Día 10 de mayo

10 de mayo

Memoria obligatoria de san Juan de Ávila

Memoria de san Juan de Ávila, presbítero y doctor de la Iglesia, que, nació en Almodóvar del Campo, lugar de La Mancha, en España, recorrió toda la región de la Bética predicando a Cristo, y después, habiendo sido acusado de herejía, fue recluido en la cárcel, donde escribió la parte más importante de su doctrina espiritual. (1569) (Martirologio Romano).

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Semblanza

El Apóstol de Andalucía

Hombre de su tiempo

Cuando el siglo XX estaba en su ocaso -y con el siglo, todo un milenio-, en el año umbral de los 2000 -1999-, se cumplía el V Centenario del nacimiento de san Juan de Ávila, Apóstol de Andalucía –la tierra de María Santísima– y Patrono del Clero secular de España.

Su vida fue bien asendereada. Como buen discípulo de Jesucristo, recorrió los caminos de la tierra sembrando el bien, y en las encrucijadas del Sur de España predicó la palabra divina y anunció el Reino de Dios y la Buena Nueva de la salvación. Con su recia voz hablaba a todos de la paz y la lucha de Cristo.

Fue un hombre en contacto con la cultura de su tiempo: conoció a Erasmo y estuvo al tanto del inicio del protestantismo y del movimiento de los alumbrados. Bien formado en la moderna Universidad de Alcalá, supo discernir para quedarse con lo bueno. Sensible a los problemas de su tiempo, se preocupó de promocionar culturalmente a los más desfavorecidos y de procurar pastores santos y doctos para el bien del pueblo, que ejercieran la solicitud pastoral con todos y en todo lugar.

A Juan de Ávila le tocó en suerte ser ministro de Cristo en una de las épocas más agitadas y fructíferas de la historia de la Iglesia. Durante su vida hay palabras que resumen toda una problemática eclesial: Trento, reforma. El Maestro Ávila fue un sacerdote de su época, comprometido en una tarea conciliar y posconciliar. Sus documentos de reforma atestiguan una experiencia sacerdotal y una valentía fuera de lo común.

San Juan de Ávila es una de las más grandes personalidades de nuestros sacerdotes seculares del Siglo de Oro. Maestro por excelencia de almas, desarrolló una extensa y honda labor de predicación y de dirección espiritual. Prueba de ello son sus escritos, dirigidos exclusivamente a esos fines.

Estudiante en Salamanca y en Alcalá

Nació Juan de Ávila en Almodóvar del Campo (Ciudad Real) en el día de la Epifanía del Señor -6 de enero- del año 1499. Hijo único de Alonso de Ávila, de origen judío, y de Catalina Xixón. Los padres supieron dar al niño una formación cristiana de sacrificio y amor al prójimo.

En 1513, cuando tenía catorce años, como era frecuente entonces, se trasladó a Salamanca para estudiar Leyes. En la ciudad del Tormes permaneció hasta 1517. Los cuatro años de estudios jurídicos dejaron huellas en su formación eclesiástica, como puede constatarse en sus escritos de reforma.

De 1517 a 1520 vivió en Almodóvar, entregado a una vida de oración y penitencia. ¿Qué había sucedido? Fray Luis de Granada, su biógrafo, dice escuetamente que le hizo Nuestro Señor merced de llamarle con un muy particular llamamiento, y dejando el estudio de las leyes, volvió a casa de sus padres.

Estuvo algún tiempo en una orden religiosa, pero sin llegar a profesar. Aconsejado por un franciscano, marchó al Colegio de San Ildefonso de Alcalá, donde estuvo desde 1520 a 1526. Durante los tres primeros años estudió Artes con el Maestro Domingo Soto, alcanzando el título de bachiller, y en los tres siguientes, Teología. En la ciudad del Henares fue compañero y amigo de Pedro Guerrero, futuro arzobispo y paladín de la Contrarreforma en Trento. En 1526 fue ordenado sacerdote, y quiso venerar la memoria de sus padres, que habían fallecido ya, celebrando la primera Misa en Almodóvar del Campo.

Sus bienes, a los pobres

Ya sacerdote, Juan de Ávila repartió entre los pobres todos sus bienes patrimoniales y se entregó, desde entonces, a la evangelización en un servicio desinteresado. Se ofreció a acompañar como misionero a fray Julián Garcés, nombrado obispo de Tlascala en Nueva España, y con este fin, marchó a Sevilla, para desde allí embarcar a las Indias. En la capital hispalense coincidió con un compañero de estudios en Alcalá, el buen sacerdote Fernando de Contreras, y éste consiguió que D. Alonso Manrique, inquisidor general y arzobispo de Sevilla, mandara a Juan de Ávila por precepto de santa obediencia que se quedase en las Indias del mediodía español. De esta forma no pudo realizar su sueño de predicar el Evangelio en tierras americanas.

Los primeros meses en Sevilla trazarían la línea de actuación de Juan de Ávila. Fernando de Contreras y él vivían pobremente, entregados a una vida de oración, de asistencia a los pobres, de enseñanza catequística, de sacrificio. Trabajaba sin descanso en Sevilla, Écija, Alcalá de Guadaira, Jerez de la Frontera, Utrera, Palma, Lebrija…, cumpliendo la misión que le había dado el arzobispo, de predicar en diversos lugares de la archidiócesis. El mismo D. Alonso Manrique quiso conocer la valía de aquel clérigo novel y, para esto, mandóle predicar en su presencia y ante una concurrencia numerosa. Juan de Ávila contaría después la vergüenza que tuvo que pasar; orando la noche anterior ante el crucifijo, pidió al Señor que, por la vergüenza que él pasó desnudo en la cruz, le ayudara a pasar aquel rato amargo. Y cuando al terminar el sermón, le colmaron de alabanzas, respondió: Eso mismo me decía el demonio al subir al púlpito.

Primeros discípulos

Un dominico, el P. Domingo de Baltanás, le encaminó a Écija. En esta ciudad ejerció su ministerio como en Sevilla: predicación en las iglesias y calles, visitas a hospitales, cárceles y escuelas. En la antigua Astigi es donde conoció a uno de sus primeros discípulos, Pedro Fernández de Córdoba, y a la hermana de éste, de catorce años, doña Sancha Carrillo (ambos hijos de los señores de Guadalcázar). La joven comenzó una vida de piedad bajo la dirección del Maestro Ávila. La que habría sido dama de la emperatriz Isabel, pasó a ser (después de confesarse con Juan) una de las almas más delicadas de época y destinataria del tratado Audi, Filia. En 1537 murió a la edad de veinticinco años asistida espiritualmente por el santo.

Es en Écija donde tuvo lugar un desagradable incidente. Un comisario de bulas prohibió a Juan de Ávila predicar la bula ya que la costumbre reservaba tal predicación al comisario. Los fieles dejaron solo al comisario de bulas en la iglesia principal y se fueron a escuchar a Juan de Ávila en otra iglesia. Después del suceso, el comisario de bulas, en plena calle, abofeteó a Juan. Éste, con mucha humildad, se arrodilló ante su agresor, y le dijo: Emparéjeme esta otra mejilla, que más merezco por mis pecados.

Ante la Inquisición

Aquel incidente fue preámbulo de lo que tendría que sufrir después. No se libró el bachiller Juan de Ávila de las angustias morales que atormentaron a no pocos hombres de su tiempo: los rigores de la Inquisición.

En otoño de 1531 es denunciado a la Inquisición por difundir proposiciones sospechosas de erasmismo, iluminismo y herejía. Pero el verdadero motivo es que Juan de Ávila había hablado muy claro y había zarandeado las conciencias, con perjuicio para algunas vidas licenciosas, pues se les escapaba de la mano la ocasión de servirse de la Iglesia para su egoísmo. El ejemplo y la predicación del Apóstol de Andalucía, con los resultados no muy agradables para ciertas personas, aun eclesiásticos, acarrearon la persecución. En verano de 1532 fue recluido en las cárceles de la Inquisición. Las acusaciones eran graves. El procesado no quiso defenderse eficazmente, como le aconsejaron, tachando a los testigos, es decir, descubriendo sus vidas e intenciones. En diciembre del mismo años respondió Juan de Ávila a los cargos que le hacen los inquisidores en un interrogatorio de 22 puntos, sacados del proceso informativo. Cuando le dijeron que estaba en manos de Dios (indicando la imposibilidad de salvación), Juan de Ávila respondió: No puedo estar en mejores manos. A todos los cargos respondió Ávila con respuestas sinceras, humildes, claras, sin ceder a miedos serviles. El 5 de julio de 1533 es absuelto y sale de la cárcel.

En 1535, llamado por el obispo Fr. Álvarez de Toledo, marchó a Córdoba donde le vemos comenzar otra etapa de su vida y cuya diócesis será, en adelante, el epicentro de su vida inquieta. La predicación de Juan de Ávila se iría extendiendo a otras ciudades como Baeza, Zafra, Priego, Montilla…, juntamente con la labor de confesonario, dirección de almas, arreglo de enemistades.

Conversiones famosas

A fines de 1536 fue a Granada, siempre por el ministerio de la predicación, y allí quedó encantado con su celo apostólico el arzobispo Gaspar de Ávalos, que al conocerlo, lo hospedó en su misma casa, y de su consejo se ayudaba en todas las cosas de importancia. En la Universidad de esta ciudad es donde debió hacerse maestro en Teología. El 20 de enero de 1537, fiesta de san Sebastián, tuvo lugar una de las conversiones más ruidosas de la predicación de Juan de Ávila. Había junto a la Puerta Elvira un mercader portugués con una tienda de libros, que antes había sido pastor en Oropesa y soldado en Fuenterrabía, Hungría y Ceuta. Aquel día fue a homenajear a San Sebastián a su ermita de las afueras de la ciudad y allí oyó el sermón de Ávila. La palabra encendida del predicador lo transformó de mercader en santo y, en adelante, se llamó Juan de Dios.

El marqués de Lombay, duque de Gandía, Francisco de Borja, fue otra alma predilecta influida por la predicación de Juan de Ávila; las honras fúnebres predicadas por éste en las exequias de la emperatriz Isabel (año 1539), juntamente con la visión de los despojos de aquella bella mujer, fueron la ocasión providencial que cambió de rumbo la vida del futuro General de los jesuitas.

Movimiento de renovación

Juan de Ávila es un viajero incansable. Muchas ciudades y pueblos serán escenario de su apostolado multiforme. Porque el Maestro Ávila predica, confiesa, dirige, escribe, reúne discípulos, funda colegios, aconseja a obispos que le escriben y consultan -entre otros, Gaspar de Ávalos, Cristóbal de Rojas, Juan de Ribera, Pedro Guerrero-, crea un movimiento de renovación pastoral que pronto le hará célebre en toda España. Su predicación impresiona y las conversiones que provoca son a veces llamativas. A su alrededor hay un grupo de discípulos y dirigidos de todas las clases y condiciones. Entre los que le consultan ocasionalmente figura Teresa de Jesús. Según afirma el licenciado Muñoz, autor de Vida y virtudes del venerable varón Padre Maestro Juan de Ávila, el Apóstol de Andalucía fue la persona más consultada que hubo en España y el oráculo de su tiempo, pues cuantas personas de grande espíritu hubo en aquel tiempo en estos reinos se pueden poner en el número de sus discípulos, que ya por su ejemplo, ya sus cartas, ya sus sermones, los instruían en el camino del cielo.

En la ciudad del Darro fue donde propiamente comenzó el grupo de discípulos más distinguidos, entre los que sobresalen Bernardino de Carleval y Diego Pérez de Valdivia. Además, algunos clérigos forman un grupo de hijos espirituales que le obedecen, trabajan a sus órdenes, y constituyen casi una congregación. Unos pocos tienen una vida en común con él. Son misioneros, catequistas, maestros en colegios, y desde sus oficios y beneficios viven una vida apostólica y ejemplar, aquella que el Concilio de Trento legislaba por esos mismos días.

Su trabajo le lleva a todas las partes. Durante años va de un sitio para otro. En 1537 y 1541 viaja a Córdoba, en 1539 a Baeza, en 1541 a Jerez, en 1545 a Sevilla, Baeza y Montilla. En esta última localidad predica frecuentemente. En 1546 va a Zafra donde vive modestamente en una casa a pesar de la invitación de los condes de Feria que le querían hospedar en su propio palacio. Allí volvió a encontrarse con Juan de Dios y con Pedro de Alcántara. Un año después está en Fregenal de la Sierra. En esta ciudad extremeña, unos bandoleros quisieron atacar a Juan de Ávila y a sus acompañantes, pero la bondad del predicador les llevó a un cambio de vida. En 1552 se desplaza a Priego…Y las célebres misiones de Andalucía (con Extremadura, parte de la Mancha y Sierra Morena) las organiza desde Córdoba (hacia 1550-1554). La cuaresma de 1545 la predicó en Montilla. Su predicación iba siempre seguida de largas horas de confesonario y de largas explicaciones del catecismo a los niños; éste era un punto fundamental de su programa de predicación.

Fundaciones

La fundación de colegios fue una de las grandes preocupaciones y realizaciones del Maestro Ávila. En todas las ciudades por donde pasaba procuraba fundar algún colegio o centro de formación y estudio. En la Universidad de Granada trabajó para la fundación de algunos de sus colegios, como el de Santa Catalina (1537) para sacerdotes teólogos. El 14 de marzo de 1538, el papa Paulo III expendía la bula fundacional del colegio de la Santísima Trinidad de Baeza. A ésta siguieron otras fundaciones de colegios, y luego la fundación más célebre, la de la Universidad de Baeza (noviembre de 1542). Todas estas fundaciones eran para la formación de clérigos, o para dar doctrina a niños pobres, o de estudios para clérigos y seglares de distintas categorías: de letras, de artes, de teología, de escritura. Especialmente se preocupó de la formación de la juventud clerical a la que dio un gran impulso antes de que el Concilio de Trento diera normas sobre la erección de seminarios. Más de quince de una u otra clase fundó a lo largo de su vida. En la de otros muchos intervino indirectamente por medio de sus discípulos.

Invitación para ir a Trento

El movimiento sacerdotal y apostólico de Juan de Ávila coincidió en el tiempo con otro similar que fue penetrando en España a partir de 1546: la Compañía de Jesús, fundada por Ignacio de Loyola, que también gozó de la amistad y el consejo del Maestro Ávila. De ahí que pronto hubiera contactos. El resultado fue que el grupo del Apóstol de Andalucía quedara frenado sin llegarse a organizar y que muchos de sus discípulos comenzaran a entrar en la Compañía. El mismo Juan de Ávila tuvo pensamientos de incorporarse a ella. Los impedimentos que podía haber para ser admitido en la Compañía y las cualidades que le adornaban los describe el padre Nadal a Ignacio de Loyola en una carta fechada el 14 de junio de 1554: Por el contrario, hay impedimento dicho, ser viejo y enfermo, cristiano nuevo y perseguido en tiempo pasado de la Inquisición, aunque claramente absuelto… tiene grandes partes, gran entendimiento, mucho espíritu y letras muchas, y talento grande predicar y conversar, gran fruto especialmente en la Andalucía y está en muy gran crédito de todos.

Al Apóstol de Andalucía le tocó vivir el gran momento del Concilio de Trento. A la segunda convocatoria (1 de mayo de 1551) asistiría por primera vez el arzobispo de Granada, D. Pedro Guerrero, que quiso llevarlo consigo. Excusóse el Maestro por sus muchas enfermedades, pero accedió a los ruegos del arzobispo para darle instrucciones o sugerencias para la reforma eclesiástica. Fue entonces cuando escribió el Tratado de la reformación del estado eclesiástico y De lo que se debe avisar a los obispos.

Últimos años

Los últimos 16 años de su vida los pasa retirado en Montilla, aquejado de graves y dolorosas enfermedades que le postran y debilitan. Le acompañan dos de sus discípulos, Juan Díaz y Juan de Villarás. Su enfermedad le sirvió para inmolarse por la Iglesia, a la que siempre había servido con desinterés. Las enfermedades y achaques de los viejos son el vino generoso con que Dios obsequia a sus amigos, decía a los suyos. Cuando arreciaba más el dolor, oraba así: Señor, habeos conmigo como el herrero: con una mano me tened, y con otra dadme con el martillo.

Desde Montilla atiende a todos, escribe y reza. El trato con los sacerdotes del lugar dejó huella imborrable en algunos, como en aquel sacerdote que celebraba la misa demasiado aprisa, en aquél que no daba gracias por la celebración del santo sacrificio, o en el párroco que estrenaba manteo de seda y a quien dijo: Señor cura, con ese ruido espantará a las ovejas.

A principios de mayo de 1569 se agravó de forma alarmante. En medio de un intenso dolor, repetía con frecuencia: Señor, más mal y más paciencia o Señor mío, crezca el dolor, y crezca el amor, que yo me deleito en el padecer por vos. Pidió la comunión y quiso recibir la Unción de enfermos con plena conciencia. Invocaba a la Virgen María con el Recordare, Virgo Mater… y repetía frecuentemente los nombres de Jesús, María y José. El 10 de mayo de 1569 entregó santamente su alma Dios. Teresa de Jesús, al enterarse de la muerte de Juan de Ávila, se puso a llorar. A los que le preguntaron el por qué del lloro por la muerte de un santo, les dijo: Lloro porque pierde la Iglesia de Dios una gran columna.

En Montilla (Córdoba) descansan sus sagrados restos mortales, en espera de la resurrección de la carne.

A raíz de su muerte, uno de sus discípulos, fray Luis de Granada, escribió la Vida del P. Maestro Juan de Ávila, que más que una detallada biografía, es una semblanza de sus virtudes. Una biografía más completa la escribió el licenciado Muñoz en 1635. Fuera de España, en 1754, el Padre Longaro degli Oddi publicó su vida en Italia, fundamentalmente con datos del proceso de beatificación.

Proceso de beatificación

Su proceso de beatificación se inició en 1623, pero sufrió una paralización larga. En 1894 fue beatificado por León XIII. Ya en el siglo XX, el 2 de julio de 1946 Pío XII lo declara patrono principal del Clero secular español. Finalmente, el 31 de mayo de 1970, en la Basílica de San Pedro, fue solemnemente canonizado por Pablo VI. En la homilía de la Misa de canonización, el Romano Pontífice se refirió a la actualidad de Juan de Ávila y señaló que, aunque las épocas son ciertamente muy distintas, presentan, sin embargo, acusadas analogías. Especialmente, las vicisitudes humanas de aquel tiempo y del nuestro: por ejemplo, el despertar de energías vitales y crisis de ideas, fenómeno éste propio del siglo XV y también del siglo XX: tiempos de reformas y de discusiones conciliares como los que estamos viviendo. San Juan de Ávila es un sacerdote -añadió Pablo VI- que, bajo muchos aspectos, podemos llamar moderno, especialmente por la pluralidad de facetas que su vida ofrece a nuestra consideración y, por tanto, a nuestra imitación. No en vano él ha sido ya presentado al Clero español como su modelo ejemplar y celestial Patrono.

Florencio Sánchez Bella, en el libro La reforma del clero en San Juan de Ávila, afirma que Juan de Ávila fue una figura de extraordinaria vitalidad, sin duda la principal del clero secular español; sin embargo, ha sido durante siglos casi desconocida, al menos en sus facetas más importantes. Y más adelante, en la citada obra, escribe: Podríamos decir que Juan de Ávila ofrece a los sacerdotes del siglo XX una personalidad, un temple, una actitud, un modo -verdaderamente imitable- de enfrentarse con los problemas eclesiásticos de la época, de empeñarse en encontrarles soluciones válidas. Quizá hoy interesa más la figura de Juan de Ávila que su doctrina, con ser su doctrina en verdad importante.

Influencia y escritos

No sólo en vida sino también después de su muerte con sus cartas, pláticas, sermones y tratados, llenos de unción evangélica, san Juan de Ávila ha influido poderosamente en la historia de la espiritualidad española y universal. Una larga lista de santos, de maestros de espiritualidad y de autores están influenciados por sus escritos, por su persona, por su obra: Juan de Dios, Francisco de Borja, Pedro de Alcántara, Teresa de Jesús, Juan de Ribera, Ignacio de Loyola, Luis de Granada, Pedro Guerrero, Carlos Borromeo, etc. Santo Tomás de Villanueva dijo que desde San Pablo acá no ha habido otro predicador de Cristo que más conversiones consiguiera.

Lo más importante del magisterio de San Juan de Ávila está en la vivencia de la fe que transmite, fruto de su consolidada experiencia de oración. Se alimenta de la Sagrada Escritura y particularmente de San Pablo; conoce bien a los Santos Padres. Respira un ardiente amor a Cristo, con un profundo sentido de Iglesia, lleno de realismo espiritual.

El Maestro Ávila supo armonizar la acción evangelizadora y la reflexión teológica. Sus escritos y su predicación son a la vez profundos, espirituales y prácticos. Sus obras manifiestan al maestro espiritual y al apóstol. Entre ellas hay que destacar el Audi, Filia, que, según el cardenal Astorga, arzobispo de Toledo, había convertido más almas que letras tiene. Es la obra más completa y unitaria. Se trata de un comentarios a los versos 11 y 12 del salmo 44, estructurado como una síntesis de la vida espiritual cristiana.

Su producción más abundante son los Sermones, expresión de su carisma de predicador, en los que se recoge algo de lo que fue su ardiente predicación. Del Sermón 52 es el siguiente pensamiento: Abajóse a hacerse hombre y ensalzónos a nosotros haciéndonos cuerpo de aquel hombre para que así, por medio de Él y en Él, nos juntásemos con Dios, de quien tan apartados estábamos: Dios en Él y nosotros en Él: no se pudo hallar mejor medio para nuestro remedio (…) Y este mismo negocio de la unión con el hombre es negocio del Espíritu Santo.

De su intensa actividad en la dirección espiritual dejó un abundante y rico epistolario. Las Cartas, lo mejor de san Juan de Ávila y de las que varias constituyen pequeños tratados. Los temas son variados: algunas veces expone asuntos concretos en relación a ciertas consultas y otras presenta las verdades de fe y sus aplicaciones a la vida cristiana. Están dirigidas a obispos, predicadores, sacerdotes, religiosos, caballeros y damas de diversa cultura y posición social.

En la Carta 65 escribió: ¡Oh fuego, Dios, que consumes nuestra tibieza, y cuán suavemente ardes! ¡Y cuán sabrosamente quemas! ¡Y con cuánta dulcedumbre abrasas! ¡Oh si todos y del todo ardiésemos por ti! Porque del fuego del amor tuyo nacería conocimiento de ti. Pues quien dice que te conoce como te ha de conocer y no te ama, es mentiroso. Amémoste, pues, y conozcámoste por el conocimiento que de amarte resulta; y tras esto venga el poseerte, pues tan ricos son los que te poseen; y poseyéndote a ti, seamos poseídos de ti.

En su obra apostólica sobresalen los esfuerzos realizados para la reforma del clero. Era su preocupación que los clérigos tuvieran una buena formación de carácter teológico y espiritual, de modo que fueran verdaderamente maestros por su doctrina y espíritu. Su Tratado sobre el sacerdocio, de donde se tomaron las pláticas sobre el mismo tema, subraya la función del sacerdote como mediador según el modelo de Cristo.

También es de importancia su Tratado sobre el amor de Dios, sencillamente delicioso, en donde desarrolla el sentido de la mirada de Dios a los hombres en el Hijo, ejemplo de la mirada del sacerdote hacia sus hermanos, los hombres.

En estrecha relación con la formación sacerdotal y la reforma del pueblo de Dios destacan las obras: Causas y remedios de las herejías y los Memoriales dirigidos a los Concilios de Trento y provincial de Toledo. Los Seminarios instituidos por Trento se inspiran en buena medida en las propuestas del Maestro Ávila y en la experiencia pedagógica de sus colegios. Otras obras menores son la Doctrina cristiana y un comentario a las Cartas 1ª de San Juan y Gálatas. Se le atribuye una traducción de la Imitación de Cristo con su introducción.

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