Día 14 de febrero

14 de febrero

Fiesta de san Cirilo y san Metodio

Fiesta de san Cirilo, monje, y san Metodio, obispo, hermanos nacidos en Tesalónica, que enviados a Moravia por el obispo Focio de Constantinopla para predicar la fe cristiana, allí crearon signos propios para traducir del griego a la lengua eslava los libros sagrados. En un posterior viaje a Roma, Cirilo, que antes se llamaba Constantino, enfermó, y habiendo profesado como monje, descansó en el Señor en este día. Metodio, constituido obispo de Sirmium por el papa Adriano II, evangelizó la región de Panonia, y en todas las dificultades que soportó fue siempre ayudado por los Pontífices Romanos; recibió finalmente el premio celestial por sus trabajos en Velherad, en Moravia, actual Chequia, el día seis de abril. (869 y 885) (Martirologio Romano).

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Semblanza

Apóstol de los eslavos

Años de juventud

Cirilo nació en la ciudad griega de Salónica (la antigua Tesalónica) en el año 827. Salónica en el siglo IX era un importante centro de vida comercial y política en el Imperio bizantino y ocupaba un lugar de notable importancia en la vida intelectual y social de aquella región de los Balcanes. Al estar situada en la frontera de los territorios eslavos, tenía por lo tanto un nombre eslavo: Solun.

Cirilo fue el último de siete hijos de un oficial del ejército, aunque otros biógrafos afirman que era un alto funcionario de la administración imperial. En el bautismo le fue impuesto el nombre de Constantino, que conservó casi hasta el final de su vida. A la edad de siete años tuvo un sueño que fue un presagio. Como apóstol escogido para anunciar el Evangelio del Reino, respondió generosamente a la invitación que Dios le dirigió a unirse íntimamente con la Divina Sabiduría.

Al morir su padre, cuando Constantino sólo tenía 14 años, se hizo cargo de su familia el logoteta imperial Teoctisto, que llamó al joven a Constantinopla para educarlo junto con el futuro emperador Miguel III. Fueron maestros suyos León el Matemático y Focio, el futuro Patriarca cismático de Constantinopla. Allí aprendió gramática y retórica, matemáticas y astronomía, música y filosofía.

Los nobilísimos rasgos de su fisonomía moral aparecen ya en su infancia: inteligencia precoz, serenidad y madurez de juicio, inocencia virginal en su lenguaje y en su conducta, amor ardientísimo a la sabiduría, tanto interior como exteriormente. Se entregó a los estudios superiores y asimiló de tal modo la sublime y profunda doctrina de los insignes maestros de Constantinopla, que mereció muy pronto el noble apelativo de Filósofo.

Docencia en Constantinopla

Habiendo cursado con particular provecho los estudios en Bizancio y después de renunciar a un ventajoso matrimonio, a la vez que rechazaba decididamente un brillante porvenir político que se le ofrecía en el Imperio, recibió las Órdenes sagradas. Por sus excepcionales cualidades y conocimientos culturales y religiosos le fueron confiadas, siendo diácono y cuando todavía era joven, delicadas tareas eclesiásticas, como la de bibliotecario del Archivo contiguo a la gran iglesia de Santa Sofía de Constantinopla y, simultáneamente, el prestigioso cargo de cartofilacio o secretario del Patriarcado de aquella misma ciudad. Pero no ejerció este cargo durante mucho tiempo, pues bien pronto dio a conocer que quería substraerse a tales funciones, para dedicarse al estudio y a la vida contemplativa, lejos de toda ambición. Y movido por el deseo de abrazar la vida monástica, huyó secretamente e ingresó en un monasterio a orillas de Bósforo, en las costas del Mar Negro.

Encontrado seis meses después en el refugio monacal, fue convencido para volver a su puesto y aceptar el nombramiento de maestro público para la enseñanza de las disciplinas filosóficas y teológicas en la Escuela Superior de Constantinopla, donde destacó por la calidad de su saber. Bien merecido tenía el calificativo de Filósofo con el que todavía es conocido. Probablemente en este tiempo sostuvo una disputa con el ex-Patriarca iconoclasta Juan VII el Gramático. Ejerció la docencia hasta que le fue encomendada la primera misión apostólica.

En calidad de teólogo consultor acompañó una delegación enviada por el Emperador bizantino y el Patriarca de Constantinopla con una misión que cumplir ante los sarracenos. La amplitud de su cultura y la agudeza de su ingenio en el cumplimiento del difícil encargo fueron tales que su fama creció enormemente. Finalizada con éxito dicha gestión y al regreso a su patria, se retiró de la vida pública para reunirse con su hermano mayor Metodio en el convento Polychron, situado en las cercanías del monte Olimpo, en Bitinia, y compartir con él la vida monástica. Quizá influyera en esa decisión de abandonar la cátedra los acontecimientos políticos. En el año 855 Bardas, tío del emperador Miguel III y enemigo de Teoctisto, hizo asesinar a éste. La emperatriz Teodora, regente durante la minoría de edad de Miguel III, también tuvo que retirarse de la Corte. Ante tales hechos, Cirilo prefirió dedicarse a la oración y al estudio.

Misión apostólica en Crimea

Tampoco esta vez pudo estar mucho tiempo retirado. La permanencia en aquella apartada soledad fue breve, solamente dos años, porque el emperador Miguel III le incluyó como experto religioso y cultural en una delegación de Bizancio enviada ante los Jázaros de Cherson, a orillas del mar Azov. Éstos querían reforzar los lazos políticos con Bizancio y habían solicitado un letrado cristiano capaz de disputar públicamente con los judíos y sarracenos. Cirilo marchó allí con su hermano Metodio, que conocía bien la lengua eslava, y aprendió rápidamente el hebreo para discutir con los judíos. El heraldo del Evangelio, dotado de gracias extraordinarias, trabajó con tesón para que aquellas gentes se sometiesen al suave imperio de Cristo y su ley. Aquella misión no pudo acabar mejor, pues tuvo el éxito deseado. Después de tres disputas de Cirilo con los judíos y musulmanes ante el Kan y sus consejeros, todo el pueblo abrazó libremente la fe cristiana.

Durante su estancia en Crimea, buscó el cuerpo de san Clemente I, papa romano y mártir, que según una tradición había sido desterrado a Cherson y murió precipitado al mar con un ancla amarrada al cuello. Cirilo y Metodio creyeron localizar bajo las aguas la iglesia en la que había sido sepultado antiguamente san Clemente I; recogieron y llevaron consigo las reliquias del santo mártir, que acompañarían después a los dos hermanos en el sucesivo viaje misionero a Occidente, hasta el instante en que pudieran depositarlas solemnemente en Roma, entregándolas al papa Adriano II.

Evangelización de la Gran Moravia

Al poco tiempo un hecho había de decidir totalmente el curso de su vida. Se le consideró digno de asumir otro cargo mucho mayor. El príncipe de la Gran Moravia, Rastislao, para contrarrestar la influencia germánica, había pedido al emperador de Bizancio, Miguel III, que enviara a sus pueblos un Obispo y maestro, que fuera capaz de explicarles la verdadera fe cristiana en su lengua.

Para desempeñar esta misión apostólica fueron designados precisamente Cirilo y Metodio, que eran, indudablemente, los que estaban mejor preparados, gracias a los estudios realizados, a la vida monástica que habían abrazado, y, sobre todo, gracias a sus anteriores viajes a los pueblos de Oriente.

Ellos creyeron firmemente que la divina Providencia se les había manifestado, a través de la voz y autoridad del Emperador de Bizancio y del Patriarca de la Iglesia de Constantinopla, y les había pedido que se dirigieran en misión a los pueblos eslavos. Este encargo significaba para ellos abandonar no sólo un puesto de honor, sino también la vida contemplativa; significaba salir del ámbito del Imperio bizantino y emprender una larga peregrinación al servicio del Evangelio, entre unos pueblos que, bajo muchos aspectos, estaban lejos del sistema de convivencia civil basado en una organización avanzada del Estado y la cultura refinada de Bizancio.

Ambos hermanos rápidamente aceptan la misión a la que se dedicarían el resto de su vida. Su respuesta profundamente cristiana a la invitación, en esta circunstancia y en todas las demás ocasiones, está expresada admirablemente en las palabras dirigidas por Constantino al Emperador: A pesar de estar cansado y físicamente débil, iré con alegría a aquel país. Yo marcho con alegría por la fe cristiana. En la realización de esta empresa su único móvil fue siempre la caridad en su doble dimensión, hacia Dios y hacia el prójimo.

Antes de emprender el viaje, se preparan bien para la realizar la tarea que les había sido encomendada. Entre otras cosas, Constantino el Filósofo compuso el alfabeto eslavo y se dedicó a la traducción de la Sagrada Biblia, de los escritos de los Padres y de los libros litúrgicos, tantos los de rito latino como los de rito griego.

Desde Constantinopla inician el viaje que les lleva a la Gran Moravia, un Estado formado entonces por diversos pueblos eslavos de Europa Central, encrucijada de las influencias recíprocas entre Oriente y Occidente. En su equipaje están los textos de la Sagrada Escritura indispensables para la celebración de la sagrada liturgia, preparados y traducidos por ellos mismos a la lengua paleoeslava y escritos con el nuevo alfabeto elaborado por Cirilo y perfectamente adaptado a los sonidos de tal lengua.

Llegaron probablemente hacia el año 863, donde fueron calurosamente recibidos. Ambos hermanos se dedicaron desde el primer momento, con una solicitud llena de amable encanto y con una prudencia llena de audacia, a la difusión del Evangelio. Enseguida comenzaron a enseñar la escritura a los niños, a conferir oficios eclesiásticos, y a sembrar la palabra de Dios. En el cumplimiento de esta misión evangelizadora, Cirilo dirigió constantemente los ojos y la mente a la voluntad salvífica universal de Dios, siendo y considerándose en todo momento siervo y discípulo de la Santísima Trinidad.

La actividad misionera de Cirilo y Metodio estuvo acompañada por un éxito notable, pero también por las comprensibles dificultades que la precedente e inicial cristianización, llevada por las Iglesias latinas lindantes, ponía a los nuevos misioneros. De tal forma que se puede decir que con la ayuda del Señor el trabajo -la predicación y liturgia en eslavo- fructificó en doradas y esperanzadoras mieses, y los frutos logrados eran celebrados por todas partes, aunque suscitaron también la envidia del clero germánico, y algunas personas malintencionadas les acusaron de herejía. Con ello perturbaron la espléndida labor de los dos hermanos misioneros, y entre lozanos cultivos crecieron airosas la infeliz cizaña y la estéril avena.

En Roma

Después de unos tres años, al ser acusados de herejía, el papa Nicolás I el Magno llamó a Roma a los dos hermanos. Obedecen prontamente y parten hacia la Urbe con el fin de informar al Sumo Pontífice de su apostolado, asegurar la continuidad de sus iniciativas y obtener la aprobación del uso de la lengua eslava en la liturgia. En el viaje a la Ciudad Eterna se detienen en Panonia, donde fueron bien recibidos por el príncipe eslavo Kocel. Éste, huido del importante centro civil y religioso de Nitra, no solamente les ofrece una hospitalaria acogida sino les encarga la educación de un grupo de muchachos que luego fueron sus discípulos y continuadores. Desde Panonia, algunos meses después, continúan el viaje a Roma en compañía de sus discípulos, para quienes desean conseguir las Órdenes sagradas.

Su itinerario pasa por Venecia, donde son sometidas a público debate las primicias innovadoras de la misión que están realizando. En Venecia, san Cirilo expuso su visión de la catolicidad de la Iglesia, sentida como una sinfonía de diversas liturgias en todas las lenguas del mundo, unidas a una única Liturgia, o como un coro armonioso que, sostenido por las voces de inmensas multitudes de hombres, se eleva según innumerables modulaciones, timbres y acordes para la alabanza de Dios, desde cualquier punto del globo terráqueo, en cada momento de la historia. Esta visión teológica y pastoral es la que inspiró la obra apostólica y misionera de Constantino el Filósofo y de Metodio, y favoreció su misión ante las naciones eslavas.

Allí, en la Ciudad de los canales, ante los representantes de la cultura eclesiástica que, apegados a un concepto más bien angosto de la realidad eclesial, eran contrarios a esta visión, san Cirilo la defendió con valentía, indicando el hecho de que muchos pueblos habían introducido ya en el pasado y poseían una liturgia escrita y celebrada en su propia lengua, como los Armenios, Persas, Abasgos, Georgianos, Sugdos, Godos, Avares, Tirsos, Jázaros, Árabes, Coptos, Sirianos y otros muchos. Recordando que Dios hace salir el sol y hace caer la lluvia sobre todos los hombres sin excepción, él decía: ¿no respiramos acaso todos el aire del mismo modo? Y vosotros no os avergonzáis de establecer sólo tres lenguas (hebreo, griego y latín) decidiendo que todos los demás pueblos y razas queden ciegos y sordos. Decidme: ¿defendéis esto, porque consideráis a Dios tan débil que no pueda concederlo, o tan envidioso, que no lo quiera? A las argumentaciones históricas y dialécticas que se le presentaban, el Santo respondía recurriendo al fundamento inspirado por la Sagrada Escritura: “Toda lengua confiese que Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre”, “póstrese toda la tierra ante ti y entone salmos a tu nombre”, “alabad a Yavé las gentes todas, alabadle todos los pueblos”.

En Roma el papa Adriano II, que ha sucedido mientras tanto a Nicolás I el Magno, les acoge con mucha benevolencia. Los dos hermanos entregaron solemnemente al Papa las reliquias de san Clemente I Romano. Adriano II reconoce la ortodoxia de Cirilo y Metodio, aprueba los libros litúrgicos eslavos, que ordena depositar sobre el altar de la iglesia de Santa María ad Praesepe, más tarde llamada Santa María la Mayor, y dispone que Metodio y sus discípulos sean ordenados sacerdotes. Además, con el fin de proteger y promover su obra, consiguieron que se restableciera en los territorios por ellos evangelizados una nueva estructuración eclesiástica más adaptada a las circunstancias.

Muerte

Con la llegada a Roma concluye de un modo muy favorable una fase de sus trabajos evangelizadores. Metodio, sin embargo, debe continuar solo la etapa sucesiva, pues su hermano menor, Constantino, gravemente enfermo, presintiendo su fin, y dando prueba de su magnanimidad, quiso morir siendo monje. Apenas consigue emitir los votos religiosos y vestir el hábito monacal, tomando el nombre de Cirilo. Muere el 14 de febrero de 869 en Roma. Contaba con 42 años de edad y estaba lleno de virtudes y maduro para el cielo.

Antes de morir, estando en su lecho de muerte, dijo a Metodio: He aquí, hermano, que hemos compartido la misma suerte ahondando el arado en el mismo surco; yo caigo ahora sobre el campo al término de mi jornada. Tú amas mucho -lo sé- tu Montaña; sin embargo, por la Montaña no abandones tu trabajo de enseñanza. En verdad, ¿dónde puedes salvarte mejor?

San Cirilo fue enterrado con toda solemnidad en la iglesia de San Clemente, entre el llanto de toda la ciudad.

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Semblanza

Heraldo del Evangelio

Una brillante carrera política

En Salónica, vio la luz primera Metodio, que recibió en las aguas bautismales el nombre de Miguel. La fecha de su nacimiento es incierta, y está situada entre los años 815 y 820. Era el primogénito de un noble magistrado llamado León, que además de Miguel tuvo seis hijos más. Metodio era, pues, el hermano mayor de una familia numerosa de siete hermanos. Metodio, juntamente con el menor de sus hermanos -Constantino, al final de su vida tomó el nombre de Cirilo-, han pasado a la historia de la Iglesia con el apelativo de Apóstoles de los eslavos.

La situación social de su familia le abrió la posibilidad de dedicarse a la política, y emprendió una carrera política con mucho porvenir. Muy pronto alcanzó el cargo de arconte, o sea de gobernador en una de las provincias fronterizas, probablemente Macedonia, habitada por una importante mayoría de eslavos. Sin embargo, hacia el año 840, retirándose de la actividad pública, se hizo monje en uno de los monasterios situados en la falda del monte Olimpo, en Bitinia, conocido entonces bajo el nombre de Sagrada Montaña. Más tarde pasó a ocupar el cargo de egúmeno del convento.

Misionero en tierras de Crimea

En el año 855 la situación política de Bizancio se complica. César Bardas, tío del emperador Miguel III el Beodo, hizo asesinar a Teoctisto, que se había hecho cargo de la familia de Metodio al morir el padre de éste en el 841. Un año después, Miguel III es declarado mayor de edad, pero el poder efectivo está en manos de Bardas. La emperatriz madre, Teodora, que hasta entonces había estado ejerciendo la regencia por la minoría de edad de su hijo, tiene que retirarse de la Corte. El hermano menor Metodio, Constantino, ante esta situación, decide abandonar la cátedra que tenía en Constantinopla y se retira al monasterio de Metodio.

El día de la fiesta de Epifanía del año 857 el Patriarca de Constantinopla, el obispo Ignacio, negó públicamente la Sagrada Comunión a Bardas que vivía licenciosamente con su nuera. Este hecho motivó la deposición y destierro de Ignacio el 23 de noviembre del 858, acusado de haber traicionado la confianza del Emperador. En su lugar se nombró como nuevo Patriarca a un miembro de la Corte, presidente de la Cancillería imperial, laico, llamado Focio, maestro de Cirilo, su sucesor en la cátedra de la Escuela Superior de Constantinopla. Focio era un hombre culto y erudito, que en cinco días recibió todas las órdenes sagradas de manos del obispo Gregorio Asbesta, que estaba excomulgado por el papa Benedicto III y por el depuesto patriarca Ignacio.

En el 860 Metodio y Cirilo recibieron del Emperador el encargo de una misión política-religiosa en Crimea. El éxito de la misión fue total, con muchas conversiones a la fe de Cristo. Algunos biógrafos de los dos hermanos afirman que allí encontraron algunos libros de la Sagrada Escritura en ruso -otros dicen que en siríaco-, y descifraron aquella lengua.

Conocedores de una tradición que habla de que el papa san Clemente I fue deportado por el emperador Domiciano a Crimea y condenado a trabajos forzados en los caminos, y que finalmente alcanzó la corona del martirio al ser encadenado a un ancla y arrojado así a las aguas del Mar Negro, ambos hermanos buscaron y hallaron -milagrosamente- el cuerpo del santo Papa mártir.

Predicador de la fe en los pueblos eslavos

Poco después de concluir la misión de Metodio y Cirilo en Crimea, el príncipe Rastislao de la Gran Moravia, a través de sus enviados, pide a Miguel III el Beodo misioneros para evangelizar en lengua eslava a sus súbditos. Las palabras de la petición son éstas: Han llegado hasta nosotros numerosos maestros cristianos de Italia, de Grecia y de Alemania, que nos instruyen de diversas maneras. Pero nosotros los eslavos… no tenemos a nadie que nos guíe a la verdad y nos instruya de un modo comprensible. El emperador de Bizancio elige a Metodio y a Cirilo. Ambos hermanos, acompañados de otros misioneros conocedores de la lengua eslava, se presentaron en la Corte de Rastislao en la primavera del 863, e inmediatamente, con el favor del Príncipe, dieron comienzo a su predicación.

Junto a un gran respeto por las personas y a la desinteresada solicitud por su verdadero bien -escribió Juan Pablo II en la encíclica Slavorum Apóstoli, los dos santos hermanos tuvieron adecuados recursos de energía, de prudencia, de celo y de caridad, indispensables para llevar a los futuros creyentes la luz, y para indicarles, al mismo tiempo, el bien, ofreciendo una ayuda concreta para conseguirlo. Para tal fin quisieron hacerse semejantes en todo a los que llevaban el Evangelio; quisieron ser parte de aquellos pueblos y compartir en todo su suerte.

El uso de la lengua eslava produjo en el pueblo gran entusiasmo, pero hace que surja una cuestión: ¿Cuál debía ser la lengua de la liturgia? ¿La griega o la latina? El clero alemán se declaró con decisión en pro de la latina, usada por los primeros misioneros, pero no entendida por el pueblo. Cirilo y Metodio pensaron que la liturgia debía hacerse en la misma lengua que la predicación, y, en consecuencia, optaron por la eslava. Cirilo había inventado una escritura propia, llamada glagolítica, para expresar, con signos derivados del alfabeto griego y de otros orientales, el lenguaje eslavo. Y en esta forma tradujo buena parte de los Evangelios, de los Hechos de los Apóstoles y el Salterio. Este hecho soliviantó a los germánicos, pues para ellos a Dios no se le podía honrar más que en las tres lenguas del cartel de la cruz: hebreo, griego y latín. A este argumento trilingüe contestó Cirilo apellidándoles pilatistas.

Los partidarios del uso de la lengua latina en la liturgia protestaron a Roma, y el papa Nicolás I invitó a Metodio y Cirilo a que compareciesen en su presencia. La muerte hizo que Nicolás I no pudiera recibirlos. Fue su sucesor Adriano II quien los recibió y no pudo menos de alabar la profunda devoción de los dos hermanos al Obispo de Roma, su ortodoxo sentir romano-católico y también la innovación del eslavo en la liturgia, cuyos libros bendijo.

Amargas contradicciones

Estando el Roma, Cirilo enfermó de muerte. Ahora le corresponde a Metodio seguir solo la tarea evangelizadora. Éste es consagrado obispo para el territorio de la antigua diócesis de Panonia y nombrado legado pontificio ad gentes para los pueblos eslavos, y toma el título eclesiástico de la restaurada sede episcopal de Sirmio. Antes de partir de Roma, Adriano II le dio una carta para los príncipes Rastislao de Moravia y Kocel de Panonia, con la aprobación expresa de la liturgia eslava y de toda su obra apostólica. De esta forma pensaba el Pontífice retener bajo la influencia romana a los eslovenos, croatas y servios, y quién sabe si también atraería a los búlgaros que gravitaban hacia Bizancio.

Debido a la guerra existente entre alemanes y moravos, Metodio, para proseguir su actividad misionera, se establece en Panonia, evangelizada ya por el arzobispo Aldewino de Salzburgo. Éste le acusó ante Luis el Germánico de haber invadido una jurisdicción episcopal ajena, y Metodio tuvo comparecer ante un concilio en Ratisbona, donde estaban reunidos los obispos alemanes de Passau, Salzburgo y Freising. Éstos, temerosos de que con la liturgia eslava sufriera mengua la influencia germánica, condenaron a Metodio y lo encarcelaron. Sólo gracias a una intervención personal del papa Juan VIII, en el 873, y después de haber estado dos años y medio en prisión, se le devolvió la libertad al que ostentaba el título de legado pontificio entre los eslavos.

Una vez recobrada la libertad, Metodio emprende de nuevo su misión evangelizadora en Moravia. En la cuestión de la lengua litúrgica creyó Juan VIII que era preciso condescender con los alemanes. Éstos consideraron la postura pontificia como un triunfo. ¿Renunciaría Metodio a la obra tan querida y tan eficaz de su apostolado? Interpretando tal vez la voluntad del Papa, y mientras llegaba el momento de darle explicaciones, el celoso apóstol de los eslavos se persuadió que podía continuar como hasta entonces, y así lo hizo hasta el año 879. Pero el nuevo soberano de la Gran Moravia, el príncipe Svatopluk, se muestra contrario a la acción de Metodio, oponiéndose a la liturgia eslava e insinuando en Roma ciertas dudas sobre la ortodoxia del titular de la sede de Sirmio. Resulta extraño que Svatopluk, gran paladín del nacionalismo político moravo, menospreciase la lengua materna y se pusiese de parte de los sacerdotes alemanes. Acaso este comportamiento del Príncipe fuera debido a que Metodio le reprochaba su vida desordenada y sensual.

Metodio, especialmente, no dudaba en afrontar incomprensiones, contrastes e incluso difamaciones y persecuciones físicas, con tal de no faltar a su ejemplar fidelidad eclesial, con tal de cumplir sus deberes de cristiano y de obispo, y los compromisos adquiridos ante la Iglesia de Bizancio, que lo había engendrado y enviado como misionero junto con Cirilo; ante la Iglesia de Roma, gracias a la cual desempeñaba su encargo de arzobispo pro fide en el “territorio de San Pedro”; así como ante aquella Iglesia naciente en tierras eslavas, que él aceptó como propia y que supo defender -convencido de su justo derecho- ante las autoridades eclesiásticas y civiles, tutelando concretamente la Liturgia en lengua paleoeslava y los derechos eclesiásticos fundamentales propios de las Iglesias en las diversas Naciones (Juan Pablo II, Encíclica Slavorum Apóstoli).

Acusado de desobediente a Roma, de no admitir el Filioque en el Credo, de herejía y de ser amigo de Focio, en el 880 Metodio es llamado ad limina Apostolorum, para presentar una vez más toda la cuestión personalmente a Juan VIII. En Roma justifica su tarea, presentando sus descargos con tanta satisfacción del Papa que sale absuelto de todas las acusaciones siendo repuesto en todas sus funciones por el mismo Papa. Además, obtiene de Juan VIII una carta -la Industriae tuae- dirigida al príncipe Svatopluk, en la que proclama la perfecta ortodoxia de Metodio, y que, por lo menos en lo fundamental, restituía las prerrogativas reconocidas a la liturgia en lengua eslava por su predecesor Adriano II, a condición de que recitaran primero las Escrituras en latín, antes de proclamarla en eslavo.

Análogo reconocimiento de perfecta legitimidad y ortodoxia obtiene Metodio por parte del Emperador bizantino y del patriarca Focio, en aquel momento en plena comunión con la sede de Roma, cuando va a Constantinopla el año 881 u 882. Tanto Basilio I el Macedonio como Focio le colmaron de honores.

Últimos años

El Papa, a petición de Svatopluk, consagró obispo a Wiching, el sacerdote que había ido a Roma para acusar a Metodio, haciéndolo sufragáneo de éste, a pesar de ser de rito latino. Wiching, al llegar a Moravia, parece que propagó una carta falsa del Papa, que sembró la confusión entre el clero germánico, y siguió multiplicando las dificultades de Metodio hasta el fin de su vida.

A pesar de las continuas intrigas de Wiching ante Svatopluk, Metodio consolidó la organización eclesiástica de Moravia. Dedica los últimos años de su vida sobre todo a ulteriores traducciones de la Biblia (excepto los dos libros de los Macabeos). Además, tradujo las Discusiones de Cirilo con los judíos y las distribuyó en ocho homilías; y muy probablemente, las Discusiones de su hermano con Juan VII el Gramático y con los sarracenos. También hizo una traducción de una recopilación de leyes eclesiásticas y civiles bizantinas -colección de cánones de Juan el Escolástico-, conocida bajo el nombre de Nomocanon. Igualmente tradujo los libros de los Santos Padres. Y se le atribuye el Zakon Sudnyj (Código de leyes eslavas).

Metodio, preocupado por la supervivencia de la obra que había comenzado, designa como sucesor a su discípulo Gorazd. En la primavera del año 885 de la Encarnación de Cristo la divina Providencia permitió a Metodio concluir su vida apostólica. El 6 de abril, en Velehrad, muere al servicio de la Iglesia instaurada en los pueblos eslavos. En tus manos entrego mi espíritu fueron sus últimas palabras, antes de morir, mientras estaba ya para unirse con sus padres en la fe, en la esperanza y en la caridad: los patriarcas, profetas, apóstoles, doctores y mártires. Su glorioso tránsito tuvo lugar en un período de tiempo en que inquietantes nubes se cernían sobre Constantinopla y tensiones hostiles amenazaban cada vez más la tranquilidad y la vida de las naciones, e incluso los sagrados vínculos de fraternidad cristiana y de comunión entre las Iglesias de Oriente y Occidente.

En su Catedral, rebosante de fieles de diversas estirpes, los discípulos de San Metodio tributaron un solemne homenaje al difunto pastor por el mensaje de salvación, de paz y de reconciliación que había llevado y al que había dedicado toda su vida: “Celebraron un oficio sagrado en latín, griego y eslavo”, adorando a Dios y venerando al primer arzobispo de la Iglesia fundada por él entre los eslavos, a quienes había anunciado el Evangelio junto con su hermano, en su propia lengua. Esta Iglesia se consolidó aún más cuando, por explícito consentimiento del Papa, recibió una jerarquía autóctona, radicada en la sucesión apostólica y enlazada en la unidad de fe y de amor tanto con la Iglesia de Roma como con la de Constantinopla, donde la misión eslava se había iniciado (Juan Pablo II, Encíclica Slavorum Apóstoli).

Su obra

En honor a verdad -escribió Juan Pablo II en la encíclica Slavorum Apóstoli, la obra de los santos hermanos, después de la muerte de Metodio, sufrió una grave crisis, y la persecución contra sus discípulos se agudizó de tal modo, que se vieron obligados a abandonar su campo misional. Una vez muerto Metodio, Wiching fue probablemente otra vez a Roma a presentar sus acusaciones, y obtuvo la prohibición de la liturgia eslava y la suspensión de Gorazd hasta que fuera a Roma a justificarse allí. Éste, desterrado de su sede de Moravia y Panonia, desplegó su actividad misionera entre los búlgaros, cuyo primer rey cristiano, Boris, había sido convertido por Metodio. La historia no ha dilucidado por qué Gorazd nunca fue a Roma.

En el año 906 el reino moravo se derrumbó ante el empuje de los magiares, quedando agregado en lo eclesiástico a las diócesis de Ratisbona y de Praga. La liturgia eslava, prohibida de nuevo por el rey magiar Esteban V, se refugió, con algunos discípulos de san Metodio, en Bulgaria, de donde años más adelante pasaría a Rusia. De esta forma, la siembra evangélica del celoso arzobispo de Sirmio no cesó de producir frutos.

La obra misionera de los Apóstoles de los eslavos ha sido reconocida como un modelo vivo para la Iglesia y para los misioneros de todas las épocas, como lo confirma la veneración de los pueblos eslavos por san Cirilo y san Metodio. Éstos recibieron culto litúrgico universal y constante, como santos, entre los eslavos, igual que cinco de sus discípulos: Gorazd, Naún, Clemente, Sabas y Angelario.

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