Homilía del Domingo de Ramos (Ciclo A)

DOMINGO DE RAMOS (A)

Lecturas: Is 50, 4-7; Flp 2, 6-11; Mt 27, 11-54

Pórtico de la Semana Santa. Comienza la Semana Santa. Para algunos será una semana de vacación y ocio. Para otros, una semana de fe y oración. Durante esta semana se conmemoran los misterios centrales de nuestra Redención: la Pasión y Muerte del Señor, para después celebrar la Resurrección.

Es tiempo para meditar la Pasión de Cristo; para acompañar a Jesús por la vía Dolorosa; para fijar nuestra mirada en la Cruz, pues allí está nuestra salvación; para desagraviar por los pecados; para meterse en las llagas de Cristo Crucificado y purificarse. Nada hay tan eficaz para la salvación y para la siembra de todas las virtudes en un corazón cristiano, como la contemplación piadosa y afectiva de cada uno de los sucesos de la Pasión de Cristo (Santo Tomás Moro).

Domingo de Ramos. En la liturgia de hoy, hay un aspecto de triunfo y de gloria que se mezcla y compagina con la lectura de la Pasión del Señor. Es la cara y la cruz  de esta celebración, de la vida de Jesús y de la vida del cristiano.

Los ramos expresan el triunfo y recuerdan a la multitud entusiasmada aclamando al Maestro: ¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor! Tras aclamar a Jesús como Rey y Mesías en su entrada triunfal en Jerusalén, se anuncia el misterio de la Pasión a través de las lecturas de la Misa. En la 1ª lectura se presenta Isaías, figura de Jesucristo, perseguido y lleno de oprobios. La 2ª lectura es un himno de la primitiva Iglesia recogido por San Pablo, que ensalza la humildad de Cristo y la autenticidad de su encarnación cuando se rebajó hasta la muerte; también se proclama su exaltación a la gloria como respuesta del Padre a su obediencia. Después está la lectura de la Pasión según San Mateo.

Un canto de alabanza a Dios. Los evangelistas narran como la muchedumbre alababa a Jesucristo cuando entraba en Jerusalén. Alabanzas que molestan a los fariseos. Maestro, reprende a tus discípulos. Él respondió: Os digo que, si ellos callasen, gritarían las piedras. Los astros y la creación entera mueven al hombre a reconocer la grandeza de Dios, y a alabarle por sus obras magníficas: Los cielos narran la gloria de Dios, el firmamento anuncia la obra de sus manos … (Sal 19, 1). Alabar al Señor es el fin de la vida del hombre, la única razón de su existencia. La creación entera es un canto de alabanza a Dios. Y toda nuestra actividad, debe estar informada por esta suprema aspiración.

Para que nuestra vida sea limpia y recta, canto enamorado a Dios que nos creó, tenemos que acudir a Jesucristo. La Iglesia (…) cree que el hombre, hecho a imagen del Creador, redimido con la sangre de Cristo y santificado por la presencia del Espíritu Santo, tiene como fin último de su vida ser alabanza de la gloria de Dios, haciendo así que cada una de sus acciones refleje su esplendor (Juan Pablo II). San Rafael dice a Tobías y a su hijo, y a todos nosotros: Bendecid a Dios y glorificarle, pregonad a todos los vivientes lo que ha hecho con vosotros, porque es bueno bendecir a Dios y alabar su nombre pregonando sus obras (Tb 12, 6).

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