Día 25 de abril

25 de abril

Fiesta de san Marcos

Fiesta de san Marcos, evangelista, que primero acompañó en Jerusalén a san Pablo en su apostolado, y después siguió los pasos de san Pedro, quien lo llamó su hijo. Es tradición que en Roma recogió en su Evangelio la catequesis de Pedro a los romanos y que fue él quien instituyó la Iglesia de Alejandría, en el actual Egipto. (s. I) (Martirologio Romano).

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Entrevista apócrifa a san Marcos

Pregunta: Estuviste colaborando con Pedro en la predicación de la palabra de Dios. ¿Qué nos puede decir de Pedro?

Repuesta: Mis recuerdos de Pedro son tantos… Me trató paternalmente. En una de sus cartas se refirió a mí como un hijo predilecto en la fe. Pero igualmente puedo decir de Pablo. Éste, a pesar de mi flaqueza en el pasado, volvió confiar en mí, tomándome de nuevo como ayudante suyo. Yo, por mi parte, respondí a esa confianza depositada en mi persona procurando serle muy fiel y prestándole una ayuda lo más eficaz posible.

Para mí fue una gracia especial de Dios el haber estado en Roma con el apóstol Pedro, siendo discípulo e intérprete suyo. Él hablaba en su lengua aramea-galilaica, y yo traducía su predicación y enseñanzas al griego y al latín, que eran las lenguas utilizadas por los romanos. Figuraos las veces que le he oído contar el mensaje salvífico del Señor. Y siempre me impresionaba la humildad de Pedro. En su predicación recordaba con cierta frecuencia, como queriendo dejar constancia, sus intervenciones menos felices ante Jesús. Por el contrario, solía omitir algunos episodios que resaltaban la preeminencia que le concedió Cristo entre los demás apóstoles, como son la promesa del Primado en Cesarea de Filipo y su efectiva entrega junto al lago de Genesaret, una vez ya resucitado el Maestro.

Pregunta: Para los que no hemos estado con el Señor, el libro que has escrito nos sirve para conocer la vida y las enseñanzas de Jesús. ¿Cuándo se decidió a escribirlo y por qué?

Respuesta: Después de la muerte de Pedro, y una vez terminada la cruel persecución del emperador Nerón, los hermanos de Roma me rogaron que pusiera por escrito lo que el apóstol había enseñado. Además oía una voz en lo más profundo de mi ser que me impulsaba a escribir los hechos de la vida del Señor que conocía, ya bien por propia experiencia o por haberlos oído de labios de Pedro. Y eso hice, escribirlos, procurando que lo escrito fuera fiel reflejo de la predicación y de los relatos vivos de Pedro en la Urbe.

Aunque los primeros destinatarios de mi Evangelio han sido los fieles de Roma, soy plenamente consciente que tiene valor universal para todos los tiempos y lugares, pues lo que he transmitido con mi pluma es lo que Pedro explicaba siempre emocionado, con una honda emoción que no pasa con los años, sino que se hace cada vez más profunda, más penetrante y entrañable, más llena de un amor que va haciéndose mayor con el paso del tiempo. Puedo afirmar con rotundidad que el contenido de mi libro es el espejo vivo de la predicación del apóstol Pedro.

Pregunta: Se dice que tú eres el muchacho que estaba en el huerto…

Repuesta: Efectivamente, el joven que estaba en Getsemaní cuando apresaron a Jesús era yo. Por aquel entonces el huerto de los olivos era propiedad de mi familia. En no pocas ocasiones el Señor iba a Getsemaní unas veces para descansar; y otras para hacer oración, o ambas cosas.

En la noche del prendimiento yo estaba allí porque por la tarde del aquel día mi madre me dijo que Jesús acudiría al huerto con sus discípulos. Y decidí ir yo también. Siempre quise aprovechar las oportunidades que se me presentaban para estar cerca del Maestro. Su figura me atraía de forma arrolladora y serena a la vez.

Sabía que Jesús antes de ir a Getsemaní celebraría la cena pascual con los doce apóstoles en mi casa, en una habitación grande del piso de arriba, que fue acondicionada por dos de sus discípulos. Ellos prepararon la mesa y la sala, aunque mi madre con otras mujeres, en la cocina, asaron en el horno el cordero, cocieron el pan sin fermentar, llenaron algunas jarras con vino y dispusieron unas bandejas con hierbas amargas. ¡Cuánto me hubiera gustado haber participado de aquella última cena del Maestro! Pero él quiso que sólo estuvieran los doce. Así, pues, me fui al huerto.

Aunque ya era entrada la noche, como había claridad por la luna llena, vi cuando llegó Jesús con los suyos, y cómo se dirigió acompañado sólo por Pedro y los hijos de Zebedeo a un lugar donde había una gran piedra, una roca rugosa y punzante. Allí postrado se puso a hablar con su Padre, mientras que los tres citados apóstoles se quedaron a cierta distancia de él.

Durante un momento fui testigo de la agonía -sí, agonía- del Señor, pero después, vencido por el sueño me tendí en el suelo para dormir. Como hacía calor, me quité la túnica, y envuelto con una sábana pronto concilié el sueño. Pero no debía haber pasado mucho tiempo cuando me desperté por el alboroto de la gente que fue a prender a Jesús. Presencié como Judas Iscariote, el traidor, besó a Jesús, y a Pedro sacar una espada y herir a uno de aquella turba. Observé cómo arrestaron al Señor, mientras sus discípulos, abandonándole, emprendieron una rápida huida. Yo hubiera querido hacer algo para defenderle, pero me quedé paralizado, lleno de miedo. Fue entonces cuando se dieron cuenta de mi presencia y me agarraron, pero yo soltando la sábana me escapé.

Pregunta: Has dicho la palabra agonía al referirte a la oración de Jesús en Getsemaní. ¿Fue realmente una agonía?

Respuesta: Sí, he dicho adrede la palabra agonía porque el Maestro vivió un momento particularmente angustioso. La visión clara de los padecimientos y tormentos que le esperaban, el poco apoyo de sus amigos, la muerte amarga en la cruz con que había de morir y el peso de los pecados de los hombres, hicieron que el Señor sintiera tristeza y angustia. Pero su voluntad humana reafirmó su propósito de servir fidelísimamente a los planes divinos. Él vino a cumplir la voluntad de su Padre, contra la cual la debilidad de la carne se sentiría inclinada a rebelarse. Pero dijo al Padre: “no se haga mi voluntad, sino la tuya”, aunque le costaría esta adhesión. En esta agonía del Señor se ve claramente su humanidad.

Por tanto, en el libro narro lo que he llamado la agonía de Jesús en Getsemaní. Jesús se internó entre las sombras de los olivos -había luna llena-, para postrarse ante el Padre celestial. Me imagino que la marea de los pecados del mundo golpeaba e inundaba su corazón, como un oleaje furioso y despiadado, causando vivísima impresión en su sensibilidad humana. Fue tanta la intensidad de su plegaria y tan grande el dolor que le causaban las ofensas de los hombres, que le vino un sudor como de gotas de sangre que caían hasta el suelo.

Pregunta: ¿Qué mensaje subyace en su Evangelio?

Respuesta: He querido mostrar que Jesús es el Mesías prometido por Dios a nuestros primeros padres y esperado durante siglos por el pueblo elegido, evitando falsas interpretaciones, de modo especial la de que confundieran al Señor con un liberador político y nacionalista frente a la dominación de los romanos. También he procurado hacer ver cómo Jesús iba revelándose cada vez con más claridad y preparaba a sus discípulos para que le reconocieran con el Salvador, que redimiría a los hombres y los reconciliaría con Dios, no por medio del poder de los ejércitos o la fuerza política, sino por su sacrificio en el Calvario, pues vino a dar su vida en redención de muchos.

En mi Evangelio afirmo claramente la divinidad de Cristo. Para entender bien lo que escribí, es necesario creer que Jesús es el Mesías y el Hijo de Dios. Por eso advertí desde las primeras líneas que en Jesucristo hay que reconocer que es verdadero Dios a la vez que es perfecto hombre, para que nadie pueda negar la divinidad de Jesús ni su humanidad. Como resumen de todo lo que escribí sobre la vida y enseñanzas de Jesús quise dejar escritas las palabras del oficial romano en el Gólgota, y cito ahora literalmente lo que escribí: El centurión, que estaba enfrente de él, al ver cómo había expirado, dijo: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”.

Pregunta: Supongo que serías de los discípulos del Señor…

Respuesta: Sí, conocí al Maestro, pero no fui del grupo de los apóstoles. Mi madre, llamada María, enviudó siendo yo aún niño. Mi padre poesía tierras, y esto hizo posible la desahogada posición económica de mi madre, una vez ya viuda. Ella fue una de las primeras que ayudaron a Jesús y a los apóstoles. En su casa el Señor celebró la Pascua la víspera de su muerte en la cruz. Y también en ella se reunían los primeros hermanos de Jerusalén. Allí es donde los apóstoles fueron después de la ascensión del Señor, y estuvieron perseverando en la oración, junto con algunas mujeres, entre ellas la madre de Jesús, María. Y el día de la fiesta de Pentecostés, estando todos juntos en la misma casa, vino sobre ellos el Espíritu Santo. Tiempo después, cuando Pedro fue liberado de la cárcel por ministerio de un ángel, el apóstol se dirigió a casa de mi madre, donde estaban muchos hermanos reunidos en oración. Todo esto hizo que yo desde muy joven viviera la intensa vida de los primeros cristianos, en torno a la madre del Señor y a los apóstoles, a los que he tratado con intimidad.

Pregunta: ¿Qué te impulsó a viajar por diversas ciudades y naciones anunciando el mensaje de Jesús?

Respuesta: Las palabras del Señor dirigidas a los apóstoles antes de subir al cielo: “Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura”, siempre las he considerado dichas a todos los seguidores del Maestro. Por tanto, yo me sentía urgido a ponerlas por obra. Y tuve la suerte que mi primo Bernabé me eligiera a mí para iniciarme en las tareas de la propagación del mensaje del Señor, en compañía y bajo dirección suya y de Pablo. Con ellos dos estuve en Jerusalén para llevar la primera colecta a favor de los fieles de la Iglesia jerosolimitana. También viajé con los dos apóstoles -sí, apóstoles, aunque ni Bernabé ni Pablo eran de los doce- a Antioquía de Siria. Ellos predicaban la palabra de Dios en las sinagogas de los judíos y me tenían a mí como auxiliar. Después, no encontrándome con ánimos de seguir aquella incómoda y aventurada tarea de difundir la Buena Nueva, decidí volverme a casa. Sé que esta falta de entereza mía disgustó a Pablo.

Tiempo después, Pablo comentó a Bernabé su deseo de visitar a las comunidades cristianas en todas las ciudades donde habían estado antes predicando la palabra del Señor, para ver cómo se encontraban. A mi primo le pareció bien, pero quiso que yo les acompañase en este nuevo viaje, sin tener en cuenta lo sucedido anteriormente. Pablo, en cambio, no era del mismo parecer, y consideraba que yo no debía ir con ellos, pues en el viaje anterior los abandoné por mi falta de reciedumbre. El desacuerdo entre ellos, entre la benignidad de Bernabé y la severidad de Pablo, hizo que se separaran uno del otro. Entonces Bernabé me tomó consigo y nos embarcamos para su Chipre natal.

Esta discrepancia entre Bernabé y Pablo, con la consiguiente separación, no significó distanciamiento alguno. No hicieron de aquel roce (un granito de arena) una montaña, ni fue un obstáculo para que más tarde estuvieran juntos evangelizando. De la discusión, manifestación de la fragilidad humana, Dios dispuso grandes bienes a partir de los viajes de predicación de cada uno por su cuenta. Pablo siempre alabó a mi primo, y pasado un tiempo, me admitió como compañero suyo en la difusión de las enseñanzas de Jesús; y me mostró de modo palpable su estima, como si viese reflejada en mí la simpatía y los gratos recuerdos de Bernabé, el amigo de su juventud.

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