Día 4 de mayo

4 de mayo

Efemérides

Tal día como hoy del año 1789 comenzó la Revolución Francesa. En un principio, estaba inspirada en ideales nobles: igualdad, libertad y fraternidad, pero pronto dio paso a lo que se ha conocido como el período del Terror, porque durante este período (1793-1794) tuvo lugar una de las persecuciones más duras y sangrientas de la historia. Sólo en julio de 1794 fueron guillotinadas en París 4.313 personas.

El impulso descristianizador de los revolucionarios el período del Terror fue muy intenso. En la catedral de Notre Dame de París la imagen que presidía el retablo fue sustituida por una estatua de la diosa Razón. Las fiestas cristianas, incluido el domingo, fueron reemplazadas por festivales en honor del Ser Supremo. Y el calendario gregoriano (el calendario juliano modificado por Gregorio XIII) fue sustituido por el republicano.

Hubo una persecución contra los sacerdotes que no firmaron la Constitución Civil del Clero que imponía la nacionalización de los bienes de la Iglesia, obligaba a que los obispos fueron elegidos por los ciudadanos y convertía al clero en funcionarios. En un solo día se asesinaron en París a tres obispos y doscientos sacerdotes.

El papa Pío VI condenó la Constitución Civil del Clero. En Iglesia en Francia se produjo un cisma entre el clero juramentado (lo que juraron la Constitución) y los sacerdotes no juramentados o refractarios, que fueron las dos terceras partes del clero francés. A pesar de todo la mayor parte del pueblo -culto o no- permaneció fiel a la Iglesia.

Entre los mártires de la persecución están las carmelitas del convento de Compiége. En 1794, en plena época del Terror, las dieciséis monjas fueron llevadas a París. La ley les prohibía llevar el hábito, pero ellas, con su superiora, la madre Teresa de san Agustín, decidieron que lo llevarían hasta la muerte. Ofrecieron sus vidas a Dios para aplacar su cólera y para que la paz divina, traída al mundo por Cristo, fuera devuelta a Francia y al Estado. Tras un juicio casi burlesco, fueron condenadas y luego ejecutadas en la guillotina el 17 de julio. Camino del martirio, elevaron su oración al Espíritu Santo y entonaron una Salve y un Te Deum, como acción de gracias.

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El destierro de Aviñón

Se llama el destierro de Aviñón los aproximadamente setenta años en que los Papas residieron en Aviñón, sujetos, de grado o por fuerza, a la voluntad de los reyes de Francia. También a este periodo se ha dado en llamar “cautiverio de Babilonia” en obvia referencia al cautiverio del pueblo judío.

El terrible enfrentamiento del papa Bonifacio VIII (1294-1303) con el rey francés Felipe IV el Hermoso terminó con la muerte del Pontífice. El pontificado de su sucesor, beato Benedicto XI (1303-1304), fue breve, de unos cuantos meses, y después hubo una larga sede vacante. Los cardenales reunidos en Perugia, al cabo de once meses llegaron a un compromiso y eligieron al arzobispo de Burdeos, Bertrand de Got, que tomó el nombre de Clemente V (1305-1314).

Tal era la situación en Roma que el nuevo papa, que se encontraba en su sede de Burdeos al ser notificado de su elección, en lugar de marchar a la Ciudad Eterna fue a Lyon y allí reunió a los cardenales y se hizo coronar según su deseo en presencia del Felipe IV. La ceremonia de la coronación fue accidentada, pues se desprendió un lienzo del muro, hirió levemente al Papa y le tiró al suelo la tiara, entre una nube de polvo levantada por los escombros. Algunos de los presentes interpretaron este hecho como un presagio funesto.

Clemente V cambió de sede muchas veces en los primeros tres años de su pontificado -Burdeos, Lyon, Tolosa y Poitiers- hasta que decidió fijar su residencia en Aviñón, concretamente en el convento de los dominicos, en cuya Orden había profesado tiempos atrás. Quizá no consideró la ciudad del Ródano como sede definitiva, pero, sin embargo, en Aviñón residieron él y sus sucesores hasta 1377, justificando, al menos en parte, el apelativo de “capellanes del rey de Francia”, con el que muchos historiadores los nombran.

Durante la estancia de los Papas en Aviñón el clero y el pueblo de Roma pedían insistentemente el retorno del Papa a la Ciudad Eterna. También santa Catalina de Siena y santa Brígida de Suecia suplicaron al beato Urbano V que se trasladara a Roma. Este papa no hizo oídos sordos a estas peticiones, y en el año 1367 abandonó Aviñón camino de la Ciudad de las Siete Colinas. Sin embargo, presionado por los cardenales franceses, Urbano V decidió volver a Aviñón. De nada valieron las súplicas de muchos clérigos lúcidos ni las lágrimas y la profecía de santa Brígida de Suecia: Morirás al llegar a Provenza, pues el Papa emprendió el regreso a la ciudad del Ródano. Pero la profecía se cumplió, pues poco tiempo después de llegar a la ciudad provenzal murió.

Fue Gregorio XI el último papa de Aviñón. Desde momentos después de su elección mostró su predilección por Roma, afirmando en una bula que la Iglesia Sacrosanta de Letrán es la Sede principal del Sumo Pontífice. El 17 de enero de 1377 entró en Roma, donde fue recibido con júbilo, gritando la multitud: ¡Alabado y exaltado sea el pastor supremo, que llega en el nombre del Señor!

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