Homilía del Domingo V de Cuaresma (Ciclo A)

DOMINGO V DE CUARESMA (A)

Lecturas: Ez 37, 12-14; Rm 8, 8-11; Jn 11, 1-45

Vida detrás de la muerte. Dijo Marta a Jesús: Señor, si hubiera estado aquí, no hubiera muerto mi hermano. Cristo le respondió: Resucitará tu hermano. Ella habló de nuevo: Sé que resucitará en la resurrección, en el último día. Entonces el Señor dice: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá, y todo el que cree en mí, aunque muera, vivirá. Estas palabras de Cristo ponen a la muerte en su sitio, y abren para el cristiano las puertas de la esperanza.  

El pensamiento de la muerte hay iluminarlo con la luz que nos viene de la muerte de Cristo. Ésta nos dice que nuestra muerte ha sido vencida y redimida. Como Cristo llegó a la vida a través de la muerte, del mismo modo los creyentes en Cristo están llamados al gozo de la resurrección a través de la muerte. Para el hombre, la muerte es el momento del encuentro con Dios, es el principio de la vida inmortal. Un pensador pagano dijo: Toda la vida del hombre no es sino un caminar hacia la muerte (Séneca). Es un pensamiento pesimista, ajeno a la esperanza. Más acorde con la fe cristiana son estas palabras de Juan Pablo II: La vida de aquí abajo no es camino hacia la muerte, sino hacia la vida, hacia la luz, hacia el Señor. La muerte, empezando por la del pecado, puede y debe ser vencida.

La realidad de la muerte. Dios creó al hombre con la formidable posibilidad de no morir. Pero el hombre, al apartarse de Él por el pecado, se condenó a sí mismo, ya que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte (Rm 5, 12).

El saber que todo hombre ha de morir ayuda a tomarse en serio esta vida y a aprovechar bien el tiempo. Pensar en la muerte no debe ser para el cristiano algo sobrecogedor, pues para él la muerte no tiene la última palabra. El que vive en Cristo no muere para siempre; muere para resucitar a una vida nueva y eterna. Eso sí, el pensamiento de la muerte es un poderoso estimulante del sentido de la responsabilidad. El Beato Juan XXIII, a punto de morir, decía: Tengo hechas las maletas y puedo irme con el corazón tranquilo.

Prueba y recompensa. La vida presente es tiempo de prueba, de merecer. El hombre no quiere pensar en su muerte, y si es joven, aún menos; para él la muerte es asunto de los demás. Pero, quiérase o no, un día llegará y no será posible huir de ella. Y puede venir en cualquier momento. No sabemos cuándo, ni dónde, ni cómo. Lo único cierto es que vendrá, y lo verdaderamente importante es tener el alma limpia de pecados mortales, la conciencia en paz con Dios, morir como buenos cristianos. Y normalmente como se vive se muere.

Con la muerte, se acaba el tiempo de la prueba, dejando el puesto al tiempo de la recompensa. Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo, bien a través de una purificación, bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo, bien para condenarse inmediatamente para siempre (Catecismo de la Iglesia Católica).

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