Día 24 de marzo

24 de marzo

La castidad conyugal

En el Génesis se narra la creación del hombre y de la mujer. Dios ha creado al hombre por amor y lo ha llamado también al amor, vocación fundamental e innata de todo ser humano. Porque el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, que es Amor. Habiéndolo creado Dios hombre y mujer, el amor mutuo entre ellos se convierte en imagen del amor absoluto e indefectible con que Dios ama al hombre. Este amor es bueno, muy bueno, a los ojos del Creador. Y este amor que Dios bendice es destinado a ser fecundo y a realizarse en la obra común del cuidado de la creación. Y los bendijo Dios y les dijo: “Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra y sometedla” (Gn 1, 28).

La virtud de la castidad, objeto del sexto precepto del Decálogo, protege el amor humano y señala el camino recto para que el individuo coopere libremente en el plan de la creación, usando de la facultad de engendrar que ha recibido de Dios. Proclama también la nobleza del sexo; y lo encamina al matrimonio, que Jesucristo elevó de simple contrato natural a sacramento de la Nueva Ley. Al mismo tiempo, traza un cauce al instinto, de modo que la generación no sea fruto de una fuerza irracional -como en los animales-, sino de una donación libre y responsable -plenamente humana-, conforme al decoro y santidad de los hijos de Dios.

Cuando no se respetan los principios de la ley natural sobre la sexualidad se convierte a las personas en objetos, y todo el gran contenido del amor viene a reducirse a un mero intercambio egoísta. Se despoja de verdadera humanidad a la unión entre varón y mujer, rebajándola a la dimensión de animal, que es incompatible con la dignidad de hijos de Dios (San Juan Pablo II, Discurso 18.V.1988). Es decir, cuando el bien divino de la sexualidad se pervierte, la intimidad se destroza, y el marido y la mujer no pueden ya mirarse noblemente a la cara (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 25). Ahora bien, cuando la castidad conyugal está presente en el amor, la vida matrimonial es expresión de una conducta auténtica, marido y mujer se comprenden y se sienten unidos (Ibidem).

El matrimonio es una auténtica vocación cristiana, un camino de santidad. Quienes estén llamados al matrimonio deben santificarse a través de la familia.

En el Evangelio según san Juan se narra el primer milagro de Jesús. Fue en Caná de Galilea. Allí convirtió el agua en vino. Entre los invitados a las bodas de Caná, el evangelista menciona en primer lugar a Santa María. Y después dice: También fueron invitados a la boda Jesús y sus discípulos (Jn 2, 2). Tanto Jesús como su Madre viven en el mundo. Tienen muchos amigos y parientes. Y no descuidan la vida de relación social. Esta presencia de Cristo en las bodas de Caná es señal de que Jesús bendice el amor entre hombre y mujer, sellado con el matrimonio. Dios, en efecto, instituyó el matrimonio al principio de la Creación, y Jesucristo lo confirmó y lo elevó a la dignidad de Sacramento.

Cristo quiso sumarse con sus discípulos a aquella boda para santificar el amor humano, para confirmar el valor divino del matrimonio, para santificar el principio de la generación humana.

El hombre y la mujer han sido creados por Dios con igual dignidad en cuanto personas humanas y, al mismo tiempo, con una recíproca complementariedad en cuanto varón y mujer. Dios los ha querido el uno para el otro, para una comunión de personas. Juntos están también llamados a transmitir la vida humana, formando en el matrimonio una sola carne. En el matrimonio, la intimidad corporal de los esposos viene a ser signo y una garantía de comunión espiritual y realiza el doble fin del matrimonio: el bien de los esposos y la transmisión de la vida.

Os exhorto a que ofrezcáis vuestros cuerpos como ofrenda viva, santa, agradable a Dios (Rm 12, 1); ¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis? Habéis sido comprados mediante un precio. Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo (1 Co 6, 19-20).

La fidelidad conyugal es un gran bien, un tesoro que hay que custodiar. Sólo un corazón limpio puede amar plenamente a Dios. Sólo un corazón limpio puede llevar plenamente a cabo la gran empresa de amor que es el matrimonio. No hay que dejarse arrebatar la riqueza del amor. Hay que asegurad la fidelidad, para el propio bien y el de las familias, formadas en el amor de Cristo.

El matrimonio es una comunión de amor indisoluble. Esta íntima unión, como mutua entrega de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen plena fidelidad conyugal y urgen su indisoluble unidad (Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes, n. 48). Por ello cualquier ataque a la indisolubilidad conyugal, a la par que es contrario al proyecto original de Dios, va también contra la dignidad y la verdad del amor conyugal. Se comprende, pues, que el Señor, proclamando una norma válida para todos, enseña que no le es lícito al hombre separar lo que Dios ha unido.

La soberbia es enemigo de la fidelidad conyugal. Los esposos cristianos, siguiendo su propio camino, deben apoyarse mutuamente en la gracia, con un amor fiel a lo largo de toda su vida. Es necesario repetir a todos que Jesucristo no prometió a los que se unen en matrimonio un paraíso terrenal, sino su ayuda para superar las dificultades y alcanzar una alegría más grande. Es necesario repetir que Jesucristo concede a los esposos cristianos la fuerza de la fidelidad y los hace capaces de resistir la tentación de la separación, hoy tan difundida y seductora (San Juan Pablo II, Discurso 3.VIII.1994).

Para mantener intacta la fidelidad es precisa la obediencia a la ley natural y a la ley divina, que el Magisterio de la Iglesia -asistida por el Espíritu Santo- custodia y propone.

El Concilio Vaticano II hizo referencia a la finalidad del matrimonio: El matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza a la procreación y educación de la prole. Los hijos son, sin duda, el don más excelente del matrimonio (Constitución pastoral Gaudium et spes, n. 50). Los esposos deben cooperar con fortaleza de espíritu con el amor del Creador y del Salvador, quien por medio de ellos aumenta y enriquece diariamente a su propia familia (Ibidem).

Un matrimonio cristiano no puede desear cegar las fuentes de la vida. Porque su amor se funda en el Amor de Cristo, que es entrega y sacrificio… Además, como recordaba Tobías a Sara, los esposos saben que “nosotros somos hijos de santos, y no podemos juntarnos a manera de los gentiles, que no conocen a Dios” (San Josemaría Escrivá, Surco, n. 846).

No está de más recordar las palabras del arcángel san Rafael a Tobías: Óyeme, y te enseñaré cuáles son aquellos sobre quienes tiene potestad el demonio. Son los que abrazan con tal disposición el matrimonio, que apartan de sí y de su mente a Dios, dejándose llevar de su pasión, como el caballo y el mulo que no tienen entendimiento; ésos son sobre quienes tiene poder el demonio (Tb 6, 16-17).

El Magisterio de la Iglesia habla con absoluta nitidez de la bondad del acto conyugal, de la unión sexual dentro del matrimonio: Los actos con los que los esposos se unen íntima y castamente entre sí son honestos y dignos, y, realizados de modo verdaderamente humano, significan y fomentan la recíproca donación, con la que se enriquecen mutuamente con alegría y gratitud (Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes, n. 49).

En la encíclica Humanae vitae, con voz profética, el papa Pablo VI recordaba a todos los hombres de buena voluntad otra aplicación de aquellas palabras de Cristo lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre (Mt 19, 6): el acto sexual conyugal y la procreación forman una parte de un todo lleno de amor que al hombre no le es lícito romper poniendo barreras químicas o físicas que separen el aspecto unitivo del aspecto procreativo.

Las ideas principales de la Humanae vitae son: a) Usar el don del amor conyugal respetando las leyes del proceso generador es reconocer que nosotros no somos dueños de las fuentes de la vida humana, sino más bien administradores del plan establecido por el Creador; b) La Iglesia, al exigir que los hombres observen las normas de la ley natural, interpretada por su constante doctrina, enseña que cualquier acto matrimonial debe quedar abierto a la transmisión de la vida; c) La Iglesia no considera en modo alguno ilícito el empleo de medio terapéuticos verdaderamente necesarios para curar enfermedades del organismo, aun cuando resulte de ello un impedimento a la procreación, con tal que este impedimento no sea directamente querido.

El matrimonio debe incluir una apertura hacia el don de los hijos. La señal característica de la pareja cristiana es su generosa apertura a aceptar de Dios los hijos como regalo de su amor. El Señor se complace en las familias numerosas. De ahí la petición al Señor de una descendencia numerosa, pero, ante todo, amar su Voluntad.

En este camino de santidad, el cristiano experimenta tanto la debilidad humana como la misericordia del Señor. Por esto el punto de apoyo para vivir la castidad conyugal se encuentra en la fe, que hace al hombre y a la mujer conscientes de la misericordia de Dios, y en el arrepentimiento, que acoge humildemente el perdón divino. Es preciso cuidar el amor y no exponerse imprudentemente a perderlo: No tengas la cobardía de ser “valiente”: ¡huye! (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 132). Hay que escarmentar en cabeza ajena. El rey David comenzó dejándose llevar por la curiosidad y esto le llevó al adulterio y al crimen. Después lloró sus pecados y tuvo una vida santa en la presencia de Dios.

La virtud de la castidad exige poner los medios para evitar las ocasiones de pecado. Si las circunstancias adversas -generalización del clima de sensualidad y de confusión doctrinal, etc.- hacen más agresivos y constantes estos peligros, existe un deber todavía más grave de mantenerse vigilantes en esta materia tan pegajosa. Es necesario adquirir una conciencia recta y delicada, que sepa corregir en su raíz las posibles desviaciones.

El que quiera resistir las tentaciones debe poner los medios para ello: el conocimiento de sí, la práctica de una ascesis adaptada a las situaciones encontradas, la obediencia a los mandamientos divinos, la práctica de las virtudes morales y la fidelidad a la oración (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2.340). Cuando vienen enamoramientos no deseados es porque no se ha estado vigilante, se han descuidado normas de prudencia.

A un personaje, muy conocido en el mundo del deporte, le preguntaron una vez: ¿Cómo las prefieres? ¿Morenas o rubias? Y ésta fue la respuesta: Ni morenas, ni rubias. Mi mujer. Para vivir el matrimonio castamente es necesaria la renuncia y la purificación. Y procurar estar enamorados: mantener y renovar cada día el primer amor, de novios.

Pidamos a la Virgen Santísima, Madre del Amor Hermoso, las gracias necesarias para vivir limpiamente el amor humano.

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