besaría sus manos, porque, si no hubiese sucedido aquello, no sería ahora cristiana y religiosa.

Conocida las vicisitudes de su vida, en 1929, Bakhita fue llamada a Venecia por sus superiores para dar a conocer su historia al mayor número de personas posibles, lo que aceptó con prontitud y docilidad. Como quiera el Patrón era su frase habitual. En 1930 se publicó sus Memorias. Entre 1933 y 1935, a petición de la Superiora de las Canosianas, Bakhita visitó todas las casas de la Congregación, para aportar su propio testimonio a favor de las misiones.

En 1935 inició, junto con sor Leopolda Benedetti, que había estado durante 36 años en la misión de Shensi (China), una serie de viajes de animación misionera por toda Italia. Se convirtió en un gran personaje, viajando por toda la península Itálica dando conferencias y recolectando dinero para las obras educativas, misioneras y caritativas de la Congregación canosiana.

Reservada por naturaleza y esquiva, sin embargo conseguía dar testimonio de su pasión misionera con simplicidad y sabiduría. Durante este período de su vida religiosa, dedicado a la animación misionera, sor Josefina residió en la casa del noviciado de las misioneras canosianas que se encontraba en Vimercate (Milán) desempeñando el oficio de portera. Era ella la primera persona que encontraban los padres que, con el lógico dolor de la separación, dejaban a sus hijas en el convento, y todos ellos recibían de Bakhita palabras de consuelo.

Los últimos años

Vino la vejez. La salud de Bakhita fue debilitándose en sus últimos años. Sufrió una enfermedad larga y dolorosa, y tuvo que postrarse en silla de ruedas. A pesar de sus limitaciones, continuó viajando. A todos ofrecía su testimonio de fe, de bondad y de esperanza cristiana. A los que la visitaban y le preguntaban cómo estaba, respondía sonriendo: Como quiere mi Patrón.

En plena II Guerra Mundial, el 8 de diciembre de 1943, cumplió sus 50 años de vida religiosa, sus Bodas de oro de su profesión religiosa. Aún vivió unos años más, en los cuales su salud empeoraba cada vez más.

Cuando ya era anciana, el obispo de la diócesis visitó su convento y no la conocía. Al ver el prelado a la pequeña religiosa africana, ya encorvada por el peso de los años, le dijo: Pero, ¿qué hace usted, hermana? Bakhita le respondió: Yo hago lo mismo que usted, excelencia. El obispo, admirado, preguntó: ¿Qué cosa? Y Bakhita le contestó: Excelencia, los dos hacemos lo mismo, la voluntad de Dios.

En la agonía revivió los terribles días de su esclavitud y muchas veces suplicó a la enfermera que le asistía: Por favor, desatadme las cadenas… es demasiado. Aflójeme las cadenas… ¡pesan!  

Fue María Santísima quien la liberó de toda pena. Murió el 8 de febrero de 1947 en la casa de Schio, rodeada de su Comunidad afligida y en oración. Refiriéndose a su muerte, el beato Juan Pablo II, momentos antes de rezar el Regina Coeli el día de la beatificación, dijo Las últimas palabras de sor Bakhita fueron una invocación estática a la Virgen: ¡La Virgen! ¡La Virgen!, exclamó, mientras la sonrisa le iluminaba el rostro.

Una multitud acudió enseguida a la casa del Instituto canosiano para ver por última vez a su Santa Madre Morenita y pedir su protección desde el Cielo. Durante tres días fue velada, en los cuales, cuenta la gente, sus articulaciones aún permanecían calientes. Las madres cogían su mano para colocarla sobre la cabeza de sus hijos para que les otorgase la salvación.

Glorificación

La fama de santidad de Bakhita se difundió rápidamente por todos los cinco continentes. Y según fueron pasando los años, su reputación como santa fue consolidándose. Nunca realizó milagros ni tuvo fenómenos sobrenaturales, pero fue considerada ya en vida como santa. Siempre fue modesta y humilde, con una fe firme en su interior. Y cumplió con mucho amor de Dios sus obligaciones diarias. Fueron muchos los favores conseguidos y las gracias  obtenidas a través de su intercesión en los años que siguieron a su muerte.

En 1959, doce años después de su marcha al Cielo, en la diócesis donde falleció, comenzó el proceso para la causa de canonización. El 1 de diciembre de 1978 la Iglesia proclamó el decreto de heroicidad de sus virtudes, por lo que fue declarada venerable.

El 6 de julio de 1991 el beato Juan Pablo II declaró la autenticidad de un milagro atribuido a su intercesión. Fue beatificada el 17 de mayo de 1992, junto con el fundador del Opus Dei, san Josemaría Escrivá. Durante la celebración del Gran Jubileo del Año Santo 2000, el papa beato Juan Pablo II la canonizó el 1 de octubre de 2000. Lo cual, para los católicos africanos es un gran símbolo que era necesario, para que así los cristianos y mujeres de África sean honrados por lo que sufrieron en momentos de esclavitud.

Verdaderamente, santa Josefina Bakhita es la santa africana y la historia de su vida es la historia de un continente, válida para los católicos, protestantes, musulmanes o seguidores de cualquier otro tipo de religión tradicional. Su espiritualidad y fuerza la han convertido en Nuestra Hermana Universal, como la llamó el papa beato Juan Pablo II.

Su fiesta se celebra el 8 de febrero.

 

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