Día 11 de mayo

11 de mayo

De las “Memorias” apócrifas de Poncio Pilato

El 14 del mes de Nisán, víspera de la gran fiesta de la Pascua de los judíos, del año 787 de la fundación de Roma, fueron crucificados el monte Gólgota Jesús de Galilea, Gestas y Dimas, en cumplimiento de la sentencia dictada por mí. De los tres, el más conocido era el de Nazaret.

Según los informes requeridos sobre la personalidad de Jesús de Galilea para el proceso, ya en el nacimiento de éste se produjeron una serie de rumores. Los padres de Jesús -José, modesto carpintero, y su esposa María-, vivían en Nazaret cuando en tiempos de César Augusto, siendo Cirino gobernador de Siria, tuvo lugar el censo ordenado por el emperador. Ante esta obligación civil, emprendieron viaje a Belén a pesar de estar la mujer encinta, por ser ambos de la tribu de David, para cumplir el empadronamiento en el pueblo de sus mayores.

La gran afluencia de judíos a esta comarca, para satisfacer la misma exigencia, obligó a los esposos a pernoctar en un establo, donde nació Jesús. Curiosamente, la noticia del nacimiento del pequeño se difundió por los alrededores, donde unos pastores rindieron pleitesía al infante y le reconocieron como rey de los judíos. También se habló por aquel entonces de una expedición de magos de Oriente que realizaron una larga travesía siguiendo una estrella que les condujo hasta el recién nacido. Una vez delante del niño le ofrendaron oro, incienso y mirra.

Las autoridades romanas establecidas en Judea restaron importancia a aquellos rumores, pero no así el rey Herodes el Grande. Éste, que se entrevistó con los sabios orientales, declinó hacer cualquier tipo de declaraciones, pero llevado por su conocida manía persecutoria y crueldad mandó matar a todos los niños menores de dos años de Belén con el fin de eliminar al que los pastores y magos habían reconocido como rey.

Después no se tuvo más noticias del ahora ajusticiado hasta el año decimoquinto del imperio de Tiberio César, siendo yo ya procurador de Judea. Fue entonces cuando el Nazareno se proclamó profeta y predicó una nueva religión que abolía el culto a las estatuas, que enseñaba la muchedumbre y que ofrecía a todos los que la cumplieran fielmente un premio más allá de la vida mortal. La mayor parte de su actividad la realizó en Galilea, territorio de la jurisdicción del tetrarca Herodes Antipas, aunque también anduvo por Samaria y Judea. En ningún momento se rebeló contra Roma, y según testigos presenciales, en una ocasión, estando al otro lado del mar de Galilea, ahora llamado de Tiberíades en honor del César, y después de haber obrado un prodigio, una multitud quiso proclamarlo rey, pero Jesús desapareció al tener conocimiento de tal pretensión.

El 9 de Nisán, primer día de la semana, el Profeta de Galilea hizo su entrada en Jerusalén donde fue saludado por la multitud como un auténtico rey. Cuatro días después los judíos me lo trajeron atado al pretorio. En esa misma mañana, los príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo tuvieron consejo contra Jesús y decidieron quitarle la vida. Mas como a ellos no se les permitía, pues Roma había reservado a sus gobernadores en los países ocupados el derecho de imponer la pena capital, recurrieron a mí como representante del Imperio.

No encontré ningún delito en el Nazareno; le hice azotar y coronar de espinas y no se rebeló en ningún momento; escarnecido le presenté nuevamente a los miembros del Sanedrín, fariseos, escribas y al pueblo congregado a la entrada del pretorio, pero éstos no se conmovieron y exigieron su muerte. Mientras estaba sentado en el tribunal me inquietó un mensaje que me envió mi mujer, en el que me decía: “No te metas con ese justo, pues he padecido mucho hoy en sueños por causa de él”. Quedé perplejo. Me acordé de la costumbre que había de conceder la libertad a un preso con motivo de la fiesta. Por aquel entonces estaba preso un tal Barrabás, convicto de robos y homicidio. Pregunté: “¿A quién queréis que os suelte: a Barrabás o a Jesús, el llamado Mesías?”, pues sabía que por envidia me lo habían entregado. La multitud prefirió liberar a Barrabás que a Jesús. Después supe que los príncipes de los sacerdotes y los ancianos persuadieron a la muchedumbre que pidieran a Barrabás e hicieran perecer a Jesús. Para evitar amotinamientos que amenazaban la paz civil, dejé su suerte en las manos de los acusadores. Y para que quedara patente de que yo no era responsable de aquella muerte, me lavé las manos delante del pueblo, diciendo: “¡Inocente soy de la sangre de este justo!”

Creí zanjado el asunto después de haber ordenado crucificar a Jesús, como era el deseo de los judíos, juntamente con otros dos condenados, en el monte Gólgota, cuando fui molestado de nuevo por las autoridades religiosas del pueblo para pedirme que modificara el título de la condena. Yo había hecho escribir: “Jesús Nazareno, Rey de los judíos”, y ellos me dijeron: “No escribas ‘Rey de los judíos’, sino que él ha dicho: ‘Soy rey de los judíos’”. Les respondí malhumorado: “Lo escrito, escrito está”, y los despedí.

Llegada la tarde se me presentó un hombre de Arimatea, llamado José, que era ilustre consejero del Sanedrín y -según comprobé después- discípulo del Nazareno. Él no había dado su asentimiento a la resolución que habían tomado los demás miembros del consejo en la madrugada del 14. Me pidió el cuerpo de Jesús para sepultarlo. Me maravillé que ya hubiera muerto, y para cerciorarme llamé al centurión Longinos. Al confirmarme éste la muerte del Galileo, accedí a la petición que me había hecho el de Arimatea.

Al día siguiente, tuve una reunión con los príncipes de los sacerdotes y fariseos, a petición de ellos. En ella me dijeron: “Señor, recordamos que ese impostor -se referían a Jesús de Nazaret- vivo aún, dijo: ‘Después de tres días resucitaré’. Manda, pues, guardar el sepulcro hasta el día tercero, no sea que vengan sus discípulos, le roben y digan al pueblo: ‘Ha resucitado de entre los muertos’ Y será la última impostura peor que la primera”.

Por mi parte, facilité su deseo, y les dije: “Ahí tenéis la guardia, id y guardadlo como vosotros sabéis”. Ellos fueron y pusieron guardia al sepulcro después de haber sellado la piedra.

El 16 de Nisán, el día después de la fiesta solemne de los judíos, corrió el rumor por Jerusalén de la desaparición del cadáver del ajusticiado. Unos, sus seguidores, decían que había resucitado; otros, que los discípulos del Nazareno lo habían robado. Ordené comparecer ante mí a los soldados que custodiaban el sepulcro. Ellos dijeron que no sabían lo que había ocurrido, pero -según averigüé- divulgaron entre los judíos que mientras ellos dormían, fueron los discípulos de noche a llevarse el cuerpo de su Maestro. Sus mismas palabras les condenaban a la pena capital. ¡Centinelas dormidos…!

Ante la evidencia del sepulcro vacío y la desaparición del cadáver de Jesús, tomé nuevas medidas en ciudades e interrogué a numerosos seguidores del profeta ajusticiado. Espero que este asunto del Nazareno se olvide pronto, y que yo pase a la historia no precisamente por el proceso y la condena del profeta ajusticiado, sino por mis logros políticos.

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