Día 16 de abril

16 de abril

Efemérides

Tal día como hoy del año 1879 murió santamente la vidente de la Virgen en Lourdes, Bernadette Soubirous.

Santa María Bernarda Soubirous

En Nevers, ciudad de Francia, santa María Bernarda Soubirous, virgen, la cual, nacida en Lourdes de una familia muy pobre, siendo aún niña asistió a las apariciones de la Inmaculada Santísima Virgen María, y después abrazó la vida religiosa y llevó una vida escondida y humilde. (Martiroligio Romano).

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Semblanza

La vidente de la Virgen en Lourdes

En la gloria de los altares

El 8 de diciembre de 1933, Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María, en Roma, el papa Pío XI canonizaba a la vidente de la Virgen en Lourdes, Bernadette, con estas palabras: En honor de la Santísima e indivisible Trinidad, para la exaltación de la fe católica y para el incremento de la religión cristiana, con la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y la Nuestra, después de madura deliberación y habiendo implorado la ayuda divina, el parecer de nuestros venerables hermanos los cardenales de la Santa Iglesia Romana, los Patriarcas, los Arzobispos y Obispos, declaramos y definimos Santa a la Beata María Bernarda Soubirous y la inscribimos en el catálogo de los Santos, estableciendo que su memoria será piadosamente celebrada todos los años en la Iglesia universal el 16 de abril, día de su nacimiento para el cielo. En la homilía, el Romano Pontífice ponderó la humildad de la nueva santa, diciendo: Esta ignorante hija de unos pobres molineros, que por toda riqueza poseía solamente el candor de su alma exquisita. Con esta solemne ceremonia se concluía un proceso relativamente breve de canonización. Nada más morir Bernadette, pronto empezó a pensarse en su beatificación. El cardenal español Vives y Tutó animó, por medio del obispo de Nevers, a la superiora general de la congregación religiosa, en cuya Comunidad de Hijas de la Caridad de Nevers profesó la vidente de Lourdes, a que diera los pasos necesarios para iniciar el proceso de beatificación. Surgió un obstáculo: la maestra de novicias que tuvo Bernadette pidió que se retrasara el comienzo del proceso hasta que ella muriera. Esta petición se tuvo en cuenta. Y por fin, desaparecido este obstáculo con la muerte de la madre Marie Thèrése Vauzou, el 20 de agosto se iniciaba el ansiado proceso. Se procedió con rapidez, y el 18 de noviembre de 1923 se declaró la heroicidad de las virtudes de la Sierva de Dios. Cuatro años después, el 14 de junio de 1925, Bernadette ya era beata.

Infancia y su familia

María Bernarda Soubirous, más conocida como Bernadette, nació en Lourdes el 7 de enero de 1844. Fue bautizada dos días después en iglesia de San Pablo, que era el templo parroquial del pueblo. Ese 9 de enero era el primer aniversario de boda de sus padres. Estos eran François Soubirous y Louise Castérot. El matrimonio, además de Bernardette, tuvo varios hijos. En total nueve, aunque sólo algunos sobrevivieron a los primeros años de vida. Bernardette era la mayor. Después ella viene Jean (nacido y fallecido en 1845); Marie -también llamada Toinette- (1846-1892), Jean Marie (1848-1851), Jean Marie (1851-1919), Justin (1855-1865), Pierre (1859-1931), Jean (nacido y fallecido en 1864) y una niña llamada Luise (fallecida poco después de su nacimiento en 1868).

Cuando nació Bernardette, la situación económica de su familia no eran del todo mala. François trabaja en el molino de Boly. Eran tiempos relativamente propicios a la familia Soubirous. Sin que se pueda decir que viva en la prosperidad, se va defendiendo. Pero muy pronto esta situación cambia radicalmente. La miseria se va haciendo creciente y los Soubirous han de abandonar el molino de Boly por el de Laborde, y después por el de Arcizac. Al no haber trigo suficiente, se cerraron muchos molinos. Por si esto fuera poco, aparecieron los molinos de vapor que definitivamente se impusieron a los tradicionales de agua. Las cosas fueron de mal en peor y en la casa de los Soubirous se llegó a pasar verdadera hambre. Sobre todo cuando, agotadas ya las últimas posibilidades, el padre de Bernardette tuvo que abandonar el oficio de molinero porque la escasez de trabajo hacía imposible desempeñarlo. Y cambió de trabajo, dedicándose a lo único que podía hacer: ofrecerse como bracero cada día en lo que fuera surgiendo. El día que encontraba trabajo estaba de suerte: ganaba unas míseras monedas, con las que podía comprar harina y aceite. Pero otros muchos otros días no había nada. En el año de las apariciones, François tenía como empleo juntar la basura del pueblo y del hospital. La madre -Louise Castérot- , mujer piadosa y preocupada por sus hijos, ocasionalmente trabajaba de costurera.

Fue una época difícil en Francia. Toda la región circundante a Lourdes padeció años de graves sequías que provocaron las pérdidas de las cosechas. Y la familia de Bernadette vivió en pobreza extrema, particularmente desde que ella cumplió 10 años. Primero, su padre perdería un ojo en un accidente de trabajo y quedó tuerto. Luego, el panadero del pueblo le acusó de haber robado sacos de harina, motivo por el cual pasó una semana en la cárcel. A pesar de tantos infortunios, la familia vivía en armonía inusual debido al amor que se profesaban entre sus miembros y a su religiosidad.

Desde muy pequeña, Bernadette, que era asmática, vivió con una salud delicada. La causa era la desnutrición, y el lamentable estado de la casa donde residía. Durante algunos años la familia Soubirous estuvo viviendo en un calabozo de la antigua cárcel de Lourdes, por entonces fuera de uso: el llamado cachot, en la calle des Petits Fossés, cedido por su propietario, un familiar de Françcois, debido a la extrema pobreza de los Soubirous, que fueron señalados en el pueblo como los que viven en el calabozo. Además de estas penalidades, siendo Bernadette aún niña, la enfermedad del cólera causó treinta y ocho muertos y centenares de afectados en Lourdes. En otoño de 1855, esa enfermedad atacó a Bernadette, dejándola sumamente debilitada. Más tarde, debido al clima frío y al ambiente de la habitación -la vieja mazmorra, llena de humedad- donde vivía toda la familia, se acentuó el asma que padecía.

Bernadette conoció la miseria hasta pasar hambre y ver a sus hermanos repartirse un mendrugo de pan. Tuvo que pedir ropa prestada cuando lavaba la suya propia. Cuando los demás niños de edad iban a la escuela, ella debía cuidar de sus hermanitos menores o guardar en el monte las ovejas de otras familias. Hasta los dieciséis años no aprendió a leer ni a escribir. Aún así, estaba empeñada en recibir la primera Comunión. Por la noche, después de muchas horas de trabajo, Bernadette repetía las fórmulas del catecismo. El catequista le decía a sus padres: Le cuesta retener de memoria el catecismo, porque no sabe leer; pero pone mucho empeño: es muy atenta y devota.

Pastora en Bartrés

En 1855, los padres de Bernadette, preocupados por la mala salud de su hija, decidieron enviarla a Bartrès, a la casa de la señora Marie Lagües, para que se recuperara. Allí, Bernadette ayudaba a la señora Lagües en las tareas de la casa y hacía de pastora, cuidando del rebaño.

Estando en Bartrès, un día recibió la visita de su padre. Éste encontró a su hija un poco triste, y le preguntó: ¿Qué te ha disgustado, Bernadette? Y la niña respondió: Mira, papá, mis corderos tienen una mancha verde en el lomo. Entonces François quiso gastarle una broma, y con toda seriedad le dijo: Si tienen el lomo verde, es que se han indigestado por comer demasiado hierba. En realidad, la mancha era la marca de una ganadero que, sin saberlo Bernadette, había pasado por el aprisco. Entonces, ¿se pueden morir?, preguntó preguntó Bernadette a su padre. Y éste respondió: Es muy posible. Al oír la respuesta de su padre, la joven pastora se puso a llorar. Françcois, secándole las lágrimas a su hija, le aclaró la verdad, que lo que le había dicho era una mentira, una broma.

Días después, Bernadette le comentaba este sucedido a una compañera suya. Ésta le dice: Pues ¡ya hace falta ser muy tonta para creer que esto que te dijo tu padre era verdad! Y Bernadette le aclara: ¡Qué quieres! Yo no he mentido jamás, y por eso no podía suponer que lo que mi padre me decía no fuese verdad.

¡Yo no he mentido jamás! Esto dijo Bernadette siendo aún casi una niña. Y esto hubo de repetir muchísimas veces a lo largo de su vida. Y quedó bien patente que nunca mentía, sobre todo, cuando tuvo que dar detalles insignificantes de su misma vida, cuando mil ojos escrutadores y mil oídos atentos estuvieron pendientes de ella a raíz de las apariciones de la Virgen, para tratar de sorprenderla en una contradicción, en una exageración, o simplemente en una vacilación. Y no lo lograron. Todos, prevenidos a favor o en contra, amigos o enemigos, creyentes o incrédulos, se sintieron subyugados por la transparente sinceridad, por el absoluto candor de la niña.

Apariciones de la Virgen

El jueves11 de febrero de 1858 Bernadette Soubirous tenía ya catorce años y fue a recoger leña con su hermana Toinette y otra niña adolescente llamada Jeanne Abadie. El día era desapacible, con una llovizna que calaba hasta los huesos. Debido a su delicado estado de salud no pudo seguir a sus acompañantes cuando había que pasar el río Gave. Decidió descalzarse, con intención de pasar el torrente. Y estando junto a una gruta que había en un lugar llamado Massabielle oyó un ruido cercano como un fuerte rumor de viento, pero Bernadette vio que todo estaba tranquilo y que las ramas de los árboles no se habían movido. Por segunda oyó el mismo rumor que le hizo mirar hacia la gruta. Allí vio a una bella señora vestida con una túnica blanca y ciñendo su cintura con una faja de color azul. La Señora recorría con sus dedos las cuentas de un rosario. Bernadette se arrodilló delante de la Aparición, sacó de su bolso su propio rosario y comenzó a rezarlo. Cuando acabó, la visión desapareció de pronto.

Así narró Bernadette la primera aparición, tal como salió de aquellos labios que jamás quisieron mentir: Casi no me había quitado una media cuando oí un rumor de viento, como cuando se acerca una tempestad. Me volví para mirar por todas partes de la pradera y vi que los árboles casi no se movían. Vislumbré, pero sin detener la vista, una agitación en las ramas y en las zarzas de la parte de la gruta. Seguí descalzándome y, cuando me disponía a meter un pie en el agua, oí el mismo ruido ante mí. Levanté los ojos y vi un montón de ramas y zarzas que iban y venían, agitadas, por debajo de la boca más alta de la gruta, mientras nada se movía a mi alrededor. Detrás de las ramas, dentro de la abertura, vi enseguida a una joven toda blanca, no más alta que yo, que me saludó con una ligera inclinación de cabeza, al tiempo que apartaba un poco del cuerpo los brazos extendidos, abriendo las manos como las Santa Vírgenes. De su brazo derecho colgaba un rosario. Tuve miedo y retrocedí. Quise llamar a mis compañeros, pero no me sentí capaz. Me froté los ojos varias veces, creía engañarme. Al levantar los ojos, vi a una jovencita que sonreía con muchísima gracia y que parecía invitarme a que me acercase a ella. Pero yo aún sentía miedo. Sin embargo, no era un miedo como el que había sentido otras veces, porque me hubiese quedado mirando siempre aquella (aquéro), y cuando se siente miedo una huye enseguida. Entonces me vino la idea de rezar. Metí la mano en el bolsillo, tomé el rosario que llevo habitualmente, me arrodillé e intenté santiguarme. Pero no pude llevarme la mano a la frente: se me cayó. Mientras , la joven se puso de lado y se volvió hacia mí. Esta vez tenía el gran rosario en la mano. Se santiguó como para empezar a rezar. A mí la mano me temblaba. Intenté santiguarme otra vez y pude hacerlo. Desde aquel momento no tuve más miedo. Yo rezaba con mi rosario. La joven deslizaba las cuentas del suyo, pero sin mover los labios. Mientras rezaba el rosario, yo miraba cuanto podía. Ella llevaba un vestido blanco que le bajaba hasta los pies, de los cuales sólo se veía la punta. El vestido quedaba cerrado muy arriba alrededor del cuello por una jareta de la que colgaba un cordón blanco. Un velo blanco, que le cubría la cabeza, descendía por sus hombros y los brazos hasta llegar al suelo. Sobre cada pie vi que tenía una rosa amarilla. La faja del vestido era azul y le caía hasta un poco más abajo de las rodillas. La cadena del rosario era amarilla, las cuentas blancas, gruesas y muy apretadas unas de otras. La joven estaba llena de vida, era muy joven y se hallaba rodeada de luz. Cuando hube terminado el rosario, me saludó sonriendo. Se retiró dentro del hueco y desapareció súbitamente. Aquella Señora no me habló hasta la tercera vez.

Tres días después, Bernadette sintió un fuerte impulso interior que hizo que fuera a la gruta. Su madre le aconsejó que llevara consigo agua bendita ante el temor de que aquello fuera algo diabólico. La joven, siguiendo el consejo materno, llenó un frasco con el agua bendita de la pila de la parroquia del pueblo. Y así el domingo siguiente a la primera aparición Bernadette va otra vez a la gruta, pero esta vez acompañada de varias personas. Una vez allí, comenzaron a rezar el rosario en espera de la aparición de la bella señora. Enseguida Bernadette vio de nuevo a la hermosa Señora, y derramó su frasco de agua bendita. La Aparición la mira con dulzura y le sonríe. La vidente se llena de alegría y cae en éxtasis.

En la tercera aparición, que tuvo lugar el 18 de febrero, Bernadette preguntó a la Señora su nombre. La Aparición no se lo dijo en aquella ocasión, pero le propuso una cita diaria durante quince días, además de decirle: No te prometo hacerte feliz en esta vida, pero sí en la otra. A partir de entonces, cada vez que la vidente acudía a su cita con la Virgen, miles de personas la acompañaba, con la consiguiente alarma de las autoridades municipales. Del 19 al 24 de febrero tuvieron lugar las apariciones cuarta a octava. La Señora y Bernadette se hablaban en confidencia, mientras las autoridades de Lourdes acusaban a la pequeña joven de perturbar el orden público y la amenazaban con la cárcel. Bernadette mantuvo una consistente actitud de calma durante los interrogatorios, sin cambiar su historia ni su actitud, ni pretender tener un conocimiento más allá de lo dicho respecto a la visión descrita. Las opiniones de los vecinos de Lourdes se dividieron. Unos asumían que la mujer que se le aparecía a Bernadette era la Virgen María. Sin embargo, la vidente nunca sostuvo en ese tiempo “haber visto a la Virgen”, y utilizaba el término Aqueró. La vidente se refería a la joven de la gruta como “Aquella” (Aqueró) y después “Señora”.

En la aparición del 24 de febrero la Virgen pide a Bernadette que haga penitencia y que la gente rece y ofrezca sacrificios. Cuando terminó la visión, todo el mundo quiere saber más detalles. Una persona le pregunta: ¿Por qué te arrastras de rodillas por la gruta, Bernadette? Y la chica responde: A la Señora le gusta que haga ese sacrificio. Me pide que hagamos penitencia por los pecadores. Cuando me lo dijo se le entristeció mucho la mirada. Ante esta respuesta, le dicen: ¿Pero sabes tú lo que es la penitencia? Y Bernadette contesta: Sí, eso sí que lo sé por las clases de Catecismo: es hacer cosas que nos cuestan, venciendo la comodidad y el gusto, para ofrecerlas por los pecadores. Entonces uno de los catequistas del colegio le pregunta: ¿Y qué es un pecador? La vidente responde con seguridad: Un pecador es aquella persona que ama el mal. El pecado es malo, feo y repugnante. La Señora me ha dicho que rece “por el mundo doliente”. Éstas han sido sus palabras.

Al día siguiente, 25 de febrero, tuvo lugar una de las apariciones más problemáticas ante la presencia de 350 personas. Según testificó Bernadette, luego de rezar el rosario la Señora le pidió que bebiera del agua del manantial y que comiera de las plantas que crecían libremente allí. Ella interpretó que debía ir a tomar agua del cercano río Gave y hacia allá se dirigió. Pero la Señora le señaló con el dedo que escarbara en el suelo. Bernadette cavó en el suelo con las manos desnudas, y ensució su rostro buscando beber donde sólo había fango. Intentó “beber” tres veces, infructuosamente. En el cuarto intento, las gotitas estaban más claras y ellas las bebió . También comió trozos de algunas de las plantas del lugar. Cuando finalmente ella tornó hacia la muchedumbre que la observaba, su cara se mostraba manchada con fango, sin que se hubiera revelado manantial alguno. Esto causó mucho escepticismo y fue vista como locura por muchos de los presentes, quienes gritaron: ¡Ella es un fraude! y ¡Ella está loca!, en tanto sus familiares, desconcertados, limpiaban la cara de la adolescente con un pañuelo, y se la llevaron a casa. Pero , durante la noche, del agujero que había cavado Bernadette comenzó a manar un agua clara y limpia que, en un ancho reguero, llegaba al río.

Durante los quince días Bernadette acude muy de mañana a la cita con la Señora. El hecho del manantial que había brotado es todo un acontecimiento. En las sucesivas apariciones la Señora le dice a la niña que se lave y beba del manantial. Ella hace lo que le pide la Virgen. La gente acude en masa y reza con piedad el rosario.

La Señora se identifica con la Inmaculada Concepción

El martes, 2 de marzo, Aquéro pidió dos cosas a Bernadette: Que se hicieran procesiones a la gruta y se construyera allí mismo una capilla en su honor. La vidente tiembla al pensar que debe presentarse ante el párroco de Lourdes, el abate Dominique Peyramale, para manifestarle el deseo de la Señora. El párroco no sale de su asombro cuando Bernadette le transmite el mensaje de la Virgen, pero antes de despedir a la joven, le dice: Pregúntale a esa Señora su nombre. Yo no obedezco a desconocidas.

La quincena ha terminado, y Bernadette permanece en su casa, rezando con intensidad y con mucho amor como se lo ha pedido la Señora. Y he aquí que en la noche del 25 de marzo, el día de la Anunciación, Bernadette siente que Aquéro la llama y acude a la gruta. Allí, la Virgen se le aparece de nuevo. Bernadette, recordando las palabras del abate Peyramale, se atrevió a acercarse a la Aparición y le preguntó con timidez: Señora, ¿tienes la bondad de decirme quién eres? La Virgen la miró sonriente, pero no contestó a su pregunta, hasta que la vidente repitió por tercera vez su pregunta. Entonces la Virgen, tras alzar sus ojos al Cielo y unir sus manos, respondió en patois lurdés: Qué soï era inmaculado councepcioû (Soy la Inmaculada Concepción). Bernadette nunca había oído esa expresión, e incluso las primeras veces pronuncia mal la palabra Concepción. Pero no importa. Ahora ya se sabe de quien se trata y por más que el demonio recurra a las peores artes la Aparición terminará por abrirse camino y triunfar por completo.

Estas palabras, cuyo significado desconocía la vidente, impresionaron vivamente al abate Peyramale, hasta el punto de hacerle creer que realmente la Virgen María se había aparecido a Bernadette. Y prueba de ello es que comenzó a dar los pasos necesarios para iniciar un proceso eclesiástico con vistas a una posible aprobación por parte de la Iglesia.

El 8 de diciembre de 1854, el papa beato Pío IX había proclamado el dogma de la Inmaculada Concepción. Este dogma sostiene la creencia de que la Virgen María, Madre de Dios, a diferencia de todos los demás seres humanos, fue preservada inmune de todas mancha de culpa original desde el primer instante de su concepción, por singular privilegio y gracia de Dios y en atención a los méritos de Jesucristo.

Bernadette refirió la revelación de la identidad de Aquéro al clero, ante todo al abate Peyramale, y también al abate Serres, al abate Pomian… Se sucedieron interrogatorios permanentes e incisivos de parte de diferentes autoridades civiles y eclesiásticas. Éstas estuvieron de acuerdo en que Bernadette poseía poca instrucción, como la mayoría de las jóvenes de Lourdes. Sin embargo, dudaron sobre la capacidad de la adolescente de haberse inventado las palabras con las cuales la Aparición se dio a conocer.

Durante la aparición del día 25 de marzo ocurrió un hecho milagroso. Bernadette sostenía un cirio encendido; durante la visión, el cirio se consumía y la llama había entrado en contacto con la piel de la vidente por más de quince minutos, sin que produjera en ella ningún signo de dolor o daño tisular. Testigos de este hecho fueron muchas personas, entre ellas el médico de Lourdes, Pierre Romaina Dozous. Éste, al terminar la visión, se aceró a Bernadette y le dijo: Déjame que vea tu mano izquierda. La adolescente se la mostró, y el médico comprobó que estaba un poco ahumada, pero no había ninguna quemadura. Entonces, Dozous acercó la llama del cirio a la mano de Bernadette, y ésta gritó: ¡Ay, doctor! ¿Qué hace? Me he quemado… Más adelante, el médico dio testimonio de este hecho asegurando que no tenía explicación natural.

Después de la aparición del día 25, la Virgen se aparecerá a Bernadette en dos ocasiones más: el 7 de abril, que es la decimoséptima aparición, y el 16 de julio, que es la última aparición, la despedida. Bernadette sabe que es la última vez que va a ver a la Virgen aquí en la tierra.

Vida sencilla y humilde

La vida de Bernadette, después de las apariciones estuvo llena de enfermedades, penalidades y humillaciones, pero con esto fue adquiriendo un grado de santidad tan gran grande que se ganó el enorme premio del cielo.

Las gentes le llevaban dinero, después de que se supieron que la Virgen Santísima se le había aparecido, pero ella jamás quiso recibir nada. Nuestra Señora le había contado tres secretos, que Bernadette nunca reveló. Probablemente uno de estos secretos era que no debería recibir dinero ni regalos de nadie, y otro, que no hiciera nada que atrajera hacia ella las miradas. Por eso se conservó siempre muy pobre y apartada de toda exhibición. Ella no era hermosa, pero después de las apariciones, sus ojos tenían un brillo que admiraba a todos.

Le costaba mucho salir a recibir visitas porque todos le preguntaban siempre lo mismo y hasta algunos declaraban que no creían en lo que eela había visto. Cuando su madre la llamaba para atender alguna visita, Bernadette se estremecía y a veces se echaba a llorar. ¡Vaya! le decía su madre-, ten valor. Y la vidente se secaba las lágrimas y salía a atender a los visitantes mostrando alegría y mucha paciencia, como si aquello no le costara ningún sacrificio.

Un día, el alcalde de Lourdes para burlarse de ella porque la Aparición le mandó que comiera hierbas amargas como sacrificio, le dijo a Bernadette: ¿Es que te confundió con una ternera? Y la joven, muy serena, le respondió: Señor alcalde, ¿a usted le sirven lechugas en el almuerzo? El alcalde contestó: Claro que sí. Y ante esta respuesta, Bernadette dijo: ¿Y es que confunden con un ternero? Todos los presentes rieron y se dieron cuenta de que la joven era humilde, pero no tonta.

El 3 de junio de 1858, fiesta del Corpus Christi, recibió la ansiada Primera Comunión. El 16 de julio siguiente acudió a la gruta y allí, por última vez en su vida mortal, vio a la Santísima Virgen. Después se estudió los acontecimientos ocurridos, siendo Bernadette varias veces interrogada. El último interrogatorio ante la comisión eclesiástica, presidida por el obispo de Tarbes, fue el 1 de diciembre de 1860. El obispo terminó emocionado, al repetir Bernadette el gesto y las palabras de la Virgen María durante la aparición del 25 de marzo: Yo soy la Inmaculada Concepción.

Y al final, el 18 de enero de 1862, el anciano obispo de Tarbes, monseñor Laurence, -hombre piadoso, prudente y lleno de sabiduría y que supo llevar muy bien el asunto de las apariciones- publicó una carta pastoral con la cual declaró que “la Inmaculada Madre de Dios se ha aparecido verdaderamente a Bernadette”. El dictamen de la comisión eclesiástica había sido: Bernadette no mentía; la aparición había sido verdadera; el culto a la Virgen de Lourdes quedaba autorizado.

Vocación

Tras las apariciones, a partir del 15 de julio de 1860, Bernadette fue acogida en el hospicio por las religiosas Hijas de la Caridad de Nevers. Y allí brotó la flor preciosa de su vocación. Hay serios indicios para suponer que la Virgen María le aconsejó la vida religiosa. Parece ser que éste fue uno de los secretos que ella guardó siempre tan celosamente. Lo cierto es que, después de una dura lucha con su timidez, se decidió por fin a pedir el ingreso en la congregación de las Hijas de la Caridad de Nevers. Y tras algunas vacilaciones por parte de las superioras debidas a la débil salud de Bernadette, fue admitida.

Antes de salir para Nevers, el martes 3 de julio de 1866, Bernadette, acompañada por dos religiosas de la Comunidad de Nevers, se dirigió a la gruta. Una vez allí, se arrodilló. En oración y con los ojos fijos en la imagen de la Virgen suspiró y entre sollozos repitió: Madre mía, Madre mía, ¿cómo podré dejarte? Se puso de pie, besó la roca y después el rosal. Al fin se arrancó de aquel lugar que tenía para ella recuerdos inolvidables. La gruta era mi cielo, habrá de decir en alguna ocasión.

La última noche la pasó con su familia en el molino Lacadé. Dejaba a los suyos casi en la miseria. Al día siguiente la acompañaron al hospicio y allí se despidieron. Fue una escena emocionante. Todos lloraban, excepto Bernadette. Después salió para Nevers.

Vida religiosa

Al llegar al convento de Nevers, la madre superiora -Joséphine Imbert- la recibe con cariño, pero con preocupación. Teme que la estancia de Bernadette turbe la paz del convento. Para la vidente de la Virgen había comenzado una nueva. Una sola vez, como excepción, se le permitió hablar de Lourdes y contar sencillamente a la comunidad lo que había sido las apariciones. Después se le impuso el silencio, que ella guardó siempre rigurosamente, evitando con extraordinaria habilidad cualquier sorpresa que le preparaban para conseguir de ella alguna palabra. Fue una religiosa más. Obediente, puntual, amante de la pobreza, trabajadora, caritativa. Pero sin ninguna distinción.

Su vida religiosa duró quince años, hasta que le llegó su dies natalis. Los primeros seis años, debido a su mala salud, se le confió trabajos no muy laboriosos. En comunidad hizo de enfermera y de sacristana. Y los nueve años restantes estuvo sufriendo dos dolorosas enfermedades: el asma y la tuberculosis. Cuando le llegaban los más terribles ataques exclamaba: Lo que pido a Nuestro Señor no es que me conceda la salud, sino que me conceda valor y fortaleza para soportar con paciencia mi enfermedad. Para cumplir lo que me recomendó la Santísima Virgen, ofrezco mis sufrimientos como penitencia por la conversión de los pecadores. A los cuatro meses de estar en el convento estuvo a punto de morir por un ataque de asma, y se le concedió hacer su profesión religiosa in articulo mortis, pues se pensó que no sobreviviría. Sus fuerzas estaban al límite de modo que, al no poder pronunciar la fórmula, monseñor Forcade la pronunció en nombre de ella. De aquella crisis salió, pero después todos los inviernos, con el frío propio de la región, o el más mínimo accidente le traían tremendos sufrimientos. Se ahogaba constantemente. Y su vida era un continuo sufrir. A ella no le extrañó tanto sufrimiento porque la Virgen le había dicho la harái feliz en el cielo, no esta tierra.

Uno de los medios que Dios tiene para que las personas santas lleguen a un altísimo grado de perfección, consiste en permitir que les llegue la incomprensión, y muchas veces de parte de sus superiores, que al hacerles la persecución piensan que con esto están haciendo una obra buena. Bernadette no fue una excepción. Tuvo como maestra de novicias a la madre Marie Thèrése Vauzou, a la que la vidente de la Virgen prácticamente estuvo sometida toda su vida religiosa. Aun después de su profesión, sintió hacia ella un despego y hasta una positiva aversión. Esto se traducía en mil pequeños incidentes, dolorosísimos para Bernadette: continuas humillaciones, e incomprensión, y hasta no pocas veces también en desconfianza.

La madre Vauzou le tenía una antipatía total y casi todo lo que Bernadette hacía lo juzgaba negativamente. Así, por ejemplo, a causa de un fuerte y dolor que la joven sufría en una rodilla, tenía que cojear un poco. Pues bien, la maestra de novicias decía que Bernadette cojeaba para que las gentes al ver a las religiosas pudiera distinguir de lejos cuál era la que había visto a la Virgen. Y cada vez que la veía cojear la reprendía, e incluso no la dejaba salir de su celda pues decía que quería llamar la atención. Y así en un sinnúmero de detalles desagradables que la hacía sufrir, pero ella jamás se quejaba ni se disgustaba por todo esto.

Por si esto fuera poco, tuvo Bernadette un tercer sufrimiento. El más terrible, pues se trató de una prueba mística, de esas que el Señor envía. Se había ofrecido Bernadette para sufrir. Y Dios aceptó sus sufrimientos. En el diario íntimo de la vidente y en algunas expresiones que se le escaparon se vislumbra la desolación y el abandono, la purificación misteriosa, el dolor penetrante y profundo que empaparon por completo su alma. Y así año tras año, a lo largo de su ejemplar y santa vida religiosa. Fue santa porque con tan edificante perfección supo vivir su vida oculta de inmolación. Esto fue lo que la santificó. Las apariciones fueron tan sólo la ocasión de que el Señor se sirvió para prepararla.

Los últimos años

Desde octubre de 1875, la historia de Bernadette se confunde con la historia de sus enfermedades. En diciembre de 1877, se vio precisada de guardar cama por los dolores en una rodilla. En febrero de 1878, tuvo una recaída de asma y sufrió vómitos de sangre. A partir de diciembre de 1878 permaneció definitivamente en la cama, pues Bernadette tenía un tumor en su pierna, más concretamente, de tuberculosis ósea en estado muy avanzado, extremadamente dolorosa. Ella no cejó en su trabajo hasta que no pudo más por los agudos ataques de asma y la enfermedad que padecía.

En algunas ocasiones su pensamiento se iba a Lourdes, pues desde en que fue a la gruta por última vez antes de irse de religiosa, jamás volvió por allí. Ella repetía: Ah quién pudiera ir hasta allá, sin ser vista. Cuando se ha visto una vez a la Santísima Virgen, se estaría dispuesto a cualquier sacrificio con tal de volverla a ver. Es tan bella.

Poco tiempo antes de su muerte, recibió la visita del obispo de Nevers. Venía a pedirle que escribiese una carta para el Papa, porque iba a Roma y quería llevársela. Y escribió: Santísimo Padre, jamás hubiera osado tomar la pluma para escribir a Vuestra Santida, yo, pobre hermanita, si nuestro digno obispo, monseñor De Ladoue, no me hubiese animado diciéndome que el medio seguro de alcanzar una bendición del Santo Padre era escribiros y que él tendría la amabilidad de llevar mi carta. Se establece una lucha entre el temor y la confianza. Yo, pobre ignorante, hermanita enferma, osar escribir al Santísimo Padre ¡jamás! Y continuó expresándole el amor que sentía por el Papa y la alegría que le dio pensar que la Santísima Virgen se había dignado, en cierta manera, confirmar la palabra del mismo Pontífice al aparecerse en Lourdes.

El Papa correspondió con una bendición, juntamente con un precioso crucifijo de plata. Era como la preparación para el episodio final de su vida. Bernadette estaba ya lista para la muerte.

Una muerte santa

Y la muerte llegó. Antes, sin embargo tuvo el consuelo de recibir la visita de Toinette, su hermana queridísima, y la de uno de los sacerdotes de Lourdes que había sido su confesor en la época de las apariciones.

La enfermedad fue agravándose. Los sufrimientos se hacían cada vez más insoportables. El domingo de Pascua de 1879, 13 de abril, parecía ya inminente el desenlace. Peru auténtica noche de Getsemaní fue la del lunes al martes de la octava de Pascua. Sufrió terriblemente y sin descanso. Un sudor helado cubría su frente. Temblaba por su propia salvación. Y así continuó hasta la mañana del 16 de abril. A eso de las once de la mañana la colocaron en un sillón con los pies en un escabel. A eso de la una acudió la comunidad. Ella miró la imagen de la Virgen y con intensidad exclamó: Yo vi la Virgen. Sí, la vi, la vi. ¡Qué hermosa era! ¡Cuánto ansío volver a verla! Minutos después quedó con los ojos fijos en un punto fijo de la pared, lanzó una exclamación de sorpresa y con la mano derecha crispada en el sillón intentó levantarse. Volvió a quedar tranquila. Así pasó el tiempo entre sufrimientos tremendos, hasta que por fin, musitando dulcemente: Ruega Señora por mí, por esta pobre pecadora. Y apretando el crucifijo contra su corazón, mientras dos gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas, entregó santamente su alma a Dios. Tenía 35 años.

Su muerte fue un auténtico triunfo. La ciudad entera se conmovió. A los funerales de Bernadette asistió una muchedumbre inmensa. Y ella empezó a conseguir milagros de Dios a favor de los que le pedían su ayuda. Pronto empezó a pensarse en su beatificación.

La causa de canonización

El proceso diocesano sobre la heroicidad de las virtudes de la vidente de la Virgen en Lourdes se abrió el 20 de agosto de 1908. El 2 de septiembre de 1909, su cadáver fue desenterrado y hallado en perfecto estado de conservación; no obstante, el crucifijo y el rosario que llevaba en las manos se encontraron cubiertos de óxido. El 25 de agosto de 1913, san Pío X inició el proceso de beatificación en Roma que, retrasado por la Primera Guerra Mundial, se reanudó el 17 de septiembre de 1917. El 14 de junio de 1925, fue beatificada por el papa Pío XI. Con motivo de la beatificación se realizó una segunda exhumación del cuerpo de Bernadette, edl cual seguía sin descomponerse, es decir, incorrupto. Los sagrados restos mortales de la santa vidente fueron trasladados a la capilla -que lleva su nombre- del antiguo convento de san Gildard de Nevers y depositados en una urna de cristal.

Finalmente, el 8 de diciembre de 1933, durante el Año Santo de la Redención y Jubileo extraordinario, Pío XI canonizó a Bernadette Soubirous, la hija del pobre molinero de Boly.

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