Homilía del Domingo III de Cuaresma (Ciclo A)

DOMINGO III DE CUARESMA (A)

Lecturas: Ex 17, 3-7; Rm 5, 1-2.5-8; Jn 4, 5-42

Una oveja perdida. Conmueve el pasaje evangélico, pues refleja la humanidad de Cristo y su afán de almas. Fatigado del camino se sentó junto a un pozo. Y he aquí que llega una mujer a sacar agua. Se establece un diálogo entre Jesús y la samaritana. La situación matrimonial de ésta es irregular. Entonces el alma sacerdotal de Cristo se vuelca, solícita, para recuperar la oveja perdida: olvidando el cansancio y el hambre y la sed (San Josemaría Escrivá).

La mujer samaritana, después de su conversión, fue a su localidad y dijo a la gente: Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será el Mesías? Y el resultado es que muchos samaritanos creyeron en la palabra de Cristo.

Una espada de Damocles. Jesús bien claro dijo a la samaritana: el que ahora tienes no es tu marido. Entre las enseñanzas del Señor está la indisolubilidad del matrimonio. La Iglesia no debe permitir que su doctrina en esta materia sea oscurecida.

Se llama divorcio a la sentencia por la cual un tribunal civil declara disuelto el vínculo matrimonial entre los esposos, con la pretensión de que cada uno de ellos pueda volver a contraer por separado un nuevo matrimonio. Como el matrimonio es indisoluble por ley divina, ninguna autoridad humana puede decidir en contra de Dios: Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre. Por tanto, quienes se divorcian siguen siendo verdaderos esposos, y si se vuelven a casar por separado cometen adulterio y viven en pecado.

El divorcio es una espada de Damocles sobre el amor de los esposos: engendra incertidumbre, temor, sospechas. Una ley de divorcio es una amenaza para la estabilidad familiar: debilita la voluntad inicial de los que se van a casar; facilita las rupturas de los casados en momentos conflictivos; tiende a reducir la confianza en el otro cónyuge; queda dañada la ilusión por traer hijos al mundo; etc. En la práctica, si no se reconoce la indisolubilidad, el matrimonio se convierte en algo banal, sin demasiada importancia, porque puede contraerse sin un empeño para toda la vida. Esto hace que muchos lo contraigan a la ligera y que luego fracase la vida en común. El divorcio causa siempre daño enorme a los cónyuges, a los hijos y a toda la sociedad.

Actitud de la Iglesia con los divorciados. Una persona, cuyo matrimonio había sido disuelto civilmente, decía poco después de obtener el divorcio: Tengo la impresión de haberme divorciado de Dios, de Cristo y de la Iglesia.

La Iglesia ayuda a los divorciados y a los que están en una situación matrimonial irregular procurando con solícita caridad que no se consideren separados de la Iglesia, sin regatear esfuerzos, poniendo los medios para que resuelvan su situación, y conducirlos a la salvación. Pero los que están en situación matrimonial irregular no pueden admitidos a la Confesión y a la Comunión mientras se encuentren en esa situación de grave desorden moral. No es la Iglesia la que les rechaza. Son ellos mismos con su situación objetiva los que impiden que se les admita. Como Madre, la Iglesia aconseja a estos hijos suyos que hagan oración, asistan a Misa y practiquen obras de piedad.

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