Día 11 de abril

11 de abril

Memoria obligatoria de san Estanislao

Memoria de san Estanislao, obispo y mártir, que en medio de las dificultades de su época fue constante defensor de la humanidad y de las costumbres cristianas, rigió como buen pastor la Iglesia de Cracovia, en Polonia, ayudó a los pobres, visitó cada año a sus clérigos y, finalmente, mientras celebraba los divinos misterios, fue muerto por orden de Boleslao, rey de Polonia, a quien había reprendido severamente. (1079) (Martirologio Romano).

*****

El fruto de la siembra

Con la mirada hacia el Cielo, soñaste…

Alguien te gritó: Deja el yo, cuando hay Dios y los demás. Cristo te había invitado a trabajar en su viña, a esa viña, a ese campo que es el mundo entero, para ser transformado según el designio de Dios, haciéndolo más justo, más alegre, más de Dios.

Con un gozo desbordante comenzaste a la hora sexta -¡cualquier hora es buena para empezar!- a gastar tus días en una tarea de siembra, a preparar una tierra para que la simiente esparcida a voleo por el Sembrador Divino diera un fruto céntuplo.

Otros, con sus manos ya encallecidas, había comenzado con anterioridad -quién a la hora prima, quién a la hora tercia-. Cuando tú llegaste ya llevaban varias horas soportando el peso del día y del calor, horas de cansancios y fatigas.

Al igual que tú, están afanados por llevar los tesoros de la fe a los confines de la tierra, por encauzar la energía que brota de la juventud hacia el inmenso mar sin fondo del amor de Dios; por sacudir de su poltronería a los cristianos aburguesados, que son verdaderas células cancerígenas del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia.

Esos que te han precedido saben de la fertilidad de unas tierras -auténticos vergeles- donde la semilla enterrada germina produciendo frutos de santidad. Pero también han encontrado esa tierra dura e ingrata, llena de maleza, y la han trabajado regándola con sus sudores, arrancando con sus manos hinchadas por los pinchazos de los cardos la mala hierba de las pasiones, abriendo surcos para canalizar la gracia…, hasta convertirla en tierra de buena calidad donde el grano arraiga.

En algunas ocasiones han experimentado con dolor que, a pesar de sus esfuerzos , no han podido evitar que la semilla se agostase, la cosecha se malograse, pues también el a viña del Señor -en ese campo que tenemos por heredad los cristianos- hay pedrisco y heladas, pedregales y espinas. No se desaniman ante las contrariedades, aunque -¡hombres son!- un llanto silencioso sustituya al sueño de la noche.

En la mañana del nuevo día, con la luz de la aurora, reanudan su tarea con una ilusión por estrenar. Trabajan de sol a sol, esperanzados por ver los campos de rubias y macizas espigas, las vides repletas de jugosos racimos y los frutales cargados de su sabroso fruto.

Y en la hora de la recolección -unos años ciento, y en otro quizá sólo sesenta o treinta- agradecen a Dios el fruto logrado. Con gozo lo entregan al Señor de la viña, con la humildad que da el convencimiento de que ni el que planta es algo ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento.

Llegaste en el momento de mayor dificultad. Enseguida se apoderó de ti una impaciencia -¿santa?- por recoger el fruto concretado en forma de llamada para que otros se decidan a ser también obreros en la viña del Señor.

La tierra se resistía a dar su fruto…

No era cuestión de arrojar más semilla (nunca se había interrumpido la siembra), sinio de cavar, labrar la tierra, despredregar, arrancar la maleza… la misma labor de siempre que siempre requiere su tiempo.

El deseo de ver pronto una cosecha abundante, te llevó a la búsqueda de nuevos métodos, con olvido de una experiencia de años.

Los aires nuevos no dieron nuevos frutos…

Los viñadores, desde aquellos tempraneros de la primera hora hasta los llegados a la hora vespertina, con pasos regados de sudor, agotados por el cansancio, sin dejar de trabajar, volvieron sus ojos al Cielo, al Amo de las viñas. De sus labios secos salió esta oración: Son tuyas las horas y tuyo el viñedo. A lo que sembramos dale crecimiento. Tú que eres la vida cuida de los sarmientos.

Supiste rectificar. Aquella impaciencia -¿celo amargo?- se fue transformando en una espera paciente, en un abandono confiado en Dios.

Mirad -dice el apóstol, Santiago en su Cartael labrador espera el fruto precioso de la tierra, aguardándolo con paciencia hasta recibir las lluvias tempranas y las tardías. Una espera activa de oración. De nuevo oró (Elías), y envió el cielo la lluvia, y produjo la tierra sus frutos.

Y verás, al oír el tañido de las campanas que al atardecer rompen el silencio , florecer en la tierra joven: alegría donde antes sólo había tristeza; generosidad en vez de egoísmo; aprecio por la sinceridad en medio de un campo sembrado de hipocresía por el enemigo de la verdad; libertad en ojos llorosos bañados por lágrimas de esclavitud.

También verás brotar un amor ardiente por Jesucristo en los corazones de aquellos que en el desierto de sus vidas, de esas vidas sin cristo, se inclinaron hacia la tierra como plantas sin agua.

Y es que los sueños hablan terriblemente en serio.

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