Día 28 de marzo

28 de marzo

La niña y el hereje

La Sagrada Escritura alaba a la mujer fuerte. Entre otras alabanzas, dice de ella: Vale más que las perlas; en ella confía el corazón de su marido; se reviste de fortaleza y de dignidad; con sabiduría abre su boca, y en su lengua está la ley de la bondad. La mujer que teme a Dios, ésa es de alabar.

El 23 de enero de 1572 nació en Dijón (Francia) una de estas mujeres que merecen las alabanzas de la Escritura: Santa Juana Francisca Fremiot de Chantal. Sus padres eran fervientes católicos de noble linaje. A la edad de 20 años contrajo matrimonio con Cristóbal II, barón de Chantal, y fue madre de seis hijos. Al quedarse viuda, se consagró al Señor, dedicándose totalmente a la educación de sus hijos, a prácticas devotas y a obras de caridad. Fundó con san Francisco de Sales la Orden de la Visitación (Salesas).

De esta santa es la siguiente anécdota. En una ocasión, el padre de santa Juana Francisca de Chantal, cuando ésta era pequeña, estaba hablando con un hugonote sobre la Eucaristía. El hereje negaba la presencia real de Cristo en las especies sacramentales. En un momento determinado la niña interrumpió la conversación, y dijo con aplomo increíble: –Señor, usted debe creer que Jesucristo se encuentra en el Santísimo Sacramento porque Él mismo lo dijo. Y si no lo cree, le está llamando mentiroso.

El hugonote, queriendo salir airoso de la situación, ofreció a la niña unas almendras garrapiñadas. La niña puso el delantal para recibir tan sabroso regalo. El hereje quedó ya tranquilo, pero he aquí su sorpresa al ver que Juana Francisca se acerca a la chimenea y echa allí el contenido de su delantal. Y mientras el fuego consumía aquellas garrapiñadas, la niña añadió: –Esto es lo que le sucede a la gente que no cree en lo que Nuestro Señor dice.

*****

Dios ha hablado a los hombres. Y su palabra divina se ha ido transmitiendo de generación en generación de dos formas: Por escrito, en las Sagradas Escrituras; y de palabra, a través de la Tradición.

Desde el principio Dios se preocupó de mostrar a los hombres el camino seguro para conseguir la eterna felicidad. Muchas veces y en muchas maneras habló Dios en otro tiempo a nuestros padres por ministerio de los profetas; últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo (Hb 1, 1-2). Efectivamente, primero se manifestó a Adán y Eva, a quienes dictó su ley y su voluntad; se comunicó después a Noé, Abrahán, Isaac, Jacob y otros patriarcas, y les reveló muchas verdades superiores al alcance de la razón y del entendimiento humano. No bastando esta revelación primitiva, Dios la amplió a Moisés, ordenándole la pusiera por escrito. Estableció el sacerdocio levítico para conservarla y explicarla al pueblo. Más tarde la fue completando por medio de los profetas. Llegada la plenitud de los tiempos, Dios habló a la criatura racional por medio de su Hijo, hecho hombre.

Con la Revelación se propuso dar a conocer al hombre de modo gratuito las verdades necesarias para su santificación y salvación eterna.

La fe es la respuesta o aceptación del hombre a todo aquello que Dios le ha revelado. El Concilio Vaticano I dio la siguiente definición de fe: La fe es una virtud sobrenatural por la que, con la inspiración y ayuda de la gracia de Dios, creemos ser verdadero lo que por Él ha sido revelado; no por la intrínseca verdad de las cosas percibidas por la luz natural de la razón, sino por la autoridad del mismo Dios que revela, el cual no puede engañarse ni engañarnos.

La fe es necesaria para salvarse. Bien claro lo dijo Jesucristo: El que creyere y fuere bautizado, se salvará, mas el que no creyere se condenará (Mc 16, 16).

Qué razón tenía Juana Francisca Chantal cuando dijo al hugonote que estaba llamando mentiroso al Señor por decir que Cristo no estaba realmente presente real en la Eucaristía. Y también cuando gráficamente indicó el castigo de los no creyentes.

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