Día 23 de marzo

23 de marzo

Conmemoración de santo Toribio de Mogrovejo

Santo Toribio de Mogrovejo, obispo de Lima, en Perú. Laico de origen español y licenciado en leyes, fue elegido para esta sede y se dirigió a América, donde, inflamado en celo apostólico, visitó a pie varias veces la extensa diócesis, proveyó a la grey a él encomendada, fustigó en sínodos los abusos y los escándalos en el clero, defendió con valentía a la Iglesia y catequizó y convirtió a los pueblos nativos, hasta que finalmente, en la población de Saña, descansó en el Señor. (1606) (Martirologio Romano).

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Efemérides

El 23 de marzo de 1994 falleció en Roma el beato Álvaro del Portillo, prelado del Opus Dei.

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Los últimos días de su vida en Tierra Santa

Recuerdos del médico (Dr. José María Araquistain) que participó en el último viaje de Álvaro del Portillo

A primera hora de la tarde del 14 de marzo de 1994 salimos del aeropuerto de Ciampino, con destino a Tel Aviv, don Álvaro, don Javier Echevarría, don Joaquín Alonso y yo. Don Álvaro hacía aquel viaje a Tierra Santa por su gran amor a Jesucristo, es decir, por devoción, pero también por un motivo pastoral, pues desde hacía poco había algunos fieles del Opus Dei que vivían y trabajaban en Jerusalén y desarrollaban allí una incipiente labor apostólica. El viaje había sido costeado por un amigo como regalo a don Álvaro por su 80 cumpleaños.

Nunca agradeceré bastante el privilegio de haber podido acompañar a don Álvaro durante aquellos días, que me permitieron vivir una experiencia familiar irrepetible en un clima sereno de cariño humano y buen humor.

Con los ojos dirigidos a Cristo… y a quien estaba cerca

El embajador de Uruguay en Israel, Aníbal Díaz, había puesto su coche a disposición de don Álvaro. El día 15 nos dirigimos con ese coche de Tel Aviv a Nazaret pasando por el Monte Carmelo. En Haifa, una turista puertorriqueña reconoció a don Álvaro y le pidió que permitiera a su marido fotografiarla con él. Don Álvaro accedió. Escenas parecidas se repetirían en los días siguientes. Ya en Nazaret, por la tarde, don Álvaro celebró la Santa Misa en la basílica de la Anunciación. En la homilía habló del Misterio de la Encarnación y también del dolor como regalo de Dios: sin duda pensaba en Aníbal, que en aquel momento padecía una grave enfermedad y que asistía a la Misa con su esposa.

El día 16 por la mañana estuvimos en la iglesia del Primado de Pedro; más tarde en el monte de las Bienaventuranzas, donde don Álvaro celebró la Misa; después en Cafarnaún… Por la tarde hicimos media hora de oración a la orilla del mar de Tiberíades. Don Álvaro, don Javier y don Joaquín se sentaron sobre un tronco caído. Don Joaquín leyó algunos pasajes del Evangelio sobre la presencia de Jesucristo en aquel lugar. Don Alberto Steinworth -uno de los sacerdotes del Opus Dei que vivían en Jerusalén- y yo nos acomodamos en una roca, detrás de don Álvaro. Tuve la neta sensación de que aquel momento era importante, y procurando no distraerles hice algunas tomas de vídeo. Junto a la orilla se veía también a una religiosa y, en otro lugar, a un religioso. Cuando ya nos íbamos, llegaron cuatro chicos jóvenes de diferentes razas y se pusieron a rezar juntos en voz baja. En el camino de vuelta arrancamos hojas de algunas plantas como recuerdo. Al día siguiente, 17 de marzo, viajamos de Nazaret a Jerusalén pasando por el Monte Tabor, donde don Álvaro celebró la misa. En Jerusalén, después de rezar en el Santo Sepulcro y en el Calvario, don Álvaro acudió a los dos Centros del Opus Dei que había en la ciudad. Durante los días siguientes volvió varias veces a los dos Centros, y en cada uno celebró un día la Santa Misa: en uno el 20 y en el otro el 21. El 18 celebró en un altar de la basílica del Santo Sepulcro, y el 19 en la basílica de la Natividad, en Belén. El día 19, sábado, era mi santo, y don Álvaro me felicitó en cuanto me vio, al bajar a desayunar. Aquel día hubo un encuentro en el hotel Paradise, en Belén, con más de cien personas entre las que había cristianos, hebreos, musulmanes… Fue una reunión muy cordial: don Álvaro respondió con enorme cariño y delicadeza a las preguntas que le hicieron. Insistió en la necesidad de que árabes y judíos convivieran pacíficamente. Más tarde, en Jerusalén, visitó al Patriarca latino. Dos días después acudiría también a la Delegación apostólica.

En el Cenáculo

El domingo 20 estuvimos por la mañana en Betania y por la tarde en Ain-Karin. A las 11 del día 22 de marzo don Álvaro concelebró en la iglesia del Cenáculo con don Javier, don Joaquín, don Alberto y Father Lawrence Richardson, otro sacerdote del Opus Dei que vivía en Jerusalén: iba a ser la última Misa de aquella peregrinación a los Santos Lugares, pero también fue -¡quién habría podido imaginarlo!- la última de don Álvaro en la tierra. La homilía la pronunció don Javier. Don Álvaro nos dio la Comunión.

Pocas horas después estábamos ya en el avión, de vuelta a Roma. Durante el vuelo enfoqué con la cámara de vídeo a don Álvaro y empecé a filmarle. Don Álvaro estuvo mirando sonriente al objetivo y, en cierto momento, hizo un gesto afectuoso de saludo -o de despedida- con la mano. Hacia las ocho de la noche, el más joven de la tripulación nos ofreció algo de beber. Don Álvaro y don Javier se interesaron por su familia, por su trabajo, por sus aficiones… y le explicaron algunos aspectos del espíritu de la Obra.

En el aeropuerto de Ciampino esperaban varias familias con ramos de flores. Don Álvaro estuvo muy cariñoso con todos.

Durante la noche

Me acosté poco después de llegar a casa, y hacia las 3 de la mañana me llamó don Javier: don Álvaro no se encontraba bien. Cuando llegué a la habitación, don Álvaro presentaba dificultad para respirar. Enseguida perdió la conciencia. Le apliqué oxígeno. No tenía apenas pulso. Al tratamiento farmacológico siguieron maniobras de reanimación cardiopulmonar, sin respuesta. Tuve que decirle a don Javier que don Álvaro se moría. Don Javier le dio varias veces la absolución y le administró la Unción de enfermos. Hacia las 4 de la mañana, y a la pregunta de don Javier de si don Álvaro había muerto no tuve más remedio que responder afirmativamente. Besé el rostro amable y sin vida de don Álvaro, con la seguridad de que desde el cielo me sonríe.

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