Día 20 de abril

20 de abril

Devociones

Las Cuarenta Horas

La creencia en la Presencia real de Cristo en la Eucaristía ha llevado a la Iglesia a rendir culto de adoración (latría) al Santísimo Sacramento. Este culto lo vive el pueblo cristiano con las devociones eucarísticas:

* La procesión eucarística en la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo (Corpus Christi).

* La solemne celebración de la Misa in Coena Domini, el Jueves Santo, en conmemoración de la institución de la Eucaristía. Y las visitas a los Monumentos (Se entiende por Monumento el lugar donde queda reservado el Santísimo para recibir la adoración de los fieles después de la Misa in Coena Domini hasta la celebración de la acción litúrgica del Viernes Santo).

* La adoración nocturna.

* La adoración perpetua del Santísimo.

* Las bendiciones con el Santísimo.

* Los jueves eucarísticos. El jueves es el día de la semana dedicado a la Sagrada Eucaristía.

* Las exposiciones y Velas al Santísimo.

* Las visitas a Cristo Sacramentado. Muchos cristianos tienen la costumbre, a lo largo del día, de detenerse en una iglesia para hacer una visita a Jesús Sacramentado. Son momentos de intimidad con el Señor, en los que el fiel se ejercita brevemente en la oración personal, pide ayuda, da gracias, etc.

* Las oraciones referentes a la Eucaristía: comuniones espirituales, Adoro te devote, actos de fe en la Presencia real, oraciones para antes y después de comulgar, etc.

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Una exposición eucarística de importancia es la que lleva el nombre de las Cuarenta Horas por referirse a las cuarenta horas durante los cuales el cuerpo sin vida de Jesús estuvo en el sepulcro, según lo que escribe san Agustín: Ab hora mortis usque a diluculum resurrectionis hora sunt quadraginta, etiam hora nona connumeretur

Esta práctica apareció en la primera mitad del 1500. Pero no está excluida la posibilidad de que naciese y se hubiera propagado de la antigua costumbre medieval de velar en la iglesia, desde el Viernes Santo hasta el nocturno de la noche de Pascua, delante del así llamado sepulcro, donde se colocaban o se sepultaban la cruz y la hostia consagrada. Ésta, sin embargo, no era del todo visible, sino que estaba cerrada en la llamada custodia.

En el año 1527, en Milán, un fervoroso misionero, Gian Antonio Bellotti, predicando la Cuaresma en la iglesia del Santo Sepulcro, persuadió a los fieles a que permanecieran en oración durante cuarenta horas continuas delante del Santísimo Sacramento con el fin de impetrar de Dios mitigara el azote de la guerra que les oprimía. Y la piadosa práctica quiso que se renovara cuatro veces durante el año: en Pascua, Pentecostés, la Asunción y Navidad. A los dos años fue admitido el rito en la catedral de Milán por obra del dominico español Tomás Nieto, famoso predicador, quien consiguió que en todas las iglesias parroquiales de la metrópoli lombarda se estuviera durante cuarenta horas en oración delante del tabernáculo. El Señor Sacramento no se exponía todavía velado en un ostensorio ni recibía especial obsequio de luces y flores. Del sagrario mural o de la sacristía, donde entonces solía reservarse, era llevado al altar, y permanecía allí hasta que acabara la oración.

Es muy controvertido, sin embargo, cuándo y por obra de quién se comenzó a exponer visiblemente a los fieles en la forma que prevaleció después en todas las partes. Hay quien asigna el año 1534, en Milán, como iniciador al barnabita P. Bono de Cremona, compañero de san Antonio Zacarías, que instituyó las Cuarenta Horas en Vicenza. Hay quien lo coloca en el año 1537, atribuyendo el mérito al capuchino lombardo P. Giuseppe Piantanida de Fermo, hombre apostólico, que, aprovechando sus misiones, la hizo conocer más tarde en Milán, Pavía, Siena, Arezzo y Gubio. Es cierto de todos modos que fue el último en introducir la feliz novedad de que las Cuarenta Horas, terminando en una iglesia, pasasen inmediatamente a otra, resultando así una oración eucarística ininterrumpida. En el año 1539, la nueva práctica, a instancias del vicario general de Milán, fue reconocida por Paulo III, que le concedió las primeras indulgencias. San Carlos Borromeo, en el primer concilio provincial (1565) la confirmaba y la organizaba establemente en Milán.

Roma comenzó a practicar las Cuarenta Horas hacia el año 1550 por obra de san Felipe de Neri, que lo introdujo como uno de los principalísimos ejercicios de su Cofradía de los Peregrinos, y contribuyó no poco con los cantos con que supo enriquecerla a dar vida a aquellos conciertos musicales sagrados, cuya memoria se perpetúa en los “oratorios” de tantos compositores ilustres. Sin embargo, la organización oficial de las cuarenta Horas en la Urbe no tuvo lugar hasta el año 1592 con la constitución Graves et diuturnas, de Clemente VIII, que decía así: Nos hemos decretado el establecer oficialmente en esta ciudad una cadena ininterrumpida de plegarias, por la cuál, en diversas iglesias y en determinados días, se celebre la piadosa y saludable devoción de las Cuarenta Horas, de forma que en cada hora del día y de la noche en todo el año suba continuamente al trono de Dios el incienso de la plegaria.

En el mismo documento, el pontífice exponía cuál era el fin de tal devoción, es decir, la concordia entre los príncipes cristianos y la paz entre las naciones. Por esto en la Instructio Clementina, dada por Clemente XII en 1731, como regla rubrical de las Cuarenta Horas se prescribía que la misa que se debía cantar el segundo día fue la votiva pro pace.

Las Cuarenta Horas en la forma precisa de su institución, es decir con un turno anual de adoración ininterrumpida de iglesia en iglesia, son posibles solamente en las grandes ciudades, donde existe abundancia de iglesias y de adoradores. Estas se conservan todavía en Roma, Milán y Génova, así como en Liverpool y Westminster.

De una forma, sin embargo, esporádica y menos duradera, excluida siempre la adoración nocturna, florecen en muchísimas parroquias de Italia y de otras naciones, en donde fueron generalmente introducidas desde los siglos XVII y XVIII, fijándolas en los tres días anteriores al Miércoles de Ceniza con la finalidad particular de oponer una función reparadora a los abusos del carnaval. La iniciativa de este servicio eucarístico partió de Macerata delle Marche en el 1556. En el carnaval de aquel año, queriéndose representar en el teatro una comedia obscena, dos misioneros jesuitas, para retraer y apartar de allí a la gente más sana del pueblo, concibieron la idea de exponer durante cuarenta horas al Señor Sacramentado con muchísimas flores y luces como expiación y penitencia. La prueba resultó de maravilla; el pueblo, despertada la fe, no dudó preferir la iglesia a la escena. El piadoso ejercicio encontró buen ambiente; se extendió rápidamente en las casa y colegios de la Compañía de Jesús, después en las iglesias y en las parroquias, en las que todavía actualmente se celebra como acto de amor y de solemne reparación a Jesús Sacramentado.

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