Día 10 de abril

10 de abril

Meditación

Ley evangélica de la caridad

Dijo Jesús a sus discípulos: “A los que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian” (Lc 6, 27-28).

En la historia de la humanidad hay diversas etapas bien diferenciadas -la Prehistoria, la Antigüedad, el Medievo, la Edad Moderna, la Edad Contemporánea-, y cada una de éstas a su vez pueden subdividirse. Por ejemplo, en el Medievo se puede distinguir la Alta Edad Media y la Baja Edad Media. Ahora bien, la división de la historia en etapas más importante es: antes de Cristo, que abarca todo el Antiguo Testamento, y después de Cristo, que comprende el Nuevo Testamento y todo el tiempo que transcurre desde la Encarnación del Hijo de Dios (primera venida de Cristo a la tierra) hasta la parusía (segunda venida del Señor).

La Sagrada Escritura nos habla de la creación del hombre y de un tiempo anterior al pecado en el cual el hombre, creado a imagen y semejanza del Creador, gozaba de la amistad de Dios. Por el pecado de origen se oscureció la belleza de la imagen divina en el hombre, y éste perdió la amistad divina, quedando sujeto a la triple esclavitud del pecado, del demonio y de la muerte.

Como consecuencia del pecado se rompió la armonía que debía reinar entre los hombres. A una ofensa se respondía con otra mayor. Entre los antiguos pueblos semitas, de los que procede el pueblo hebreo, imperaba la ley de la venganza. Esto daba lugar a unas interminables luchas y crímenes. El Código de Hammurabi, que es del siglo XVII antes de Cristo, castiga con penas muy duras, pero a diferencia de los códigos anteriores se aplica la ley de Talión.

Esta ley -ojo por ojo y diente por diente- constituyó en aquellos primeros siglos del pueblo elegido un avance ético, social y jurídico notorio. Ese avance consistía en que el castigo no podía ser mayor que el delito, y que cortaba de raíz toda reiteración punitiva. Con ello, por un lado quedaba satisfecho el sentido del honor de los clanes y familias y, por otro, se cortaba la interminable cadena de venganzas.

Pero Jesucristo da el definitivo avance, en el que juega un papel primordial el sentido del perdón y la superación del orgullo. La ley evangélica está basada en la caridad, una caridad que presupone e impregna la justicia.

En el hecho de amar a nuestros enemigos se ve claramente cierta semejanza con Dios Padre, que reconcilió consigo al género humano, que estaba en enemistad con Él y le era contrario, redimiéndole de la eterna condenación por medio de la muerte de su Hijo (Catecismo Romano, IV, 14,19). Siguiendo el ejemplo de Dios nuestro Padre hemos de desear para todos los hombres -también para los que se declaran enemigos nuestros- en primer lugar la vida eterna; después, el cristiano tiene obligación de respetar y comprender a todos sin excepción por la intrínseca dignidad de la criatura humana, hecha a imagen y semejanza del Creador, y por ser hijo de Dios.

Jesucristo nos enseñó con su ejemplo que este precepto no es una simple recomendación piadosa. Cuando le estaba clavando en la cruz, Nuestro Señor pidió a su Padre Dios por sus propios verdugos: Padre, perdónales porque no saben lo que hacen (Lc 23, 34).

Para expresar de algún modo este misterio –mysterium caritatis-, un antiguo escritor cristiano imagina un diálogo de Cristo con Adán, padre del género humano, cuando el Señor, después de haber entregado su vida en la Cruz, desciende al lugar donde las almas de los justos esperaban ser rescatadas. El Señor, tomando por la mano a Adán, le dice: Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos (…). Levántate, obra de mis manos; levántate, imagen mía, creado a mi semejanza. Levántate, salgamos de aquí, porque tú en mí, y yo en ti, formamos una sola e indivisible persona (…). Contempla los salivazos de mi cara que he soportado para devolverte tu primer aliento de vida; contempla los golpes de mis mejillas, que he soportado para reformar, de acuerdo con mi imagen, tu imagen deformada; contempla los azotes en mis espaldas, que he aceptado para aliviarte del peso de los pecados, que habían sido cargados sobre tu espalda; contempla los clavos que me han sujetado fuertemente al madero, pues los he aceptado por ti, que maliciosamente extendiste tu mano al árbol prohibido (…). Levántate, salgamos de aquí (Homilía sobre el grande y santo Sábado).

Siguiendo el ejemplo del Maestro, san Esteban, el primer mártir de la Iglesia, en el momento de ser martirizado rogaba al Señor que no tuviera en cuenta el pecado que estaban cometiendo los que le estaban apedreando. Y esto -rezar por sus perseguidores-lo han hecho a lo largo de dos milenios todos los mártires.

Y la Iglesia en la liturgia del Viernes Santo, en la que los fieles se reúnen para la celebración de la Pasión del Señor, ruega a Dios por los que están fuera de la Iglesia para que les dé la gracia de la fe; por los que no conocen a Dios para que salgan de su ignorancia; por los judíos para que reciban la luz de la verdad; por los no católicos para que vuelvan de nuevo al único redil de Cristo, uniéndose de nuevo a la comunión de la Iglesia.

Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, déjale también la túnica (Lc 6, 29). Con estas palabras, el Señor continúa mostrándonos cómo hemos de comportarnos para imitar la misericordia de Dios. En primer lugar nos pone un ejemplo para que ejercitemos dos de las obras de misericordia que la tradición cristiana llama espirituales: perdonar las injurias y sufrir con paciencia los defectos del prójimo. Esto es lo que quiere decir en primer término la recomendación de poner la otra mejilla a quien te hiera en una.

Para comprender bien esta recomendación, comenta santo Tomás de Aquino, hay que entender la Sagrada Escritura a la luz del ejemplo de Cristo y de otros santos. Cristo no presentó la otra mejilla al ser abofeteado en casa de Anás ni tampoco san Pablo cuando, según nos cuentan los “Hechos de los Apóstoles”, fue azotado en Filipos. Por eso, no hay que entender que Cristo haya mandado a la letra ofrecer la otra mejilla al que te hiere en una; sino que esto debe entenderse en cuanto a la disposición interior; es decir, que si es necesario debemos estar dispuestos a que no se turbe nuestro ánimo contra el que nos hiere, y a estar preparados para soportar algo semejante e incluso más. Así hizo el Señor cuando entregó su cuerpo a la muerte (Comentarios sobre S. Juan, 18, 37).

Continuamos leyendo el pasaje evangélico: Da a todo el que te pida, y al que toma lo tuyo no se lo reclames (Lc 6, 30). Es otra de las obras de misericordia, aunque formulada de distinta manera. El Maestro está hablando de generosidad a la hora de dar limosna a nuestro prójimo.

Haced a los hombres lo mismo que quisierais que ellos os hiciesen a vosotros (Lc 6, 31). San Mateo también recoge esta máxima del Señor: Todo lo que queráis que hagan con vosotros, hacedlo también vosotros con ellos (Mt 7, 12). Esta sentencia de Cristo ofrece un criterio práctico para reconocer el alcance de nuestras obligaciones y de nuestra caridad hacia los demás. Pero una consideración superficial correría el riesgo de convertirlo en un fin o móvil de nuestro comportamiento: no se trata, evidentemente, de un te doy para que me des, sino de hacer el bien a los demás sin poner condiciones, como en buena lógica no las ponemos en el amor a nosotros mismos. Esta norma de comportamiento quedará completada con el mandamiento nuevo de Jesucristo, donde nos enseña a amar a los demás como Él mismo nos ha amado. La vida y las enseñanzas del Señor se han de reflejar en la vida ordinaria de todos los miembros de su Cuerpo místico.

Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tendréis?, pues también los pecadores aman a quienes los aman. Y si hacéis bien a quienes os hacen el bien, ¿qué mérito tendréis?, pues también los pecadores hacen lo mismo. Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tendréis?, pues también los pecadores prestan a los pecadores para recibir otro tanto. Por el contrario, amad a vuestros enemigos, haced bien y prestad sin esperar nada por ello; y será grande vuestra recompensa, y seréis hijos del Altísimo, porque Él es bueno con los ingratos y con los malos (Lc 6, 32-35).

La caridad cristiana es desinteresada, heroica. Así lo han entendido los santos. He aquí lo que decía san Francisco de Sales: Si una persona me sacare por odio el ojo izquierdo, creo que la seguiría mirando amablemente con el derecho. Si me sacara también éste, todavía me quedaría el corazón para amarla. Y en la vida de santa Josefina Bakhita vemos como puso por obra esta enseñanza de Cristo sobre la caridad. Esta santa nació en Sudán. De pequeñita fue secuestrada y esclavizada. En su juventud recobró la libertad y fue bautizada. Años después se hizo religiosa. Al final de su vida decía: Si me encontrase con aquellos negreros que me secuestraron e incluso con aquellos que me torturaron, me podría de rodillas y besaría sus manos, porque si no hubiese sucedido aquello, no sería ahora cristiana y religiosa.

Sed, pues, misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso (Lc 6, 36). El modelo de misericordia que Cristo nos propone es Dios mismo. De Él dice san Pablo: Bendito sea Dios Padre de Nuestro Señor Jesucristo, el Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones (2 Co 1, 3-4). El comportamiento del cristiano ha de seguir esta norma: compadecerse de las miserias ajenas como si fueran propias y procurar remediarlas. Por eso san Pablo añade en la misma carta: Para que podamos también nosotros consolar a los que se hallan en cualquier trabajo con la misma consolación con que nosotros somos consolados (2 Co 1, 4). En este mismo sentido la Iglesia nos ha concretado una serie de obras de misericordia tanto corporales (visitar y cuidar a los enfermos, dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento…), como espirituales (enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, perdonar las injurias…).

No juzguéis y no seréis juzgados; no condonéis y no seréis condenados. Perdonad y seréis perdonados (Lc 6, 37). Somos muy dados a juzgar a los demás, pero no tenemos esa misión aquí en la tierra. Todos seremos juzgados por Jesucristo. Es muy significativa la siguiente anécdota: Carlos V luchó contra la Reforma y, desde luego, contra Lutero. Después de muerto Lutero, los nobles españoles que acompañaban a Carlos V le aconsejaron que hiciera destruir la tumba del padre de la Reforma. Carlos V se negó. No soy quién para juzgarle después de muerto -dijo-, pues sería meterme en el terreno del Juez Supremo. Ni he hecho jamás la guerra a los muertos ni a nadie que no estuviera debidamente armado. Pues nosotros tampoco nos metamos en un terreno que no nos corresponde. Lo que sí debemos hacer es rezar también por los que están equivocados, y perdonar siempre.

Perdonando a quienes nos han ofendido, nos hacemos semejantes a nuestro Padre Dios. Si Dios tiene misericordia del pecador, cuánto más nosotros, pecadores, que sabemos por experiencia propia de la miseria del pecado, debemos perdonar a los demás.

No hay nadie perfecto en la tierra. Igual que Dios nos quiere, aun con nuestros defectos, y nos perdona, nosotros debemos querer a los demás, aun con sus defectos, y perdonarles. Si esperamos querer a los que no tienen defectos, no querremos nunca a nadie. Si esperamos que se corrijan o se excusen primero, casi nunca perdonaremos. Pero entonces, tampoco seremos perdonados. No olvidemos que en el Padrenuestro decimos: Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que no ofenden. Escribió san Josemaría Escrivá: Conforme: aquella persona ha sido mala contigo. -Pero, ¿no has sido tú peor con Dios? (Camino, n. 686).

Dad y se os dará; echarán en vuestro regazo una buena medida, colmada, rebosante: porque con la misma medida que midáis seréis medidos (Lc 6, 38). Dios no se deja ganar en generosidad. Leemos en la Sagrada Escritura la generosidad de la viuda de Sarepta, a la que Dios le pidió que alimentase al profeta Elías con lo poco que le quedaba; después premió su generosidad multiplicándole la harina y el aceite que tenía. De manera semejante aquel niño que suministró los cinco panes y los dos peces para que el Señor los multiplicara y alimentara una gran muchedumbre es un ejemplo vivo de lo que el Señor hace cuando entregamos lo que tenemos, aunque sea poco.

¡Anda!, con generosidad y como un niño, dile: “¿qué me irás a dar cuando me exiges eso?” (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 153). Por mucho que demos a Dios en esta vida más nos dará el Señor como premio en la vida eterna.

Acudimos a la Virgen María, modelo de perfecto de caridad, pidiéndole que cada uno de nosotros sepamos asimilar y vivir la enseñanza que encierra en sí la ley evangélica de la caridad.

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