Día 3 de marzo

3 de marzo

Meditación

Almas de Eucaristía

Suponiendo que uno de los discípulos de Emaús hubiera escrito sus “Memorias”, he aquí un párrafo de las mismas. Ya en las mismas puertas de Emaús, aquel hombre hizo ademán de seguir adelante. Fue entonces, cuando de nuestros labios salió una súplica. “Quédate con nosotros, pues el día ya declina”. Era verdad que estaba oscureciendo, pero lo dijimos sólo como una excusa para convencerle de que no nos privara de su presencia, para poder continuar aquel coloquio ambulante en nuestra casa, para que compartiera nuestra cena. No nos resignábamos a perder tan pronto la compañía de aquel compañero misterioso de viaje que había consolado nuestros corazones y nos había dado luces para entender los designios divinos. No se hizo rogar. Accedió y entró en nuestra casa.

Quédate con nosotros, porque se hace tarde y está ya anocheciendo (Lc 24, 29). Los discípulos de Emaús, desanimados, piden a Cristo que se quede, que permanezca con ellos, porque sin Él la vida se hace noche, oscuridad. El Señor ha cumplido su promesa: Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28, 20). “Quédate con nosotros, suplicaron, y Él aceptó. Poco después el rostro de Jesús desaparecería, pero el Maestro se había quedado veladamente en el “pan partido”, ante el cual se habían abierto sus ojos (San Juan Pablo II, Carta apostólica Mane nobiscum Domine, n. 1).

Misterio de luz es la institución de la Eucaristía, en la cual Cristo se hace alimento con su Cuerpo y su Sangre bajo las especies del pan y del vino, dando testimonio de su amor por la humanidad “hasta el extremo”, y por cuya salvación se ofrecerá en sacrificio (San Juan Pablo II, Carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, n. 21). La presencia real del Señor ha de ser polo de atracción. Recibir la Eucaristía es entrar en profunda comunión con Jesús: Permaneced en mí y yo en vosotros (Jn 15, 4).

Ardientemente deseó Jesucristo la llegada de aquel instante, porque es el momento de la efusión de amor más íntima, del mayor derroche de amor. Para dejarnos una prenda de este amor, para no alejarse nunca de nosotros y hacernos partícipes de su Pascua, instituyó la Eucaristía como memorial de su muerte y de su resurrección.

Con un trozo de pan en sus manos, y con el cáliz lleno de vino, Jesús afirma categóricamente que, bajo esas apariencias, está presente Él mismo; y ofrece en alimento su Carne y en bebida su Sangre, como había prometido meses atrás en la sinagoga de Cafarnaún: Esto es mi cuerpo, que es entregado por vosotros (…). Y del mismo modo el cáliz, después de haber cenado, diciendo: Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros (Lc 22, 19-20).

Las palabras de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, hacen realmente presentes su Cuerpo y su Sangre bajo las apariencias del pan y del vino, para alimento de las almas, anticipando el Sacrificio de la Cruz. Después, deja en herencia a los apóstoles el don del sacerdocio: Haced esto en memoria mía (Ibidem).

Con el paso del tiempo, los apóstoles -y con ellos, la Iglesia entera- irán profundizando en la riqueza insondable de este misterio de fe y de amor, y desentrañando su valor salvífico.

La fe nos pide que, ante la Eucaristía, seamos conscientes de que estamos ante Cristo mismo. Jesucristo está realmente presente en la Sagrada Forma: con su Cuerpo, con su Sangre, con su Alma, con su Divinidad. Tratemos bien al Señor presente en la Eucaristía. “¡Tratádemelo bien, tratádmelo bien!”, decía entre lágrimas un anciano Prelado a los nuevos Sacerdotes que acababa de ordenar. -¡Señor!: ¡Quién me diera voces y autoridad para clamar de este modo al oído y al corazón de muchos cristianos, de muchos! (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 531). Este prelado no era otro que el beato Manuel González, el obispo de los Sagrarios abandonados. Durante cuatro largo años el obispo gobernó su diócesis -Málaga- desde el destierro, primero en Gibraltar, después en Ronda, y por último desde Madrid. En esta capital ordenó el 15 de junio de 1934 a catorce presbíteros, de los cuales siete cayeron víctimas del furor de persecución roja en el segundo semestre de 1936. Al finalizar la ceremonia fue cuando dijo: ¡Tratádmelo bien, tratádmelo bien!

No sería la primera que hiciera esta petición. En otra ocasión recordando a san Juan de Ávila, dijo a las primeras religiosas de la Congregación que había fundado: ¡Que me lo tratéis bien, que es Hijo de buena Madre! Efectivamente, el Apóstol de Andalucía, el Maestro Ávila, se dirigió a un sacerdote, mientras éste celebraba la Santa Misa, para reprenderle cariñosamente por la ligereza con que trataba a Hijo de tan buen Padre.

En el sacramento de la Eucaristía el Salvador, encarnado en el seno de María hace ya más de veinte siglos, continúa ofreciéndose a la humanidad como fuente de vida divina. Se ha cumplido la promesa del Pan de Vida que hizo el Señor en la sinagoga de Cafarnaún, después de la multiplicación de los panes y los peces, para que nos demos cuenta de su omnipotencia.

La presencia real de Nuestro Señor Jesucristo en este sacramento, con su cuerpo y sangre, alma y divinidad, bajo las especies consagradas (…) nos recuerda que el Dios de nuestra fe no es un ser lejano, sino un Dios muy próximo, cuyas delicias son estar con los hijos de los hombres. Un Padre que nos envía a su Hijo para que tengamos vida y la tengamos en abundancia. Un Hijo y hermano nuestro, que con su encarnación se ha hecho verdaderamente hombre, sin dejar de ser Dios, y ha querido quedarse entre nosotros hasta la consumación del mundo (San Juan Pablo II, Discurso 31.X.1982).

Jesús está en el Sagrario y podemos hablarle como hacían sus discípulos y contarle lo que nos ilusiona o nos preocupa. Y siempre encontramos a Cristo atentísimo hacia lo nuestro. Jamás encontraremos un oyente tan atento, tan bien dispuesto para lo que le contamos o pedimos. Allí, el Señor, nos espera siempre pacientemente.

Contemplando la Santísima Eucaristía con ojos de fe, vemos hecho realidad lo que san Pablo escribía en una de sus epístolas: me amó y se entregó por mí (Ga 2, 20). Jesucristo me amó y se entregó a Sí mismo por mí. Se ha quedado, por amor, entre nosotros; y nos ofrece su ser entero de hombre y de Dios. Cualquier persona, hombre o mujer, enfermo o sano, pecador o justo, puede aplicarse con toda verdad estas palabras del Apóstol de los gentiles: por mí. Mi Dios vuelca toda su grandeza en mí, cuando le recibo.

¿Correspondo a esta locura de amor de Cristo con mi cariño y veneración a la Sagrada Eucaristía? ¿El Sagrario constituye para mí el necesario punto de referencia que hace que mi alma se escape para acompañar al Señor en el Sagrario de la iglesia más cercana? ¿Le saludo con una genuflexión pausada, llena de amor, hablándole con el corazón? ¿Le acompaño durante la jornada, al menos con el deseo? ¿Vivo con amor y agradecimiento las prácticas de piedad eucarísticas? ¿Llevo a las personas que trato a la piedad eucarística? ¿Enseño a la gente a adorar a Jesús Sacramentado?

Abrirnos a las dimensiones del Misterio eucarístico: para volar alto es preciso que el Espíritu Santo nos eleve por encima de las cosas de la tierra y que nos ilumine con los rayos del divino Sol -Cristo- en la Eucaristía.

Ante esta realidad de la presencia de Cristo en el Santísimo Sacramento hagamos muchos actos de fe y de adoración; de reparación y dolor por las faltas de amor y delicadeza. Y cuidemos la acción de gracias después de haber recibido al Señor.

Dios tiene un rostro. Dios tiene un nombre. En Cristo, Dios se ha encarnado y se entrega a nosotros en el misterio de la Santísima Eucaristía. La Palabra es carne. Se entrega a nosotros bajo las apariencias del pan, y así se convierte verdaderamente en el Pan del que vivimos. Los hombres vivimos de la Verdad. Esta Verdad es Persona: nos habla y le hablamos. La iglesia es el lugar del encuentro con el Hijo del Dios vivo, y así es el lugar de encuentro entre nosotros. Ésta es la alegría que Dios nos da: que él se ha hecho uno de nosotros, que podemos casi tocarlo y que Él vive con nosotros. Realmente, la alegría de Dios es nuestra fuerza (Benedicto XVI, Homilía 10.XII.2006).

La Eucaristía tiene una dimensión apostólica. Cleofás y su compañero, tras haber reconocido al Señor, se levantaron al momento (Lc 24, 33) para ir a comunicar la buena noticia de la resurrección de Cristo. Cuando se ha tenido verdadera experiencia del Resucitado, alimentándose de su cuerpo y de su sangre, no se puede guardar la alegría sólo para uno mismo. El encuentro con Cristo, profundizado continuamente en la intimidad eucarística, suscita en la Iglesia y en cada cristiano la exigencia de evangelizar y dar testimonio (San Juan Pablo II, Carta Apostólica Mane nobiscum, Domine).

No se puede guardar la alegría para uno mismo: Y al instante se levantaron y regresaron a Jerusalén (Lc 24, 33). Ser almas de Eucaristía significa ser almas de vida interior, almas contemplativas, llenas de afán apostólico, como enseña san Josemaría Escrivá de un modo constante: Jesús se quedó en la Eucaristía por amor…, por ti. (…) -Se quedó, para que le comas, para que le visites y le cuentes tus cosas y, tratándolo en la oración junto al Sagrario y en la recepción del Sacramento, te enamores más cada día, y hagas que otras almas -¡muchas!- sigan igual camino (San Josemaría Escrivá, Santo Rosario, Anexo, 5º misterio de luz).

En nuestro apostolado, que recordemos a todos la presencia real de Jesucristo en los sagrarios, a la que a veces, tan insuficientemente correspondemos. Con nuestra palabra y con nuestro ejemplo no dejemos de repetir que en cada Sagrario nos espera Cristo Jesús, Luz verdadera con la cual nuestras vidas pueden iluminarse y transformarse.

Entremos en la “Escuela de María” para aprender a amar a Jesús sacramentado. Qué fácil resulta contemplar a Santa María en el misterio eucarístico. Existe, pues, un vínculo estrechísimo entre la Eucaristía y la Virgen María, que la piedad medieval acuñó en la expresión caro Christi, caro Mariae: la carne de Cristo en la Eucaristía es, sacramentalmente, la carne asumida de la Virgen María (San Juan Pablo II, Alocución, 13.VI.93).

¿Cómo imaginar los sentimientos de Santa María al escuchar de la boca de Pedro, Juan, Santiago y los otros apóstoles, las palabras de la Última Cena: éste es mi cuerpo que es entregado por vosotros? Aquel cuerpo entregado como sacrificio y presente en los signos sacramentales, ¡era el mismo cuerpo concebido en su seno! Recibir la Eucaristía debía significar para Santa María como si acogiera de nuevo en su seno el corazón que había latido al unísono con el suyo y revivir lo que había experimentado en primera persona al pie de la Cruz. Que Ella nos impulse y guíe al encuentro con su Hijo en el misterio eucarístico.

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