Día 3 de mayo

3 de mayor

Fiesta de san Felipe y de Santiago

Fiesta de san Felipe y Santiago, apóstoles. Felipe, que, al igual que Pedro y Andrés, había nacido en Betsaida, era discípulo de Juan Bautista y fue llamado por el Señor para que le siguiera. Por su parte, Santiago, de sobrenombre “Justo”, hijo de Alfeo y considerado en Occidente como el pariente del Señor, fue el primero que rigió la Iglesia de Jerusalén. Al suscitarse la controversia sobre la circuncisión, se apartó del criterio de Pedro, a fin de que no se impusiese a los discípulos venidos de la gentilidad aquel antiguo yugo, muy pronto coronó su apostolado con el martirio. (s. I) (Martirologio Romano).

*****

El apóstol san Felipe

Jesús subió a un monte, y llamando a los que quiso, vinieron a Él, y designó a doce para que le acompañaran y para enviarlos a predicar, con poder de expulsar a los demonios (Mc 3, 13-14). En el Nuevo Testamento aparece cuatro listas de los doce apóstoles. Y en todas ellas aparece en quinto lugar el nombre de Felipe.

Las noticias que tenemos del apóstol Felipe nos la proporciona san Juan en su evangelio. Era natural de Betsaida, del mismo lugar de donde procedían san Pedro y san Andrés. Betsaida era una pequeña localidad situada a las orillas del lago de Genesaret, también llamado de Tiberíades, en honor del emperador Tiberio, y pertenecía a la tetrarquía de uno de los hijos de Herodes el Grande, el cual también se llamaba Felipe.

San Juan narra su vocación, el encuentro de Felipe con el Señor y la llamada que le hizo el Maestro. Fue muy sencillo: Una mañana, junto al río Jordán, Felipe se encontró con el Señor que, en compañía de sus primeros discípulos, se encaminaba a Galilea. Cristo vio a Felipe, lo vio más con la mirada interna de su amor que con los ojos corporales. Y le dijo Jesús: sígueme. “Sígueme”, que quiere decir: “Imítame”. Sin un instante de vacilación, Felipe se puso en camino detrás del Maestro.

Tan fuerte prendió la llamada en su corazón, que en cuanto vio a Natanael, amigo suyo, no puede menos de transmitirle el gozo de su descubrimiento, y, lleno de emoción, le dijo: hemos encontrado a Aquél de quien escribieron Moisés en la Ley, y los profetas: Jesús de Nazaret, el hijo de José (Jn 1, 45). Ante la respuesta más bien escéptica de Natanael –¿De Nazaret puede salir algo bueno?-, Felipe no se rinde, no se echa atrás, y replica con decisión: ven y lo verás (Jn 1, 46).

Vemos cómo la llamada divina llevó a Felipe, cuando aún era una vocación reciente, a hacer apostolado. Ven y lo verás, dijo a Natanael cuando éste puso alguna resistencia a abandonar su siesta, su comodidad, para ir al encuentro de Cristo, del Mesías esperado. Felipe no confió en sus propias explicaciones, sino que le invitó a acercarse personalmente hasta Jesús.

El papa Benedicto XVI explicó la contestación que dio Felipe a Natanael, diciendo: Con esta respuesta, escueta pero clara, Felipe muestra las características del auténtico testigo: no se contenta con presentar el anuncio como una teoría, sino que interpela directamente al interlocutor, sugiriéndole que él mismo haga una experiencia personal de lo anunciado. Jesús utiliza esos dos mismos verbos cuando dos discípulos de Juan Bautista se acercan a él para preguntarle dónde vive. Jesús respondió: “Venid y lo veréis”. Podemos pensar que Felipe nos interpela también a nosotros con esos dos verbos, que suponen una implicación personal. También a nosotros nos dice lo que le dijo a Natanael: “Ven y lo verás”. El Apóstol nos invita a conocer a Jesús de cerca. En efecto, la amistad, conocer de verdad al otro, requiere cercanía, más aún, en parte vive de ella (Discurso, 6.IX.2006).

Se narra en el cuarto Evangelio que algunos griegos que se encontraban en Jerusalén con motivo de la Pascua se dirigieron a Felipe y le rogaron, diciendo: “Señor, queremos ver a Jesús”. Felipe fue y se lo dijo a Andrés; Andrés y Felipe fueron y se lo dijeron a Jesús (Jn 12, 21-22). Vemos que actúa como intermediario entre la petición de algunos griegos y Jesús. Esto nos enseña a estar también nosotros dispuestos a acoger las peticiones y súplicas, vengan de donde vengan, y a orientarlas hacia el Señor, pues sólo Él puede satisfacerlas plenamente. Es importante tener en cuenta que no somos nosotros los destinatarios últimos de las peticiones de quienes se nos acercan, sino el Señor: tenemos que orientar hacia Él a quienes se encuentran en dificultades. Cada uno de nosotros debe ser un camino abierto hacia Cristo.

Tenemos que agradecerle a Felipe una intervención suya poco afortunada. Ocurrió en el Cenáculo, cuando Cristo, en aquella Última Cena entrañable, anuncia a los Apóstoles que va a disponerles un lugar en la casa del Padre, y que luego volverá para llevarlos consigo. Felipe, quizá interrumpiendo el discurso del Maestro, en un momento en que está hablando de la unidad del Padre y del Hijo, le dijo: Señor, muéstranos al Padre y nos basta. Jesús le contestó: Felipe, ¿tanto tiempo como llevo con vosotros y no me has conocido? El que me ha visto a mí ha visto al Padre; ¿cómo dices tú: Muéstranos al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? (…) Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí (Jn 14, 9-11).

San Agustín comenta este pasaje evangélico y dice que Jesús reprende al apóstol porque aún no le conoce, cuando resulta que sus obras eran propias de Dios: caminar sobre las olas, mandar a los vientos, perdonar los pecados, resucitar a los muertos. Éste es el motivo de la reprensión: el no haber conocido su condición de Dios a través de su humana naturaleza. Pero nosotros no le reprendemos sino que le damos las gracias, porque por aquella pregunta suya es ocasión de una gran revelación de Jesucristo: ¿no crees que Yo estoy en el Padre y el Padre en mí? El Señor habla de la unidad sustancial de las tres Personas divinas, y a través de su Humanidad Santísima -ese cuerpo y esa alma que había querido asumir para salvarnos- nos manifiesta la Divinidad y es el sacramento originario del que manan todas las gracias.

La respuesta de Jesucristo a Felipe es una auténtica revelación. La comentó Benedicto XVI de la siguiente forma: Al final del Prólogo de su evangelio, san Juan afirma: “A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del padre, él lo ha revelado” (Jn 1, 18). Pues bien, Jesús mismo repite y confirma esa declaración, que es del evangelista. Pero con un nuevo matiz: mientras que en el Prólogo del evangelio de san Juan habla de una intervención explicativa de Jesús a través de las palabras de su enseñanza, en la respuesta a Felipe Jesús hace referencia a su propia persona como tal, dando a entender que no sólo se le puede comprender a través de lo que dice, sino sobre todo a través de lo que él es. Para explicarlo desde la perspectiva de la paradoja de la Encarnación, podemos decir que Dios asumió un rostro humano, el de Jesús, y por consiguiente de ahora en adelante, si queremos conocer realmente el rostro de Dios, nos basta contemplar el rostro de Jesús. En su rostro vemos realmente quién es Dios y cómo es Dios (Discurso 6.IX.2006).

El evangelista no nos dice si Felipe comprendió plenamente la frase de Jesús. Lo cierto es que le entregó totalmente su vida. Según algunas narraciones posteriores (Hechos de Felipe y otras), habría evangelizado primero Grecia y después Frigia, donde habría afrontado la muerte, el martirio, en Hierópolis, con un suplicio que según algunos fue la crucifixión y según otros, lapidación.

*****

El apóstol Santiago el Menor

En las listas de los Doce Apóstoles que aparecen en el Nuevo Testamento hay algunos nombres repetidos, que son los de Simón, Judas y Santiago. Para distinguir a los dos que se llaman Simón, a uno de ellos se le denomina con el nombre que le puso Jesucristo, el de Pedro. Cuando se nombra al otro Simón se suele añadir su apodo, Zelotes (ser celoso, apasionado), o bien, el gentilicio: el Cananeo. En el caso de los dos apóstoles que se llaman Judas, cuando se refiere al traidor siempre se pone su apellido, Judas Iscariote, además de indicar que fue el que entregó a Jesús. Al otro Judas, se le suele nombrar como Tadeo o Judas de Santiago. Y en el caso de los dos que se llaman Santiago, para referirse al que fue uno de los tres más íntimos al Señor, después de su nombre se dice el de Zebedeo, o simplemente Santiago. Y cuando en estas listas se cita al otro Santiago, después del nombre se añade el de Alfeo. Además, éste último también aparece en el Evangelio como Santiago el Menor y que es hijo de una María que podría ser la María de Cleofás presente, según el cuarto evangelio, al pie de la cruz juntamente con la Madre de Jesús. En la Iglesia los apóstoles con el nombre de Santiago son conocidos como Santiago el Mayor y Santiago el Menor.

En el Evangelio de san Marcos aparece como pariente de Jesús, pues, según el estilo semítico, es llamado hermano. Y también san Pablo, en la Carta a los Gálatas cita a Santiago como el hermano del Señor. Entre los estudiosos se debate la cuestión de la identificación de estos dos personajes que tienen el mismo nombre, Santiago el de Alfeo y Santiago el Menor, hermano del Señor. Las tradiciones evangélicas no nos han conservado ningún relato ni sobre uno ni sobre otro por lo que se refiere al tiempo de la vida terrena de Jesús. Los Hechos de los Apóstoles, en cambio, nos muestran que un “Santiago” desempeñó un papel muy importante, después de la resurrección de Jesús, dentro de la Iglesia primitiva (Benedicto XVI, Discurso 28.VI.2006). Como algunos Padres de la Iglesia lo identifican, queda con casi total probabilidad suficientemente claro que el hermano del Señor es el apóstol Santiago, hijo de Alfeo, citado en el Evangelio según san Marcos como Santiago el Menor.

¿Qué sabemos de Santiago el Menor? Pues bastantes cosas, pues aparece repetidas veces en el Nuevo Testamento y, además, es autor de un libro inspirado, incluido en el canon del Nuevo Testamento, la Carta de Santiago. En dicha carta no se presenta como “hermano del Señor”, sino como “siervo de Dios y del Señor Jesucristo”.

Santiago el de Alfeo, o Santiago el Menor, era originario de Nazaret. Fue elegido por Jesucristo personalmente para que formara parte del grupo de los Doce. No se narra en el Evangelio el momento preciso en que comenzó a seguir a Jesús; quizá porque, siendo primos hermanos, se conocían desde pequeños. La tradición lo presenta como un hombre austero, exigente consigo mismo. El libro de los Hechos de los Apóstoles subraya el papel destacado que desempeñó en la Iglesia de Jerusalén, de la cual fue su primer obispo. En el concilio apostólico celebrado en la ciudad santa hacia el año 50 afirmó, juntamente con los demás, que los paganos podían ser aceptados en la Iglesia sin tener que someterse a la circuncisión.

San Pablo, que le atribuye una aparición específica del Resucitado, con ocasión de su viaje a Jerusalén lo nombra incluso antes que a san Pedro y a san Juan, definiéndolo “columna” de esa Iglesia al igual que ellos. Los judeocristianos lo consideraron su principal punto de referencia.

Benedicto XVI, al hablar de este apóstol en una Audiencia general, dijo: El acto más notable que realizó fue la intervención en la cuestión de la difícil relación entre los cristianos de origen judío y los de origen pagano: contribuyó, juntamente con Pedro, a superar, o mejor, a integrar la dimensión judía originaria del cristianismo con la exigencia de no imponer a los paganos convertidos la obligación de someterse a todas las normas de la ley de Moisés. El libro de los Hechos de los Apóstoles nos ha conservado la solución de compromiso propuesta precisamente por Santiago y aceptada por todos los Apóstoles presentes, según la cual a los paganos que creyeran en Jesucristo sólo se le debía pedir que se abstuvieran de la costumbre idolátrica de comer la carne de los animales ofrecidos en sacrificio a los dioses, y de la “impureza”, término que probablemente aludía a las uniones matrimoniales no permitidas. En la práctica, debían atenerse sólo a unas pocas prohibiciones, consideradas importantes, de la ley de Moisés (Discurso 28.VI.2006).

Santiago murió mártir. La más antigua información sobre la muerte de Santiago el Menor nos la ofrece el historiador judío Flavio Josefo. En sus Antigüedades judías, escritas en Roma a finales del siglo I, nos cuenta que la muerte de este apóstol fue decidida, con iniciativa ilegítima, por el sumo sacerdote Anano, hijo del Anás que aparece en los Evangelios, el cual aprovechó el intervalo entre la destitucion de un Procurador romano (Festo) y la llegada de su sucesor (Albino) para decretar su lapidación, en el año 62.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s