Jueves, 13 de febrero de 2014

Jueves, 13 de febrero de 2014

Feria del Tiempo Ordinario

Los predilectos de Dios

En los Evangelios son frecuentes las referencias al particular amor e interés de nuestro Señor por los enfermos y por todos los que sufren. Jesús amó a los que sufren, y esta actitud suya ha pasado a su Iglesia. Amar a los enfermos es lo que la Iglesia ha aprendido de Cristo (Beato Juan Pablo II, Homilía).

Desde vuestra enfermedad no sólo sois los privilegiados ante la mirada de Dios, sino que sois los que mejor podéis pedir y hacer que la juventud del mundo encuentre a Jesucristo, Camino. Verdad y Vida. En un tiempo en el que se oculta la Cruz, vosotros sois testimonios de que Jesucristo quiso abrazarla para nuestra salvación (Beato Juan Pablo II, Discurso).

A los moribundos se han de prestar todas las atenciones necesarias para ayudarles a vivir sus últimos momentos en la dignidad y la paz. Deben ser ayudados por la oración de sus parientes, los cuidarán que los enfermos reciban a tiempo los sacramentos que preparan para el encuentro con el Dios vivo (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2.229).

El cuidado de los enfermos debe estar ante todo y por encima de todo. Hay que servirles como si fueran realmente Cristo (San Benito de Nursia).

Pensamientos sobre la muerte

He destacado que nuestro mundo actual es un mundo de miedos: miedo a la miseria y a la pobreza, miedo a las enfermedades y a los sufrimientos, miedo a la soledad y a la muerte. En nuestro mundo tenemos un sistema de seguros muy desarrollado: está bien que existan. Pero sabemos que en el momento del sufrimiento profundo, en el momento de la última soledad, de la muerte, ningún seguro podrá protegernos. El único seguro válido en esos momentos es el que nos viene del Señor, que nos dice (…): No temas, yo estoy siempre contigo. Podemos caer, pero al final caemos en las manos de Dios, y las manos de Dios son buenas manos (Benedicto XVI, Homilía).

Cuando al fin de la jornada me concedas el descanso, cuando sienta ya mi nada, para entrar en tu remanso, ¡ven a buscarme, Señor! Cuando a tus playas eternas de mi vida la barquilla llegue a tocar las arenas, de sus aguas a la orilla, ¡sal a buscarme, Señor! Cuando el gozo de la muerte me descubra tu semblante, cuando con gozo anhelante reciba tu abrazo fuerte, ¡no me sueltes ya, Señor! Amén (Oblatas de Cristo Sacerdote, Himno de completas).

Cada uno debe tener presente la perspectiva de la muerte. Y debe estar preparado para presentarse ante el Señor y Juez, y al mismo tiempo Redentor y Padre. Así que también yo lo tengo en consideración continuamente, confiando aquel momento decisivo a la Madre de Cristo y a la Madre de la Iglesia, a la Madre de mi esperanza (Testamento del beato Juan Pablo II).

La muerte es consecuencia del pecado. Intérprete auténtico de las afirmaciones de la Sagrada Escritura y de la Tradición, el Magisterio de la Iglesia enseña que la muerte entró en el mundo a causa del pecado del hombre. Aunque el hombre poseyera una naturaleza mortal, Dios lo destinaba a no morir. Por tanto, la muerte fue contraria a los designios de Dios Creador, y entró en el mundo como consecuencia del pecado. La muerte temporal de la cual el hombre se habría liberado si no hubiera pecado, es así el último enemigo del hombre que debe ser vencido (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1.008).

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