Día 21 de abril

21 de abril

Memoria libre de san Anselmo

San Anselmo, obispo y doctor de la Iglesia, originario de Aosta, que fue monje y abad del monasterio de Bec, en el territorio de Normandía, en Francia, donde enseñaba a los hermanos a caminar por la vía de la perfección y a buscar a dios por la comprensión de la fe. Promovido a la insigne sede Cantorbery, en Inglaterra, trabajó denodadamente por la libertad de la Iglesia, y por ello sufrió dificultades y destierros. (1109) (Martirologio Romano).

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Un bien cristiano

La alegría es un bien cristiano. Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos (Flp 4, 4), escribió san Pablo a los filipenses, porque la alegría es fundamental en el cristianismo, que es por esencia evangelium, y evangelio significa buena noticia. Y la Buena Noticia es siempre una invitación a la alegría, algo que se recibe con gozo. El papa Juan Pablo II, haciendo eco de las citadas palabras del Apóstol de los gentiles, al comienzo de su pontificado decía a los jóvenes: Alegraos porque Jesús ha venido al mundo. Alegraos porque Jesús ha muerto en la cruz. Alegraos porque resucitó de entre los muertos. Alegraos porque nos borra los pecados en el bautismo. Alegraos porque Jesús ha venido a liberarnos. Alegraos porque Él es el dueño de nuestra vida (Homilía, 2.X.1979). Sin embargo, hay quienes se equivocan y se alejan de la Iglesia en nombre de la alegría, pretendiendo que el cristianismo se la arrebata al hombre con todos sus preceptos y prohibiciones. Ciertamente la alegría de Cristo no es tan fácil de ver como el placer banal que nace de cualquier diversión (Cfr. Benedicto XVI, Homilía 8.XII.2005).

Sí, yerran, porque toda verdadera alegría está en el Señor, y fuera de Él no puede haber ninguna. Y de hecho es verdad que toda alegría que se da fuera de Él o contra Él no satisface, sino que, al contrario, arrastra al hombre a un remolino del que no puede estar verdaderamente contento. Por eso (…) la verdadera alegría no llega hasta que nos la trae Cristo, y que de lo que se trata en nuestra vida es de aprender a ver y comprender a Cristo, el Dios de la gracia, la luz y la alegría del mundo (Benedicto XVI, Homilía 8.XII.2005).

La alegría no es auténtica cuando se apoya únicamente en cosas perecederas, en cosas que pueden ser arrebatadas y destruidas. Sin embargo, cuando se fundamenta en la íntima profundidad de la existencia humana, en Dios, entonces sí que goza de autenticidad. Será una alegría imposible de ser arrebatada por fuerza alguna del mundo.

Dios, el Dios en el que creen los cristianos, es un Dios vivo, presente en cada minuto de la vida, y es un Dios alegre. Todo lo que toca el Señor rezuma alegría. Es verdad que pide mucho -tiene todo el derecho a hacerlo-, pero Él da vida a todo al que se le acerca. En una ocasión le preguntaron a una madre cómo había transmitido el cristianismo a sus hijos. La respuesta no se hizo esperar: Desde la alegría. Dios quiere nuestra felicidad. No es un funeral. Además, la gracia de Dios no es tan difícil, no es una fuente de tristeza, sino de alegría.

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