Lunes, 10 de febrero de 2014

Lunes, 10 de febrero de 2014

Memoria obligatoria de Santa Escolástica

Memoria de la sepultura de santa Escolástica, virgen, hermana de san Benito, la cual , consagrada desde su infancia a Dios, mantuvo una perfecta unión espiritual con su hermano, al que visitaba una vez al año en Montecasino, en la región italiana de Campania, para pasar juntos una jornada de santas conversaciones y alabanza a Dios (Martirologio Romano).

Beato Luis Stepinac

En la aldea de Krasic, cerca de Zagreb, beato Luis Stepinac, obispo de Zagreb, que rechazó con firmeza las doctrinas que se oponían a la fe y a la dignidad humana, y por su fidelidad a la Iglesia, después de prolongada prisión, víctima de la enfermedad y la miseria, terminó egregiamente su episcopado (Martirologio Romano).

Semblanza

Mártir por su fidelidad a Roma                                                            

Su esperanza en el Señor

El 24 de junio de 1934 es consagrado obispo Luis Stepinac. Tiene sólo 36 años. Para su episcopado ha elegido el lema: In te, Domine, speravi, y como escudo, una cruz sobre fondo azul y flanqueada por las letras alfa y omega. Es el nuevo obispo auxiliar del anciano arzobispo Bauer que ocupa la sede de Zagreb, en la católica Croacia. Tras la muerte de monseñor Bauer, Stepinac es nombrado sucesor del difunto arzobispo. El 7 de diciembre de 1937, proféticamente, en el momento de la toma de posesión de su sede arzobispal, Stepinac había dicho a quienes le felicitaban: No sé por qué me felicitáis; en la tarea y en el largo camino que debo recorrer sólo veo la Cruz.

Dudas en los años de juventud

Luis Stepinac nació el 8 de mayo de 1898 en un pequeño pueblo llamado Krasic, a unos 50 kilómetros de Zagreb, en dirección a Karlovac. En la pila bautismal se le impone el nombre de Luis Víctor. Cien años después de su nacimiento, el 3 de octubre de 1998, en su propia patria, en una ceremonia celebrada en la explanada del santuario mariano de Marija Bistrica, punto de referencia del catolicismo croata, el papa Juan Pablo II lo beatificó. En la homilía el Romano Pontífice dijo: En la persona del nuevo beato se sintetiza la entera tragedia que se cernió sobre la población croata y Europa en el curso de este siglo marcado por los tres grandes males del fascismo, nazismo y comunismo.

El beato Stepinac, declarado mártir de la persecución del régimen comunista yugoslavo de Tito, era el quinto de los ocho hijos del matrimonio formado por Josip Stepinac y Barbara Penic. En el seno de su familia recibió una sólida formación cristiana, y en su alma sintió la llamada al sacerdocio.

En julio de 1914 estalla el polvorín que se cernía sobre Europa, y en el Viejo Continente se declara una guerra de proporciones gigantescas, donde decenas de millares de hombres morirán en el enorme arco de fuego que va desde el Marne, al Oeste, hasta los pantanos del Pripet, en el Este. Y el joven seminarista Stepinac es llamado para incorporarse al ejército. En el frente italiano dio numerosas pruebas de valor.

Acabada la Primera Guerra Mundial, Luis Stepinac no regresa al seminario. ¿Motivo? Piensa en la grandeza del sacerdocio y siente el temor de no ser fiel. Inicia estudios universitarios en Zagreb, pero también los abandona. Y decide volver a Krasic para dedicarse a las tareas del campo. Conoce a una joven, María Horvat, con la que piensa contraer matrimonio, pero la chica rompe el compromiso al darse cuenta de que la vocación de Luis no era matrimonial, sino otra, la sacerdotal.

Por fin, Stepinac, con la ayuda del rector del seminario de Zagreb, monseñor Loncariz, logra disipar las dudas, y decide continuar los interrumpidos estudios eclesiásticos. Permanece siete años en el Colegio Alemán de Roma, superando con brillantez todos los exámenes, con asombro por parte de sus condiscípulos que nunca le vieron nervioso a la hora de examinarse. ¿Nervios, por qué?, solía contestar a los que le preguntaban por su tranquilidad.

Sacerdote

En la Ciudad Eterna se hizo más risueño, con gran satisfacción de monseñor Loncariz, que nunca le había visto reír a Luis cuando era seminarista en Zagreb, y al que comunicaron que el seminarista croata, cuando aún no hacía un mes que estaba en Roma, reía de buena gana. Un compañero de estudios en la Roma de la década de los 20 -Franz Koenig, más tarde cardenal arzobispo de Viena- lo recuerda como un bravo jugador de balonmano. También destacaba por su fortaleza en el deporte y en el montañismo.

El 26 de octubre de 1930 es el gran día de su ordenación sacerdotal. Junto a él, dos futuros cardenales, Seper y Wendel. El deseo de Barbara Penic, su madre, se ha realizado; su oración ha sido escuchada. Una vez que su hijo es ya sacerdote, le revela su súplica a la Virgen María, de la que era profundamente devota, pidiendo para Alois la vocación sacerdotal. Una petición acompañada de la penitencia: tres días a la semana sólo tomaba pan y agua. Cuatro días después de la ordenación, el papa Pío XI recibe a los nuevos sacerdotes. Al ver la flor que adornaba el puesto de cada sacerdote, Stepinac comentó meditabundo: la flor roja del martirio.

El deseo de Luis Stepinac era ir destinado a una parroquia rural, pero el arzobispo Bauer pensaba otra cosa para él y quiso tenerlo como secretario suyo. Cuando monseñor Bauer creó la Ayuda Católica nombró a Stepinac para que la presidiera, ya que precisamente fue él quien le sugirió tal creación.

Un buen día, el arzobispo de Zagreb, que tenía 78 años de edad, pidió que su secretario fuera nombrado obispo auxiliar. Stepinac, al enterarse, se rió, pensaba que era una broma, pero cuando se dio cuenta de que el asunto iba en serio, rogó a su prelado de que le diera un cierto tiempo para reflexionar. Después, abandonándose totalmente en las manos de Dios, aceptó.

Arzobispo de Zagreb

Como principal colaborador del arzobispo Bauer, monseñor Stepinac se encarga de poner en marcha en la Archidiócesis la Acción Católica, obra tan querida por Pío XI. También impulsa la construcción de nuevos templos (dieciséis iglesias en Zagreb). Pero los tiempos son difíciles. De nuevo sobre Europa se respira un ambiente prebélico lleno de tensiones, de ambiciones y de claudicaciones por parte de unos o de otros. El 9 de octubre de 1934, víctima de un criminal atentado perpetrado por anarquistas croatas, muere el rey Alejandro I de Yugoslavia cuando se encontraba en la ciudad francesa de Marsella. Un año después, las elecciones celebradas en Croacia son manipuladas por el Gobierno de Belgrado. Y en el ojo de huracán aparece monseñor Stepinac, al que injustamente se le acusa de intromisión en asuntos políticos. Cualquier actividad suya era considerada agitación política por parte de la policía serbia. Sin embargo, el obispo auxiliar de Zagreb nunca se encontró, como se dijo, con el líder de la oposición croata, e incluso el mismo día de las elecciones de 1935 se ausentó de Zagreb

En 1935 el Gobierno yugoslavo llega a un acuerdo con la Santa Sede en el que se reconoce la igualdad de derechos entre la religión católica y las demás confesiones. No tarda en reaccionar la Iglesia ortodoxa serbia, que protesta, e incluso excomulga a los políticos que aceptan el acuerdo, que es rechazado en 1937 por el Parlamento de Yugoslavia.

Siendo ya arzobispo de Zagreb, Stepinac se preocupa por la atención pastoral de los croatas emigrados, y funda para ellos un periódico. El seminario es objeto principal de sus desvelos de pastor, y dedica todo su sueldo a los seminaristas cuyas familias carecen de medios económicos. También dio un gran impulso a la traducción de la Biblia al croata. Y ya pasada la mitad de la década de los 30, el joven arzobispo denuncia la aberrante doctrina de Hitler, y organiza la ayuda a los hebreos que huyen de Austria, Alemania y Checoslovaquia, fundando para ellos, en 1938, la Acción para los refugiados.

La Segunda Guerra Mundial

El 1 de septiembre de 1939 Alemania invade Polonia. A partir de aquel momento cabalga por Europa el jinete apocalíptico de la guerra. En abril de 1941 es destronado el rey Pedro II de Yugoslavia. Con la caída de la monarquía, el pueblo croata decidió, en plebiscito y con la acción del general Kvaternik, su independencia, contra la voluntad de Hitler y de Mussolini. Éstos auparon, mediante golpe de Estado, al jefe del movimiento fascista ustacha, Ante Pavelic, que comenzó una política de represión contra serbios y judíos, que fue repetidamente denunciada por Luis Stepinac.

Los años 1941-1945 son dramáticos. Stepinac se convierte en una figura controvertida, en el defensor de los más necesitados de su época: judíos, gitanos y serbios. Le ha tocado regir los destinos de la archidiócesis de Zagreb bajo la feroz dictadura del régimen fascista de Pavelic, el Mussolini croata. En 1942, en plena Segunda Guerra Mundial, denuncia la política del régimen controlado por Hitler y representado por el caudillo Ante Pavelic, responsable de la deportación de cientos de miles de personas, y en ningún momento deja de criticar los excesos del nacionalismo, hasta el punto de que el general Kvaternk afirmó del arzobispo que era objeto constante del odio de Pavelic.

Cuando las autoridades croatas ordenan que los judíos estén identificados con un brazalete amarillo, Stepinac escribe una carta de protesta, fechada el 23 de mayo de 1941, al ministro del Interior ustacha, Andrija Artukovic, en la que dice: Vemos que a la gente de una nacionalidad diversa le es negada cualquier posibilidad de defenderse, vemos que es obligada a llevar ese signo odioso: es una ofensa a la humanidad y a la moral. ¿Tenemos derecho a cometer este asesinato contra la persona humana?

Durante la guerra, acogió a los sacerdotes eslovenos perseguidos por los nazis; dio asilo a 80 huérfanos judíos, a los que visitaban asiduamente; facilitó cobijo a unas 7.000 personas, en su inmensa mayoría, familiares de partisanos; realizó 24 intervenciones oficiales ante Pavelic o sus ministros en favor de los serbios ortodoxos y comunistas, y 11 en favor de los hebreos; escribió 298 cartas en defensa de los ciudadanos de otras razas y otras religiones. Se calcula que salvó personalmente al 10% de los judíos de Zagreb, a casi todos enviándolos al extranjero. Cuando fue destruida la sinagoga de la capital croata, fue de las pocas personalidades que se atrevió a protestar públicamente, afirmando que la casa de Dios, sea de la fe que sea, es sagrada. Escondió y protegió a miles de niños polacos e hijos de partisanos serbios.

Defensor de los derechos humanos

En aquellos años de barbarie, el arzobispo de Zagreb con sus homilías de la catedral no dejaba de protestar contra las ofensas a los derechos humanos y a la dignidad de todo hombre. En el sermón de la fiesta de la Virgen de Lourdes de 1942, Alois Stepinac dice: ¿Creéis que existe en el mundo un megalómano tan grande? Sería absurdo hablar de un nuevo orden en el mundo, venga de donde venga, si este orden no respeta la personalidad humana, el alma inmortal.

Con mayor fuerza condenó el racismo en la homilía que pronunció en la catedral de Zagreb el 25 de octubre de 1942, fiesta de Cristo Rey: Todos sin distinción alguna, ya sea de raza gitana, o cualquier otra, negros o europeos civilizados, judíos despreciados o arrogantes arios, tienen el mismo derecho de decir: “Padre Nuestro, que estás en los Cielos”. Toda nación y toda raza tienen derecho a la vida, y a un tratamiento digno del hombre. Por esta razón la Iglesia católica siempre condenó, y condena aún hoy toda injusticia y toda violencia que se cometa en nombre de teorías clasistas, raciales o nacionalistas. No se puede exterminar a los gitanos o a los judíos, porque se los considere de raza inferior. Todo hombre, independientemente de su nación o de otra cosa, lleva la imagen de Dios Creador y tiene derechos que no pueden ser limitados por la fuerza.

Su defensa de los judíos irritó a Hitler, quien ordenó en persona a Ante Pavelic que lo eliminase. Pero el jefe del Gobierno títere no se atrevió a complacerle, estaba seguro de que matar al arzobispo -hombre que gozaba de gran prestigio y popularidad- desencadenaría una revuelta popular, por lo que se limitó a continuar atacándolo como amigo de judíos, uno de los peores insultos en aquellos momentos.

Cuando el Gobierno de Pavelic ordenó la conversión forzosa de los ortodoxos, la Iglesia católica protestó; pero, al saberse que los no católicos corrían peligro de muerte, la jerarquía católica croata, guiada por Stepinac, se encontró frente al dilema. Por una parte, la ley canónica permitía el paso de un ortodoxo al catolicismo sólo en el caso de que se realizara con plena conciencia y libertad; por otra parte, miles de serbios llamaban a las puertas de la Iglesia católica para salvarse de la matanza ustacha. Luis Stepinac consultó a Roma y decidió acoger a los ortodoxos serbios con el objetivo de salvarles la vida, dejándoles en libertad para regresar a la ortodoxia, cuando la amenaza desapareciera. Esta decisión es la que se recoge en un mensaje confidencial a sus sacerdotes: Cuando judíos y ortodoxos amenazados de muerte vayan a vosotros para convertirse al catolicismo, aceptadlos, pues así podréis salvar vidas humanas. No les exijáis instrucción religiosa alguna; los ortodoxos son cristianos como nosotros, mientras que la religión judía comparte raíces con la católica. La misión de los cristianos es salvar vidas. Cuando acaben estos tiempos de locura y brutalidad, los que quieran quedarse en nuestra Iglesia pueden hacerlo, mientras el resto puede volver a la suya una vez pasado el peligro.

Su fama de opositor de Pavelic fue tal, que los mismos partisanos citaban pasajes de sus homilías; sobre todo, aquellos en que denunciaban las matanzas y represiones. En julio de 1943, la BBC y la Voz de América afirmaban que el principal prelado de Croacia ha hablado contra las autoridades ustachis. El ministro de propaganda pidió la detención de Stepinac porque sus sermones circulaban ilegalmente. El general alemán Glaise von Herstenau llegó a afirmar que si un obispo hablara así en Alemania, no bajaría vivo del púlpito. Al tener noticias de los campos de concentración, escribe una carta al caudillo de los ustacha, Ante Pavelic, fechada el 6 de marzo de 1943, en la que manifiesta su protesta. Entre otras cosas dice: Os pido también en nombre de la humanidad, que nuestro pueblo ha respetado siempre, que no consintáis que ningún ciudadano de nuestro Estado sufra injustamente. Hay muchos inocentes en los campos de concentración, que no merecen castigo. Hambre, enfermedades y durezas de todo tipo causan la muerte de tantos de estos desafortunados. Los pecados contra la ley natural, cometidos en nombre de la nación y del Estado, se volverán contra el Estado y contra el pueblo.

El régimen comunista

Acabada la guerra, el calvario de Luis Stepinac no ha hecho más que comenzar. Él era consciente de la difícil situación con la que debía enfrentarse la Iglesia bajo un régimen comunista. En 1945 ordenó sacerdotes a un grupo de seminaristas que él mismo había preparado. Después de la ceremonia les dijo: Os mando a un baño de sangre. En el mismo año Stepinac escapó de un intento de asesinato, pero no logró librarse de la maquinaria judicial comunista, que le privó para siempre de su libertad desde 1946 hasta el momento de su muerte, el 10 de febrero de 1960.

Croacia perdió su independencia. Instalado el régimen comunista en Yugoslavia se estableció un sistema de persecución contra el cristianismo: fueron arrestados numerosos sacerdotes y seglares católicos. Cuenta el que años más tarde ocuparía la misma sede de Zagreb, el cardenal Kuharic: En el 46, el arzobispo Stepinac me hizo párroco de Rakov Potoc, un pueblecillo que era una plaza fuerte del Partido. “Irás a la pequeña Stalingrado”, me dijo Stepinac, y no era broma. Ocho días después, fue asesinado el cura de la parroquia. Cinco meses más tarde, intentaron matarme a mí; la Providencia me salvó. Un año después, le tocó a un compañero mío del seminario, asesinado junto al sacristán de su parroquia. Stepinac era nuestro único apoyo. Nos profetizó el final del comunismo: “Todo esto pasará, y vosotros lo veréis”, nos dijo una noche. “Yo no veré el final, pero vosotros sí”.

Stepinac denunció la ejecución de 54 sacerdotes a manos de partisanos y las autoridades comunistas lo arrestaron por primera vez el 24 de marzo de 1945. Tres semanas después fue puesto en libertad tras la protesta de Pío XII. El 3 de junio de ese mismo año, el nuevo dictador, Josip Broz Tito tuvo un encuentro con la jerarquía católica, al que asistió el arzobispo de Zagreb, para proponer una Iglesia nacional adecuada a nuestro país. Y recuerda el cardenal Franjo Kuharic, ordenado sacerdote por Stepinac:  Tras la entrevista, vino a vernos al seminario. Estaba pálido. “Nos harán la guerra. Tendremos que luchar”, nos dijo. Tito le había ofrecido ser la cabeza de una Iglesia católico-croata, separada de Roma. Stepinac rehusó abiertamente la solicitud.

El proceso

En octubre, en la carta pastoral, Stepinac condenaba enérgicamente la política del Gobierno, la nacionalización de la tierra y la persecución contra la Iglesia. Tampoco vaciló en acusar al régimen de Tito por la matanza, en 1946, de doscientos sacerdotes y monjes. Tito no le perdonó su insumisión al nuevo poder. El 18 de septiembre de 1946 fue arrestado de nuevo para ser juzgado. Se le acusaba de colaborar con los ustacha. El 3 de octubre comenzó el juicio en el que apenas pudo hablar para defenderse. La audiencia duraba más de doce horas seguidas, para impedir a la defensa que se preparara. En el proceso que le hicieron los comunistas en 1946 -afirma monseñor Kuharic-, el metropolitano ortodoxo de Pakrac, Emilijan, se ofreció como testigo a su favor, con grave riesgo personal. El fiscal le rechazó, diciendo que estaba “escandalizado”. Muchos médicos serbios salvados por Stepinac fueron también a testificar: les acusaron de “clérigo-fascitas”.

Durante el proceso, Stepinac responde a las acusaciones de “ser amigo de los ustachas”, de “tener contactos con el poder”. Preguntado sobre ello, contestó: ¿Con quién tenía que tratar? ¿Con vosotros, que os habíais escondido en los bosques?; ¿o con las autoridades de Zagreb, de las que dependía la salvación de las personas por las que yo intercedía?

En un momento determinado del juicio, el fiscal, Jakob Blazevic, dijo de Stepinac que se comportaba como Cristo ante Pilato (no pudo hacer mejor comparación). Al final del proceso, el arzobispo de Zagreb dijo a sus acusadores: Vosotros afirmáis oficialmente, en contra de todos los argumentos históricos, que Jesucristo no existió. Sabed: Cristo es Dios. Por Él estamos preparados a morir… No pido clemencia: mi conciencia está tranquila. La sentencia, como todo el proceso, fue realmente monstruosa, ya que condenaba, sin disponer ni de un solo argumento válido, a un hombre inocente, santo y justo.

El 11 de octubre de 1946, Stepinac fue condenado a dieciséis años de trabajos forzados, además de perder sus derechos civiles y políticos durante cinco años, por crímenes contra el pueblo y el Estado. Sin embargo, Pío XII da otra razón de su condena en el Consistorio de 1953: Fue condenado a 16 años de cárcel por haber rehusado someterse a la tiranía comunista y haber preferido defender la Iglesia perseguida y la libertad del pueblo croata.

Encarcelado y confinado

Dos días después de dictarse la sentencia, la comunidad judía de Estados Unidos protestó señalando que este hombre ha sido acusado de ser colaborador de los nazis. Nosotros los judíos lo negamos (…). Luis Stepinac fue uno de los pocos hombres en Europa que alzó su voz contra la tiranía nazi, precisamente en la época en que era más peligroso hacerlo.

La condena era la respuesta de Tito y de su régimen al valor y a la honradez de Stepinac y de la Iglesia Católica para denunciar públicamente la opresión de la libertad y la virulenta persecución contra la religión. El dictador comunista, al que no le gustaba que le llevaran la contraria, no podía perdonar.

El escultor croata Iván Mestrovic ha registrado en sus Memorias un coloquio que mantuvo con Milovan Djilas, número dos del Partido y brazo derecho de Tito, en el que reconocía la inocencia de Stepinac y justificaba el proceso contra él con este argumento: Era necesario dar una satisfacción a los serbios que fueron perseguidos por el régimen de los ustacha, y a los partisanos croatas que combatieron contra ese mismo régimen. Al no poder poner las manos sobre Pavelic, se decidió tomar como chivo expiatorio a Stepinac, quien era considerado como la mayor autoridad del pueblo croata. El mismo fiscal que se encargó de las acusaciones contra Stepinac ha revelado en varias entrevistas, que el proceso había sido programado en Belgrado en sus más mínimos detalles, y todas las noches refería personalmente a Tito sobre su evolución, y de él recibía las instrucciones.

Stepinac pasó cinco años en la cárcel de Lepoglava, donde le hicieron torturas psicológicas como el molestarle por las noches para que no conciliara el sueño, que soportaba en silencio.

En 1952, ante el mal estado de salud de Stepinac, el régimen de Tito cedió a las presiones exteriores y confinó al arzobispo en su pueblo natal, Krasic. Durante su estancia en la cárcel de Lepoglava había traducido doce vidas de santos, preparado homilías para todo un año, 84 sermones, comentarios de las letanías lauretanas, etc.

En Krasic estaba vigilado -recuerda Franjo Kuharic-, le habían prohibido administrar la Confirmación. Sí podía decir Misa y confesar. Pero sólo a los parroquianos. Los demás debían llevar tarjeta de identificación. Al principio se le permitía recibir algunas visitas. En una de ellas, nos invitó a cenar a algunos sacerdotes. Estaba lleno de optimismo cristiano. Nos habló de un futuro Concilio: “La Iglesia tendrá que hacer un Concilio, y tendrá que declarar que el nacionalismo exasperado es una herejía contra Cristo”, nos dijo. Al poco tiempo, las visitas fueron denegadas.

Al salir de la cárcel, como su salud era precaria, los católicos de los Estados Unidos consiguieron de las autoridades yugoslavas un permiso para que viajara a su país con objeto de someterse a un tratamiento médico. Stepinac se negó: Hubiera ido si hubiera tenido la certeza de regresar como un hombre libre, que puede partir y volver cuando quiere. No quiero convertirme en un esclavo. Incluso si me otorgan la amnistía ahora, no la aceptaré, pues significaría confesar una falta que no he cometido. Lo que yo exijo es la anulación de aquel vergonzoso juicio. Igualmente rechazó la invitación del Gobierno de viajar a Zagreb en el verano de 1953, cuando el número de sus glóbulos rojos habían aumentado con evidente peligro de su vida. Aunque me muera, no les pediré nada, dijo.

En su confinamiento de Krasic se pasaba la mayor parte del día dedicado a la oración, al estudio y a la administración del sacramento de la Penitencia. Solía decir que su mayor esparcimiento era confesar. Rezaba por su patria. Afirmaba con frecuencia: Dios no va a abandonar a este pueblo que sufre tanto, pero a pesar de todo conserva su fe. También tenía tiempo para redactar sermones y predicaciones, además de contestar a la numerosa correspondencia que recibía. Desde la salida de la cárcel hasta su muerte escribió más de 5.000 cartas, que eran enviadas a través de personas de confianza para que no fueran descubiertas. Y el resto del tiempo que le quedaba libre, lo dedicaba a pasear. Su comportamiento era ejemplar. Llevaba siempre tabaco para invitar a un anciano pastor, y caramelos para los niños. Solía decir: Un buen gesto de nuestra parte puede ser decisivo para toda la vida de un hombre.

Últimos años

El 29 de noviembre de 1952 Pío XII lo crea cardenal de la Iglesia. La reacción de las autoridades comunistas fue romper las relaciones con el Vaticano. Con motivo de la concesión de la sagrada púrpura un periodista norteamericano le entrevistó. Entre otras cosas, el nuevo cardenal dijo: Diga a todos que en esta lucha el espíritu vencerá. Nunca en la historia de la humanidad, el materialismo ha podido mantenerse definitivamente. Un Estado basado exclusivamente en principios materialistas no puede durar.

Nunca dudó Stepinac que el objetivo de su condena y de la persecución era separar a los croatas católicos de Roma. Cuando el 11 de febrero de 1952 le visitó monseñor Sylvio Oddi, reafirmó su fidelidad a la Santa Sede: Morir, sí; ceder, no. Jamás la Iglesia croata se separará de Roma. Y al enterarse que los comunistas habían decidido cerrar los seminarios, manifestó: Mejor es que los cierren antes de que caigan en manos de los agentes del Gobierno y así se conviertan en nidos de ateísmo.

En su testamento, fechado el 28 de mayo de 1957, con luz profética, afirmaba que los comunistas en lugar de la felicidad que nos prometen, no serán siquiera capaces de ofrecer lo mínimo necesario a un hombre. Y a los católicos de Croacia les decía: Mis queridos hijos permaneced fieles a cualquier precio, incluso a costa de la propia vida, a la Iglesia de Cristo, que tiene al sucesor de Pedro como su pastor supremo (…). No seríais dignos del nombre de vuestros padres, si os dejarais arrancar de la piedra sobre la cual Cristo edificó su Iglesia. Terminaba recordándoles el mandamiento del amor mutuo y hacia los enemigos.

Dos meses antes de morir, en diciembre de 1959, en una carta dirigida a las autoridades del Estado, decía que su condena fue un asesinato cometido contra un inocente. El estado actual de mi salud es la consecuencia directa de esta condena. Me han extraído treinta y cuatro litros de sangre y aún no es suficiente. No paso un instante sin sufrir. Me han asesinado jurídicamente hace 14 años.

El calvario de Stepinac acabó el 10 de febrero de 1960. Sus últimas palabras fueron: Fiat voluntas tua. El Gobierno accedió a que fuera enterrado en la catedral de Zagreb. Juan XXIII en la homilía de los funerales por Stepinac en la Basílica de San Pedro dijo de él: A nuestro espíritu fue muy querida la figura de este sencillo y excelso pastor de la Iglesia de Dios. Su prolongado sufrimiento durante quince años de cautiverio en su propia patria y su serenada y confiada dignidad en esta constante aflicción le proporcionó la admiración y veneración general… Verdaderamente es la fiel imagen del Buen Pastor Divino, fiel y edificante, este cardenal Stepinac que dio 26 años de episcopado a su ilustre archidiócesis, primero con una labor tenaz muy ferviente, y de actividad apostólica en los últimos años de presidio doloroso, demasiado largos, habiendo acumulado tal riqueza de méritos que el Padre celestial los ha derramado seguramente como gracia y bendición sobre todas las familias y todos los fieles de la Croacia fiel y piadosa… Ahora piadosamente creemos y esperamos que él, en la gracia y la luz del Señor, extenderá su protección sobre todo el Colegio Cardenalicio, del cual sigue siendo honor brillantísimo, y sobre toda la Iglesia…

Beatificación

En 1985, el fiscal Jakob Blazevic admitió que el juicio contra Stepinac había sido una farsa completa. En 1992, el Parlamento  de Croacia anulaba las sentencias de los procesos bolcheviques dictadas durante la dictadura comunista de Tito, y declaraba que la única razón de condenar a Luis Stepinac había sido su rechazo a la propuesta que le hizo el dictador de encabezar un cisma.

En los días 22 y 23 de junio de 1993, en el examen que se hicieron de los restos mortales del cardenal Stepinac se encontraron restos de arsénico en sus huesos. El cardenal Franjo Kuharic, arzobispo emérito de Zagreb, afirma estar convencido de que a su predecesor se le envenenó poco a poco. El 11 de junio de 1997, sus sagrados restos son depositados en un sarcófago nuevo.

El 11 de noviembre de 1997, una comisión de teólogos de la Congregación para las Causas de los Santos acepta la tesis del postulador de la causa, Juraj Batelja. El cardenal Stepinac murió del agotamiento provocado por 1.862 días de trabajos forzados, más los sufrimientos de ocho años de confinamiento; todo lo cual constituía una tortura impuesta “por odio a la fe” y por su fidelidad a la Santa Sede, y, por tanto, declara la muerte martirial del Siervo de Dios Alojzije Stepinac.

La reacción por la beatificación de Stepinac, acusado por sus enemigos de forzar a los ortodoxos a convertirse al catolicismo, fue positiva por parte serbia. Así, Ljubomir Rankovic, clérigo de la Iglesia Ortodoxa Serbia en Belgrado, afirmó: Como persona y como sacerdote, quiero expresar mi admiración por este hecho.

Por ironías de la historia, el martirio de Stepinac se reanudó -en modalidad póstuma- justo días antes de su beatificación. El valiente arzobispo, “el buen samaritano de Zagreb”, que se jugó primero la vida defendiendo a los judíos y ortodoxos frente a los nazis y más tarde defendiendo la libertad de los católicos frente al régimen comunista de Tito, fue denigrado por algunos judíos agnósticos y algunos neocomunistas.

La delegación europea del Centro Simon Wiesenthal de Los Ángeles pidió al papa Juan Pablo II, en el último momento, que se aplazase la beatificación de Luis Stepinac para revisar su posible colaboración con el régimen nacionalista ustacha. El Vaticano mantuvo un digno silencio, pero el Gobierno de Croacia manifestó a través del ministro Jure Radic que se sentía insultado por la actitud de cualquiera que ponga en duda la santidad del cardenal Stepinac, que fue un modelo y un pilar de la fe para el pueblo de Croacia. También protestó la comunidad judía de Croacia, pues muchos de sus miembros deben la vida a Stepinac, e incluso pidieron -entre otros, el secretario del rabino de Zagreb, Amiel Shomrony- al Yad Vashem israelita (autoridad encargada de honrar la memoria de las víctimas del holocausto) que se le concediera el honor de Justo entre las naciones. Ya en 1979, Louis Brenier, presidente entonces de la Sociedad hebrea americana, reconoció que Stepinac fue uno de los pocos en Europa en condenar abiertamente el nazismo, desde 1934 en adelante se convirtió en un verdadero amigo de los hebreos.

En un libro aparecido fechas antes de su beatificación, escrito por Ljugbica Stefan, está documentada de manera detallada la tarea de apoyo a los judíos realizadas por el arzobispo de Zagreb. Se narra como en 1943 el rabino de Zagreb, Miroslav Shalom Freiberger, entregaba a Stepinac su biblioteca, para que la custodiara. También hace referencia a Dragutin Jesih, una de las víctimas del holocausto, que enviaba a Stepinac las personas a las que quería salvar.

Las acusaciones de filonazismo tienen la misma autoridad que sus fuentes: los libros de historia que mandó escribir el régimen comunista, una auténtica leyenda negra que ha contribuido al linchamiento del hombre justo que fue bastión de la Iglesia del Este en los difíciles años de la Segunda Guerra Mundial y de la Posguerra. El editor jefe de la Agencia Croata Católica de Noticias, Zivko Kustic, declaró rotundamente días antes de la beatificación de Stepinac que éste tuvo que resistir una intensa campaña comunista para separar a los católicos croatas de Roma, igual que hicieron los comunistas en China y Checoslovaquia.

En la homilía pronunciada por Juan Pablo II en la ceremonia de la beatificación, el Papa citó una famosa frase de la homilía que dijo Stepinac en 1943, cuando afirmó que la Iglesia sólo apoya aquel sistema que tiene tantos años como los diez Mandamientos de Dios. Estamos a favor del sistema que el dedo de Dios vivo ha grabado en el corazón de los hombres.

El Pontífice precisó que aunque el nuevo beato no derramó sangre en forma estricta, su muerte la causaron los largos padecimientos sufridos. Los últimos quince años de su vida fueron una continua cadena de vejaciones, en medio de las cuales él expuso su vida por testimoniar el Evangelio y la unidad de la Iglesia.

El Santo Padre enumeró también los méritos del nuevo beato: Fe en Dios, respeto por el hombre, amor hacia todos hasta el perdón, unidad con la Iglesia guiada por el sucesor de Pedro, por todo lo cual él y otros muchos creyentes aceptaron pagar con él un duro tributo de cárcel, malos tratos y hasta la sangre.

Con su beatificación, la Iglesia Católica elevó a los altares al primer cardenal mártir del comunismo.

Beata Eusebia Palomino

En Valverde del Camino, cerca de Huelva, en la región española de Andalucía, beata Eusebia Palomino Yenes, virgen del Instituto de Hijas de María auxiliadora, que, dando un egregio ejemplo de humildad y evitando toda ostentación, mostró su espíritu de abnegación en las tareas más sencillas y mereció los dones de la gracia (Martirologio Romano).

Semblanza

Hija de María Auxiliadora

Extremada pobreza

La beata Eusebia Palomino nació en el crepúsculo del siglo XIX -el 15 de diciembre de 1899- en Cantalpino, pequeño pueblo de la provincia de Salamanca (España), en el seno de una familia sin medios económicos, pero de profundos valores religiosos. Su infancia y adolescencia estuvieron marcadas por la pobreza. Sus padres, Agustín y Juana, eran sin duda los más pobres del pueblo. Agustín, de aspecto humilde y hombre de gran bondad y dulzura, trabajaba como bracero temporal al servicio de los propietarios terratenientes de los alrededores. La madre, Juana, atendía la casa y a sus hijos. Eusebia recuerda con agradecimiento “…como las tres hermanas aprendimos de labios de mi padre la hermosa y encantadora doctrina del catecismo sin acordarnos de nada de la calle…”

Cuando en el invierno el campo reposa y el trabajo falta, el pan escasea. Por eso, a causa de la extrema pobreza, Eusebia, con apenas siete años, tuvo que abandonar la escuela para ayudar a la familia, dando prueba de una madurez precoz en cuidar -aún siendo ella niña- a niños de algunas familias del pueblo mientras los padres iban a trabajar. Alguna que otra vez tuvo que acompañar a su padre que recorría los pueblos mendigando el pan. La cría, ignorante de lo que cuestan algunas humillaciones, disfrutaba con aquellas caminatas por los senderos del campo y alegremente correteaba y saltaba junto a su padre que le hacía admirar la belleza de la creación, y la luminosidad del paisaje de Castilla dándole algunas catequesis que le encantaban. Cuando llegaban a los pueblos, sonría a las personas buenas que lo acogían y pedía un poco de pan por amor de Dios.

Un día, Eusebia escuchó el siguiente diálogo familiar: “¡Cuánto nos prueba el Señor con enfermedades, y la falta de lo necesario!” “¡Mujer, si el Señor quiere que suframos, ofrezcámoselo a él, y no te apures, que ya gozaremos en el Cielo!” Desde los 8 años hasta los 12, Eusebia, durante el verano, trabajaba de sirvienta en el pueblo. “Era todavía muy pequeña y ya pensaba en la muerte… ¡Qué feliz era cuando pensaba que iba a morir! No poseía casi nada, y aún aquello poco que tenía era demasiado para mí… todo me sobraba, pues nada de la tierra me podía separar de las delicias que en el Cielo mi corazón encontraba”.

Primera Comunión

El día de la Ascensión de 1908, cuando tenía 8 años de edad, recibió por primera vez a Jesús Sacramentado. Vivió este acontecimiento con un fervor inusitado en tan pequeña edad. El primer encuentro con Jesús en la Eucaristía dio a la niña una sorprendente percepción del significado de pertenecer y de ofrecerse totalmente al Señor como don. Por la mañana de ese día, el Maligno la inquietó por el vestido tan pobre que iba a llevar. “Sentí una voz basta que me decía: Tonta, necia, mientras todas tus compañeras visten trajes bellos, tú te presentas andrajosa como la pordiosera que eres. Y si no tienes envidia es porque eres boba”. Entonces oyó otra voz dulcísima: “No temas. Adorna ahora y siempre cada vez más tu alma con las virtudes y Jesús te bendecirá. Tú serás grande”. Como sabia educadora que vela por el alma de sus hijas “Mi madre siempre me preguntaba con quien había estado… la conversación que había tenido… dándome ella después los consejos que creía conveniente, o prohibiéndome juntarme con algunas de ellas, en lo que siempre procuraba obedecerla”.

En Salamanca

A los 13 años, en el verano de 1912, en compañía de su hermana mayor Dolores, marchó como sirvienta a Salamanca. Se colocó como niñera en casa de una familia muy cristiana. En esa ciudad castellana, plagada de conventos, comenzó a inclinarse por la vida religiosa. Más tarde, trabajó como sirvienta en el asilo San Rafael, para ancianos pobres y abandonados. El 24 de mayo, fiesta de María Auxiliadora, al pasar la procesión con la imagen de María, oyó en lo más hondo de su alma una voz que le decía: “Tú serás mi hija”. Pocos días después, “la mendiga de Cantalpino” se llegó a la fuente de san Julián para coger agua. Allí se encontró a una joven, casi de su misma edad, que la insistió para que el siguiente domingo fuese con ella al colegio de las salesianas para participar del oratorio festivo que las hijas de san Juan Bosco animaban en la ciudad. Así de una manera extraña y providencial, Eusebia conoció a las Hijas de María Auxiliadora, y al ver por primera vez la imagen de la capilla “…caí de rodillas a sus pies. Entonces sentí en mi interior que me decían: Aquí es donde yo te quiero”. A partir de entonces, los domingos por la tarde acudía al oratorio festivo. En cuanto a la jovencita de la fuente, la misteriosa amiga ocasional “… No sé si después se iría fuera o lo que pasó, lo cierto es que no la vi nunca más”.

Un domingo la directora del colegio dijo a Eusebia: “Tenemos necesidad de una muchacha como tú para ayudarnos en las trabajos de la casa… ¿Te gustaría?” Respondió que sí, y un día del mes de septiembre, a los 17 años, comenzó a servir a esta congregación, ayudando en los trabajos de la casa (acarrea la leña, hace la limpieza, tiende la ropa, hace los mandados) y acompañando a las estudiantes de Magisterio a la escuela estatal. En ese tiempo, entre los 17 y los 22 años, Eusebia sintió la llamada a la vida religiosa de carisma salesiano, pero le preocupaba que su falta de recursos económicos fuera un obstáculo para su vocación.

Vocación religiosa

El deseo secreto de Eusebia, de consagrarse por entero al Señor, encendía y nutría cada vez más sus actos y su oración. Se decía: Si cumplo con diligencia mis deberes tendré contenta a la Virgen María y podré un día ser su hija en el Instituto. No se atrevía a pedirlo; por su pobreza y falta de instrucción, no se creía digna de tal gracia. Sin embargo, la Superiora visitadora, con la que ella se confía, la acoge con bondad materna y le asegura: No te preocupes de nada, y con gusto decide admitirla en nombre de la Madre General.

En 1922, sin necesidad de dote, sería admitida como religiosa, iniciando el noviciado el 5 de agosto, e hizo la profesión religiosa dos años después. Durante su noviciado en Sarriá (Barcelona) lo único que buscaba era: “Hacerse santa, que todo lo demás era tiempo perdido”. En su preparación para la profesión alternaba horas de estudio, de oración y de trabajo, que constituía su jornada y la hacía plenamente feliz.    En el año 1924, Eusebia, ya profesa, fue destinada al colegio María Auxiliadora de Valverde del Camino, para dedicarse a los servicios de la casa y a la pastoral juvenil.

En Valverde del Camino

Valverde del Camino es una pequeña ciudad que en aquella época contaba con 9.000 habitantes. Situada al extremo sudoeste de España, en la zona minera de la provincia de Huelva, en los confines con Portugal. Las niñas del colegio y del oratorio, en el primer encuentro se quedan más bien desilusionadas, la hermana nueva tiene un aspecto más bien insignificante, es pequeña y pálida; además no es bonita, con las manos gruesas y, para colmo, tiene un nombre feo. A la mañana siguiente de su llegada, sor Eusebia está ya en su lugar de trabajo: un trabajo variado que la ocupa en la cocina, en la portería, en la ropería, en el cuidado del pequeño huerto y en la asistencia a las niñas del oratorio festivo. Es feliz de estar en la casa del Señor por todos los días de su vida.

Fue en ese colegio donde esparció el aroma de su santidad y de su espíritu salesiano, repartiendo a todos su ejemplo de sencillez, humildad, alegría y servicio.

Las pequeñas se sienten pronto atraídas por las narraciones de hechos misioneros, vidas de santos, episodios de la devoción mariana, o anécdotas de Don Bosco, que recuerda gracias a una feliz memoria y sabe hacerlas atractivas por su convencimiento y su fe sencilla. Sor Eusebia aprovechaba todos los momentos y espacios, principalmente la capilla, para enseñar a las niñas del colegio las virtudes cristianas y, de manera especial, que la verdadera sabiduría es la paz y unión con Dios. Además, insistía a las colegialas en la necesidad de confesarse y comulgar frecuentemente. Todo en sor Eusebia reflejaba el amor de Dios y el fuerte deseo de hacerlo amar.

Sus jornadas de trabajo eran una transparencia continua y lo confirmaban sus temas predilectos de conversación: el amor de Jesús a todos los hombres que ha salvado con su Pasión. Las Llagas santas de Jesús era el libro que sor Eusebia leía todos los días y del cual sacaba apuntes de didascalia a través de un sencillo rosario que aconsejaba a todos, y no sólo de viva voz, sino través de cartas. El otro punto de apoyo de la piedad vivida y de la catequesis de sor Eusebia era la Verdadera devoción mariana de san Luis Maria Grignion de Montfort. Ésta será el alma y el arma del apostolado de sor Eusebia durante su breve existencia: los destinatarios serán las niñas, los jóvenes, las madres de familia, los seminaristas los sacerdotes. Quizá no haya párroco en toda España -se dice en su proceso de beatificación- que no haya recibido una carta de Sor Eusebia a propósito de la esclavitud mariana.

Fama de santidad

Y corrieron las noticias. Se dijo de ella que era humilde como jamás lo habíamos visto, oraba siempre, profetizaba acontecimientos, tranquilizaba las conciencias, conducía las almas hacia la gracia divina, hacía signos milagrosos… Un día Sor Eusebia dijo a una jovencita llamada Josefa: “¿Podrías traerme algunos bulbos de nardos?” Al recibirlos esa misma tarde, ayudada por Josefa, se puso a sembrarlos de inmediato en la huerta. A la mañana siguiente, apenas apareció Josefa, la dijo: “Te he estado esperando. Esta noche he soñado que el Niño Jesús regaba nuestros nardos y me dijo que ya habían nacido. Hace poco quería bajar a verlos, pero he pensado esperarte. Ven, bajemos al huerto”. “Parece mentira -recordará Josefa- los nardos habían brotado todos”. Todo Valverde decía que sor Eusebia era una santa, y eso que no sabían nada de la multiplicación del aceite y de otros productos, que sor Carmen Moreno Benitez, la directora del colegio, recogía cuidadosamente por escrito. La propia sor Carmen tuvo que mandarla que descendiera al suelo, pues se hallaba de rodillas en el aire rezando ante un elevado Crucifijo. El funeral en Cantalpino por su virtuoso padre Agustín, cuya muerte sor Eusebia, fue visto por ella desde este colegio de Valverde. Su vida humilde hacía realidad las palabras de san Juan de la Cruz: “Déjate enseñar, déjate mandar, déjate despreciar y serás perfecto”.

Piedad y apostolado

Su piedad fue una de sus características más destacadas. Gracias a un misterioso sueño, desde niña, fue muy devota de las Santas Llagas de Nuestro Señor, que había divulgado incansablemente sor Marta Mª Chambón, religiosa de la Visitación de Chambery (Francia). Solía rezar el Rosario de las Santas Llagas, el Vía Crucis y pasaba largas horas ante el Sagrario, haciendo compañía al Señor o, como ella le llamaba, el Prisionero del Amor. Se hizo también apóstol de la devoción al Amor misericordioso según las revelaciones de Jesús a la religiosa polaca santa Faustina Kowalska, divulgadas en España por el dominico Juan Arintero.

Todos los sentimientos de esa época de su vida quedaron registrados por la directora de su comunidad, quien tomó nota de los ricos relatos de sor Eusebia. El pecado, causa de todos los males temporales y eternos, desgarraba el corazón de sor Eusebia: “¿Qué es el hombre para que se levante contra su Dios y Señor? Menos que un átomo, menos que un granito de arena… ¿Tendrá valor de ir contra su Dios que sabe que se encontrará cara a cara con Él y lo puede mandar al infierno?” no se cansaba de hablar sobre la confesión bien hecha, sin dejar de manifestar ninguna culpa al Ministro de Dios, para evitar el gravísimo pecado de sacrilegio y la condenación eterna.

Profecías y visiones de sangre

A principios de los años 30 del siglo XX, cuando la rabia revolucionaria de los sin-Dios tenía por objeto el exterminio de la religión, sor Eusebia no dudó en llevar hasta el extremo aquel principio de disponibilidad, pronta literalmente, a despojarse de todo. Predijo: Habrá mártires, y ella misma se ofreció como víctima por la salvación de España y por la libertad de la religión. Ahora el rey tendrá que marcharse. Pero volverá y se llamará Juan Carlos.

Dios aceptó la víctima. En agosto de 1932 un mal improviso es el primer aviso. Después el asma que en diversos momentos ya la había molestado, ahora llega a niveles extremos de intolerancia, se agrava con otros males que van apareciendo y atentan contra su vida. En este tiempo, unas visiones, llamadas visiones de sangre, afligen a sor Eusebia aún más que los dolores físicos. El 4 de octubre de 1934, mientras algunas hermanas rezaban con ella, interrumpió y empalideció, diciendo: Rezad mucho por Cataluña. Era el principio de la sublevación obrera de Asturias y de la catalana en Barcelona (4-15 octubre 1934) que se llamarán anticipo revelador. También tuvo una visión de sangre para su querida directora sor Carmen, que sería fusilada con otra hermana el 6 de septiembre de 1936: actualmente ha sido declarada beata, después del reconocimiento del martirio. La historia, medio siglo después, le dio la razón con el cumplimiento de sus profecías.

Enfermedad y muerte

Sor Eusebia vio en sueños su propio entierro y el lugar donde la depositaban. El año 1934, imposibilitada para todo trabajo por los fortísimos dolores que padece, se ve obligada a guardar cama. En tanto la enfermedad de sor Eusebia se agravaba: el médico que la asistía admitió de no saber definir la enfermedad que, unida al asma le acartona todos los miembros convirtiéndola en un ovillo. Quien la visita sentía la fuerza moral y la luz de santidad que irradiaban aquellos pobres miembros doloridos, dejando absolutamente intacta la lucidez del pensamiento, la delicadeza de los sentimientos y la gentileza del trato.

El 26 de enero de 1935 ocurrió lo que se ha dado en llamar “el primer tránsito”. “Nos llamaron aquella mañana muy temprano porque sor Eusebia estaba en agonía. Rodeamos su lecho, en aquel momento torció la boca, dejó caer de sus ojos algunas lágrimas síntoma de muerte, y nos pareció, efectivamente, haber entregado su alma a Dios. Fue amortajada… Al volver de la parroquia había vuelto en sí y nos contó que había visto un jardín de tan extraordinaria belleza que era imposible describirlo y que había visto en él a santo Domingo Savio… a muchos ángeles y entre ellos a sus hermanitos muertos de pequeños”. Doce y media de la noche del 9 al 10 de febrero de 1935. Esta vez para siempre sor Eusebia Palomino, que en varias ocasiones había manifestado que en su entierro las campanas tocarían a gloria, a sus 35 años se ha marchado al Cielo. Durante dos días la multitud desfiló ante su cadáver. Sor Eusebia parecía dormir serenamente. Sus restos mortales adornados con muchas flores, son visitados por toda la población de Valverde del Camino. Todos decían: Ha muerto una santa.

El día12 de febrero es el del entierro. Entierro y gozoso sonido de campanas… había muerto una niña chiquita, y las campanas tocaban a gloria. Son muchos los casos que evidencian el cumplimiento de aquellas palabras dichas por la beata Eusebia Palomino a las hermanas que le atendían: “Vendré a dar alguna vueltecita después de mi muerte”, que recuerdan el “Voy a pasar mi Cielo haciendo bien en la tierra” de santa Teresa del Niño Jesús. El sepulcro marmóreo de la beata Eusebia está en una pequeñísima capilla del Colegio “María Auxiliadora” de Valverde del Camino (Huelva).    

En los altares

El 12 de abril de 1982, en la diócesis de Huelva, bajo la presidencia del obispo Rafael González Moralejo, se inició el proceso de beatificación y canonización de sor Eusebia Palomino. El 17 de diciembre de 1996 el papa Juan Pablo II aprobó el decreto sobre la heroicidad de las virtudes de la sierva de Dios, por lo que pasó a ser venerable. El 20 de diciembre de 2003 el mismo Pontífice promulgó el decreto que reconoce como válido un milagro hecho por intercesión de sor Eusebia. El milagro en cuestión es muy singular: el tiempo récord y humanamente imposible en que un pintor realizó un retrato de sor Eusebia. El 25 de abril de 2004, en la Plaza de San Pedro, Juan Pablo II la beatificó. En la homilía dijo el Papa: El Señor dice a Pedro de manera decidida y tajante: “Sígueme”. También sor Eusebia Palomino, de las Hijas de María Auxiliadora, oyó un día la llamada de Dios y respondió a través de una intensa espiritualidad y una profunda humildad en su vida diaria. Como buena salesiana, estuvo animada por el amor a la Eucaristía y a la Virgen. Lo importante para ella era amar y servir; el resto no contaba, fiel a la máxima salesiana del “da mihi animas, caetera tolle”. Con la radicalidad y la coherencia de sus opciones, sor Eusebia Palomino Yenes traza un camino fascinador y exigente de santidad para todos nosotros y muy especialmente para los jóvenes de nuestro tiempo. 

Humildad, alegría, piedad, prudencia. Claves sencillas, pero angulares para lograr la santidad. Son las que vivió Eusebia Palomino, Hija de María Auxiliadora, llamada la perla de la Iglesia española. Eusebia vivió una intensa vida religiosa desde la humildad y la entregada a los más pobres.

El Cuadro del milagro

La habitación que ocupó sor Eusebia es actualmente la Sala Museo de Sor Eusebia. Allí está la primitiva caja en la que estuvo depositado su cuerpo, así como diversos objetos de su pertenencia y el famoso Cuadro del Milagro, cuya historia es la siguiente: Seis años estuvo Parreño, pintor nacido en Valverde, sin dar comienzo al cuadro que sobre ella le habían encargado las religiosas. Manuel Parreño carece de manos, por lo que realiza sus obras con los dedos de los pies. Ello aumentaba la dificultad de obtener un  perfecto retrato de la virtuosa difunta. Un día el agnóstico pintor se decide a comenzar la obra y dirigiéndose a la futura beata, dice: “A ver si es verdad lo que dicen de ti”. Sorprendido y aterrado, en poco más de cuatro horas da por terminado el cuadro de 1,30 x 0,80, con la añadidura de que en ese breve espacio de tiempo la pintura aparecía completamente seca, siendo ello humanamente imposible, ya que la pintura al óleo precisa varios días para su secado. A esto hay que añadir que Parreño tarda normalmente catorce o quince días en finalizar cada uno de los trabajos que le encargan. Este cúmulo de desconocidas maravillas hizo que el pintor se convirtiera en ferviente católico y entusiasta devoto de sor Eusebia.

Beato José Luis Sánchez del Río

Semblanza

Un adolescente mártir

Persecución religiosa en México

En la primera mitad del siglo XX se produjo en México la llamada Guerra de los Cristeros, motivada por legislación en contra de la Iglesia. La persecución contra los católicos tuvo lugar con mayor virulencia con la el mandato del Presidente Plutarco Elías Calles, pero ya antes hubo una serie de disposiciones gravemente atentatorias contra la Iglesia Católica.

En 1914 Venustiano Carranza fue elegido Presidente México, y bajo su mandato, el 5 de febrero de 1917, se promulgó una nueva Constitución para el país, la llamada Constitución de Querétaro, que contenía varios artículos vejatorios para la Iglesia. Entre otros, le prohibía fundar o dirigir escuelas primarias (art. 3), el establecimiento de órdenes religiosas (art. 5), los actos de culto fuera de los templos o casas particulares (art. 24), y poseer, adquirir y administrar directa o indirectamente bienes inmuebles (art. 27). Tampoco le reconocía personalidad jurídica (art. 130). A partir de entonces, la Iglesia se encontró en un estado de persecución jurídica, y la sangre se derramaba por México cada vez que se aplicaba a la letra la Constitución.

Durante la Presidencia de Plutarco Elías Calles se desencadenó la más larga y dura persecución, en la que abundaron los mártires. En 1926 el Presidente sacó una ley, conocida como la Ley Calles, que era un código penal anticatólicos: establecía la expulsión de los sacerdotes extranjeros, preveía la prisión por celebrar cultos fuera de los templos o dar enseñanza católica, prohibía el uso del traje sacerdotal o hábito religioso, y castigaba a los sacerdotes que no dijeran que la Constitución obligaba en conciencia. En su desvarío, Calles intentó crear una Iglesia cismática, pretensión que resultó verdaderamente cómica.

Como reacción a su política sectaria surgió el movimiento de los Cristeros, así llamados por su grito habitual: ¡Viva Cristo Rey! Eran en buena parte campesinos, que tomaron las armas en defensa de la Iglesia y protagonizaron tres años de lucha, que arrojó un balance de entre 25.000 y 30.000 cristeros muertos, y unos 60.000 soldados federales.

Un chico piadoso

El 28 de marzo de 1913 nació José Luis Sánchez del Río, en Sahuayo (Michoacán). Era hijo de Macario Sánchez y de María del Río. En el hogar familiar aprendió a llevar una vida de piedad. Asistía al catecismo. Iba a Misa los domingos, así como los días 21 de cada mes, y rezaba diariamente el Rosario.

Alistado en el ejército cristero

El 31 de julio de 1926 se decretó la suspensión del culto público, y al año siguiente José Luis quiso alistarse en el ejército cristero, pese a su corta edad, para defender a Cristo y a su Iglesia. Prudencio Mendoza, General de los cristeros de Michoacán, lo aceptó tan sólo como asistente. En el campamento se ganó el aprecio de sus compañeros. Por la noche dirigía el Rosario y animaba a la tropa.

El 6 de febrero de 1928 participó en un combate, cerca de Cotija. En un momento de la batalla, el caballo del general Mendoza fue alcanzado por un proyectil cayendo muerto. El joven José Luis ofreció a su superior su caballo, y tomando un fusil se puso a combatir. Al acabársele la munición fue capturado por los federales.

El general federal, al ver su valentía y arrojo, le propuso unirse a ellos. El chico rechazó con energía la propuesta: ¡Jamás! ¡Primero muerto! Yo no me uno a los enemigos de Cristo Rey. Yo soy su enemigo. ¡Fusíleme! Ante la negativa, el general lo mandó encerrar en un calabozo.

Carta a su madre 

El mismo día en que fue capturado, desde la prisión, escribió a su madre: Cotija, 6 de febrero de 1928. Mi querida mamá: Fui hecho prisionero en combate en este día. Creo que voy a morir, pero no importa, mamá. Resígnate a la voluntad de Dios. No te preocupes por mi muerte, que es lo que más me mortifica; antes diles a mis dos hermanos que sigan el ejemplo que les dejó su hermano más chico. Y tú haz la voluntad de Dios, ten valor y mándame la bendición juntamente con la de mi padre. Salúdame a todos por última vez. Y tú recibe el corazón de tu hijo que tanto te quiere y verte antes de morir deseaba.

Cuatro días después, en la tarde del viernes 10, fue trasladado a su ciudad natal, Sahuayo. Al saber la cercanía de su muerte, consiguió escribir a una tía suya pidiéndole la Comunión, que recibió dos horas después.

El martirio

Ya en la noche de aquel mismo día, le desollaron los pies y lo empujaron a golpes hasta el cementerio. Querían que apostatara, pero José Luis mantuvo su entereza. Él mismo se encaminó al borde de su tumba y los verdugos comenzaron a apuñalarlo. En medio del tormento, el capitán que mandaba en la ejecución preguntó al joven mártir qué mensaje quería enviar a sus padres, a lo que respondió: Que nos veremos en el Cielo. ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!

Dichas estas palabras, se le disparó en la cabeza y José Luis cayo muerto en la fosa. Sin ataúd ni mortaja, su cuerpo recibió directamente las paletadas de tierra. Su muerte produjo tanta conmoción en Sahuayo que los soldados federales custodiaron el cementerio el día entero, pues todos querían recoger sangre del mártir.

La semilla da fruto

El martirio del joven cristero fue presenciado por dos niños, uno de nueve años (Enrique Amezcua Medina) y otro de siete años (Marcial Maciel). Éste último de triste memoria por la doble vida que tuvo. Años después, ambos se ordenarían de sacerdotes y se convertirían en fundadores. El primero fundó la Confraternidad Sacerdotal de los Operarios del Reino de Cristo, y el segundo, los Legionarios de Cristo. La muerte de José Luis tuvo un papel decisivo en la vida de ambos.

Marcial Maciel dio el siguiente testimonio del martirio de quien fue su amigo en el libro entrevista Mi vida es Cristo: Fue capturado por las fuerzas del gobierno, que quisieron dar a la población civil que apoyaba a los cristeros un castigo ejemplar. Le pidieron (a José Luis) que renegara de su fe en Cristo, so pena de muerte. José no aceptó la apostasía. Su madre estaba traspasada por la pena y la angustia, pero animaba a su hijo. Entonces le cortaron la piel de las plantas de los pies y le obligaron a caminar por el pueblo, rumbo al cementerio. Él lloraba y gemía de dolor, pero no cedía. De vez en cuando se detenían y decían: “Si gritas ‘Muera Cristo Rey’ te perdonamos la vida”. “Di ‘Muera Cristo Rey’”. Pero él respondía: “Viva Cristo Rey”. Ya en el cementerio, antes de disparar sobre él, le pidieron por última vez si quería renegar de su fe. No lo hizo y lo mataron ahí mismo. Murió gritando como muchos otros mexicanos: “¡Viva Cristo Rey!”

Concluyó el Fundador de los Legionarios de Cristo su testimonio diciendo: Éstas (las del martirio) son imágenes imborrables de mi memoria y de la memoria del pueblo mexicano, aunque no se hable muchas veces de ellas en la historia oficial.

El otro niño testigo, Enrique Amezcua, en unos escritos suyos, narra que siempre consideró providencial su encuentro con José Luis Sánchez. Haberse cruzado con el joven mártir de Sahuayo -a quien le pidió seguirlo en su camino, pero que viéndolo tan pequeño le dijo: Tú harás cosas que yo no podré llegar a hacer– determinó su decisión de hacerse sacerdote.

Beatificación

El 20 de noviembre de 2005, en Guadalajara (México), el cardenal José Saraiva Martins, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, por disposición del papa Benedicto XVI beatificó a José Luis Sánchez del Río y a otros doce más mártires cristeros.

Los restos mortales del beato José Luis descansan en la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús en su pueblo natal.

 

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