Día 27 de febrero

27 de febrero

Efemérides

Muere en Sevilla tal día como hoy del año 1940 el siervo de Dios Manuel Siurot.

Manuel Siurot Rodríguez

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Semblanza

Maestro de niños pobres

Un azulejo

En la ciudad de Huelva, terminada la Avenida de Buenos Aires, más conocida como la cuesta del carnicero, y en la confluencia con la calle San Andrés, comienza el paseo del Conquero, que termina en el Santuario de Nuestra Señora de la Cinta. Hasta los años cincuenta del siglo XX la mayor parte del paseo era de tierra y discurría por una zona deshabitada. Hoy día el Santuario de la Patrona de Huelva se puede decir que está ya dentro de la ciudad, con la edificación de nuevas barriadas.

En la parte exterior del Santuario, en su blanca pared, hay el azulejo, ya un poco deteriorado por el paso del tiempo que indica que se está en la Avenida de Manuel Siurot. Todo el paseo del Conquero es dicha Avenida. Y ¿quién es Manuel Siurot? Era la pregunta que solían hacer los pequeños a sus mayores. La realidad es que la pregunta sobraba. En el mismo azulejo estaba la respuesta: Avenida de Manuel Siurot …por bueno, por sabio, por generoso maestro de niños pobres…

Manuel Siurot fue un abogado de prestigio que abandonó su carrera, bienestar y comodidad, para convertirse en maestro de los niños pobres de Huelva, rescatando del analfabetismo a la infancia humilde. Durante toda su vida practicó en el día a día el ideal inspirador de su pedagogía: ser un hombre bueno. Quizás el mejor enunciado de su vida dedicada a la atención de los niños lo escribió el propio Siurot con estas letras: Cuando el tren de mi existencia marchaba por la cuesta arriba de la elevación social, el genio de mi destino levantó los raíles de la vía y allá me fui por el terraplén abajo, para encontrar en el fondo del valle no el grito de la catástrofe, sino el fragor humano de la lucha por los niños pobres y abandonados, en cuyos ojos preguntones, bocas hambrientas, pies descalzos, en cuyas lágrimas y risas he acabado de aprender la trabazón sentimental del alma del pueblo. Durante 30 años trabajó gratuitamente en las Escuelas del Sagrado Corazón, fundadas por el beato Manuel González García, y creó un internado de maestros.

Fue un laico comprometido con la Iglesia, que su motor fue el Evangelio; un católico de vanguardia contrario a las medias tintas y a las conveniencias particulares, permaneciendo toda su vida al servicio de la Iglesia; uno de los seglares católicos más preclaro de la primera mitad del siglo XX. Siurot ocupa un lugar destacado en la historia de España como pedagogo, y es considerado apóstol de la infancia. En los albores del siglo XXI, el Obispado de Huelva ha constituido una comisión para su beatificación.

Orígenes modestos

Manuel Siurot nació en La Palma del Condado, localidad de la provincia de Huelva, el 1 de diciembre de 1872. Sus padres eran José Siurot Ruiz, herrador lebrijano que estudió veterinaria en la Escuela Libre de La Palma, y Lutgarda Rodríguez Caro, que le marcó afectiva y religiosamente. Refiriéndose a ella, Manuel Siurot dijo: Mi vida era, cuando niño, como una aurora blanca de fe: Dios era el sol de esa aurora; y mi madre, su ángel.

Manuel vivió en el hogar paterno las esencias del mensaje evangélico. Sus padres cimentaron en él una recia espiritualidad. Las cosas que mi madre me enseñó están grabadas a fuego en el frontispicio de mis convicciones…

En su tierra natal –limpia como una joya y blanca como una pincelada de sol- se forjó el espíritu sensible y cultivado de Manuel Siurot. Mi alma -diría- se formó con las esencias palmerinas y mis huesos con la cal del agua de la Fuente Vieja. La Palma troqueló de manera indeleble su alma: Mi pueblo es para mí una página sentimental escrita en el corazón con todos los perfumes de la infancia.

Con acento filial escribió de su pueblo: “La bella y luminosa torre de la Palma es como un madrigal que la tierra entusiasmada le tira al cielo”…, parece una oración de gracia y luz, la iglesia, un monumento de la piedad y el arte, y la población, una acuarela blanca, rodeada del oro de las viñas y del gris de los olivares. Y a sus paisanos les aplicaba, como nota más relevante, la bondad: Quien dice La Palma, dice calles blancas, piso limpio, caras de hombres buenos, caras de mujeres honestas y bonitas…

Durante toda su vida guardó en su memoria con inmenso cariño los recuerdos de su infancia. La Palma es muy bella. Nací en la popular calle Sevilla y me crié en ella. Jugué con los chiquillos de la Vega… Pasé mi niñez en Gibraleón. Las pedreas, los juegos, las novias (¡novias de los diez años!) están como grabadas al fuego en mi memoria.

En 1881, cuando contaba 9 años de edad, se trasladó con su familia a otro pueblo de la misma provincia, cercano a la capital, Gibraleón. Tras vivir 5 años en Gibraleón y recién estrenado el año 1887 la familia se trasladó de nuevo, esta vez a Huelva, que en aquella época no alcanzaba los 20.000 habitantes. En esa tierra, abrazada por el Tinto y el Odiel, echó raíces su incipiente pero auténtico onubensismo. Aquí en Huelva -dijo años más tarde- nacieron mis ideas y tuve la lucha por el porvenir. Aquí nacieron amores que me dieron un hogar…

Y en Huelva, Manuel, con 15 años de edad, inició sus estudios de bachillerato en el Instituto Provincial. En esa etapa de su vida tuvo que alternar el estudio con el trabajo de herrador para ayudar a su padre. Nunca renegó de sus orígenes modestos y en unos juegos florales celebrados en Sevilla, en el año 1917, lo contó con orgullo: Yo aprendí a martillar en la bigornia de mi padre, cuando corrieron por mi frente, junto a las primeras nociones del mundo, las primeras gotas del sudor del trabajo: yo aprendí las primeras páginas de los libros de mis estudios, alumbrado por el resplandor de la fragua del taller. Yo he dormido cansado y gustoso en el lecho tranquilo de la pobreza honrada.

En 1892, año del IV Centenario del Descubrimiento de América, acontecimiento muy celebrado en los lugares colombinos de Huelva, con la asistencia de la Reina Regente María Cristina, Manuel Siurot, a la edad de 19 años, obtuvo el grado de bachiller con las máximas calificaciones. En ese mismo año se matricula en el curso preparatorio de Derecho en la Universidad Literaria de Sevilla. En la ciudad hispalense residió durante los tres primeros cursos de licenciatura que hizo en la Facultad de Derecho. Los dos últimos años de la carrera de leyes los hizo desde Huelva como alumno libre, debido a las estrecheces económicas de su familia. Yo sé por experiencia propia la fatiga y los anhelos de los estudiantes pobres que han de estar entregados de día al trabajo material y han de robar por la noche horas de descanso para ilustrarse y cumplir los deberes del ministerio de sus estudios. Se licenció con un sobresaliente en el ejercicio de Grado de Licenciado. En 1897, con 25 años, era abogado. Ejerció la abogacía en Huelva durante más de 10 años.

Cristiano comprometido

A pesar de la sólida formación cristiana recibida en el ambiente familiar, los embates de la juventud removieron en el joven Siurot los sillares de sus creencias, empujándole hasta el salón de moda de los libres pensadores. Eran los tiempos de mi primera juventud -dijo años después-. La vanidad y el mundo tenían mi pensamiento separado de lo sobrenatural… Visitado por el dolor moral, sentí un deseo irresistible de acudir a Dios… Sí, la semilla del hogar había caído en buena tierra. Y Siurot se unió a un grupo de católicos onubenses, cuyas actividades -inspiradas en los principios evangélicos- constituyeron un modelo de iniciativa social.

Manuel Siurot fue un cristiano comprometido. El que quiera ser mi discípulo, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Las palabras de Jesús se cumplieron en Siurot, que aceptó gustoso la invitación del Divino Salvador. Renunció a todo lo material que la vida le ofrecía en aquellos momentos y abrazando la cruz del sacrificio, colocó en el Divino Corazón de Jesús todo su pensamiento y su vida, honrándolo por cuantos medios estaban a su alcance, luchando sin parar por el pobre y para el pobre. Cuando ya no podía personalmente paliar las carencias de los humildes, acudía a Jesús Sacramentado con devotas oraciones y suplicaba a los ricos, tocándolos en el corazón, para que le ayudaran a remediar el hambre de los necesitados.

Su gran amor al Sagrado Corazón de Jesús le llevó a decir: Sólo el sufrimiento nos acerca a Dios, no hay más que la Cruz de Cristo para salvarse, sin dolor no hay salvación… No quiero salud completa, ésta puede alejarme de Dios; quiero mejorar, pero no sanar del todo; quiero que el Señor me deje clavada una banderilla de fuego que sólo me deje trabajar aun más intensamente por mis pobres…

Era miembro de la Adoración Nocturna, perteneció a la Conferencia de San Vicente, fue cofundador del Centro Católico Obrero y daba clases a adultos. También destaca en su vida su devoción a la Virgen, verdadero pilar espiritual suyo. Él llevó siempre una vida mariana y propagó cuanto pudo la devoción a la celestial Señora. También visitó los más afamados santuarios marianos. Santa María fue en todo momento su consuelo y esperanza. Su cariño a la Madre de Dios lo demostró de mil maneras hasta en las dedicatorias que ponía en sus libros. Una de ellas es la siguiente: A la vida, dulzura y esperanza nuestra; a la Inmaculada Virgen milagrosa, porque es la niña de los ojos de Dios, amor de la tierra, gala de los cielos y luz de las cumbres divinas, dedico este libro.

Fue hermano mayor de las Hermandades onubenses de la Cinta y del Rocío. Era un rociero de los buenos, de los que amaban a la Señora de veras, de los que asistían a aquel Rocío sencillo, piadoso y penitente. Se unió estrechamente con el hinojero don Juan Muñoz y Pavón para conseguir la coronación canónica de la imagen de Nuestra Señora de la Rocina. Y un auténtico cintero. En una de las lápidas que hay actualmente en el Santuario del Conquero está este pensamiento de Manuel Siurot: Septiembre es el mes huelvano por excelencia. Agosto, colombino universal. Septiembre es íntimo, familiar, choquero. ¡La Cinta!

Carácter distintivo de su vida auténticamente evangélica es que habiendo conocido la prosperidad económica y el reconocimiento social, emprendió el camino de la humildad y del sufrimiento, siguiendo la enseñanza del Maestro: Que quien ama a Dios ame también a su hermano. Se desprendió de todo lo terreno y hasta de sí mismo, para cumplir lo mejor posible el Mandamiento nuevo del Señor. Su cristianismo fue lo que le empujó a una gran actividad social que compaginó con su obra pedagógica de enseñar a niños y maestros.

El fundamento de toda su vida residía en el amor de Dios. Su vida interior estuvo polarizada por dos grandes amores: la Eucaristía y la Virgen. Su veneración al Santísimo Sacramento era el motor de toda su obra. La Sagrada Eucaristía le servía de estímulo para seguir amando al pobre. Era de comunión diaria, en una época en que esta práctica no era nada corriente.

Su tiempo

En la época que le tocó vivir -época complicada y difícil de España, reflejada en las corrientes literarias del momento- se mezclaban los cantos de sirenas del industrialismo y del progreso con las lágrimas amargas de una gran parte de la población, pobre e ignorante. Siurot supo denunciar las desigualdades injustas, por lo que se convirtió en diana a la que apuntaban directamente tirios y troyanos. Para unos era un reaccionario y para otros un elemento izquierdoso camuflado. Pero en realidad era solamente un hombre bueno, un discípulo de Jesús, al que veía constantemente en sus hermanos más pobres y necesitados. Dios mío -preguntaba públicamente- ¿cómo viven los pobres? ¡Qué vergüenza para los ricos que los pobres vivan como viven y cuánta responsabilidad tenemos todos delante de Dios!

Eran años en los que en Europa el utilitarismo lo había invadido todo. Años de soberbia y de escándalos: la vida muelle de la burguesía no pudo ocultar la cara sórdida de la existencia de la clase obrera. Mientras unos (pocos) lo tenían todo, otros (muchos) no tenían nada. Con fortaleza y claridad alzó su voz para decir: Yo digo que todo esto del progreso es mentira y toda esta civilización, una farsa, y todas las altanerías sociales, un insulto, mientras haya niños que tienen que llorar, sufrir y avergonzarse para pedir de comer.

Con voz profética vio a una Europa que yacía entre las cenizas del materialismo, hedonismo, y con ausencia de los valores cristianos: En Europa, los hombres, en su mayor parte, han cortado por completo sus relaciones con lo sobrenatural; no queda más que lo temporal (…). Lo característico de la vida moderna es el escándalo.

La situación de España no era menos dramática. Los vocablos escuela y despensa sintetizaron las dos dimensiones del hambre que padecía la gran mayoría de los españoles. El constante pesimismo que generaba tal situación hizo surgir un grupo de españoles -entre ellos, Manuel Siurot- que se propuso regenerar el país. El palmerino, con una pregunta que era toda una denuncia, decía: ¿No es perfectamente estúpido que, estando en nuestras manos ser más buenos, más cultos, más dignos, más puros, más hombres, nos empeñemos con necia y sucia labor de escarabajos en hacer la vida más infeliz cien veces de lo que naturalmente es?

Aquel ambiente de su época le acercó a los pobres, no con el orgullo de dar, sino con la fraternidad de servir, y le llevó a dedicar su vida y su patrimonio al servicio de la regeneración social, humana y moral de la sociedad de sus días. Se comprometió con ahínco de apóstol a los desheredados de la fortuna para sembrar la fe y la cultura mediante una copiosa labor en la realización de una gran obra social y de caridad cristiana. Como el mejor de los paladines sociales, puso sus manos en la mancera hasta dejar amorosamente su último aliento en la besana de una tierra que soñó siempre más feliz.

Formación de un hogar

El 6 de octubre de 1901 Siurot contrajo matrimonio con Manuela de Mora Claros, joven perteneciente a una distinguida y adinerada familia de Huelva, con la que tuvo una hija. Ella será quien le ayude durante años con su abnegación y su patrimonio a realizar su altruista labor docente. Así lo reconocía Siurot y así lo confirmó Antonia, única hija del matrimonio: Toda la obra de mi padre se debe a mi madre, que era una santa. Ella era el alma de todo.

Doña Manuela –Manolita la llamaba cariñosamente su marido- fue una gran mujer, un ejemplo a seguir de mujer cristiana abnegada y humilde; vivió dedicada totalmente a su familia y apoyó sin reserva la gran labor de apostolado de su marido. Sufrió con él, compartió con él, sacrificó sus ausencias por él para que pudiera dedicarse en cuerpo y alma a esa labor heroicamente hermosa como fueron los niños pobres. Nunca tuvo la menor queja en los días de soledad a pesar de que, para cualquier esposa, la compañía de su marido es de gran importancia y necesidad. El propio Siurot dijo de ella: Dulce compañera, te robé muchos ratos de hogar para dedicarlos a los niños pobres de la escuela. Los niños pobres y yo, estamos en deuda contigo.

Para Siurot su mujer fue consuelo en los momentos duros y amargos. El brazo que sirvió de apoyo para fortalecerle en las horas difíciles de tormenta y negrura; fue consejera cuando surgía una indecisión; fue mujer generosa que no dudó en ayudar a su marido en los de aprietos económicos, como lo prueba el gesto de deshacerse de un piano que había pertenecido a su familia para aliviar a su marido en un momento de apuro económico para la escuela.

La donación sin límites a los pobres no restó ni un ápice el amor de Siurot a los suyos. Entre ingenuo y pícaro a la vez, sentaba a Antoñita sobre sus rodillas para embelesarla con sus recuerdos y ocurrencias. Siempre amó y defendió la vida familiar. Su convencimiento tenía hondas raíces, alimentadas de forma ejemplar, que le marcaron en lo más íntimo de su ser, en el hogar que le vio nacer.

Llegada a Huelva de un joven sacerdote

Durante la vida de Manuel Siurot la provincia de Huelva entera pertenecía a la archidiócesis de Sevilla, y su capital era entonces, en términos pastorales, una ciudad difícil. El 1 de marzo de 1905, el arzobispo de Sevilla, el beato Marcelo Spínola, decidió enviar a la ciudad del Tinto y del Odiel a un joven sacerdote llamado Manuel González García como párroco de la Parroquia Mayor de San Pedro. Y tres meses más tarde, don Manuel es nombrado arcipreste de Huelva. Años más tarde, aquel sacerdote será obispo de Málaga, primero, y de Palencia, después, pero siempre será conocido como el Arcipreste de Huelva. Hoy día se le venera en los altares, pues fue beatificado por Juan Pablo II el 29 de abril de 2001.

El encuentro de don Manuel González con Manuel Siurot fue providencial para la ciudad onubense y para los niños pobres. Huelva entonces vivía en una auténtica etapa de colonialismo, ya que las Minas de Riotinto estaban en auge, pero la riqueza salía al extranjero. Sólo el 38 por ciento de los niños en edad escolar estaban matriculados y no existían escuelas ni maestros que los pudieran atender. Además, la acción conjunta del laicismo masónico, las injusticias sociales, la influencia protestante, y los brotes violentos del extremismo anticlerical, había debilitado de forma alarmante la vida religiosa de la ciudad. Como consecuencia de todo esto, la indiferencia religiosa era creciente y llamativa, tanto en los adultos como en los niños.

Los dos Manueles (Manuel González y Manuel Siurot) eran como dos cuerpos con una sola alma. Al conocer al nuevo párroco de San Pedro, quedó Siurot conquistado por el influjo personal de aquél. Y a su vez, el joven sacerdote, que veía las excepcionales dotes de Siurot y la gloria que podía dar al Corazón de Jesús poniéndolas a su servicio, lo hizo colaborador suyo en las obras de acción social católica que emprendía en Huelva, al mismo tiempo que iba conduciendo su alma hacia las alturas de la vida sobrenatural.

Siurot era el otro yo de don Manuel y viceversa. La inquietud social de don Manuel González se hizo voz y acción en Siurot. El arcipreste contó con él para todo, como católico y como abogado. En 1907 los dos viajaron a Granada y visitaron las Escuelas del Ave María del sacerdote Andrés Manjón. Siurot quedó impresionado viendo al anciano sacerdote celebrar la Santa Misa, predicar a los niños, haciéndose él mismo niño. Incluso soñó con que Manjón le daba un sobre y le decía que no lo abriera hasta que se terminaran las escuelas que hacía don Manuel González en Huelva. Siurot dio el siguiente testimonio de Andrés Manjón: Aquel viejecito lo había todo. De canónigo se hizo maestro, de rico se hizo pobre, sí, pobre, hasta no tener que comer muchos días, y todo por los niños, todo por la ardiente caridad del Crucificado que en Manjón había tomado aquella forma. Dinero, carrera, prestigio, voluntad, todo lo había dado, todo lo tenía gastado, menos el corazón. El misterioso sueño de Siurot se desveló el 25 de enero de 1908, día que el arzobispo de Sevilla, cardenal Enrique Almaraz y Santos, inauguró las Escuelas del Sagrado Corazón de Jesús, en el barrio de San Francisco. Siurot colaboraría plenamente en las recién creadas escuelas, en aquellas escuelas que se llenarían de niños pobres, los desheredados de la fortuna. Descalzos, mal alimentados, con las carnes amoratadas por el frío.

Su vocación de maestro

A la bendición de las Escuelas acudieron 500 niños pobres y su comportamiento fue poco ejemplar, verdaderamente cafre. Entonces el arcipreste dijo a Siurot: Hermano, esto es horrible, es barbarie que hay que matarla con maestros que se entreguen con alma y vida y corazón. ¿Dónde están los maestros, Dios mío?¿Qué sabe usted de maestros? El interpelado miró entonces a una imagen de la Virgen y rezó una breve plegaria. Después, según sus palabras: Y tuve la visión cierta de que se había abierto el famoso sobre y que decía allí dentro: Los niños pobres te esperan. Y dijo a la Virgen: Por ti Madre mía y se abrazó a don Manuel González diciéndole: ¿Me quiere usted aceptar como maestro? Y el abogado de carrera prometedora se convirtió entonces en maestro. Siurot había cambiado la toga por el pupitre pobre de una escuela. Más tarde, Siurot mismo contó: La dirección de mi vida, orientada hacia la escuela y los niños, me apartó del camino de las grandes posiciones en la sociedad… Yo ansiaba ganar dinero y anhelaba aplausos y mi gloria. Pero salió al encuentro mío, en el camino de la vida, el dolor, y me uní al fragor humano de la lucha por los niños pobres y abandonados. Después de conocer sus miserias, su frío y su hambre, lo que hice fue la cosa más natural del mundo… Hay que vivir con el pobre, más cerca del pobre. Únicamente así agradaremos a Dios y habrá paz en el mundo.

En 1916 don Manuel González dejó Huelva, pues había sido nombrado obispo auxiliar de Málaga. Tras la marcha del arcipreste, Manuel Siurot asumió la plena responsabilidad de las Escuelas del Sagrado Corazón de Jesús, manteniéndolas en funcionamiento hasta su muerte.

Su pedagogía

Para entender la pedagogía de Siurot hay que adentrarse en su pensamiento sobre los niños. Algo deben tener los niños de divinos cuando el Maestro inmortal de los siglos ha exigido parecerse a ellos para dar la entrada en su Reino. Al maestro le exigía para que hiciera lo mejor posible su tarea educativa conocer bien a sus alumnos. Para educar, me parece poco todo el conocimiento que de los niños tenga el educador. Además, debía ganarse a los pequeños con mansedumbre y caridad, no con golpes y castigos. En cada niño tiene la sociedad una alcancía para el porvenir. Si echa en ella insultos, hambre, injurias, fríos, durezas, egoísmos y porrazos, cuando venga la pubertad y se rompa la hucha, es lo más probable que de allí salga una fiera. Por el contrario, si echa allí dentro dulzura, pan, caricias y amores cristianos, es lo más probable que de allí salga un hombre. En las escuelas siurotianas estaba prohibido pegar a los niños y el maestro debía ser alegre y jugar con sus alumnos.

En el camino al amor a los niños que necesariamente ha de recorrer el maestro señalaba tres etapas distintas: primero, una gran simpatía; segundo, un gran cansancio; y finalmente, un gran amor hacia ellos. Amor y cariño apoyados en el conocimiento que de los niños se va teniendo, y que va creciendo en la medida que el tiempo avanza. La pobreza de nuestros niños nos obliga a una pedagogía complicada con la necesidad de dar a las criaturas pan y corazón; ropa para que se abriguen sus cuerpos, besos para que se abriguen sus penas y mucha intimidad cariñosa.

Buen conocedor de la infancia sabía que en los niños había cosas de ángeles y cosas de demonios, por eso insistía debemos defender la integridad de las primeras y hacer todo lo posible para destruir las segundas. Su pretensión era hacer hombres de bien. Es preciso ser culto -reclamaba Siurot-. No exigimos una cultura extensa de sabio, sino cultura moral, religiosa y humana; enseñanza sana de derechos y deberes, adoración del amor fraternal que todos los hombres nos debemos, según la ley de Dios, y respeto sentido y afectuoso del derecho ajeno.

Sus ideas sobre la enseñanza de los niños es el tema de su primera obra de contenido pedagógico, escrita en el año 1910, titulada Cada Maestrito, y con un curioso subtítulo: Observaciones pedagógicas de uno que no ha visto en su vida un libro de pedagogía. En ella estudia Siurot las experiencias pedagógicas observadas en sus escuelas, tratando ciertos problemas de análisis, meditación y experiencia, desde el punto de vista del maestro. Está escrita con un estilo brillante, sencillo y claro, sin emplear neologismos, en el se resume la idea y el sentimiento de un pedagogo sin preparación científica, pero que adquiere una gran experiencia del trato humano con los alumnos.

Tres años después, en 1913, escribió otro libro –Cosas de niños-, también de carácter pedagógico, que viene a ser la continuación del anterior. Va dirigido a los niños, se introduce en su alma estudiando sus maravillosas reacciones y la psicología infantil. El libro, ligero y agradable, hace pensar y sentir, y es muy útil para padres y educadores por las normas que contiene sobre educación infantil.

Al final de su carrera de pedagogo, Siurot decía a unos doce mil maestros que lo homenajeaban: Os autorizo para que os riáis de mi sistema de enseñanza. No hay tal sistema. Hay sólo experiencias prácticas. Su humildad explosionaba así, pero cierto es que su forma de enseñanza era nueva, que sus alumnos aprendían; que su labor era bien acogida y hasta alabada por todos. En una ocasión el rey Alfonso XIII, dirigiéndose a la hija de Siurot, le dijo: Mira, las escuelas son estupendas, pero tu padre es único. Otro testimonio sobre la labor pedagógica de Siurot es de su contemporáneo y comprovinciano Juan Francisco Muñoz y Pabón dijo: Pido a Dios que en cada escuela haya un Siurot, es decir, un pedagogo de primera fuerza y, como tal, un apóstol y un apologista, un moralizador de costumbres, un hombre de Jesucristo, que pasa por el mundo haciendo el bien, como el Divino Modelo.

La obra de Manuel Siurot, pese a no contar con los medios de comunicación modernos, saltó las fronteras onubenses y sevillanas y transcendió a Madrid y al resto de España, y cruzó los Pirineos y el océano Atlántico. The Times escribió: Si la fama de este sistema pedagógico promovido por Manuel Siurot no ha llegado aún a Inglaterra, sólo se debe a que su modestia no busca la publicidad. En la revista de Nueva York Scholand Society se publicó un informa sobre las Escuelas del Sagrado Corazón de Huelva, donde se afirmaba: Si Huelva y don Manuel Siurot, en vez de pertenecer a España pertenecieran a este país de la publicidad, de seguro que la fama tanto de Huelva como de don Manuel Siurot se hubieran extendido de otra costa primero, y después a los países extranjeros. En el periódico La Croix de París se escribió: Si el sistema de Manuel Siurot se extiende a todas las escuelas, España estará bien pronto regenerada. Y en el Mercurio chileno se escribió: Hay en Huelva un hombre de alma grande, apóstol de una fe social, que se llama Manuel Siurot.

Un viaje a la República Argentina

Siendo joven, Manuel Siurot tomó parte muy activa en el IV Centenario del Descubrimiento de América. Más adelante será Vicepresidente de la Real Sociedad Colombina Onubense. Su onubensismo le hizo defensor del papel primordial de la gente de Palos y de Huelva en la gesta descubridora de Cristóbal Colón. Defendió ante las más altas instancias de España el derecho histórico de su patria chica a ocupar el lugar de honor en todo lo concerniente al Descubrimiento del Nuevo Mundo. Su argumento era contundente: América vive en la provincia de Huelva. En la patria de los Pinzones está la patria de todo americano. Hoy su voz, aunque apagada, sigue clamando por este derecho histórico con sabor a mar océana y a hombría huelvana.

Escribió numerosos artículos en torno a la epopeya del Descubrimiento, entre ellos, uno titulado: El triunfo de las carabelas, que le valió en 1926 el premio nacional “Mariano de Cavia” de periodismo. Y como síntesis de su ideal de fraternidad hispanoamericana, publicó La obra maestra de España. Éste era su pensamiento: La Patria no empieza en el Pirineo y acaba en el Estrecho. Eso será la Patria política. Hay una Patria que no puede borrar ni los tiempos ni las influencias extrañas.

En el año 1910 viajó a Argentina como miembro de la representación oficial de España en los actos celebrativos del I Centenario de la Independencia de aquella República sudamericana. Siurot representaba a la Real Sociedad Colombina Onubense. Su sentir hispanoamericano le acreditaba como gran americanista y el más prestigioso representante de Huelva en aquellas efemérides.

Enamorado como estaba de los Lugares Colombinos de su provincia, en una serie de conferencias y discursos, además de artículos aparecidos en los principales periódicos bonaerenses, dio a conocer el espíritu de La Rábida, aquel que impulsó a fray Antonio de Marchena y a fray Juan Pérez a apoyar a Colón en su viaje descubridor, y el mismo que hace que todas las naciones iberoamericanas se sientan hermanadas. El espíritu que hizo que España diera a aquellos territorios de ultramar su lengua, su religión y su cultura, mezclando su sangre con la raza cobriza, para crear un nuevo hombre y una nueva raza hispanoamericana. América desconoce a La Rábida (salvo honrosas excepciones), pero nuestra labor ha de ser ésa: que La Rábida sea conocida por todos. (…) Colón es una idea y una voluntad decidida. Palos es la mano de obra del Descubrimiento, la realización práctica de aquella idea; La Rábida es el nido donde se cobijaron las esperanzas rotas y se encendieron luces apagadas en la lucha. Para él, La Rábida podría servir de nexo entre América y Europa: La Rábida representa la idea de la raza. Los pueblos americanos representan el momento lleno de fecundidad y grandeza en la evolución de aquella idea. Sus discursos en el país de La Plata arrancaron lágrimas de muchos y los aplausos de todos.

Internado de maestros

En 1919 Siurot fundó el Internado Gratuito de Maestros “La Milagrosa”, donde chavales inteligentes, pero pobres, sin ningún recurso económico, y de buena conducta cristiana, se educaban, estudiaban y acudían a la Escuela Normal para recibir la enseñanza y lecciones de magisterio. Hasta 1934, allí se les dio una formación completa que propició la renovación de las enseñanzas escolares. Más de 130 maestros salieron del Internado de “La Milagrosa”.

El balance de Siurot fue una vida entregada a los pobres y treinta años trabajando sin cobrar una peseta; 25.000 alumnos educados en las Escuelas del Sagrado Corazón, y en las de El Polvorín y Santuario de la Cinta.

De su obra, buena y solidaria, hay que decir que no sólo consumió en ella su brillante porvenir, sus disponibilidades económicas, sus energías físicas de atleta, sino que la cuidó y la vivificó día a día y gota a gota, con amor de humanidad intensísimo, único capital de Siurot que no llegó a consumirse porque era inacabable. Todo lo demás lo gastó generosamente para dar a los más necesitados pan y corazón, y romper para siempre las cadenas opresoras y denigrantes de su infortunio.

Neutralidad política

En el corazón de Manuel Siurot cabían todos. Por eso no militó nunca en ningún partido político, permaneciendo al servicio de todos en actitud democrática. En el pueblo nací, en él vivo y en él quiero morir. No actúo ni actuaré en política mientras vivan mis Escuelas y esté yo con ellas… Además, ni entiendo ni quiero, ni tengo vocación para la política. Su única política, nacida de su fuerte compromiso cristiano, consistió en hacer el máximo bien, especialmente a los pobres y necesitados. Mi democracia está más en el corazón que en los labios, pues ella existe donde haya uno y otro hombre capaces de relacionarse por el corazón. Se acercó a todos y en todas las circunstancias: al obrero y al patrono; al anciano y a la viuda vergonzante y, sobre todo, a los niños pobres, que eran como las niñas de sus ojos. Su afán era atender a los desfavorecidos y la educación de la infancia humilde de Huelva.

Y así lo hizo. En la huelga de los mineros de Riotinto de 1913, repartió 6.506 comidas a los hijos hambrientos de los huelguistas. Entre 1914 y 1915, con motivo de la Gran Guerra Europea (la I Mundial), entregó 88.355 raciones de comida a los niños pobres. Y en la huelga de Riotinto de 1920 buscó limosnas por toda España y América para dar de comer a más de 800 niños durante 5 meses, superando las 100.000 raciones, para que sus padres pudieran pactar con la empresa sin sentirse coaccionados por el hambre de sus hijos.

Fiel a sus convicciones, el humanista onubense renunció en varias ocasiones a cargos nacionales en el Ministerio de Instrucción Pública e incluso el de Inspector General de Enseñanza Primaria de la República Argentina. Ello no fue óbice para atender los requerimientos que la nación o las necesidades sociales le demandaban.

En 1927, Manuel Siurot aceptó ser miembro de la Asamblea Nacional, dejando antes claro su absoluta neutralidad política, de la que hizo gala durante el tiempo que ocupó su escaño parlamentario. En más de una ocasión su voz se oyó aludiendo a Huelva y a la educación. Es lo más natural del mundo que yo defienda a Huelva -comentó alguna vez-, pues a la justicia se me une el cariño. Su crítica fue siempre elegante y didáctica. El problema de España -dijo en otra ocasión- es un problema de personas, de españoles… Las ideas políticas no certifican una buena o mala conducta. Para gobernar hacen falta honestidad, talento, patriotismo, cultura equilibrada, corazón y calzones. Ahora hacen falta también enaguas. Sus palabras, a veces, no eran bien recibidas por algunos profesionales de la política. Éstos, heridos en su vanidad, solapadamente buscaban la ocasión para ensombrecer la talla humana de Siurot. Él, valientemente, salía al paso: Si patrocinar a los niños hambrientos y alimentar a las pobres mujeres para que sus pechos exhaustos manen el licor de la vida es sindicalismo, yo soy sindicalista con todo mi corazón.

Para hacer el retrato político de Siurot, servirían de lienzo las palabras del pintor Eugenio Hermoso: De tal forma era atrayente aquel buenazo y simpático amigo, Siurot, que hasta hombres de ideas contrarias a las suyas, católicas a marchamartillo, le seguían, le adoraban y… acababan por claudicar “siurizándose”.

Su amistad con el rey Alfonso XIII y con la Casa Real española le enmarcó en el monarquismo, pero sin perder un ápice de su neutralidad política.

Su obra literaria

La obra literaria de Siurot es extensa y variada, como su propia personalidad. Fue poeta, escritor, periodista, pedagogo, orador… Además de sus libros, escribió numerosos artículos periodísticos, publicados en diversos diarios de Huelva, Sevilla y Madrid, y en las revistas El Granito de Arena y Cada Maestrito, esta última fundada por él en el año 1918.

Los libros de contenido pedagógicos son: Cada Maestrito, Cosas de niños, Luz de las cumbres y resplandores de la Cruz, obra de meditación espiritual, que resume su intensa religiosidad, su suprema exaltación del espíritu, muy en línea de las mejores obras de la literatura mística española, y Filosofía en gotas, que es un trabajo bonito, esencia de perfume cristiano, observándose en el libro las inquietudes espirituales del autor. Los otros libros son de temas diversos: La romería del Rocío, que fue escrito en 1918 como prólogo a la coronación canónica de la Virgen del Rocío. Esta obra tiene un gran valor histórico, pues es la primera obra literaria que se escribió sobre la Romería del Rocío. La emoción de España, en el que narra el viaje que cuatro alumnos y un profesor realizan por España, examinando la geografía y la historia, el arte y la psicología de cada ciudad. Con esta obra trató de crear y educar el amor de España tan desarraigado en su tiempo. Sal y Sol es una obra simpática y humorística, que recoge una serie de episodios cortos, verídicos, donde se describe la gracia de los trabajadores del mar, honrados marineros del Golfo de Onuba, y las ingenuidades de los chiquillos de Huelva. Mi relicario de Italia, es un libro de sus recuerdos artísticos del viaje que realizó a Italia en 1904 con motivo del quincuagésimo aniversario de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción. La obra maestra de España, escrito en 1930, y en el que trata con objetividad la gran obra cultural de España en América. España, Las Castillas, en esta obra trata de la grandeza de España y la grandeza de Castilla, describiendo la vida, el color y el ambiente de Burgos y el Cid, Ávila y Santa Teresa, Segovia, Madrid, Toledo, etc. La nueva emoción de España, escrito en 1937, es una adaptación al momento presente -1937, en plena guerra civil- de su anterior obra (La emoción de España), después de catorce difíciles años transcurridos, en los que España había sufrido dolores y desgarros, mutilaciones y ríos de sangre y muerte. ¡Salaos son! Tipos de gracia, son episodios verídicos a los que adornó con su fino ingenio.

Siurot fue un extraordinario periodista. Escribió en ABC, de Madrid y Sevilla, Blanco y Negro, El Correo de Andalucía, El Debate, La Unión y Diario de Huelva. Pero también es de resaltar su obra oral, sus importantes discursos y conferencias por muchas ciudades de España y del extranjero, donde puso de manifiesto sus grandes y elocuentes dotes oratorias. En ellos explicaba sus métodos pedagógicos, o defendía la enseñanza de la Religión en las Escuelas, ante la corriente que trataba de implantar el laicismo escolar. En otra ocasión habló sobre la obra mística de Santa Teresa de Jesús, en una conferencia titulada Florales y Teresianas, pronunciada en la Universidad de Salamanca. Una vez fue el Mantenedor de los Juegos Florales de Sevilla; otra, el que pronunció el discurso -titulado Madre Cristiana- con que se inauguró el Congreso de Educación Católica, en el Teatro Real de Madrid, con asistencia del rey Alfonso XIII, del Gobierno de la nación y de destacadas personalidades de la vida educativa española. En la Asamblea Nacional habló un día en defensa de los maestros, cuyo sueldo era realmente de hambre, y otro, defendiendo el aumento de los presupuestos de Educación en España. En 1938 fue nombrado miembro de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, y el tema de su discurso de ingreso fue Sevilla la lírica.

El final de una vida

Los últimos años de su vida fueron más bien amargos. Ya en la II República, implantada en abril de 1931, fallaron las ayudas para las escuelas y con el inicio de la guerra civil en 1936, vendría su destrucción y la persecución a Siurot.

Cuando tenía 56 años, circunstancias familiares y de salud le llevaron a Sevilla, a la que quiso como una novia. Aunque se acercaba a Huelva con asiduidad, la enfermedad fue reduciendo las posibilidades de desplazamiento, pero no su cariño. Cuando llego a los sesenta años, vuelvo los ojos atrás y contemplo mi vida entera dedicada a trabajar por Huelva. He gastado mi vida en el interés de Huelva. Y así fue. Hasta el final de sus días su credencial de presentación estuvo firmada con estas palabras: Manuel Siurot Rodríguez. Huelva.

Siurot se durmió en el Señor en el año 1940, después de una vida dedicada a ver a Jesús en los niños y los pobres. Sus últimas palabras fueron éstas: Jesús mío, Tú eres la Resurrección y la Vida; Tú eres la Verdad; la única Verdad, Tú, Jesús mío.

El epitafio de su primera sepultura decía así: Manuel Siurot Rodríguez murió santamente en Sevilla el 27 de Febrero de 1940. Para honrar el santo e imperecedero recuerdo de este hombre ejemplar, que siendo por tantos y justificados títulos ilustre y excelentísimo, quiso con evangélica humildad llamarse hasta el último instante “maestro de niños pobres”, como timbre más alto de su cristiana ejecutoria.

En la actualidad está enterrado en la Capilla Bautismal de la Iglesia parroquial de La Palma del Condado. Así lo indica una lápida: D. Manuel Siurot Rodríguez, insigne Pedagogo, elocuente orador y eximio escritor, que consagró toda su vida a la educación cristiana de los niños pobres. Nació en La Palma del Condado el 1 de Diciembre de 1872, falleció santamente en Sevilla el 27 de Febrero de 1940. Al lado de la pila donde recibió las aguas bautismales, reposan sus restos mortales. La Palma XXVIII de Junio MCMXCVII.

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