Día 31 de enero

31 de enero

Memoria obligatoria de San Juan Bosco

Memoria de san Bosco, presbítero, el cual, después de una niñez dura, fue ordenado sacerdote, y en la ciudad de Turín se dedicó esforzadamente a la formación de los adolescentes. Fundó la Sociedad Salesiana y, con la ayuda de santa María Domènica Mazzarello, el Instituto de Hijas de María Auxiliadora, para enseñar oficios a la juventud e instruirles en la vida cristiana. Lleno de virtudes y méritos, voló al cielo, en este día, en la misma ciudad de Turín, en Italia. (1888) (Martirologio Romano).

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Semblanza

Maestro y guía de jóvenes

Un sueño

San Juan Bosco es uno de los grandes santos de los tiempos modernos. Su vida abarca casi todo el siglo XIX. Fue sacerdote, educador y fundador de una familia religiosa. Tuvo conciencia de ser llamado por Dios para la educación de un número inmenso de jóvenes.

Nació en Becchi, pedanía de Castelnuovo d’Asti (Turín), el día 16 de agosto de 1815. Al día siguiente recibió las aguas bautismales. Sus padres -Francisco Bosco y Margarita Occhiena- eran buenos cristianos. Francisco era arrendatario de una finca agrícola, estaba encargado del ganado, y siempre en continua lucha por mejorar sus condiciones de vida. En 1817, víctima de una pulmonía fulminante, murió. Y Margarita, con bastantes estrecheces económicas, tuvo que sacar adelante a sus dos hijos José y Juan, y a Antonio, hijo del primer matrimonio de Francisco.

Aunque la familia atravesó por momentos de angustiosa necesidad en una época en la que se agravaba la pobreza en Piamonte y en toda Europa, la vida de infancia del pequeño Juan transcurrió serena y apaciblemente. Una de sus diversiones era cazar pájaros, para lo cual tenía bastante habilidad. También le gustaba acompañar a su madre al mercado, pues allí solía haber titiriteros y equilibristas, cuyos juegos y ejercicios le entusiasmaban. Especial atención prestaba a lo que hacían los prestidigitadores, pues con su don de observación solía descubrir sus maravillosos engaños. En más de una ocasión se le ocurrió hacerse saltimbanqui.

Fue un chico travieso y soñador, al que su madre tenía que castigar a veces, pero un bueno. Tenía un corazón de oro y procuraba portarse bien y ser piadoso, aunque no siempre lo conseguía. Cuando sólo contaba con nueve años de edad tuvo un sueño que le impresionó para el resto de sus días. En el sueño se vio en medio de un patio donde estaban muchos chicos que se peleaban, jugaban, gritaban. Entre gritos y risas, muchos blasfemaban. Indignado, la emprendió a puñetazos con ellos para acallarlos, cuando, de repente, escuchó una voz de alguien que le decía: No con golpes, sino con la mansedumbre y caridad deberás ganar estos amigos tuyos y enseñarles. Volviéndose, vio a un hombre venerable, noblemente vestido, de bondadosa mirada, al que preguntó: ¿Quién eres? ¿Cómo voy a enseñarles yo, que no sé leer ni escribir? El Señor le contestó: Yo soy el Hijo, a quien tu madre te ha enseñado a invocar tres veces al día. Yo te daré una Maestra que te lo enseñara todo. Entonces, vio claramente a una Señora de gran hermosura, que le mostró una multitud de animales feroces (lobos y perros salvajes) y le dijo: Con ellos has de trabajar. Con paciencia y cariño los cambiarás. Luego, aquellos animales se transformaron en mansos corderos que brincaban alrededor de la Señora. Él no comprendía que quienes les hablaba eran Jesús y la Virgen; por eso se puso a llorar, ya que no entendía el significado de todo aquello. Pero la Señora, acariciándole, le dijo: A su debido tiempo lo entenderás.

Al día siguiente, el pequeño Juan contó el sueño que había tenido a su familia. Al oírlo, su hermano José se echó a reír y le dijo: Tú serás pastor de cabras, de ovejas y otros animales. La abuela comentó que no había que hacer caso de los sueños. Sin embargo, su madre exclamó: ¡Quién sabe si un día serás sacerdote!

Un consumado prestidigitador

En los años de su infancia, Juan había recibido una primera instrucción de los sacerdotes que atendían la parroquia de su pueblo, pero después se puso a trabajar como mozo en una familia de agricultores, a pesar de tener una predisposición para el estudio.

Fue su madre quien se ocupó de su formación cristiana. De ella aprendió que hay que amar a Dios y al prójimo, que la Virgen María es nuestra Madre, que el peor mal de este mundo es el pecado. Y la conciencia de Juan fue adquiriendo la finura de las almas delicadas. Por eso procuraba que sus amigos no dijeran palabrotas, ni blasfemasen, ni hicieran obscenidades…, pero no siempre consiguió de ellos que se apartaran del mal.

Un domingo, Juan, que ya conocía a la perfección todos los trucos de los prestidigitadores, después de misa se presentó ante sus paisanos con naipes, una caja, un cubilete, una gallina y un conejo. Allí, en la plaza, antes de empezar a hacer los trucos de mano, dijo: ¿Habéis entendido el sermón del párroco? Pues os lo voy a explicar. Y con una memoria prodigiosa, comenzó a repetir las palabras que el sacerdote había pronunciado en la homilía. Luego, entre juego y juego, les fue dando consejos muy atinados. Al finalizar, les animó a rezar el Rosario. Sus paisanos disfrutaron de la inesperada función. Asombrados, iban viendo cómo Juan hacía cantar a la gallina muerta, sacaba un conejo donde sólo había cebollas, adivinaba la edad de una señora echándole las cartas… Una vez acabada la representación su hermano mayor, Antonio, le dijo indignado: Se han burlado de ti. Has hecho el ridículo. Pero Juan no se enfadó, sólo comentó: Puede ser que haya hecho el ridículo, pero esas gentes se ha divertido y me han prometido que no faltarán a misa los domingos y que rezarán el Rosario.

La sociedad de la Alegría

En 1831, superadas algunas dificultades familiares, completó los estudios básicos e inició los de humanidades primeros en Castelnuovo y más tarde en Chieri. Para costearse los estudios, realizó toda clase de trabajos: dio clases particulares, se empleó como aprendiz de sastre…

Sus compañeros del Instituto le apreciaban de veras. Se lo pasaban bien con Juan, que con sus habilidades de prestidigitador los tenía embobados. Él seguía pensando que esos dones que Dios le había concedido los debían emplear en beneficio de las almas. Y un día se le ocurrió reunir a sus compañeros para proponerles fundar una sociedad. Les dijo: Una sociedad es una reunión de muchachos que trabajan y estudian durante la semana y el domingo se divierten… Ya he pensado en el nombre: se llamará Sociedad de la Alegría, porque estaremos siempre alegres… ¿Quién se apunta? Varios querían ser los primeros en apuntarse, pero antes de tomar sus nombres, Juan quiso exponer los requisitos para ser socio: ¡Un momento! Antes tengo que explicaros las condiciones… Lo primero es que no se admitirán socios mal hablados. Al que blasfeme o diga obscenidades se le expulsará en el acto. Otra condición es que no se admitirán a los vagos. Tampoco admitiremos a los que no estén dispuestos a ser buenos cristianos. Los que no quieran ir a Misa, ni confesarse cuando haga falta, no caben en esta sociedad. ¿Vale?

Unos quince decidieron apuntarse, y el primer acto de la nueva sociedad fue visitar a la Virgen en uno de sus santuarios.

La Sociedad de la Alegría tuvo éxito. Sus miembros acudían regularmente a una iglesia cercana para recibir clases de catecismo y, todas las semanas, los socios se reunían para charlar y rezar. Los domingos, junto con otros amigos, hacían deporte o realizaban excursiones. Si hacía mal tiempo, Juan les entretenían con sus piruetas y juegos de manos. Ya era un auténtico juglar de Dios, un apóstol de los jóvenes.

Vocación sacerdotal

El 30 de octubre de 1835 entró en el seminario diocesano de Turín (abierto en Chieri pocos años antes). En su decisión de hacerse sacerdote influyó un santo sacerdote de gran sabiduría práctica llamado José Cafasso, canonizado por Pío XII en 1947.

Sus años de seminarista estuvieron llenos de sacrificio, entre otras cosas por las exigencias de la disciplina a la que no estaba acostumbrado, los estudios de los tratados de teología, la convivencia con clérigos no siempre ejemplares y la búsqueda de modelos más elevados de vida sacerdotal.

El 5 de junio de 1841, cuando contaba con veinticinco años de edad, recibió la ordenación sacerdotal de manos del arzobispo monseñor Fransoni, en la capilla del arzobispado de Turín. Días antes, durante los ejercicios espirituales previos a la ordenación, Juan puso por escrito estos propósitos:

1) No saldré de casa más que en caso de necesidad, para ejercer mi ministerio.

2) Procuraré no perder el tiempo.

3) No rehuiré humillaciones ni sufrimientos por la salvación de las almas.

4) la caridad y la dulzura de san Francisco de Sales me servirán de guía en todas mis acciones.

5) No me quejaré nunca de la comida que me sirvan y sólo la rechazaré cuando pueda ser mala para mi salud.

6) Sólo beberé vino aguado, y éste como medicina, es decir, cuando fuese conveniente para mi salud.

7) El trabajo es un arma poderosa contra los enemigos del alma; por lo tanto, nunca daré más de cinco horas al descanso al cuerpo. Sólo en caso de enfermedad descansaré después del almuerzo.

8) Haré diariamente un rato de meditación y de lectura espiritual. Nunca omitiré la Visita o al menos una oración a Jesús Sacramentado.

9) Emplearé un cuarto de hora por lo menos en la preparación y la acción de gracias de la Santa Misa.

10) No hablaré con personas del otro sexo, ni las visitaré más que en el ejercicio de mi ministerio.

Desde 1841 a 1844 amplió sus estudios y mejoró su formación sacerdotal en el Convictorio Eclesiástico para jóvenes sacerdotes de Turín. Allí cursó Teología moral práctica, teniendo como maestros al teólogo Luis Guala y a José Cafasso, que se inspiraban en la Moral antirrigorista de san Alfonso María de Ligorio. Durante ese período hizo prácticas pastorales acompañando a don Cafasso a las cárceles, predicando y, sobre todo, impartiendo catequesis a los grupos de jóvenes de los suburbios populares en los alrededores del convictorio y en la cercana iglesia de San Francisco de Asís.

Los Oratorios

El 8 de diciembre de 1841, antes de celebrar la Santa Misa, don Bosco vio que el sacristán echaba de mala manera de la sacristía a un chico joven con aspecto de golfillo. Rogó al sacristán que le dejara estar allí. Una vez finalizado el Santo Sacrificio, se puso a hablar con el chico. -¿Cómo te llamas? -Bartolomé Garelli. -¿De dónde eres? -De Asti. -¿Cuántos años tienes? -Dieciséis. -¿Con quién vives? -Con nadie. -¿Es que no tienes padres? -No, señor. -¿Sabes leer y escribir? -No. -¿Has hecho la Primera Comunión? -Todavía no. -¿Te has confesado alguna vez? -De pequeño, sí… -¿Te gustaría asistir a la catequesis? -No, señor, porque soy ya muy mayor y se reirán de mí… -Y si yo te enseñara a ti solo el Catecismo, ¿querría aprenderlo? -Con tal de que no me pegue… -Pierde cuidado, que ya nadie volverá a pegarte. Desde ahora eres mi amigo. Vamos a tomar algo y luego te daré las primeras lecciones.

Aquel joven era uno de los muchos de la juventud pobre y abandonada de Turín. El desarrollo industrial, el crecimiento urbano, las aspiraciones patrióticas hacia la unidad nacional, habían convertido a la capital del Piamonte en centro de inmigración, no solamente para provincias piamontesas, sino también para Italia entera. Millares de jóvenes, algunos dependientes de comercio, otros aprendices y estudiantes, un buen número de ellos carentes de hogar, no pocos maltratados por sus propios padres y bastantes sin trabajo, estaban sin instrucción religiosa, desprovistos de moral y en peligro de caer en la delincuencia.

Consciente del grave problema, don Bosco decidió reunir todos los domingos en una habitación del Convictorio Eclesiástico a un grupo de chicos para explicarles el Catecismo, enseñarles a ser buenos y hombres de provecho y tenerles entretenidos y ocupados. El primer día, Bartolomé Garelli llevó a seis amigos. Y en domingos posteriores, éstos, a su vez, empezaron a traer a otros, y terminaron siendo una multitud de muchachos, que no tuvieron más remedio que reunirse en otro lugar, en un descampado. El joven sacerdote les hablaba de religión, les contaba chistes y todos reían de buena gana. Pero, además se encargaba de colocarlos en talleres y comercios. Su deseo era construir un gran edificio para acogerlos a todos y enseñarles un oficio para que trabajaran el día de mañana. Mas de momento ese deseo no era posible hacerlo realidad, pues él era un sacerdote pobre.

Al igual que en 1841 había abierto un grupo de sacerdotes de Turín un oratorio para jóvenes marginados -el Oratorio del Ángel Custodio-, situado en el barrio periférico y de mala fama del Moschino, don Bosco abrió otro por cuenta propia en 1844, dedicándolo a san Francisco de Sales (el santo de la dulzura y de la conquista a la fe católica), para formar a sus muchachos. Dos años después consiguió darle una sede fija en un cobertizo en la zona llamada Valdecocco, que alquiló a un hombre apellidado Pinardi. En 1847 dio vida a otro oratorio llamado de San Luis Gonzaga, en la zona de Porta Nuova.

Los movimientos insurreccionales, las agitaciones patrióticas y las campañas militares de la guerra de la independencia de los años 1848 y 1849 contrapusieron la conciencia católica con la nacional. También la obra de los oratorios sufrió contragolpes. Caídos en desgracia los sacerdotes patriotas, el Oratorio del Ángel Custodio, por ellos regentado, fue cerrado y después reabierto bajo la responsabilidad de don Bosco. Posteriormente, el 31 de marzo de 1852, fue éste nombrado director de los tres oratorios turineses para la juventud masculina: los de San Francisco de Sales, del Ángel Custodio y de San Luis Gonzaga, por el arzobispo de Turín, Luis Fransoni, que estaba reñido con el gobierno y exiliado en Lyon desde octubre de 1850. En la precaria situación eclesiástica, algunos clérigos organizaron el Oratorio de San Martín, el Colegio de los Artigianelli y la Escuela agrícola de Moncucco Torinese. Don Bosco prefirió recorrer su propio camino: realizar, como decía la “política del Pater noster”, es decir, interesarse únicamente de problemas educativos al servicio de la sociedad civil y de la Iglesia, formar honestos ciudadanos y buenos cristianos.

El internado

Viendo a los muchos golfillos de Turín que no tenían hogar y dormían en la calle, don Bosco pensó en un alojamiento para ellos, pero los primeros intentos habían terminado en fracaso: varios de los acogidos, después de pasar la noche habían robado las sábanas, las mantas y utensilios de la cocina. Pero aquella idea se hizo realidad.

En una noche tormentosa y fría alguien llamó a la puerta de la casa de don Bosco. Al abrir su madre la puerta, apareció un muchacho de quince años totalmente empapado de agua por la lluvia. Margarita le hizo pasar, le secó la ropa en el fuego y le dio algo de cenar. El chico explicó que era peón de albañil y añadió: He venido del pueblo a Turín en busca de trabajo. No lo he encontrado. Soy huérfano y muy pobre, y no tengo dónde dormir. Y se echó a llorar.

Don Bosco que había estado atento a la conversación del chaval con su madre, mantuvo el siguiente diálogo: -¿No tienes familia? -¿No?- ¿Y qué piensa hacer? -No lo sé… Si pudiera quedarme aquí esta noche… -Pero ¿no nos robará algo cuando durmamos? -Soy pobre, pero nunca he robado.

Madre e hijo quedaron conmovidos. Convencidos de que el adolescente era honrado, le prepararon una cama en el suelo de la cocina. Una vez acostado el chico, Margarita le hizo rezar una breve oración y le dijo unas palabras sencillas para que no les robe lo poco que tienen. A la mañana siguiente, don Bosco y su madre contemplaron al muchacho dormido apaciblemente. Éste fue el primer muchacho que acogieron en su casa, y después, vinieron más. Era el comienzo de un internado que años más tardes llegó a contar con 2.000 chicos.

El discursito que dirigió Margarita al primer joven que alojaron lo aprovechó don Bosco, y lo incorporó a la formación de los acogidos. Todas las noches don Bosco contaba una historia entretenida, terminando con las buenas noches. Y esto lo hizo siempre ante los cientos de chicos acogidos en el internado. Los chicos, antes de acostarse, oían este ejemplo y se les quedaba grabado en su mente. Era una forma sencilla y maravillosa de formación.

Los chicos que vivían acogidos en la casa de don Bosco trabajaban y aprendían un oficio. Por la tarde-noche, don Bosco les enseñaba música y violín, y a otros les enseñaba a cortar tela para confeccionar chaquetas y pantalones, a fabricar zapatos, a hacer muebles y taburetes. Mientras tanto, Margarita remendaba la ropa de aquellos chicos que Dios le había dado. Todos los muchachos terminaron por llamarla mamma Margarita.

Margarita Occhiena

Juan Bosco tuvo una madre excepcional y muy buena cristiana. No sabía leer ni escribir, pero se sabía los pasajes más bellos e interesantes de la Biblia, que se los narraba a sus hijos, haciéndoles consideraciones de lo que les había contado. Cuando el 26 de marzo de 1826, Juan hizo su Primera Comunión, su madre le acompañó a la sagrada mesa, e hizo con él la preparación y acción de gracias. Y le repitió muchas veces: Éste es un gran día para ti. Dios ha tomado posesión de tu corazón. Prométele que harás cuanto puedas, para conservarte bueno hasta el fin de la vida. En lo sucesivo, comulga con frecuencia; dilo todo en la confesión; sé obediente; ve, de buen grado, al catecismo y a los sermones; pero, por amor de Dios, huye como de la peste de los que tienen malas conversaciones.

Semanas antes le había ayudado a confesarme tres veces. El consejo que le daba era: Juanito mío, Dios te va a dar un gran regalo. Procura prepárate bien. Confiésalo todo, arrepentido de todo, y promete a nuestro Señor ser mejor en lo porvenir.

El día de la ordenación de su hijo Juan, al besarle las manos, le dijo: Mira, Juan, ya eres sacerdote; yo he vivido siempre en la pobreza y quiero morir pobre, pero si tú, siendo sacerdote, te hicieras rico, yo jamás iré a verte. El nuevo sacerdote siempre tuvo en cuenta aquellas palabras maternas. Vivió pobre y murió pobre.

Para ayudar a su hijo en su labor, a petición de éste, Margarita dejó el pueblo y se fue a Turín para hacerse cargo de los problemas materiales del Oratorio. A partir de entonces, ella se encargó de fregar, barrer, coser, guisar, lavar… Durante años y años fue una verdadera madre para los cientos de chicos que don Bosco iba recogiendo y formando. Al ver la pobreza con que vivía su hijo y las necesidades económicas de las tareas apostólicas y caritativas que desarrollaba, vendió su cadena y medalla de oro, su reloj y su anillo de esposa, y las pocas tierras que poseía, y el dinero adquirido con aquellas ventas se lo entregó a don Bosco.

Un buen día, don Bosco encontró a su madre algo sofocada y le preguntó: ¿Le pasa algo, madre? Ella le respondió: Me pasa que tus chicos no me dejan vivir. Me ensucian la ropa recién lavada y tendida al sol; me abren el gallinero, me dispersan las gallinas y me cuesta recogerlas; con sus luchas me ha destrozado el huerto; me quitan las cacerolas y peroles de la cocina para sus juegos. Hijo, mi paciencia ha llegado a su límite. Te dejo, hijo, y me voy al pueblo, que es la paz y la gracia de Dios. El hijo la dejó desahogarse. Luego, en silencio le mostró el crucifijo colgado de la pared. Margarita miró a Jesús crucificado y sus ojos se llenaron de lágrimas, mientras decía: ¡Tienes razón, Juan! Él padeció más que nosotros… No seríamos impacientes si fuésemos más humildes. Y permaneció en su puesto hasta el final de sus días.

En el invierno de 1856 contrajo una pulmonía y, dándose cuenta de la gravedad, llamó a don Bosco para decirle: Bien sabe Dios, hijo mío, lo mucho que te he querido, pero espero quererte más aún en el Cielo… Tal vez haya sido a veces demasiado severa contigo, pero era mi deber serlo. Diles a nuestros queridos hijos que he trabajado con gusto por ellos y que les he querido como una madre… Juan, ve a descansar un poco… Vete tranquilo que estoy bien atendida. Pocas horas después, la que era llamada por los chicos de don Bosco mamma Margarita entregaba su alma a Dios.

Al día siguiente, don Bosco celebró la Santa Misa en el Santuario de Nuestra Señora de la Consolación, y dirigió a la Virgen esta súplica: Mis hijos y yo nos hemos quedado sin madre aquí abajo. Sé tú desde hoy, más que nunca, Nuestra Madre, Virgen Santísima.

Ambiente festivo

Don Bosco maduró el sentimiento de que Dios le había destinado a la salvación de la juventud y como lema sacerdotal eligió el versículo bíblico: Da mihi animas, caetera tolle, que él solía traducir: Oh Señor, dame almas y quédate con todo lo demás. Inspirándose en san Felipe Neri y en san Francisco de Sales quiso caracterizar su vida por el optimismo y la alegría. El suyo fue un optimismo radicado en la certeza que Dios providente guiaba tanto la suerte de la Iglesia en los tiempos que aparecían sumamente borrascosos, como también a él mismo y a su obra. Con resolución vivió e hizo vivir su fe cristiana, seguro de que respondía de lleno a las aspiraciones humanas. Se hizo promotor de la confesión y comunión frecuente, del rezo del Rosario a la Virgen, de la música sacra, del teatro recreativo y sagrado, de la prensa religiosa popular. De modo que la religión entró en su sistema educativo y pastoral como fin y como instrumento. Por eso dejó escrito: la Misa diaria, la Confesión y la Comunión frecuentes, son columnas indispensables de todo edificio educativo. No es que se deba obligar a los chicos a frecuentar los Sacramentos, pero sí debe dárseles facilidades para que puedan hacerlo muy a menudo.

Cuando hablaba de la salvación de la juventud, no solamente quiere decir la incorporación a la sociedad como honestos ciudadanos, sino más concretamente procurando la liberación del pecado, la perseverancia en el bien, el estado de gracia y de justicia interior. En una carta que escribió a un joven le decía: esfuérzate siempre por disminuir el número de enemigos y opositores y aumentar el número de los amigos y hacerlos a todos amigos en Jesucristo.

Tuvo don Bosco un don especial para tratar a la juventud. Él amaba a la juventud y la juventud le correspondía con amor. Sobre todo tenía una sonrisa amable y cariñosa, que conmovía los corazones. Solía decir: Demos a nuestros jóvenes música, teatro, canciones, excursiones al campo y la montaña, juegos, saltos, carreras, barullo, pero sobre todo grabemos en la mente de los jóvenes pocas ideas capitales que sean norma de su vida. Una gran cualidad que también poseyó fue el comunicar alegría a los demás. Estaba convencido de que la alegría es fuente de salud del alma y del cuerpo.

Don Bosco sabía bien que algunos chicos se hacían remolones para acercarse al sacramento de la Penitencia, por lo que procuraba tomar la iniciativa. Un domingo llamó a uno de estos remolones. Le invitó a arrodillarse. El chico preguntó: –¿Para qué? -Para confesarte. -No estoy preparado. -Lo sé. -¿Entonces? -Entonces prepárate, y después te confesaré.

Él tenía confianza suficiente para obrar así y sabía que no violentaba la voluntad del joven. Éste exclamó: -Muy bien; lo necesitaba, me hacía falta; ha hecho bien en cogerme así; de lo contrario, aún no habría venido a confesarme por miedo a los compañeros. Y a partir de ese día, ese chaval llevó a muchos amigos al sacramento de la Penitencia.

En otra ocasión recomendó a un joven que se había deslizado por los caminos del pecado, perdiendo la belleza sobrenatural y la limpieza del corazón, que tradujese esta frase: Olim angelus, nunc sus (Antes eras un ángel; ahora un cerdo).

Los frutos del celo apostólico de don Bosco fueron verdaderamente asombrosos. De los Oratorios salieron miles de muchachos profesionalmente bien formados y, al mismo tiempo, buenos cristianos. Unos llegaron a ser padres de familia ejemplares, otros recibieron la vocación al sacerdocio o a la vida religiosa, pero todos conservaron en su alma, a lo largo de su vida, la huella imborrable de aquellos años de juventud.

Persecuciones

La obra educativa de don Bosco con la juventud era tan grandiosa, que suscitó la envidia de muchos; y llegaron a la calumnia, la persecución y el atentado contra su vida. Además, la actitud adoptada por don Bosco en el largo conflicto entre el Papa, que defendía sus derechos sobre los Estados Pontificios, y el rey del Piamonte, Víctor Manuel II, promotor de la unidad italiana, fue siempre clara y transparente: abstenerse de toda intervención en política y dedicarse a formar cristianamente a sus chicos. Pero esta conducta de mantenerse neutral en materia política, pero firme defensor de la doctrina católica frente a los ataques de los enemigos de la Iglesia, irritó de forma especial a los más exaltados, sobre todo a los miembros de diversas sectas masónicas.

El nombre de Juan Bosco figuraba en los archivos de la Policía de Turín como sospechoso de encubrir actividades políticas con las obras caritativas que realizaba. En una ocasión, recibió la visita del delegado gubernativo para un registro de la casa. Al ver un armario cerrado exigió que lo abriera. Son cosas confidenciales, cosas secretas -afirmó don Bosco-. Pase usted a otra cosa. Respete los secretos de familia. Este ruego excitó las sospechas del delegado que, amenazador, le intimó a que abriese el armario. Creía que estaba a punto de descubrir cartas comprometedoras. Don Bosco abrió el armario y mostró los papeles que allí se guardaban. Eran las cuentas del panadero, del lechero, del carnicero, del sastre, del zapatero. ¿Por qué me toma usted el pelo?, dijo agriamente el delegado. Yo no tomo el pelo a nadie -respondió don Bosco-. No quería que mis asuntos, mis deudas, fuesen públicas para todos. Pero usted ha querido ver y saber todo. Paciencia. ¡Si por lo menos Dios le inspirase el pagarme alguna de estas deudas!

En varias ocasiones intentaron asesinar a don Bosco. Una vez dispararon contra él, sin conseguir darle; en otra, quisieron mataron acuchillándole; en otro intento, fue con veneno; y finalmente, trataron de matarlo a palos.

En una de las veces, fueron a buscarle para administrara los sacramentos a un moribundo. Cuando llegó a la casa que le habían indicado se encontró que no había ningún enfermo, pero sí un grupo de matones que estaban cenando. Éstos le invitaron a beber una copa de una botella que tenía guardada en la despensa. Don Bosco, sospechando que aquel vino estaba envenenado, rehusó amablemente. Pero los aquellos hombres le sujetaron, mientras le decían: ¡Si no quieres beber por las buenas tendrás que hacerlo por las malas! Ante esta difícil situación, don Bosco fingió acceder, pero en cuanto le soltaron, corrió hacia la puerta y escapó.

En la vida de don Bosco se dieron también ataques del demonio. Sufrió vejaciones diabólicas que solían coincidir con los momentos en que se disponía a emprender alguna obra importante. Muchas veces fue maltratado brutalmente. Un discípulo le preguntó un día si había descansado bien, y don Bosco respondió: No mucho, no mucho, porque toda la noche fui molestado por un animalazo en forma de oso que se me echaba encima tratando de ahogarme.

La noche en que acabó de redactar las primitivas Reglas de la Sociedad Salesiana, fruto de muchos trabajos y de muchas oraciones, el enemigo compareció y le destrozó el manuscrito, entre voces y gritos extraños, que despertaron a los que dormían cerca. Al día siguiente, don Bosco emprendió la tarea de redactar de nuevos las Reglas.

Fundaciones

Durante algún tiempo, don Bosco meditó la idea de crear su propio grupo de fieles colaboradores, entresacados de las filas de sus jóvenes, pues a colaboradores provisionales prefería fuerzas estables, unidas en congregación religiosa. Fundó así la Sociedad de San Francisco de Sales, aprobada por la Santa Sede en 1869.

En la década de los cincuenta, a los colaboradores más cercanos y preparados les permitió emitir el voto temporal de caridad, para ejercerlo con los jóvenes; después también los de pobreza, castidad y obediencia según las Reglas de la congregación por él fundada y organizada.

Los salesianos de don Bosco tuvieron por dedicación la atención de los Oratorios y, en general, el ejercicio de la caridad con los jóvenes, preferentemente con los más pobres y abandonados.

Don Bosco extendió su obra educativa y formativa a la juventud femenina, pues en 1872 realizó otro de sus proyectos, fundando la Congregación de las Hijas de María Auxiliadora. Las primeras hermanas (María Mazzarello y catorce más) emitieron la profesión religiosa el 5 de agosto de 1872 en Mornese, de la diócesis de Acqui (Piamonte), en presencia del obispo local. Esta nueva congregación femenina, con características propias, pero con el mismo espíritu de los salesianos, sólo dependería del rector mayor de la Sociedad de San Francisco de Sales. Sus finalidades y requisitos eran: con derechos civiles cara al Estado, religiosas cara a la Iglesia y consagradas a la educación de la juventud femenina, especialmente la más pobre y abandonada. Las Hijas de María Auxiliadora, conocidas también como salesianas de Don Bosco, obtuvieron su aprobación por la Santa Sede en 1911.

También don Bosco instituyó la Unión de Cooperadores Salesianos, a la medida de una Orden Terciaria, pero con finalidad apostólica y con el espíritu de los católicos militantes que en el último tercio del siglo XIX dieron vida a iniciativas coordinadas de carácter socio-religioso.

Además, gracias a la fe y al aliento de don Bosco fueron construidos varios templos y santuarios. En Turín, dadas las necesidades del número de jóvenes del Oratorio de Valdocco y del barrio, cuya población aumentaba rápidamente, proyectó una gran iglesia. El 9 de julio de 1868, el Arzobispo de Turín pudo dedicar solemnemente la Iglesia de María Auxiliadora (o de la Madonna de Don Bosco), que pronto se convirtió en un santuario mariano que atrajo a miles de peregrinos.

Durante su estancia en Barcelona unos barceloneses le hicieron una piadosa proposición: el ofrecimiento de la cumbre del Tibidabo para que os sirváis levantar en ella una ermita que, consagrada al Sagrado Corazón de Jesús, detenga el brazo de la justicia divina y atraiga sus divinas misericordias sobre nuestra querida ciudad y sobre toda la Católica España. Don Bosco aceptó, y enseguida comenzó la construcción de lo que sería algo más que una ermita: el Templo expiatorio del Sagrado Corazón.

Y en Roma, consiguió que se terminara el santuario erigido en honor al Sagrado Corazón de Jesús en el barrio de Castro Petrorio.

Por otra parte, fundó y desarrolló talleres entonces prometedores: sastrería y zapatería (1853), encuadernación (1854), carpintería (1856), tipografía (1861), herrería (1862), tienda librería (1864).

Sus escritos

Don Bosco desarrolló como escritor popular y editor una actividad muy vasta. Él mismo recopiló y publicó más de un centenar de obritas: manuales para los ejercicios del buen cristiano; compendios de Historia Sagrada, de la Iglesia y de Italia; semblanzas de santos; vidas de los papas de los tres primeros siglos; folletos catequístico-apologéticos. Asimismo se cuidó de la publicación de un periódico titulado Lecturas Católicas.

Entre otras publicaciones están: Memorias del Oratorio de San Francisco de Sales, escritas y revisadas entre 1873 y 1881; el almanaque familiar El gentilhombre; El joven despierto, escrito en 1847; Vida de Luis Comollo (1844); Vida del joven Domingo Savio (1859); Alusión biográfica al joven Miguel Magone alumno del Oratorio (1861), en la que describió a este alumno como un joven alegre, espontáneo y vivaracho; El sistema educativo en los casos de educación (1877); El católico instruido (1853); Conversión de un valdense (1854); Valentino (1866); Máximo (1874).

Ideas pedagógicas

Todo el sistema educativo de don Bosco se basa en una idea clave, que es prevenir en contraposición a reprimir. Prevenir el mal es mejor que corregir. Y desarrolló el principio del prevenir tanto en el ambiente educativo del internado, como, incluso, en relación con el desarrollo integral de cualquier joven. Con la asistencia preventiva, basada en la amistad y el cariño, el joven es ayudado a madurar en las convicciones fundamentales de la vida misma en una visión cristiana y es conducido a realizarse a sí mismo. Y esta asistencia preventiva debía desenvolverse con maneras familiares, con espíritu de familia, es decir, sin las estrecheces de reglamentos que son más propios del cuartel que de la vida doméstica. Don Bosco resumía tal espíritu de familia y de libertad en un lema de san Felipe Neri: Dése amplia libertad de saltar, correr y alborotar a placer. Quería que los jóvenes estuviesen contentos, por eso solía aconsejarles: Servid a Dios con alegría. La virtud es alegre. Obrad con libertad; a mí me basta con que no cometáis pecados.

Era el suyo un estilo educativo fundado, no sobre el alejamiento reverencial entre el superior y el alumno, sino sobre la cohesión en espíritu de familia. El educador debe ser considerado por los jóvenes como padre, amigo, confidente y consejero. Requisito esencial del educador es lo que don Bosco llamaba amabilidad: dulzura, mansedumbre, caridad benigna y paciente, que gana el corazón de los jóvenes.

Don Bosco entendía el tema de la salvación y del compromiso educativo dentro de los esquemas eclesiológicos de su tiempo y dentro de la religiosidad popular. Además, tenía viva la consideración de los novísimos y de la salvación del alma. Darse a Dios desde jóvenes es prevenir en concreto los males más grandes y ponerse en la vía de la salvación eterna.

La amistad y estima de los Papas

En el año 1858, durante una audiencia que le concedió el papa beato Pío IX para tratar de la Congregación Salesiana, don Bosco contó al Pontífice el sueño que tuvo en su infancia y que le había marcado para el resto de sus días. El Papa le escuchó complacido y le indicó que lo pusiera por escrito, porque alentaría a sus seguidores salesianos.

Años más tarde, en el verano de 1870, cuando los ejércitos del Piamonte y demás fuerzas italianas estrechaban el cerco de Roma, las potencias católicas y la corte pontificia aconsejaron a Pío IX que saliera de la Ciudad Eterna y buscara refugio en otro lugar, como ya había hecho en 1848 al proclamar los revolucionarios la República Romana, que se exilió en Gaeta. Antes de tomar una decisión, el Papa dijo: Consultemos a don Bosco. Y en Turín don Bosco dio al mensajero enviado por la Santa Sede esta lacónica respuesta: El ángel de Israel permanezca en su puesto; el centinela guarda la roca de Dios y el arca santa. Y Pío IX no se movió de Roma.

Un año después -1871-, en otra audiencia privada Pío IX recibió a don Bosco, que ya tenía fama de santidad. Y durante la conversación, el Papa le preguntó si tenía licencias para confesar en Roma. –No, Santo Padre. A menos que Vuestra Santidad me las concedas…Pues bien, concedidas –dijo el Pontífice-. Así podrá usted confesarme. Y ante la sorpresa y estupor de don Bosco, el Vicario de Cristo se puso de rodillas.

Don Bosco tuvo que viajar varias veces a Roma para conseguir la aprobación de la Pía Sociedad Salesiana fundada por él. El 1 de marzo de 1869 quedó aprobada la Sociedad, pero no sus Reglas o Constituciones, que sólo después de cinco años fueron aprobadas de forma provisional. Como pasaba el tiempo y algunos miembros de la Curia romana se resistían a dar su conformidad para la aprobación definitiva, porque las consideraban demasiado avanzadas, don Bosco decidió recurrir al Papa. Santo Padre, falta un voto favorable para la aprobación definitiva… Pío IX le escuchó complaciente con una sonrisa. Y le dijo: No se preocupe. Yo pondré el voto que falta…

Y así, el 13 de abril de 1874, las Constituciones de la Pía Sociedad Salesiana fueron aprobadas por la Santa Sede.

Don Bosco, además de la amistad del beato Pío IX, gozó de la estima de León XIII. Éste le encomendó la terminación de un santuario dedicado al Sagrado Corazón de Jesús en Roma, cuyas obras estaban paradas por falta de dinero. Al ser recibido en audiencia por León XIII para tratar algunos asuntos del encargo que le había hecho, don Bosco se puso de rodillas y exclamó: Ésta será mi última obra, Santidad. El Papa le ayudó a levantarse e hizo que se sentara. Para que se protegiera del frío, León XIII le entregó una manta de armiño. Me la han regalado esta misma mañana -comentó el Papa- y quiero que sea usted el primero que la use. Don Bosco, emocionado, dijo: Gracias, Santo Padre… gracias. Tengo 72 años y estoy débil y enfermo… Rece Vuestra santidad por mí para que el Señor me acoja en su seno. León XIII le bendijo y le abrazó conmovido.

Tiempo después, León XIII, desde el primer momento, apoyó la causa de beatificación y canonización de don Bosco, iniciada pocos años después de su muerte.

Anecdotario

Ya en vida, don Bosco tenía fama de santo y de taumaturgo. Un día se le presentaron dos hombres que le preguntaron por los números de la suerte en la próxima lotería. Tomad -les dijo- estos tres números: el 10, el 5 y el 14. Se iban ya muy satisfechos los consultantes, cuando les habló de nuevo: esperad una breve explicación: el número 10, son los Diez Mandamientos de la Ley de Dios; el 5, los de la Iglesia; y el 14, las Obras de Misericordia. Jugad estos números durante vuestra vida, y seréis dichosos en esta vida y en la otra.

En los comienzos del Oratorio de San Francisco de Sales, don Bosco les hablaba a sus colaboradores de los grandes edificios que ve en sueños, con amplios patios y jardines, dormitorios, aulas y una iglesia muy grande. Unos sueños totalmente irrealizables, le decían los que escuchaban, pues no tenían nada de nada. Y ante la insistencia de don Bosco de sus proyectos, algunos pensaron que había perdido la cabeza y decidieron internarlo en un manicomio. Y un buen día, dos aquellos sacerdotes colaboradores invitaron a don Bosco a dar un paseo en un coche de caballos. Éste se dio cuenta que era una trampa y fingió aceptar la invitación, pero se negó a subir el primero en el vehículo. Sería una descortesía por mi parte –dijo-. No, no, ustedes antes… Y una vez que los dos colaboradores se acomodaron en el coche, don Bosco de un portazo cerró la puerta, mientras que le decía al cochero: ¡Al manicomio, rápido! Están esperando a estos dos señores.

Cierta noche don Bosco fue a atender a un moribundo. Cuando regresaba a su casa, vio a unos cuantos jóvenes. Uno de ellos le saludó con una horrible blasfemia. Don Bosco, sin perder la serenidad y con audacia, se acercó a ellos y les dijo. Buenas noches, amigos, ¿qué tal estáis? Otro del grupo respondió: Tengo sed, pero no tengo dinero. Y un tercero añadió: Páguenos una ronda. El sacerdote aceptó la propuesta: Yo también voy a beber con vosotros. Y entraron en una taberna llamada Las tres gallinas. Todos bebieron con verdadero placer. Don Bosco les pidió que no blasfemaran. Al salir, como aquellos jóvenes no tenían dónde ir, los llevó a su casa; pero como eran tantos, los alojó en le granero y les hizo rezar un a breve oración. A la mañana siguiente, don Bosco, mientras su madre preparaba el desayuno para todos, fue al granero para dar los buenos a los muchachos, pero no había nadie. Aquellos jóvenes se habían ido, llevándose las mantas. Don Bosco sonrió y exclamó: Bendito sea Dios, que me las dio y me las quitó.

El Presidente del Gobierno italiano, el conde de Cavour, admiraba a don Bosco y a su labor con los chicos pobres. Un día le invitó a almorzar en su casa. Al sentarse a la mesa y desplegar la servilleta don Bosco se desprendió un billete de gran cuantía. El invitado agradeció el donativo diciendo: Mis muchachos le agradecen la limosna. A poco de empezar la comida, llegó la sobrina de Cavour, la marquesa de Altieri, deseosa de ver cómo se desenvolvía un santo entre la gente rica y poderosa. Y vio a don Bosco comer con delicia la carne trufada y beber saboreando el vino delicioso que su anfitrión le había preparado. Un poco desilusionada, se dijo para sí: ¡Vaya santo! Seguro que san Francisco de Sales no se desenvolvía así. Después del almuerzo, mientras se saludaban, don Bosco, con una suave sonrisa, le dijo a la marquesa: Le advierto, marquesa, que cuando san Francisco de Sales comía con personalidades, tenía esta norma: no pedir nada, no rechazar nada. La joven Altieri quedó sorprendida al ver que don Bosco le había adivinado el pensamiento. Y partir de entonces lo consideró un verdadero santo.

Al final de su vida, don Bosco realizó varios viajes . En marzo de 1883 llegó a París, donde permanecería tres semanas. Pidió alojamiento en la casa parroquial de una importante iglesia de la ciudad. Lo enviaron a una buhardilla del sexto piso. Años después, cuando se abrió el proceso de beatificación, llamaron a declarar como testigos a las personas que le habían tratado o conocido, y una de éstas fue párroco de París que lo había mandado a la buhardilla. Sus palabras fueron dolorosas: Si hubiera sabido que se trataba de un santo, no lo habría enviado al sexto piso.

Muerte y glorificación

En diciembre de 1887 la vida de don Bosco estaba llegando a su final. Con 73 años era ya un anciano. El día 24 se agravó tanto que él mismo pidió recibir el Santo Viático y que se le administrara la Unción de enfermos. A principios del nuevo año, experimentó una mejoría, pero el 29 de enero volvió a agravarse su estado. En Turín, en la madrugada del 31 entregó su alma a Dios. Su muerte fue santa como había sido su vida.

Fue un hombre muy de Dios. En cierta ocasión había comentado a un amigo: Yo no he aspirado a ser sino un buen niño, un buen joven, un buen estudiante y un buen sacerdote. Y lo consiguió porque fue un gran santo. Su persona había sido un símbolo electrizante y una señal en la que la Iglesia, a pesar de las dificultades de la época, encontraba nuevos recursos para continuar su misión en el mundo.

Poco después de su muerte, se promovió la causa de canonización. El proceso, iniciado en 1890, fue seguido con simpatía por todo el mundo católico y obtuvo el pleno apoyo de los papas, desde León XIII hasta Pío XI. Éste último lo beatificó el 2 de junio de 1929 y, cinco años más tarde, lo canonizó el 1 de abril de 1934 ante una inmensa muchedumbre que abarrotaba la Basílica y la Plaza de San Pedro. El 24 de mayo de 1946 fue proclamado patrono de los editores católicos; el 17 de enero de 1956, patrono de los jóvenes aprendices de Italia; el 16 de octubre de 1959, de los aprendices de Colombia; y el 22 de abril de 1960, de los de España.

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