Día 29 de abril

29 de abril

Fiesta de santa Catalina de Siena

Fiesta de santa Catalina de Siena, virgen y doctora de la Iglesia, que, habiendo ingresado en las Hermanas de la Penitencia de Santo Domingo, deseosa de conocer a Dios en sí misma y a sí misma en Dios, se esforzó en asemejarse a Cristo Crucificado. Trabajó también enérgica e incansablemente por la paz, por el retorno del Romano Pontífice a la Urbe y por la unidad de la Iglesia, y dejó espléndidos documentos llenos de doctrina espiritual. (1380) (Martirologio Romano).

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Semblanza

Mujer fuerte, pacificadora y maestra

Una entrega sin reservas

A mediados del siglo XIV, el 25 de marzo de 1347 nace en la ciudad toscana de Siena Catalina Benincasa. Su vida fue relativamente breve -treinta y tres años-, pero desempeñó un papel primordial en el desarrollo de la historia de la Iglesia. Su figura constituye una continua y verdadera manifestación de lo sobrenatural en la vida de una criatura humana. Con gran corazón y una recia voluntad, Catalina de Siena, movida por la gracia divina, tenía la cualidad de mujer fuerte, pacificadora y maestra. Muerta en Roma el 29 de abril de 1380, cuando la Iglesia comenzaba a sufrir el gran Cisma de Occidente, fue canonizada por un papa sienés -Pío II- en 1461. Su culto se extendió rápidamente por toda Europa, especialmente por los países de la obediencia de Roma durante el Cisma. En el siglo XIX, el beato Pío IX la declara segunda patrona de Italia, siendo el otro patrono san Francisco de Asís. Y el 1 de octubre de 1999 Juan Pablo II la proclama copatrona de Europa.

Catalina era la vigésimo cuarta de los veinticinco hijos del matrimonio formado por Jacobo Benincasa y Mona Lapa. Sus primeros años transcurrieron en el seno de su familia humilde -el padre era tintorero de profesión-, que además de numerosa, no gozaba de una posición económica desahogada. Desde la primera infancia fue favorecida por gracias extraordinarias, que le permitieron recorrer un rápido camino de perfección entre oración, austeridad y obras de caridad. Y toda su vida estuvo marcada por la misión especialísima que Dios quiso confiarle. Cuando tan sólo tiene seis años de edad, Jesús se le aparece y la bendice. Algo inescrutable ocurre en aquella alma sencilla, que corresponde prometiéndole a Cristo no tener otro Esposo que Él. Es la entrega sin reservas de Catalina al Señor, el ofrecimiento de su vida.

Dios le concederá durante su vida muchos dones extraordinarios, pero hay una enseñanza que Dios le da desde muy temprano y que será como sólido cimiento de su piedad y de su unión con el Señor. Un día Jesucristo le pregunta: ¿Sabes, hija, quién eres tú y quién soy yo? Y antes que Catalina pudiera contestar, oye la respuesta de labios del Señor, que quedará grabada para siempre en su corazón: Tú eres la que no es; y Yo, el que soy. Si tuvieres en el alma tal conocimiento, el enemigo no podrá engañarte y escaparás de todas sus insidias y adquirirás sin dificultad toda gracia, verdad y luz.

En plena adolescencia, tiene una visión en la que santo Domingo le promete acogerla bajo su regla, que hace que la joven emprenda la senda espiritual trazada por el santo fundador de la Orden de Predicadores. Catalina comunica a su familia la resolución tomada, pero encuentra una fuerte oposición, ya que sus padres la habían destinado al matrimonio. Ella, sin abandonar el hogar familiar, pues considera que no es el claustro su sitio, se entrega a duras penitencias y pide a Jesucristo que le haga saber su voluntad. Sus progenitores no la comprenden, y para corregir aquellas -para ellos- excentricidades la tratan dura, inhumanamente. Catalina acepta la prueba con alegría. Al fin, los padres, rendidos, le autorizan para seguir los caminos que Dios tenía preparados para ella.

Terciaria dominica

Cuando aún está Catalina en los comienzos del camino de gran exigencia que se había trazado, debe pasar por grandes pruebas. La presión de su familia es grande; tanto su madre como sus hermanos le insisten que se case. Además, la asaltan fuertes tentaciones contra la castidad, que ella rechaza con oración y mortificación. Una voz interior la animaba a abandonar su propósito de virginidad. ¿Por qué, pobrecita, te afliges tanto por nada? ¿De qué te sirve padecer así? ¿Crees acaso poder continuarlo? Es imposible, a menos que quieras matarte a ti misma y arruinar tu cuerpo. Antes de llegar a tanto, termina con las tontadas. Estás a tiempo de gozar del mundo. Después, con palabras llenas de suavidad y benevolencia, el tentador le hablaba de tomar marido y engendrar hijos para acrecentamiento del género humano… Catalina sabía ver la astucia diabólica, y nunca pasó a considerar la propuesta disfrazada de bondad que le hacía el enemigo de su alma. Su respuesta era unirse más a Cristo y confiar en Él. Confío en el Señor y no en mí, solía repetir.

En otra ocasión, le parecía estar rodeada por todos los demonios del Infierno, pues tan grande era la tentación. Catalina fue a rezar a una iglesia cercana, pero la tentación no cedía, sino que cada vez era más fuerte sin que los malos pensamientos y deseos que acudían a su mente la dejaran en paz. Catalina se abandona en Dios: Señor, he escogido sufrir para agradarte; acepto, también, Señor, este sufrimiento de las tentaciones, por todo el tiempo que Tú quieras. Hágase tu santa voluntad. Al final salió victoriosa de la difícil prueba. Después, en su oración, salió de sus labios esta filial queja: ¡Señor! ¿Dónde estabas cuando mi alma, triste, se anegaba en el barro de aquellos feos pensamientos? Y escuchó la respuesta de Jesús: Yo estaba, hija mía, dentro de ti viendo como luchabas.

En 1364 ingresa en la Orden de las Hermanas de la Penitencia de Santo Domingo. Estas Hermanas no eran religiosas en el sentido estricto de la palabra, sino terciarias dominicas, conocidas como mantellate por el manto negro que llevaban. Vivían la espiritualidad de la Orden de Santo Domingo, pero no hacían votos ni abandonaban sus hogares. Eran solteras o viudas que, llevadas por su afán de perfección, adoptaban ciertas formas de vida de las religiosas, pero sin apartarse del mundo. Catalina, después de recibir el hábito de las mantellate, continúa viviendo en su casa, pero convierte su habitación en una “celda”, donde permanece recluida. Las mantellate no hacían votos, pero Catalina quiso hacer por su cuenta los votos de castidad, pobreza y obediencia. Referente a este último, se comprometió a obedecer al religioso director de las Hermanas de la Penitencia, a la priora y al confesor. Nunca faltó a su voluntario compromiso, de tal forma que antes de su muerte pudo decir: No me acuerdo de haber desobedecido nunca.

Desposorios con Cristo

En el año 1367, cuando Catalina tenía veinte años, Cristo se le apareció y le manifestó su predilección a través del símbolo místico del anillo nupcial. Son los desposorios místicos de Jesucristo con Catalina. Mientras Jesús le pone en el dedo el anillo de desposada, le dice: He aquí que Yo, tu Creador y tu Salvador, te desposo en la fe, que conservarás sin que nada la menoscabe hasta el día que celebres conmigo en el Cielo las bodas eternas. Ánimo, hija mía; cumple en adelante, con reciedumbre y sin ninguna vacilación, todas las obras que el orden de mi providencia pondrá en tus manos… Era la culminación de una piedad madurada en lo escondido y en la contemplación.

Catalina vive con su Amado en una intimidad que ninguna esposa de la tierra tendrá jamás con su esposo; en los labios y en el corazón no tenía más que a Jesús, que se hace su maestro y la instruye en todo lo que debe saber. Pero es preciso probar la firmeza del amor de la joven. El Amado la abandona en parte a las asechanzas del demonio, y éste llena su alma de fantasías mundanas. Catalina responde con atroces penitencias. Finalmente, la última y más retorcida tentación diabólica: ¿Para qué jactarse de querer ser santa cuando se tiene el alma llena de basuras?… Catalina salta de indignación: He elegido el dolor por consuelo y es un gozo para mí soportar todas estas aflicciones por amor de Jesucristo. Una gran luz ilumina la celda, y Cristo, resplandeciente de gloria, le dice: Hija mía, ¿ves cuánto he sufrido por ti?. No te parezca, pues, demasiado duro tener que sufrir por Mí.

Catalina es consciente de que el Señor le ha anunciado una misión, pero aún no le ha revelado cuál es. Abandona su “celda” sin dejar de llevar una vida retirada porque se crea una morada espiritual dentro de su alma, que a ella le gustaba llamar la “celda interior”. En el silencio de esta celda, haciéndola docilísima a las inspiraciones divinas, pudo compaginarse bien pronto con una actividad apostólica extraordinaria (San Juan Pablo II, Carta Apostólica Spes aedificandi), pues Jesús la impulsa suavemente al apostolado y a las obras de caridad.

Pronto la casa de Catalina empieza a llenarse de una multitud de gentes que acuden atraídas por su fama. Muchos, incluso clérigos, se reunieron en torno a ella como discípulos, reconociéndole el don de una maternidad espiritual, y Catalina se siente madre de los hijos que ha engendrado en la fe. Sus discípulos -hombres y mujeres de toda condición, procedentes de todas las clases sociales- la llaman “la dulce mamá”.

Muerte mística

El Señor va preparando a Catalina para la gran misión que va encomendarle, y le concede gracias extraordinarias. Los prodigios se suceden: un día, Jesús místicamente le arranca el corazón y lo reemplaza por el suyo; otro, para hacerla partícipe de su Pasión, recibe en la mano derecha la señal de los clavos; en una ocasión, como su confesor se niega a darle la comunión, Jesús la hace comulgar de manos de un ángel.

El rebosar de su amor y las durísimas penitencias a que se entrega la hacen desfallecer y en verano del 1370 sus fuerzas están exhaustas. Un día Catalina siente morir, agoniza. Su semblante está lleno de serenidad; los ojos cerrados, casi sin respiración. Está rodeada de varias mantellate, que no pueden contener las lágrimas al igual que el confesor y las demás personas presentes. El corazón estalla y no se la siente respirar. Catalina ha muerto, pero es sólo una muerte mística. Después de cuatro horas, el Señor la vuelve a la vida. Ella abre los ojos, con gran contento para cuantos allí estaban, pero rompe a llorar al darse cuenta de que ha terminado la visión del Paraíso que el Señor le ha hecho contemplar. Es entonces cuando Dios la hace partícipe de su definitivo mensaje: Vivirás entre las multitudes llevando el honor de mi nombre ante los pequeños y ante los grandes… Te presentarás a los Pontífices, a los que gobiernan la Iglesia y al pueblo cristiano, pues quiero, según mi costumbre, confundir con el débil el orgullo de los fuertes…

A partir de ese momento, Catalina se entrega a la misión que Jesús le ha encomendado con toda la fuerza de su alma enamorada. El Señor le ha recordado la gran labor que hay pendiente en la tierra: la salvación de todos. Su vida adquiere una nueva dimensión, y se lanza por el mundo para realizar una inmensa tarea apostólica. Se mueve de ciudad en ciudad, habla a la gente, escribe, remueve, convierte…

Una época difícil

En el mismo año del nacimiento de Catalina hizo su aparición en Europa la peste pulmonar, más conocida como la peste negra, que en unos pocos años exterminará a la tercera parte de la población europea, pero no es el peor mal de aquel siglo XIV. Con el ocaso del orden medieval surgen innumerables compañías de tropas mercenarias que sirven al mejor postor y se dedican, por todo el viejo continente, al saqueo y al pillaje, imponiendo el terror en las ciudades. En Europa, y especialmente en Italia, las guerras son continuas. Los reinos y estados cristianos luchan entre sí. Inglaterra y Francia iniciaron en 1339 una guerra que pasará a la historia por su larga duración: La Guerra de los Cien Años. Génova y Venecia se disputan, con Aragón, el dominio del Mediterráneo. En Castilla hay una guerra fratricida entre Pedro I el Cruel y Enrique II de Trastamara. En la península itálica se enfrentan ciudades, donde los condottieri (guerreros de profesión) al mando de sus tropas hacen una siembra de atrocidades y muerte.

La crisis alcanza igualmente a la Iglesia. Desde el pontificado de Clemente V los papas residen en Aviñón, donde la Corte papal es una corte lujosa, refinada, repleta de eclesiásticos mundanizados que no dan ejemplo de piedad ni de vida cristiana. En vano se oyen voces por toda Europa que piden el retorno de los papas a la Ciudad Eterna: la mayoría de los cardenales son franceses y no desean salir de su patria para residir en Roma, porque la ciudad, víctima de las luchas entre las poderosas familias y saqueada por tropas mercenarias, es una urbe inhabitable y casi abandonada.

Gregorio XI

La Cristiandad lamenta esta nueva cautividad de Babilonia. El beato Urbano V regresa a Roma, pero al cabo de tres años vuelve a Aviñón. Su sucesor, Gregorio XI, apenas elegido declaró su intención de establecerse en breve en la Ciudad Eterna. Sin embargo, el Papa -que sólo tenía cuarenta y un años al ceñir la tiara, y era de salud frágil, de temperamento sensitivo, de suma delicadeza de conciencia- no terminaba de decidirse por llevar a cabo su deseo. A veces supo tomar decisiones enérgicas, pero a la hora de tomar la decisión de embarcarse para Italia se mostraba siempre dubitativo, totalmente indeciso, quizá por debilidad de la voluntad.

Con admirable humildad el Papa oía las voces -fuertes reprensiones- de los que clamaban por el regreso del Obispo de Roma a su sede. Al principio fue Petrarca; después, Brígida de Suecia; y cuando enmudeció la voz de la santa nórdica, es la de joven Catalina, que con inflamada pasión, ruega y suplica a Gregorio XI que emprenda el viaje a Roma. La santa sienesa, apoyándose en su intimidad con Cristo, no tenía reparo en señalar con franqueza incluso al Pontífice mismo, al cual amaba tiernamente como “dulce Cristo en la tierra”, la voluntad de Dios, que le imponía librarse de los titubeos dictados por la prudencia terrena y por los intereses mundanos para regresar de Aviñón a Roma (Juan Pablo II, Carta Apostólica Spes aedificandi).

En una carta a unos frailes dominicos, Catalina cuenta cómo empezó a relacionarse con Gregorio XI: Os digo que el Papa mandó acá a su vicario (Alfonso de Jaén), el que fue padre espiritual de aquella condesa que murió en Roma (Brígida de Suecia), el que renunció al obispado por amor de la virtud; vino de parte del Santo Padre, pidiendo que yo hiciese oración especial por el Papa y por la santa Iglesia, trayéndome en prenda la santa indulgencia. Una relación que es epistolar. En la primera de las cartas que escribe a Gregorio XI, le habla de la cruzada, que para organizarla es preciso que el Papa esté en Roma.

En enero de 1376, estando en Pisa, donde recibió los estigmas, aunque propiamente no eran tales al no ser visibles, escribió de nuevo al Papa: En el nombre de Jesucristo crucificado y de la dulce María. A vos, reverendísimo y dilectísimo padre en Cristo Jesús, vuestra indigna, pobre y miserable hijita Catalina, sierva y esclava de los siervos de Jesucristo en su preciosa sangre, escribe con deseo de veros como un árbol fructífero, lleno de dulces y suaves frutos y plantado en tierra fructífera… ¡Oh Padre mío!, dulce Cristo en la tierra… En verdad, yo quiero y ruego que obréis en adelante virilmente, como hombre viril, siguiendo a Cristo, cuyo vicario sois. Y no temáis, Padre, por ninguna cosa que suceda a causa de estos vientos tempestuosos que ahora soplan, quiero decir de estos miembros pútridos que se han rebelado contra vos. No temáis… Por los malos pastores y rectores ha surgido la rebelión.

Misiones de paz

La crisis del Pontificado repercute en toda la Cristiandad: la disciplina del clero se relaja, el pueblo fiel está desorientado, los reinos cristianos enzarzados en guerras, los Estados Pontificios se disgregan y, por todas partes, van surgiendo grupos de bandoleros que siembran el terror.

Al empezar el año 1375, Italia entera era un hervidero. Las ricas repúblicas marítimas de Venecia y Génova, siempre enemistadas y rivales, estaban en continua guerra. El descontento cundía por todas partes: en el reino de Nápoles por el gobierno de una reina disoluta, rodeada de unos cortesanos ambiciosos e inmorales; en el poderoso ducado de Milán por estar regido por el cruel Bernabé Visconti; y en las innumerables ciudades-estado por estar gobernadas por burgueses que se disputaban el poder y se despedazaban mutuamente.

Además, la República de Florencia está en guerra con el Papa. Otras ciudades italianas -Pisa, Lucca- están a punto de aliarse con Florencia en la Liga Toscana, en abierta rebeldía contra el Papa. Catalina sufre en su corazón de cristiana, de buena hija del Romano Pontífice, y también en su corazón de italiana, por los males temporales y espirituales que se acarrean a las ciudades enfrentadas al Papa, castigadas con el entredicho y la excomunión. Por eso trabaja ardientemente por el perdón, la paz, la reconciliación. En su actividad para reconciliar Florencia con el Papa señala a los contendientes a Cristo crucificado y a María dulce, haciéndoles ver que, para una sociedad inspirada en los valores cristianos, nunca podía darse un motivo de contienda tan grave que indujera a recurrir a la razón de las armas en vez de a las armas de la razón (Juan Pablo II, Carta Apostólica Spes aedificandi).

En los últimos días de marzo de 1376, por medio de su padre espiritual, el dominico Raimundo de Capua, hizo llegar a Gregorio XI una carta en la que le manifiesta tres súplicas que salen de su corazón: la paz (paz, paz, paz, dulce Padre mío, y no más guerra), la reforma de la Iglesia (que del jardín de la santa Iglesia arranquéis las flores malolientes, llenas de inmundicia y de codicia, inflados de soberbia, que son los malos pastores y rectores…) y la cruzada (desplegar el gonfalón de la santísima cruz). Las tres están íntimamente ligadas, ya que la paz entre los príncipes y ciudades cristianas sólo será posible si se unen en la empresa común de una nueva cruzada, y ésta no se llevará a cabo sin la reforma de la Iglesia, que debe comenzar con el retorno a Roma del Papa.

Con la misma libertad escribió a la señoría de Florencia: Yo deseo con grandísima voluntad veros como hijos verdaderos y no rebeldes a vuestro Padre… Bien sabéis que Cristo nos dejó su vicario, y lo dejó para remedio de nuestras almas, porque no podemos tener salvación sino en el cuerpo místico de la santa Iglesia… Ved, pues, hijos míos dulcísimos, que quien se rebela, como miembro pútrido, contra la santa Iglesia y contra nuestro Padre, Cristo en la tierra, incurre en el bando de la muerte… Creedme, hermanos míos, que con dolor y llanto en el corazón os lo digo: habéis caído en la muerte y en el odio y desgracia de Dios… ¡Oh! No estéis más en guerra y no aguardéis a que la ira de Dios venga sobre vosotros… Alzaos y corred a los brazos de nuestro Padre, que os recibirá benignamente.

Para conseguir la paz, viajó primeramente a Florencia, y después se dirigió como embajadora de esta república a Aviñón. El 18 de junio de 1376 es recibida por Gregorio XI. Catalina trata de convencer al Papa para que firme la paz con Florencia y regrese a Roma. Su misión de paz fracasa, pero consigue el retorno del Papa a la Ciudad Eterna. Anteriormente el Papa le había pedido su opinión sobre su viaje a Roma, y Catalina le había escrito: Dulce Padre, vos me preguntáis acerca de vuestra venida, y yo os respondo y digo de parte de Cristo crucificado que vengáis lo más pronto que podáis. Si es posible, venid antes de septiembre; y, si no podéis antes, no lo aplacéis más allá de septiembre… Como hombre viril y sin temor, venid. Durante la audiencia, Gregorio XI, indeciso aún sobre el retorno del Papa a su sede, preguntó de nuevo a Catalina: ¿Qué me aconsejáis hacer? La joven mantellata le dijo: ¿Quién puede saberlo mejor que Vuestra Santidad, puesto que ya hace mucho tiempo habéis hecho el voto de volver a Roma? El Pontífice se estremeció. En efecto, había hecho ese voto, pero no se lo había confiado a nadie. Estaba clara la voluntad de Dios, pero Gregorio XI aún vacila, sus consejeros se oponen al viaje y Catalina insiste: ¡Valor, Santo Padre, valor!… No más cobardía… La lucha es larga, pero ¡al fin! Catalina vence. El 17 de enero de 1377 Gregorio XI es recibido solemnemente en Roma.

Actuación pública

En el año 1371 comienza la actuación pública de Catalina, escribiendo las primeras cartas a príncipes de la Iglesia y a gobernantes de las repúblicas italianas, a la vez que promueve una nueva cruzada. Cuando tres años después -1374- se declara la peste en Siena, su comportamiento es heroico en el cuidado y atención a los apestados. Y en el mismo año peregrina a Montepulciano para venerar el cuerpo incorrupto de la santa dominica Inés de Segni.

Catalina fue incansable en el empeño que puso en la solución de muchos conflictos que laceraban la sociedad de su tiempo. Su obra pacificadora llegó a soberanos europeos, como Carlos V de Francia, Carlos de Durazzo, Isabel de Hungría, Luis el Grande de Hungría y de Polonia, y Juana de Nápoles (San Juan Pablo II, Carta Apostólica Spes aedificandi). No se ahorró sacrificio alguno. Recorrió las ciudades italianas en misión de paz, visitó a príncipes, nobles y gobernantes, dictó infinidad de cartas… En 1375 viaja a Pisa, y después marcha a Lucca, para volver de nuevo a Pisa, con el único objetivo de impedir que estas ciudades se unan a Florencia en la guerra contra los Estados Pontificios. De regreso en Siena, consigue la conversión de Niccoló di Toldo, acusado de espionaje, que es ejecutado

En 1376, después de su viaje a la Corte papal de Aviñón, vuelve a su ciudad natal. Al año siguiente emprende una misión de paz en el castillo de Rocca de Tentennano, en Val d’Orcia. Pero lo más destacable de este año es el número de conversiones que consigue Catalina de gentes tan diversas, delincuentes, libertinos, frailes relajados… Semanas antes de su muerte, ocurrida el 27 de marzo de 1378, el papa Gregorio XI envía a la mantellata de Siena a Florencia para negociar la paz. En la ciudad del Arno Catalina está a punto de ser asesinada mientras cumplía su misión pacificadora. Muerto Gregorio XI, su sucesor -Urbano VI- reanuda las negociaciones de paz con Florencia, que terminan con éxito gracias a la mediación de Catalina. Ésta regresa a Siena a finales de julio.

Aunque tuvo una destacada actuación pública, Catalina no intervino en política en el sentido restringido, partidista y a menudo sectario que se da esta palabra. Siempre obró a favor de los supremos intereses de la Iglesia de Cristo, es decir, de su misión salvadora estrictamente sobrenatural, y en defensa de la paz. A un gobernante florentino le dijo: Yo estoy aquí para que se haga la Voluntad de Dios, no para mezclarme en vuestras disputas políticas. Estas palabras explican el por qué Catalina fuera a Aviñón como embajadora de la República de Florencia para negociar la paz con el Papa, y tiempo después llegaba a Florencia como enviada de Gregorio XI para restablecer la paz. En ambos casos, Catalina buscaba, no servir a los intereses de Florencia o del Papa, sino conseguir la paz.

En otra ocasión, cuando los gobernantes de Siena se inquietan y tratan de hacer callar a Catalina porque su política de paz perjudica a los intereses de la ciudad que se beneficia de la lucha entre los nobles, Catalina se yergue frente a este atentado a su libertad cristiana y proclama muy alto los derechos de Dios y de la Iglesia: ¡Qué vergüenza para nuestros conciudadanos -exclama- creer o imaginar que nos ocupamos de política. Y en una carta al Papa, escribe: No más guerras, Padre mío, no más guerras (…). No me parece en absoluto que Dios quiera que nos apeguemos al poder temporal de manera que ocasionemos la pérdida de las almas… El tesoro de la Iglesia es la Sangre de Cristo vertida por el rescate de los hombres, no por los asuntos temporales.

Bien consciente era que el remedio a tantos males de la sociedad de su época estaba en los valores evangélicos. Sabía que no se podía llegar a la resolución de los problemas si antes no se forjaban los ánimos con el vigor del Evangelio. De aquí la urgencia de la reforma de las costumbres que ella proponía a todos sin excepción. A los reyes les recordaba que no podían gobernar como si el reino fuese una “propiedad” suya, sino que, conscientes de tener que rendir cuentas a Dios de la gestión del poder, debían más bien asumir la tarea de mantener en él “la santa y verdadera justicia”, haciéndose “padres de los pobres”. En efecto, el ejercicio de la soberanía no podía disociarse del de la caridad, que es a la vez alma de la vida personal y de la responsabilidad política (San Juan Pablo II, Carta Apostólica Spes aedificandi).

En el mismo documento añadía san Juan Pablo II: Con esta misma fuerza se dirigía a los eclesiásticos de todos los rangos para pedir la más rigurosa coherencia en su vida y en su ministerio pastoral. Impresiona el tono libre, vigoroso y tajante con el que amonestaba a sacerdotes, obispos y cardenales. Era preciso -decir- arrancar del jardín de la Iglesia las plantas podridas, sustituyéndolas con “plantas nuevas”, frescas y fragantes (Carta Apostólica Spes aedificandi).

Dramática división

El 7 de abril de 1378 los cardenales reunidos en el primer cónclave que se celebra en Roma después de la llamada cautividad de Babilonia, eligen precipitadamente, bajo las amenazas del pueblo amotinado que no cesa de exigir un papa romano o, al menos, italiano, a Bartolomé Prignano, arzobispo de Bari. El elegido tomó el nombre de Urbano VI.

El nuevo Papa, antes de su elección era un hombre austero, piadoso y buen trabajador, pero una vez que se ciñó la tiara sobre su cabeza se mostró duro, violento, despótico, descomedido, llegando en su imprudencia y desatinos a términos casi patológicos. Él, que no había pertenecido al Colegio Cardenalicio, exasperó a los cardenales con sus insultos y desprecios. Ante esta inesperada situación, la mayoría de los cardenales reunidos en Anagni hicieron una declaración en la que se afirmaba que Urbano VI no era papa porque su elección se había hecho sin libertad, bajo coacción y por miedo. Semanas después, en Fondi los cardenales eligieron a Roberto de Ginebra en sustitución de Urbano VI. El cisma se había producido. El elegido en Fondi tomó el nombre de Clemente VII trasladándose a Aviñón.

Catalina, que tanto había trabajado para que la Santa Sede retornarse de Aviñón, ante la división de la cristiandad, queda desolada. Con igual ardor se esforzó por evitar el cisma. Deja su ciudad -Siena- para ir a Roma con objeto de defender al Papa que cree legítimo. Todas sus fuerzas las emplea para atraer a todos a la obediencia de Urbano VI, recurriendo a las razones irrenunciables de la comunión eclesial. Para ello escribir cartas enérgicas, encendidas e, incluso, violentas a la reina de Nápoles, al rey de Francia, a los cardenales italianos, a los obispos para que entren en razón. Es inútil. Además, Urbano VI lo dificulta todavía más con su intransigencia y su carácter insoportable. En vano le exhorta Catalina al perdón y a la prudencia. Él no hace caso y castiga con saña, consiguiendo ser abandonado por los pocos cardenales y obispos que se habían pronunciado por su legitimidad.

Catalina, exhausta, se ofrece a Dios como víctima por la Iglesia. El 29 de enero de 1380, mientras reza ante la tumba del Príncipe de los Apóstoles, siente gravitar sobre sus hombros el peso insoportable de la navicella, de la nave de la Iglesia. Tres meses después -29 de abril- Dios la llama a su seno. Momentos antes de su muerte dijo a si confesor, el padre Dominici: Os aseguro que, si muero, la única causa de mi muerte es el celo y el amor a la Iglesia que me abrasa y me consume.

Doctora de la Iglesia

Catalina de Siena escribió innumerables cartas, algunas oraciones y un solo libro: El Diálogo. En todos sus escritos campea la pureza clásica y un estilo vivo y elegante. En ellos, la santa sianesa da muestras de una solidez doctrinal que hace de ella una auténtica doctora.

En El Diálogo están recogidas las conversaciones mantenidas por Catalina con el Señor durante sus experiencias místicas. Fue en 1378, el ocaso de su vida, durante los últimos meses de calma, antes de la tempestad que se desataría sobre la Iglesia, cuando sintió, en lo más profundo de su alma, la necesidad de poner el sello a la obra que el Maestro había querido llevar a cabo por medio de ella y fijar la doctrina que había predicado.

Cuenta su biógrafo fray Raimundo de Capua que el libro fue dictado a sus discípulos al salir de sus frecuentes éxtasis, especialmente un día en que entró en arrobamiento y habló horas y horas, y de su boca dictó una de las obras más sorprendentes que ha salido de una mujer.

El Diálogo está la doctrina espiritual de Catalina de Siena, que constituye una espiritualidad de irresistible impulso divino en un alma de extraordinaria potencia de amar, de profunda vida interior.

El 4 de octubre de 1970, Pablo VI la proclama Doctora de la Iglesia.

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