Homilía del Domingo IV de Cuaresma (Ciclo A)

DOMINGO IV DE CUARESMA (A)

Lecturas: 1 S 16, 1b.6-7.10-13; Ef 5, 8-14; Jn 9, 1-41

Fe y ceguera. Después de curar milagrosamente al ciego de nacimiento, Jesús le pregunta: ¿Crees en el Hijo del hombre? El interpelado responde: ¿Quién es, Señor, para que crea en Él? Le dice Cristo: Le estás viendo; es el que habla contigo. Y el que había sido ciego hizo un acto de fe: Creo, Señor. Quien no tiene fe, no tiene luz; está ciego para contemplar las realidades sobrenaturales. La fe es un regalo de Dios y, por tanto, debemos agradecérsela y, a la vez, hay que pedirle que nos la aumente.

La fe es absolutamente necesaria para la salvación. Es preciso que reviva en estos tiempos en que la sociedad se descristianiza. Lo haremos si vivimos bien nuestra fe con todas sus consecuencias; y una de éstas es dar testimonio de vida cristiana. ¡Cuánta incoherencia hay en las personas que dicen: Soy creyente, pero no practicante!

Brújula que orienta la vida. La fe en el Señor es la brújula que orienta la vida (el trabajo, la familia, el dolor, la enfermedad…) hacia Dios. Olvidarse de Dios, como pretenden las tendencias materialistas del mundo de nuestros días, significaría hundirse en la soledad y en la tiniebla, quedarse sin rumbo y sin guía. Por eso, hay que cultivar la fe recibida.

Morir por la fe es don para algunos, pero vivir la fe es una llamada para todos. Fe. ‑Da pena ver de qué abundante manera la tienen en su boca muchos cristianos y con qué poca abundancia la ponen en sus obras. ‑No parece sino que es virtud para predicarla, y no para practicarla (San Josemaría Escrivá). Qué fuerte reproche encierran las siguientes palabras de Gandhi: Tenéis una religión bella, que podría haceros felices. Pero no vivís según ella. Si vivierais vuestra fe, cumpliendo la doctrina de Cristo, todos nosotros os seguiríamos.

Una necesidad urgente. Grande es la necesidad de hacer que la fe resurja en la sociedad actual. Hay que profundizar más en nuestra fe. San Pablo describió en la Carta a los Romanos las costumbres inmorales de las grandes ciudades de entonces, donde el paganismo lo invadía todo. La situación de ahora no es muy distinta a la de entonces. Pero no hay que olvidar: los hombres de Dios ‑los cristianos‑ salvaron aquel mundo podrido. A este mundo sucio de ahora lo salvarán los que tienen fe en Dios y afrontan generosamente las exigencias de esa fe. Con qué claridad Juan Pablo II dijo: Se equivoca quien cree que la referencia pública a la fe menoscaba la justa autonomía del Estado y de las instituciones civiles, o que puede incluso fomentar actitudes de intolerancia.

Si alguna vez nos viene una tentación contra le fe, o nos asalta incluso la idea de que Dios no existe, hay que preguntarse seriamente si estamos cumpliendo los mandamientos. No olvidemos que, con frecuencia, la pérdida de la fe no es un problema intelectual, sino más bien una cuestión de comportamiento. Y recordemos que el primer paso para recuperar una fe aparentemente perdida, puede ser acudir al sacramento de la penitencia, en el que el mismo Cristo nos espera para perdonarnos, para abrazarnos, para empezar una nueva vida.

 

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