Día 2 de abril

2 de abril

Memoria libre de san Francisco de Paula (Conmemoración si es Cuaresma)

San Francisco de Paula, ermitaño, fundador de la Orden de los Mínimos en Calabria. Prescribió a sus discípulos que viviesen de limosnas, que no tuvieran propiedad ni tocasen nunca dinero, y que utilizasen sólo alimentos cuaresmales. Llamado a Francia por el rey Luis XI, le asistió en el lecho de muerte, y, célebre por la austeridad de vida, murió a su vez en Plessis-lesTours, junto a la ciudad francesa de Tours. (1507) (Martirologio Romano).

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Efemérides

Tal día como hoy del año 2005, en las vísperas de la fiesta de la Divina Misericordia, san Juan Pablo II entregó su alma a Dios de dos días de agonía.

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Enfermedad y muerte

En el día 27 de marzo de 2005, Domingo de Resurrección, las miradas de los fieles católicos estaban dirigidas hacia la ventana del Palacio Apostólico Vaticano desde donde el Papa todos los domingos reza el Ángelus. Durante la pasada Semana Santa Juan Pablo II no pudo presidir las ceremonias litúrgicas. Se esperaba ansiosamente su aparición. Desde allí impartiría la bendición Urbi et Orbi. Puntualmente el Papa acudió a la cita, pero su imagen era la de un hombre roto por la enfermedad y el sufrimiento. Quiso pronunciar unas palabras, sin conseguirlo. Impartió la bendición en silencio. Produjo verle en tales condiciones una enorme inquietud.

Tres días después -30 de marzo-, con ocasión de la tradicional audiencia de los miércoles, el Papa volvió a asomarse por su ventana orientada hacia la Plaza de San Pedro para saludar y bendecir a los fieles. Tampoco en esta ocasión pudo articular palabra alguna. Fue su última aparición. Y la inquietud del mundo católico por la salud del Pontífice aumentó. Era bien visible el progresivo e irreversible deterioro de su salud. Por la tarde de ese día, fuentes vaticanas dieron a conocer la grave desnutrición que debilitaba al Santo Padre. Desde la traqueotomía que le practicaron el 24 de febrero había perdido casi veinte kilos de peso, lo cual hizo necesario aplicarle una incómoda sonda nasogástrica. En la noche del 30 de marzo Juan Pablo II sufrió una sensible caída de tensión.

Al día siguiente, cerca de la medianoche, el portavoz de la Sala de Prensa de la Santa Sede informaba el empeoramiento de la salud del Papa: una infección urinaria con fiebre alta había dado lugar a un shock séptico con colapso cardiocirculatorio. También se decía que el enfermo estaba consciente. El equipo médico que atendía al Papa logró una estabilización temporal del cuadro clínico, pero luego evolucionaría de manera negativa. Ante el agravamiento de su estado, al Santo Padre se le administró la Unción de Enfermos y recibió el Viático.

Nada más conocerse la extrema gravedad del Papa, miles de fieles se acercaron a la Plaza de San Pedro para mostrarle su cariño y rezar por él. También a las catedrales e iglesias de todo el mundo acudieron los católicos para rezar por el Papa agonizante, en conmovedoras vigilias de oración.

El viernes, 1 de abril, se confirmaba que las condiciones de salud del Papa eran muy graves, aunque se hacía hincapié en la consciencia, lucidez y serenidad del enfermo. También se informó que a las 6 de la mañana había podido concelebrar la Santa Misa -desde la cama, evidentemente- por última vez. Juan Pablo II, al recordar que era viernes quiso que le leyeran las catorce estaciones del Vía Crucis, la Liturgia de las Horas y fragmentos de la Sagrada Escritura. Por la tarde, se dio un nuevo parte médico, en el que comunicaba el progresivo empeoramiento de la salud del Papa, que presentaba ya un cuadro de grave insuficiencia cardio-respiratoria y renal.

El sábado, el cardenal Ruini, Vicario del Papa para la Diócesis de Roma, declaró a una cadena de televisión que, después de rezar unos minutos con el Santo Padre, se quedó profundamente conmovido al ver cómo a Juan Pablo II se le veía abandonado totalmente a la voluntad de Dios. Durante todo el día la Plaza de San Pedro estuvo llena de gente rezando por el Papa. A las 21.37 horas del 2 de abril, después de casi dos días de lenta y serena agonía, marcada -como toda su vida- por la oración, el amor a la Eucaristía y el abandono filial en las manos de Dios, Juan Pablo II cruzó finalmente el umbral de la esperanza, en su tránsito al cielo.

A quien era realmente Totus tuus, la Virgen quiso reclamarlo para sí precisamente en su día: un sábado. El fallecimiento coincidía también con las vísperas del II Domingo de Pascua, festividad de la Divina Misericordia, que el propio Juan Pablo II había instituido inspirándose en el legado espiritual de su compatriota Santa Faustina Kowalska.

La mayor concentración de personalidades de la historia

En el entierro de Juan Pablo II estuvieron presentes monarcas reinantes de 10 países (entre ellos, el rey Juan Carlos I de España; el Rey de los belgas, Alberto II; el rey Abdalá de Jordania; y la reina Margarita de Dinamarca), 59 jefes de Estado (George W. Busch, Presidente de los Estados Unidos; Carlo Azeglio Ciampi, Presidente de la República Italiana; Jacques Chirac, Presidente la República Francesa; Horst Koehler, Presidente de Alemania; Aleksander Kwasniewski, Presidente de Polonia; Mohamed Jatamí, Presidente de Irán; Abdelaziz Buteflika, Presidente de Argelia; Viktor Yushchenko, Presidente de Ucrania; Bashar al-Assad, Presidente de Siria; Robert Mugabe, Presidente de Zimbabue; Moshé Katsav, Presidente de Israel; Lula da Silva, Presidente de Brasil; y Vicente Fox, Presidente de México, entre otros), 3 príncipes herederos (Carlos, Príncipe de Gales, heredero de la corona inglesa, fue uno de los tres que asistieron, y, aunque no es el heredero, el príncipe Mulay Rachid de Marruecos, hermano del rey Mohamed VI, presidió la delegación de su país), 17 jefes de gobierno (Tony Blair, Primer Ministro de Reino Unido; Silvio Berlusconi, Jefe de gobierno de Italia; José Luis Rodríguez Zapatero, Presidente de gobierno de España; Gerhard Schröder, Canciller de Alemania y Jean Claude Juncker, Jefe de gobierno de Luxemburgo, fueron algunos de los asistentes), los jefes de 3 organizaciones internacionales y representantes de otras 10 (entre ellos, Kofi Annan, Secretario general de la ONU, y José Manuel Durao Barroso, Presidente de la Comisión Europea), 8 vicepresidentes de Estado, 6 vicepresidentes de gobierno, 4 presidentes de parlamentos, 12 ministros de Exteriores, 13 ministros, así como embajadores de 24 países.

También estuvieron presentes en el entierro de Juan Pablo II delegaciones de 23 Iglesias ortodoxas (entre sus componentes estaban, entre otros, el Patriarca Ecuménico de Constantinopla, Bartholomaios I, el metropolita Kirill de Smolensk, presidiendo la delegación del Patriarcado de Moscú, el Patriarca Karekin II de Armenia, el Patriarca Teoctist de Rumanía y el obispo Christodoulos, arzobispo ortodoxo de Atenas) y 8 de otras Confesiones (el arzobispo de Canterbury, Rowan Williams, Primado de la Iglesia Anglicana, presidía la delegación de la Confesión anglicana); otras 3 de organizaciones cristianas, entre ellas, la Asociación Nacional de Evangélicos (representada por su Presidente, Ted Haggard). También asistieron representantes del Judaísmo (presididos por el Gran Rabino israelí de Haifa, Shear Yashuv Cohen), del Islam y 17 delegaciones de religiones no cristianas.

Entre otras personalidades presentes, estaban Lech Walesa, el antiguo electricista de un astillero de Gdansk que llegó a ser Presidente de Polonia, el antiguo rabino de Roma Elio Toaff, el hermano Roger Schulz, fundador de la Comunidad Ecuménica de Taizé, Ishmael Noto, Secretario de la Federación Luterana Mundial, los ex Presidentes de los Estados Unidos Bill Clinton y George Bush (padre).

Y 600.000 personas que abarrotaban la Plaza de San Pedro y la Via de la Conciliazione asistieron al funeral. Éste fue retransmitido por 137 cadenas de televisión de 81 países.

Tres millones de fieles acudieron a Roma entre el 2 y el 8 de abril para despedirse de Juan Pablo II. Muchos de ellos pasaron más de trece horas haciendo cola para rezar unos breves segundos en la capilla ardiente instalada en la Basílica de San Pedro, delante del Altar de la Confesión.

Todos quisieron estar en el adiós del último papa del siglo XX, para rendir homenaje de admiración y cariño a uno de los hombres más grandes de la historia.

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