Día 6 de febrero

6 de febrero

Memoria obligatoria de san Pablo Miki y compañeros (Conmemoración si es Cuaresma)

Memoria de los santos Pablo Miki y compañeros, mártires en Nagasaki, ciudad de Japón. Allí, declarada una persecución contra los cristianos, fueron apresados, duramente maltratados y, finalmente, condenados a muerte ocho presbíteros o religiosos de la Orden de la Compañía de Jesús y de la Orden de los Hermanos Menores, procedentes de Europa o nacidos en Japón, junto con diecisiete laicos. Todos ellos, incluso los adolescentes, por ser cristianos fueron clavados cruelmente en cruces, mas manifestaron su alegría al haber merecido morir como murió Cristo. (1597) (Martirologio Romano).

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Lista de todos los mártires

Esta lista la hizo el p. Diego Yuki, S.J., Director del Museo de los 26 mártires La Colina de los Mártires de Nagasaki.

San Francisco, el carpintero de Kioto, porfiado, fiel, que siguió a los otros hasta conseguir ser agregado a ellos. “Adaucto” lo llaman algunas crónicas, recordando un hecho parecido de la historia de la Iglesia primitiva.

San Cosme Takeya, el forjador de espadas, natural de Owari, bautizado por los jesuitas y catequista de los franciscanos con quien trabajaba en Osaka.

San Pedro Sukejiro, el joven de Kioto, enviado por el padre Organtino para que socorriese a los mártires durante su peregrinación. Su servicio abnegado le valió ser añadido al grupo.

San Miguel Kozaki, de cuarenta y seis años, fabricante de arcos y flechas, natural de la provincia de Ise. Era ya cristiano cuando llegaron los frailes y puso a su servicio sus conocimientos de carpintero, ayudándoles a construir las iglesias de Kioto y Osaka. Y les dio algo que valía más aún: su hijo Tomás.

San Diego Kisai, el hermano coadjutor devoto de la Pasión del Señor, con sus sesenta y cuatro años, su vida trabajada y su alma serena. Era natural de Okavama, y tenía a su cargo el atender a los huéspedes en la casa de los jesuitas de Osaka.

San Pablo Miki, del reino de Tsunokuni, hijo del valiente capitán Handayu Miki. Educado desde niño en el Seminario de Azuchi y Takatsuki, había seguido en su vida de jesuita todas las vicisitudes de la Iglesia japonesa. Amó con pasión su vida apostólica. Estaba ya muy cerca de su sacerdocio. Era el mejor predicador que había en Japón; solo enmudeció cuando las lanzas rompieron su corazón de treinta y tres años.

San Pablo Ibaraki, de Owari; fue samurái en su juventud. Bautizado por los jesuitas conoció la lucha de la tentación contra la fe y también la paz del alma, que alcanzó en sus últimos años a la sombra del convento de Nuestra Señora de los Ángeles, de Kioto. Vivía pobremente con su familia de las ganancias de la fabricación del vino de arroz, y ayudaba a otros más pobres que él. Y también predicaba a Cristo.

San Juan de Gotto, con sus diecinueve años inmaculados y alegres, con su corta vida bien llena al servicio de Dios. Natural de las islas de Gotto, hijo de padres cristianos, se educó con los jesuitas en Nagasaki y luego en el colegio que éstos pusieron en Shiki (Amakusa) para sus catequistas músicos y pintores. De allí fue a Osaka donde trabajó con el padre Morejón hasta que Dios le ofreció la corona.

San Luis Ibaraki, el benjamín de los mártires, doce años, de Owari, sobrino de los mártires Pablo Ibaraki y León Karasumaro. El niño que reía y cantaba cuando le cortaban la oreja y en el camino y en lo alto de la cruz; que rechazaba con energía varonil las insinuantes invitaciones a la apostasía. “Aquí va Luisillo, con tanto ánimo y esfuerzo que pone admiración a todos”, había escrito la víspera de su muerte san Francisco Blanco.

San Antonio Deynan, de Nagasaki, cándido corazón de trece años, hijo de padre chino y de madre japonesa, educado primero en el colegio de los jesuitas de Nagasaki y luego en el convento franciscano de Kioto. Vence al pie de la cruz la mayor tentación, las lágrimas de su madre. Luego muere cantando.

San Pedro Bautista, Embajador de España, comisario de los franciscanos, padre de los leprosos, capitán de mártires. Desde San Esteban del Valle (Ávila) hasta la colina Nishizaka su vida de cuarenta y ocho años tiene demasiadas páginas de trabajo y santidad para poder resumirla aquí.

San Martín de la Ascensión, de Guipúzcoa, treinta años. Dicen que su pureza era muy grande, tal vez por eso cantaba tanto. A pie se fue hasta Sevilla cuando recibió la orden de partir para Filipinas, y en el viejo convento de la plaza de San Francisco se repartía con un compañero las horas de la noche para llenarlas de oración. Su apostolado en Japón, en Osaka, fue breve; su muerte, espléndida.

San Felipe de Jesús, o de las Casas, veinticuatro años, de México. Plata buena cincelada por Dios. Su vida joven fue una encrucijada de caminos, un choque de voluntades. Luchan brazo a brazo Cristo y Felipe. Conquistado en esa lucha, Felipe siente el apremio de rescatar el tiempo perdido, es el primero en morir.

San Gonzalo García, cuarenta año, nacido en el lejano “dom” Bazain, (Vasei) de padre portugués y madre india. Catequista de los jesuitas, mercader en Macao, lego franciscano. El brazo derecho de san Pedro Bautista. Tartamudea al hablar portugués y se enfrenta en fluido japonés con el señor de Japón. Es el patrono de la diócesis de Bombay, India.

San Francisco Blanco, el gallego de Monterrey (Orense), compañero de san Martín de la Ascensión y semejante a él hasta en el irse andando a Sevilla. Hombre pacífico, silencioso, de clara inteligencia.

San Francisco de San Miguel, cincuenta y tres añoa, de La Parrilla (Valladolid). Yo quisiera decir muchas cosas de él , ya que fue tan callado en su vida. “Viendo su buen espíritu y fuerzas corporales y poca malicia, le dieron el hábito para fraile lego”. ¡Qué cosas dicen las viejas crónicas! También las decía él. Aquella su típica frase: “Mañana tañerán a comer”, cuando querían hacerlo desistir de sus ayunos; aquel gustarle aspirar “los vientos japónicos”, cuando estaba en Manila, Filipinas. Y luego su noche oscura en la misión, cuando se imagina que es inútil allí y le vienen deseos de volverse a Filipinas. Su muerte, como su vida, silenciosa.

San Matías, no sabemos su edad, ni su ciudad natal, ni la fecha de su bautismo. Solo sabemos el nombre y el rasgo con que alcanzó el martirio. Buscaban los soldados a otro Matías; éste se ofreció en su lugar, los soldados lo aceptaron; Dios también.

San León Karasumaro, de Owari, hermano menor de san Pablo Ibaraki. Fue bonzo budista en su juventud. Ganado para Cristo por un jesuita japonés, su vida fue siempre modelo de fervor. Cuando llegaron los franciscanos, él fue su principal apoyo. En la construcción de las iglesias, la adquisición de los terrenos o la dirección de los hospitales, siempre podían contar con León. Catequista celoso, hombre de oración, figura en la historia del martirio como la cabeza del grupo de mártires seglares.

San Ventura, su vida joven lleva el sello de los caminos misteriosos de Dios. Bautizado muy niño, pierde a su madre a los pocos años; viene una madrastra pagana y Ventura es confiado a un monasterio de bonzos. Un día descubre que está bautizado, busca y en el convento franciscano de Kioto, su ciudad natal, encuentra la paz del alma. Pidiendo por la perseverancia de su padre y la conversión de su madrastra, camina hacia la cruz.

Santo Tomás Kozaki, bajo apariencias un tanto rudas, su corazón de catorce años es bello como las perlas de Ise, su patria. Ya cristiano entra con su padre en el círculo franciscano. Con los frailes se queda a vivir en el convento de Osaka. Carácter recto, decidido, realiza su entrega con una sinceridad sin sombra. La carta de despedida que escribe a su madre desde el castillo de Mihara, es una de las joyas que esmaltan la ruta de los veintiséis Mártires.

San Joaquín Sakakibara, cuarenta años, de Osaka. Bautizado por un catequista cuando se hallaba gravemente enfermo, muestra luego su agradecimiento por el don el bautismo ayudando a construir el convento franciscano de Osaka, donde trabaja después como cocinero. Su carácter colérico se suaviza, se hace humilde, servicial. Y de su cocina lo saca Dios para llevarlo a los altares.

San Francisco, el médico apóstol, natural de Kioto, de cuarenta y ocho años. Todavía pagano llevó durante cuatro años un rosario que había pertenecido a Francisco Otomo, el daimyo de Bungo. Tocado de la gracia, llega al convento de los franciscanos. Una vez bautizado y después de convertir a su mujer, pasa la vida al lado del convento curando gratis a los pobres, llevando la luz a las almas.

Santo Tomás Dangui, el farmacéutico de carácter terrible, trocado por la gracia en bondadoso catequista. Cristiano antiguo de Kioto, trasladó su tiendecilla al lado del convento de Nuestra Señora de los ángeles. Vivía de la venta de sus medicinas y enseñaba a otros el camino del cielo.

San Juan Kinuya, veintiocho años, de Kioto. Fabricaba y vendía tejidos de sedas. Bautizado hacía poco por los misioneros franciscanos, se fue a vivir cerca de ellos. En sus tejidos suaves, de vivos colores, iban entreveradas muchas oraciones y mucho amor. Y a Dios le agradó aquella vida de oración y trabajo.

San Gabriel, natural de Ise. Otra vida joven, diecinueve años, alegremente inmolada. Deja el servicio de un alto oficial de Kioto por el de la casa de Dios. Convertido por fray Gonzalo, supo caminar rápido, sorteando los obstáculos que se oponían a su paso. Era catequista.

San Pablo Suzuki, cuarenta y nueve años, de Owari. L borde mismo de la colina, para que su palabra ardiente, apostólica, pueda volar con libertad. Habían pasado trece años desde que recibió el bautismo. La fogosidad de su carácter, atestiguada por cicatrices en su cuerpo, se transformó en celo, y fue de los catequistas de los franciscanos, el encargado del hospital de San José de Kioto.

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