Día 25 de marzo

25 de marzo

Solemnidad de la Anunciación del Señor

Solemnidad de la Anunciación del Seño. Cuando en la ciudad de Nazaret el ángel del Señor anunció a María: “ Concebirás y darás a luz un hijo, y se llamará Hijo del Altísimo”, María contestó: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”. Y así, llegada la plenitud de los tiempos, el que desde antes de los siglos era el Unigénito Hijo de Dios, por nosotros los hombres y por nuestra salvación, por obra del Espíritu Santo se encarnó en María, la Virgen, y se hizo hombre. (Martirologio Romano).

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Meditación

La Anunciación a María y Encarnación del Verbo es el hecho más maravilloso, el misterio más entrañable de las relaciones de Dios con los hombres, de la misericordia divina, y el acontecimiento más importante y de mayor transcendencia que ha habido en la Historia de la humanidad. Un Dios que se hace hombre, semejante en todo a la criatura humana menos en el pecado, para salvar a la humanidad de la triple esclavitud (demonio, pecado y muerte) a la que estaba sometida el género humano desde el pecado de los primeros padres, Adán y Eva.

Con gran sencillez el evangelista san Lucas narra la Encarnación. Sólo la Virgen nazarena se enteró, porque precisamente en Ella se produjo el prodigio, mientras que sobre la faz de la tierra, aparentemente, nada extraordinario sucedía. Sin embargo, aquel día cambió la Historia. La Segunda Persona de la Santísima Trinidad asumió la débil naturaleza humana de las purísimas entrañas de Santa María.

Con cuánta atención, reverencia y amor se ha de leer este pasaje evangélico, rezar el Ángelus cada día, siguiendo la extendida devoción cristiana, y contemplar el primer misterio gozoso del Santo Rosario.

Y el Verbo se hizo carne (Jn 1, 14). Con este versículo del Prólogo del Evangelio según san Juan se expresa de forma breve el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios.

He aquí la explicación que da un Padre de la Iglesia de la necesidad por parte del hombre de la Encarnación: Nuestra naturaleza enferma exigía ser sanada; desgarrada, ser restablecida; muerta, ser resucitada. Habíamos perdido la posesión del bien, era necesario que se nos devolviera. Encerrados en las tinieblas, hacía falta que nos llegara la luz; estando cautivos, esperábamos un salvador; prisioneros, un socorro; esclavos, un libertador. ¿No tenían importancia estos razonamientos? ¿No merecían conmover a Dios hasta el punto de hacerle bajar hasta nuestra naturaleza humana para visitarla, ya que la humanidad se encontraba en un estado tan miserable y tan desgraciado? (San Gregorio de Nisa, Oratio Catechetica 15).

El plan primitivo de la creación fue quebrantado por la rebelión del pecado del hombre. Para su restablecimiento fue necesaria una nueva intervención de Dios que se realiza por la obra redentora de Jesucristo, Mesías e Hijo de Dios.

Tras la caída, el hombre no fue abandonado por Dios. Al contrario, lo llama y le anuncia de modo misterioso la victoria sobre el mal y le promete el levantamiento de su caída, según se narra en el Génesis, en los versículos llamados Protoevangelio, por anunciarse por vez primera la Redención. En el relato bíblico se habla del Mesías Redentor, del combate entre la serpiente y la Mujer, y la victoria final de un descendiente de Ésta.

Cuando llega la plenitud de los tiempos, Dios cumple su promesa. Envía a su Hijo, el Redentor prometido ya desde el pecado de Adán y Eva.

Enseña la Iglesia: Nosotros creemos y confesamos que Jesús de Nazaret, nacido judío de una hija de Israel, en Belén en el tiempo del rey Herodes el Grande y del emperador César Augusto; de oficio carpintero, muerto crucificado en Jerusalén, bajo el procurador Poncio Pilato, durante el reinado de Tiberio, es el Hijo eterno de Dios hecho hombre, que “salido de Dios”, “bajó del cielo”, “ha venido en carne”, porque “la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad… Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 423).

Cristo, Encarnación de la infinita misericordia de Dios, ha dirigido a la humanidad su mensaje de verdad y de esperanza, ha obrado prodigios, ha asegurado el perdón de los pecados, pero sobre todo, se ha ofrecido al Padre en un gesto de inmenso amor, víctima de expiación por nuestros pecados (San Juan Pablo II, Discurso 21.V.83). Por tanto, la vida de Jesucristo en la tierra obliga a los hombres a tomar postura; o con Dios o contra Dios. El que no está conmigo, está contra Mí; y el que no recoge conmigo, desparrama (Lc 11, 23).

Con su Encarnación, el Hijo de Dios se ha unido en cierto modo con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia humana, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre.

El Verbo se encarnó para salvar al hombre reconciliándolo con Dios: Dios nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados (1 Jn 4, 10); El Padre envió a su Hijo para ser salvador del mundo (1 Jn 4, 14); Él se manifestó para quitar los pecados del mundo (1 Jn 3, 5).

La historia del hombre sobre la tierra es testimonio constante de la verdad de aquellas palabras de san Pablo: Dios quiere que todos los hombres se salven y vengan en conocimiento de la verdad (1 Tm 2, 4). Ya en los albores mismos de la Historia, después de haber creado todas las cosas de la nada, Dios formó al hombre y, por decreto libre de su Voluntad, elevó su naturaleza al orden sobrenatural. A este amor generoso y paterno del Creador, el hombre correspondió con el pecado original, desafiante negación a los requerimientos divinos. Pero el coloquio paterno y santo, interrumpido entre Dios y el hombre a causa del pecado original, fue maravillosamente reanudado en el curso de la historia. La historia de la salvación narra precisamente este largo y variado diálogo, que nace de Dios y teje con el hombre una admirable y múltiple conversación (Pablo VI, Encíclica Ecclesiam suam, n. 52).

Cuando llegó el momento establecido por Dios desde toda la eternidad, el Verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros (Jn 1, 14). Por la vida y muerte de su Hijo, el Señor restableció de nuevo al hombre en la dignidad primera: así que -dice san Pablo- ya no sois extraños ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos y domésticos de Dios (Ef 2, 19). Y no contento con esto, sabiendo que una y otra vez los hombres se rebelarían a su amor, la misericordia de Jesucristo dejó en la tierra la Iglesia para que a través de los sacramentos la gracia de salvación ganada por su muerte de cruz acudiese a sanar, siempre que fuera necesario, las heridas causadas al alma por los pecados.

El Verbo se encarnó para hacernos partícipes de la naturaleza divina (2 P 1, 4): Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: para que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios (San Ireneo, Adversus haereses, 3, 19, 1); Porque el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios (San Atanasio, De incarnatione, 54, 3); El Hijo Unigénito de Dios, queriendo hacernos partícipes de su divinidad, asumió nuestra naturaleza, para que habiéndose hecho hombre, hiciera dioses a los hombres (Santo Tomás de Aquino, Oficio de la festividad del Corpus).

La filiación divina es la gran revelación de Jesucristo a los hombres: Dios es un padre que ama infinitamente a sus criaturas. La filiación divina del hombre bautizado es participación de la filiación de Cristo. Jesucristo es el Hijo por naturaleza; el cristiano lo es por adopción, pero es verdaderamente hijo de Dios.

Del magisterio pontificio son estas palabras: En Jesucristo Dios no sólo habla al hombre, sino que lo busca. La Encarnación del Hijo de Dios testimonia que Dios busca al hombre (…). Es una búsqueda que nace de lo íntimo de Dios y tiene su punto culminante en la Encarnación del Verbo. Si Dios va en busca del hombre, creado a su imagen y semejanza, lo hace porque lo ama eternamente en el Verbo y en Cristo lo quiere elevar a la dignidad de hijo adoptivo. Por tanto Dios busca al hombre, que es su propiedad particular de un modo diverso de cómo lo es cada una de las otras criaturas. Es propiedad de Dios por una elección de amor: Dios busca al hombre movido por su corazón de Padre (San Juan Pablo II, Carta Apostólica Tertio Millennio Adveniente).

Las criaturas experimentan la paternidad de Dios, rico en misericordia, a través del amor del Hijo de Dios, crucificado y resucitado, el cual como Señor está sentado en los cielos a la derecha del Padre (San Juan Pablo II, Discurso 2.VII.99).

El Verbo se encarnó para que el hombre conociese así el amor de Dios: En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de Él (1 Jn 4, 9); Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3, 16).

Nadie tiene amor mayor que éste de dar uno la vida por sus amigos (Jn 15, 13), y esto es lo que hizo Jesucristo por cada ser humano: dar su vida.

El mensaje que la Iglesia proclama a todo hombre es muy sencillo: Dios te ama. Dios quiere tu salvación. Dios quiere que seas feliz. Y el amor ya conocido de Dios no se puede responder de otro modo que con amor. La fe es en cierto modo una declaración de amor a Dios.

El Verbo se encarnó para ser modelo de santidad: Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de Mí… (Mt 11, 29); Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por Mí (Jn 14, 6). Y el Padre, en el monte de la Transfiguración, ordena: Escuchadle (Mc 9, 7). Él es, en efecto, el modelo de las bienaventuranzas y la norma de la ley nueva: Amaos los unos a los otros como yo os he amado (Jn 15, 12). Este amor tiene como consecuencia la ofrenda efectiva de sí mismo.

Enseña la Iglesia: Toda su vida, Jesús se muestra como nuestro modelo: Él es el “hombre perfecto” que nos invita a ser sus discípulos y a seguirle: con su anonadamiento, nos ha dado un ejemplo que imitar; con su oración atrae a la oración; con su pobreza, llama a aceptar libremente la privación y las persecuciones (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 520).

La Encarnación fue posible al fiat (hágase) de María. Has oído, Virgen, que concebirás y darás a luz un hijo. Has oído que no será por obra de varón, sino por obra del Espíritu Santo. (…) En tus manos está el precio de nuestra salvación; si consientes, de inmediato seremos liberados. (…) Apresúrate a dar tu consentimiento, Virgen, responde sin demora al ángel, mejor dicho, al Señor, que te ha hablado por medio del ángel. (…) Abre, Virgen santa, tu corazón a la fe, tus labios al consentimiento, tu seno al Creador. (…) Levántate por la fe, corre por el amor, abre por el consentimiento. He aquí -dice la Virgen- la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra (San Bernardo, Homilía sobre las excelencias de la Virgen María). Gracias, Madre.

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