Sábado, 22 de febrero de 2014

Sábado, 22 de febrero de 2014

Fiesta de la Cátedra del Apóstol San Pedro

Fiesta de la cátedra de san Pedro, apóstol, a quien el Señor dijo: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. En el día en que los romanos acostumbraban a recordar a sus difuntos, se celebra la sede de aquel apóstol, cuyo sepulcro se conserva en el campo Vaticano, y que ha sido llamado a presidir en la Caridad a toda la Iglesia (Martirologio Romano).

Meditación

Celebra la Iglesia en el día de hoy la Cátedra de San Pedro. Esta fiesta nos estimula a alimentar la vida personal con la fe fundada en el testimonio de san Pedro y de los demás apóstoles. Si imitamos su ejemplo, podremos ser testigos de Cristo en el mundo.

Esta fiesta que figura en la liturgia latina tiene una tradición muy antigua, atestiguada en Roma desde el siglo IV, con la que se da gracias a Dios por la misión encomendada al apóstol san Pedro y a sus sucesores. La “cátedra”, literalmente, es la sede fija del obispo, puesta en la iglesia madre de una diócesis, que por eso se llama “catedral”, y es el símbolo de la autoridad del obispo, y en particular de su “magisterio”, es decir, de la enseñanza evangélica que, en cuanto sucesor de los Apóstoles, está llamado a conservar y transmitir a la comunidad cristiana. Cuando el obispo toma posesión de la Iglesia particular que le ha sido encomendada, llevando la mitra y el báculo pastoral, se sienta en la cátedra. Desde esa sede guiará, como maestro y pastor, el camino de los fieles en la fe, en la esperanza y en la caridad (Benedicto XVI, Discurso 22.II.2006).

Después de su Resurrección, Jesucristo se apareció repetidas veces a sus discípulos. Y en una de ellas, después de la pesca milagrosa de los ciento cincuenta y tres peces grandes, confirió a san Pedro el Primado de la Iglesia. El Señor preguntó por tres veces a Simón Pedro si le amaba, y el apóstol respondió afirmativamente, aunque era consciente de su debilidad. Por eso dijo con mucha humildad y sinceridad: Señor, tú sabes que te amo. Y Cristo le dice: Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas. Con estas palabras le confiere la jurisdicción de pastor y rector supremo sobre todo su rebaño.

El Primado es una gracia concedida a san Pedro y a sus sucesores; es uno de los elementos fundacionales de la Iglesia para custodiar y proteger su unidad. Además, el Primado de Pedro se perpetúa en todos y cada uno de sus sucesores por disposición de Cristo, no por costumbre o legislación humana.

San Pedro elegido por Cristo como “roca” sobre la cual edificar la Iglesia, comenzó su ministerio en Jerusalén, después de la Ascensión del Señor y de Pentecostés. Fue puesto en la cúspide del Colegio Apostólico no como el primero entre iguales, sino como Vicario de Cristo, y esto lo comprendieron los demás apóstoles respetando con obediencia las especiales prerrogativas concedidas a san Pedro. Éste fue consciente desde el primer momento de su primacía. Así, el mismo día de Pentecostés, se le ve, lleno del Espíritu Santo, dirigiéndose a los judíos; en la elección de san Matías desempeñó una función singular de indudable primacía; los primeros cristianos reconocieron la disposición del Señor de que fuera él quien abriera las puertas de la Iglesia a los gentiles, como una prueba más de que poseía preeminencia sobre los demás apóstoles; en el concilio de Jerusalén fue también el Príncipe de los Apóstoles quien pronunció la palabra decisiva y proclamó la libertad de los cristianos con respecto a los preceptos legales de los judíos; es él quien castigó severamente a los esposos Ananás y Safira, por mentir sobre el precio del campo que habían vendido; y, es él quien amenazó con la venganza divina a Simón el Mago por su pretensión de comprar con dinero el poder de otorgar el Espíritu Santo.

¿Cuál fue la primera “cátedra” de san Pedro? La primera sede de la Iglesia fue el Cenáculo, y con toda probabilidad en esa sala, donde también María, la Madre de Jesús, oró juntamente con los discípulos, a Simón Pedro le tuvieran reservado un puesto especial.

Sucesivamente, la sede de Pedro fue a Antioquia, ciudad situada a orillas del rió Oronte, en Siria (hoy en Turquía), en aquellos tiempos tercera metrópoli  del imperio romano, después de Roma y Alejandría en Egipto. De esa ciudad, evangelizada por san Bernabé y san Pablo, donde “por primera vez, los discípulos recibieron el nombre de cristianos” (Hch 11, 26), por tanto, donde nació el nombre de cristianos para nosotros, san Pedro fue el primer obispo, hasta el punto de que el Martirologio romano, antes de la reforma del calendario, preveía también una celebración específica de la Cátedra de San Pedro en Antioquia (Benedicto XVI, Discurso 22.II.2006).

Desde Antioquia la Providencia llevó a Pedro a la capital del Imperio romano, a Roma. Con su estancia y martirio en Roma, san Pedro unió -no sin una particular inspiración divina- la Sede romana y el Primado universal. Lo recordó el 22 de octubre de 1978 el siervo de Dios Juan Pablo II en la homilía que pronunció en la Misa con la que comenzaba su ministerio petrino: Hoy el nuevo obispo de Roma inicia solemnemente su ministerio y la misión de Pedro. En esta ciudad, en efecto, Pedro ha realizado y completado la misión que le fue confiada por el Señor. El Señor se dirigió a él diciendo: “Cuando eras más joven, tú te ceñías e ibas a donde querías, cuando envejezcas, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras”. ¡Pedro ha llegado a Roma! ¿Qué le ha guiado y traído a esta ciudad, corazón del Imperio romano, sino la obediencia a la inspiración recibida del Señor? Acaso este pescador de Galilea no habría deseado venir hasta aquí. Acaso, habría preferido permanecer allí, sobre las orillas del lago de Genesaret, con su barca, con sus redes. ¡Pero, guiado por el Señor, obediente a su inspiración, ha llegado aquí! Según una antigua tradición, durante la persecución de Nerón, Pedro quería abandonar Roma. Pero intervino el Señor, saliéndole al encuentro. Pedro se dirigió a Él preguntando: “¿A dónde vas, Señor?”, y el Señor le respondió inmediatamente: “Voy a Roma, a fin de ser crucificado por segunda vez”. Pedro volvió a Roma y aquí permaneció hasta el momento de la su crucifixión. Sí, hermanos e hijos; Roma es la Sede de Pedro. A lo largo de los siglos siempre le han sucedido en esta Sede nuevos obispos. Hoy uno nuevo sube a la Cátedra romana de Pedro, un obispo lleno de temor, consciente de su indignidad, y ¿cómo no temblar ante la grandeza de semejante llamada y ante la universal misión de esta Sede romana.   

Tenemos , pues, el camino recorrido por san Pedro. En primer lugar, Jerusalén, Iglesia naciente, y de aquí a Antioquia, primer centro de la Iglesia procedente de los paganos, y todavía unida con la Iglesia proveniente de los judíos. Y por último, Pedro se dirigió a Roma, centro del Imperio, donde concluyó con el martirio su vida al servicio del Evangelio. Por eso, la sede Roma, que había recibido el mayor honor, recogió también el oficio encomendado por Cristo a Pedro de estar al servicio de todas las Iglesias particulares para la edificación y la unidad de todo el pueblo de Dios.

La Sede de Roma fue -y es- reconocida como la del sucesor de Pedro, y la “cátedra” de su obispo representó la del Apóstol encargado por Cristo de apacentar a todo su rebaño. Lo atestiguan los más antiguos Padres de la Iglesia, como por ejemplo san Ireneo, obispo de Lyon, pero que venía de Asia menor, el cual, en su tratado Contra las herejías, describe la Iglesia de Roma como “la más grande, más antigua y más conocida por todos, que la fundaron y establecieron los más gloriosos apóstoles Pedro y Pablo”; y añade: “Con esta Iglesia, a causa de su origen más excelente, debe necesariamente estar de acuerdo toda la Iglesia, es decir, los fieles de todas partes”. A su vez, un poco más tarde, Tertuliano afirma: “¡Cuán feliz es esta Iglesia de Roma! Fueron los Apóstoles mismos quienes derramaron en ella, juntamente con su sangre, toda la doctrina” (La prescripción de los herejes). Por tanto, la cátedra del Obispo de Roma representa no sólo su servicio a la comunidad romana, sino también su misión de guía de todo el pueblo de Dios (Benedicto XVI, Discurso 22.II.2006).

Celebrar la “Cátedra” de san Pedro, como hace la Iglesia latina en el día de hoy, significa reconocer que es un signo privilegiado del amor de Dios, Pastor bueno y eterno, que quiere congregar a toda su Iglesia y guiarla por el camino de salvación.

Consultar a Roma o Roma ha hablado son expresiones que indican a Roma como fuente segura de la doctrina católica. Entre los numerosos testimonios de los Padres de la Iglesia sobre las consultas a Roma, está el de san Jerónimo, tomado de una de sus cartas, escrita al Obispo de Roma, particularmente interesante porque hace referencia explícita precisamente a la “cátedra” de Pedro, presentándola como fuente segura de verdad y de paz. He aquí su testimonio: He decidido consultar la cátedra de Pedro, donde se encuentra la fe que la boca de un Apóstol exaltó; vengo ahora a pedir un alimento para mi alma donde un tiempo fui revestido de Cristo. Yo no sigo un primado diferente del de Cristo; por eso, me pongo en comunión con tu beatitud, es decir, con la cátedra de Pedro. Sé que sobre esta piedra está edificada la Iglesia.

La fiesta de hoy también nos habla de fidelidad al Magisterio de la Iglesia, a las enseñanzas del Romano Pontífice y de los obispos en comunión con él. La Iglesia ha sido constituida por Cristo, y no podemos pretender hacerla según nuestros criterios personales. Tiene por voluntad de su Fundador una guía formada por el Sucesor de Pedro y de los Apóstoles: ello implica, por fidelidad a Cristo, fidelidad al Magisterio de la Iglesia (Juan Pablo II, Discurso 7.XI.1982). Y el mismo Pontífice dijo en otra ocasión: No se puede creer en Cristo sin creer en la Iglesia “Cuerpo de Cristo”; no se puede creer con fe católica en la Iglesia sin creer en su irrenunciable magisterio. La fidelidad a Cristo implica, pues, fidelidad a la Iglesia, y la fidelidad a la Iglesia conlleva a su vez la fidelidad al magisterio (Discurso, 1.XI.1982).

Por tanto, hay que procurar siempre y en todas las cosas sentire cum Ecclesia, sentir con la Iglesia de Cristo. No tenemos otra doctrina que la que enseña el Magisterio de la Santa Sede. Aceptamos todo lo que este Magisterio acepta, y rechazamos todo lo que él rechaza (San Josemaría Escrivá). Es indudable que Jesucristo instituyó en la Iglesia un magisterio vivo, auténtico y perpetuo, investido de su propia autoridad, revestido del espíritu de verdad, confirmado por milagros, y que quiso que las enseñanzas sobre la doctrina de este magisterio fuesen recibidas como las suyas propias.

La Iglesia respeta los ámbitos que no le son propios, pero no deja de señalar un rumbo moral, que no es divergente o contrario, sino que coincide con las exigencias de la dignidad de la persona humana y los derechos y libertades a ella inherentes. Y que constituyen la plataforma de una sana sociedad.

El Papa es quien hace las veces de Cristo en la tierra, hemos de amarle, escucharle, porque en su voz está la verdad. Y hacemos que esta verdad llegue a todos los rincones de la tierra, sin deformaciones, para que, lo mismo que cuando Cristo caminaba sobre la tierra, muchos desorientados vean la luz, y muchos afligidos recobren la esperanza. Un propósito que podemos hacer es conocer bien el magisterio pontificio, los documentos más recientes, o más importantes, de la Santa Sede. Hoy día, con los medios de comunicación que hay, podemos estar al día de todo lo que el Papa dice. Sus homilías están en Internet. Aprovecharlas para hacer la oración. También los mensajes, discursos… No nos quedemos con la breve reseña que viene en algunos periódicos. Y difundir su palabra.

En la Basílica de San Pedro de Roma se encuentra el monumento a la la Cátedra de San Pedro, obra de Bernini, realizada en forma de gran trono, sostenido por las estatuas de cuatro doctores de la Iglesia, dos de Occidente, san agustín y san ambrosio, y dos de Oriente, san Juan Crisóstomo y san Atanasio. El 22 de febrero de 2006, la primera vez que celebraba Benedicto XVI esta fiesta de la Cátedra de San Pedro, decía el Papa a los asistentes a la audiencia que se estaba celebrando en la sala de Pablo VI: Os invito a deteneros ante esta obra tan sugestiva, que hoy se puede admirar decorada con muchas  velas, para orar en particular por el ministerio que Dios me ha encomendado. Elevando la mirada hacia la vidriera de alabastro que se encuentra exactamente sobre la Cátedra, invocad al Espíritu Santo para que me sostenga siempre con su luz y su fuerza mi servicio a diario a toda la Iglesia.

Geográficamente estamos lejos de Roma, no tenemos hoy la oportunidad de estar delante de ese monumento de la Cátedra de San Pedro, pero sí podemos -y lo haremos- rezar por el Papa para que cumpla bien con su misión de padre, pastor y maestro de toda la Iglesia. Se lo pedimos a Dios por la intercesión de Santa María, Madre de la Iglesia.

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