Día 25 de enero

25 de enero

Fiesta de la Conversión de San Pablo

Fiesta de la Conversión de san Pablo, apóstol. Viajando hacia Damasco, en la actual Siria, cuando aún maquinaba amenazas de muerte contra los discípulos del Señor, el mismo Jesús glorioso se le reveló en el camino y lo eligió para que, lleno del Espíritu Santo, anunciase el Evangelio de la salvación a los gentiles. Sufrió muchas dificultades a causa del nombre de Cristo. (c. 67) (Martirologio Romano).

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Meditación

Conversión de Saulo

Hacia el año 18 de nuestra era, un joven de poco más de quince años, judío de raza, de la tribu de Benjamín, llamado Saulo, dejaba su ciudad natal de Tarso de Cilicia, en la actual Turquía, y se hacía a la mar rumbo a Jerusalén. Tenía la ciudadanía romana, conocía bien la lengua del Imperio, el griego (además del hebreo, como buen judío), y era fariseo e hijo de fariseos, el grupo más estricto del judaísmo.

Era también un afanoso buscador de la verdad, y este afán le llevó a Jerusalén. Acudió a la escuela de Gamaliel, prestigioso rabino y miembro destacado del sanedrín. Gamaliel representaba una tendencia moderada dentro de la secta de los fariseos. Era hombre prudente, capaz de imparcialidad y dotado de reconocido sentido religioso. En la escuela de Gamaliel permaneció el joven Saulo varios años y se hizo un consumado conocedor de la Sagrada Escritura.

Parece claro que no estaba en Palestina durante el ministerio público de Jesús, a quien no conoció antes de su Ascensión a los cielos. Movido por el odio a los discípulos de Jesús, marchó camino de Damasco.

La primera vez que aparece san Pablo en la Sagrada Escritura es con ocasión del martirio de san Esteban. Narra san Lucas en los Hechos de los Apóstoles: (Los judíos) sacándolo fuera de la ciudad, le apedreaban. Los testigos depositaron sus mantos a los pies de un joven llamado Saulo; y mientras le apedreaban, Esteban oraba, diciendo: Señor Jesús, recibe mi espíritu. Puesto de rodillas, gritó con fuerte voz: Señor, no le imputes este pecado. Y diciendo esto, se durmió. Saulo aprobaba su muerte (Hch 7, 58-60). Dijo san Agustín: Sin la oración de Esteban, la Iglesia no tendría a Pablo.

Las autoridades romanas reconocían la autoridad moral del Sanedrín e incluso le permitían alguna jurisdicción sobre los miembros de las comunidades judías fuera de las fronteras de Palestina, como es el caso de Damasco. Su potestad llegaba incluso hasta el derecho de extradición.

La distancia entre Jerusalén y Damasco es de 230-250 kilómetros, según el itinerario que se elija. Para unos hombres como Saulo y sus acompañantes, provistos de buenos caballos, no ofrecía dificultad y se realizaba en menos de una semana. Y allí, camino de Damasco, sucedió la conversión del joven Saulo.

Éste es el relato de la conversión: Saulo, respirando amenazas de muerte contra los discípulos del Señor, se llegó al sumo sacerdote, pidiéndole cartas de recomendación para las sinagogas de Damasco, a fin de que, si allí hallaba a quienes siguiesen este camino, hombres o mujeres, los llevase atados a Jerusalén. Cuando estaba de camino, sucedió que, al acercarse a Damasco, se vio de pronto rodeado de una luz del cielo; y al caer a tierra, oyó una voz que decía: Saulo, saulo, ¿por qué me persigues? Él contestó: ¿Quién eres, Señor? Y Él: Yo soy Jesús, a quien tu persigues. Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que has de hacer. Los hombres que le acompañaban quedaron atónitos oyendo la voz, pero sin ver a nadie. Saulo se levantó de tierra, y con los ojos abiertos, nada veía. Le llevaron de la mano y lo introdujeron en Damasco, donde estuvo tres días sin ver y sin comer ni beber (Hch 9, 1-9). Días de oración. Total disponibilidad para cumplir la voluntad de Dios.

Humildad. Se deja conducir. Acepta los consejos de Ananías. Se rinde ante Dios y da un giro de 180 grados a su vida, de Saulo, perseguidor de los cristianos, se convierte en Pablo, apóstol de los gentiles.

Nunca olvidaría san Pablo aquel encuentro con el Señor, camino de Damasco. Muchos años después, convertido ya en defensor y propagador incansable de la fe, lo recordaba con frecuencia: En último lugar -escribe a los corintios-, como a un abortivo, se me apareció a mí también. Porque yo soy el menor de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, ya que perseguí a la Iglesia de Dios. pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia que se me dio no resultó vana (1 Co 15, 8-10).

En Antioquía coincide con Pedro, y desde allí emprende sus grandes viajes misioneros, llevando el Evangelio, en primer lugar a los judíos, pero viendo que no lo acogían, se dedicó a los gentiles; por eso es legítimo acreedor del título de Apóstol de los gentiles.

Todas sus energías las pone al servicio del Evangelio, en cumplir su misión de propagar por todos los rincones de la tierra el mensaje salvífico de Jesús. No repara en sacrificios y se entrega sin reservas a su tarea apostólica. Sufre toda clase de penalidades, experimentado en prisiones, en azotes, en peligros de muerte, en trabajos, nada le hace detenerse en su predicación. Él mismo escribe sus padecimientos: Cinco veces recibí de los judíos cuarenta azotes menos uno. Tres veces fui azotado con varas, una vez fui apedreado, tres veces padecí naufragio, un día y una noche pasé en los abismos; muchas veces en viaje me vi en peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los mi linaje, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el mar, peligros entre los falsos hermanos, trabajos y fatigas en prolongadas vigilias muchas veces, en hambre y sed, en ayunos frecuentes, en frío y desnudez; esto sin hablar de otras cosas, de mis cuidados de cada día, de la preocupación por todas las iglesias (1 Co 11, 24-28). Nada habrá ya capaz de apartarlo del cumplimiento de su tarea. El joven Saulo se ha convertido en un gigante que recorre todo un imperio anunciando a Cristo.

Se te dirá lo que has de hacer. Una de las gracias mayores que el Señor nos puede dar en esta vida es la tener claro el camino que nos conduce a Él y contar con una persona que nos ayude a salir de nuestros desvíos para retornar de nuevo al sendero bueno. A Saulo le envió Dios un hombre piadoso llamado Ananías. Quizá, cuando estaba en la casa de un tal Judas, situada en la calle llamada Recta de Damasco, recordara y meditara en su oración las palabras de la Escritura: Trata a un varón piadoso, de quien conoces que sigue los caminos del Señor, cuyo corazón es semejante al tuyo y te compadecerá si te ve caído. Y permanece firme en lo que resuelvas, porque ninguno será para ti más fiel que él (Si o Qo 37, 14-16). Saulo vio en Ananías a un hombre enviado por Dios para comunicarle lo que el Señor quería de Él.

La identificación con Cristo fue tal, que bien pudo escribir: ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí (Ga 2, 20). Esta identificación llevó a Pablo a tener un corazón grande, abierto a todas las gentes. El antiguo perseguidor implacable de los cristianos convertido en celoso pregonero de las maravillas de Cristo, supo abrir su corazón de par en par a todas las criaturas. Me he hecho todo para todos para ganarlos a todos (1 Co 9, 22).

Siguiendo el ejemplo del Apóstol, sintamos la necesidad y la urgencia de hablar de Dios a todos los hombres: a los niños, a los mayores, a los creyentes, a los que no creen, a los jóvenes, a los intelectuales, a los obreros, a todas las clases sociales, a los políticos, a los genios, a los que gobiernan, a los pobres, a los ricos, a los enfermos, a los sanos, a los que sufren, a los que mueren.

Pablo, enamorado del Señor, sin más medio que la fe en Cristo Crucificado y Resucitado, y animado por una esperanza segura y alegre, realizó varios viajes por la cuenca del Mediterráneo para implantar en ciudades y naciones la enseñanza del Maestro divino. Se esforzó continuamente por incrementar el número de los discípulos de Cristo. No desaprovechó ninguna oportunidad para anunciar al que para muchos era el dios desconocido.

San Juan Pablo II, en los umbrales del Tercer Milenio del Cristianismo, nos animaba a imitar a san Pablo y a los demás Apóstoles: No tengáis miedo de salir a las calles y a los lugares públicos, como los primeros Apóstoles que predicaban a Cristo y la buena nueva de la salvación en las plazas de las ciudades, de los pueblos y de las aldeas. No es tiempo para avergonzarse del Evangelio. Es tiempo de predicarlo desde los terrados. No tengáis miedo de romper con los estilos de vida confortables y rutinarios, para aceptar el reto de dar a conocer a Cristo en la metrópoli moderna. Debéis ir a los “cruces de los caminos” e invitar a todos los que encontréis al banquete que Dios ha preparado para su pueblo. No hay que esconder el Evangelio por miedo o indiferencia. No fue pensado para tenerlo escondido. Hay que ponerlo en el candelero, para que la gente pueda ver su luz y alabe a nuestro Padre celestial.

San Pablo, sin ningún tipo de respetos humanos, oralmente y por escrito, transmitió las palabras salvíficas de Cristo y lo que el Espíritu le enseñó. Hay que difundir las maravillas del Señor -decía san Josemaría Escrivá-. Es necesario que llegue a todas partes la verdad de Dios: con la prensa y con otras publicaciones, con el cine, la radio y la televisión… Y esta es una labor vuestra.

Fue el Espíritu Santo quien impulsó a Pablo a recorrer el mundo conocido de su época para anunciar las grandes obras de Dios. Predicar el Evangelio no es para mí motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe; y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio! (1 Co 9, 16). Cada uno de nosotros también debe sentirse enviado por Dios para ser mensajero de la verdad, para dar testimonio de Cristo en la sociedad de nuestros días. Es la hora de emprender una nueva evangelización y no se puede faltar a esa llamada urgente que nos hace Dios.

A través de las cartas de san Pablo, podemos seguir de cerca los pasos de la Iglesia naciente. Después de su tercer viaje misionero, en Jerusalén Pablo es apresado, y es conducido a Roma. Allí lo vemos junto a Pedro, y allí por caminos diversos, los dos congregaron la única Iglesia de Cristo. En el año 67 Pablo vuelve a estar cargado de cadenas, y en Roma da testimonio de Cristo cayendo a filo de espada. Su cuerpo está sepultado bajo la actual basílica romana que lleva su nombre, en la vía Ostiense.

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Efemérides

El 25 de enero de 1959 el papa san Juan XXIII anunció en la basílica de San Pablo extramuros su intención de convocar un concilio ecuménico, de celebrar el sínodo romano y de revisar el Código de Derecho Canónico. Fue una decisión sorprendente, inesperada, tan nueva y tan extraordinaria que dejó atónita a la inmensa mayoría de los cristianos.

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Tal día como hoy del año 1982 el papa san Juan Pablo II promulgó el nuevo Código de Derecho Canónico con la Constitución apostólica Sacrae disciplinae leges.

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