Día 20 de mayo

20 de mayo

Memoria libre de san Bernardino de Siena

San Bernardino de Siena, presbítero de la Orden de Hermanos Menores, que con la palabra y el ejemplo fue evangelizando por pueblos y ciudades a las gentes de Italia y difundió la devoción al santísimo Nombre de Jesús, perseverando infatigablemente en el oficio de la predicación, con gran fruto para las almas, hasta el día de su muerte, que sucedió en L’Aquila, lugar de la región italiana de los Abruzos. (1444) (Martirologio Romano).

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Efemérides

Tal día como hoy del año 1985 murió en Pamplona Eduardo Ortiz de Landázuri, cuyo proceso de beatificación está abierto.

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Semblanza

Profesor universitario

Breve resumen de una vida

No sé lo que Dios me dará de vida, probablemente ya no será mucho; no sé, lo que Dios quiera, pero lo que sí puedo decir, es que me gustaría que al final me pusieran: éste fue un universitario. Estas palabras fueron pronunciadas por el doctor Eduardo Ortiz de Landázuri el 13 de octubre de 1984, en el homenaje que le tributó la Universidad de Navarra.

Sí, efectivamente, Eduardo Ortiz de Landázuri fue un hombre que, desde su profesión, vivió totalmente, con entrega y tenacidad, la vida universitaria.

Su vida comenzó en tierra castellana el 31 de octubre de 1910. Recibió las aguas bautismales en la Iglesia de Santo Tomás, auxiliar de la segoviana Parroquia de San Millán, el 12 de noviembre del mismo año. Y cuando aún no había cumplido los 75 años, el 20 de mayo de 1987, fue llamado por Dios, mientras repetía esta oración: ¡Señor, auméntame la fe, auméntame la esperanza, auméntame la caridad, para que mi corazón se parezca al tuyo!

Pocos meses antes de su muerte, resumió brevemente lo que había sido su vida: Largo y tenso ha sido mi caminar: nací en 1910, en Segovia, de familia artillera. Desde entonces he ido pasando por la milenaria Castilla, por la Corte, por la excepcional Andalucía y por el viejo Reyno de Navarra. En esas cuatro épocas de mi vida ha habido de todo, en la niñez, en la mocedad y en la vida universitaria, bajo la sombra del Alcázar, en la inquietud revolucionaria, en la guerra y rodeado de estudiantes a los que tanto quise como condiscípulo y como profesor. He pasado por tres universidades, empezando en 1926 por la castiza calle de San Bernardo y de allí al Hospital de San Carlos y después el postgraduado en la Complutense hasta 1946 en que me fui a la Universidad de Granada y, en 1958, a la Universidad de Navarra hasta que en 1983 por mi enfermedad y edad me jubilé, aunque sigo ocupándome de su Asociación de sus Amigos.

La época de estudiante

Eduardo era el segundo hijo del matrimonio formado por Manuel Ortiz de Landázuri y García y Eulogia Fernández de Heredia y Gastañaga. Anteriormente había nacido su hermano Manolo y más tarde vino al mundo su hermana Guadalupe.

Después de estudiar el bachillerato en el Colegio de los agustinos en la calle Valverde de Madrid, decidió -aunque su primitiva idea fue ingresar en el Cuerpo general de la Marina- estudiar la carrera de Medicina en la Facultad de San Carlos, en la Universidad Central.

Durante los años de estudiante universitario conoció a profesores que tendrían mucha influencia en su formación profesional; entre ellos, cabe destacar a su profesor de Patología Médica, don Carlos Jiménez Díaz, prestigioso renovador de la medicina general en España, a quien consideró siempre como su maestro. Además, participó activamente en la Asociación Profesional de Estudiantes de Medicina, promovida por la Federación Universitaria de Estudiantes, de la que llegó a ser Vicepresidente.

Encuentro con una joven farmacéutica y muerte de su padre

El 10 de enero de 1934 recibió el título de licenciado en Medicina. Y en ese mismo año ganó unas oposiciones al Cuerpo médico de prisiones, pero no se le asignó plaza, quedando en situación de excedente hasta 1940. En 1935 ingresó, por oposición, en el Hospital Nacional de Enfermedades Infecciosas, llamado antes y después de la II República Española, Hospital del Rey, donde atendió a muchos enfermos, especialmente durante una epidemia de paludismo. En el Laboratorio del Hospital trabajaba una joven farmacéutica, Laura Busca Otaegui, con la que Eduardo, enamorado de ella, formalizó el noviazgo.

En los comienzos de la Guerra Civil de España, el 8 de septiembre, el padre de Eduardo, que a la sazón tenía 55 años y era teniente coronel de artillería, fue fusilado en la Cárcel Modelo de Madrid, a pesar de no haber participado en los sangrientos sucesos de aquellos días. Con su madre y hermana, Eduardo acompañó a su padre la noche anterior a su fusilamiento.

Los días que precedieron y siguieron a la muerte de su padre los calificó como los días más dolorosos de mi vida. Aquel hecho trágico motivó un cambio en sus ideas políticas e influyó decisivamente para que replanteara toda su vida y, sobre todo, recuperara la fe cristiana de su infancia y primera juventud. A partir de entonces, reanudó la práctica religiosa que tenía muy abandonada.

Durante la contienda bélica continuó trabajando en el Hospital de Infecciosos, pero en 1937 fue encarcelado por el S.I.M. (policía) en el Ministerio de Marina, salvándose de ser fusilado gracias a una valiente intervención de sus compañeros del Hospital.

Permaneció en el Hospital del Rey hasta el año 1940, en el que se incorporó al Hospital Clínico de Madrid (San Carlos) para trabajar junto al Dr. Jiménez Díaz. También en este año inició su tesis doctoral y pasó a ocupar una plaza en el Cuerpo médico de prisiones, siendo destinado a la Inspección de Sanidad de dicho Cuerpo en Madrid.

El 17 de abril de 1941 contrajo matrimonio con Laura Busca en el Santuario de Nuestra Señora de Aránzazu, en Guipúzcoa, cerca de Zumárraga. Tuvieron siete hijos. En su matrimonio, Eduardo fue un padre y marido ejemplar. Su familia -su mujer y sus hijos- fue el primer campo de servicio en su vida. Él y Laura procuraron dar a sus hijos una profunda formación humana y religiosa.

Catedrático en Granada

Obtuvo el doctorado en 1944 con la lectura de la tesis doctoral: Enfermedades de desnutrición (observaciones sobre masas de población mal alimentadas) y la máxima calificación.

En 1946, tras unos años de ejercicio profesional en Madrid, ganó por oposición la cátedra de Patología General en la Facultad de Medicina de Cádiz, que pronto trasladó, por concurso, a la Universidad de Granada y cambió por la de Patología Clínica y Médica. En la ciudad de la Alhambra vivió doce años. En los años granadinos de 1946 a 1958 -rememoraba al final de su vida- hice de todo: profesor de Clínica, con muchos discípulos; trabajo profesional; consultas médicas a las provincias de Almería, Jaén, Málaga, Córdoba y Granada; organizar con la ayuda de D. José María Albareda el Centro de investigaciones del CSIC (Centro Superior de Investigaciones Científicas). Fueron doce años inolvidables en plena juventud profesional, de 35 a 46 años, con fortaleza física y serena capacidad intelectual. Fueron doce años muy felices. Fui Decano (1952-58) y Vicerrector (1958) respectivamente de la Facultad de Medicina y de la Universidad.

En el año 1999, durante la celebración de san Lucas, patrón de la Facultad de Medicina, en la Universidad de Granada tuvo lugar un acto académico in memoriam del profesor Ortiz de Landázuri. Encargado de relatar su semblanza fue el profesor Francisco Morata García, que, entre otras cosas, dijo de don Eduardo: En cuanto llegó a Granada, y con el ímpetu y ardor que ponía en todos los quehaceres, se rodeó de una serie de colaboradores que llegaron a formar una verdadera escuela (…). Por ello, tan pronto como pudo conseguir unos locales en la antigua Facultad de Medicina (…), inició la instalación de un Laboratorio de determinaciones analíticas que fue el germen del de Investigaciones médicas (…).

Su entrega a la Facultad fue total. El día no tenía límite para él. Iniciaba su labor en las primeras horas de la mañana e ininterrumpidamente, con la clase magistral, las clínicas o consultas y el laboratorio, la prolongaba hasta el comienzo de la noche, para continuar después hasta altas horas de la madrugada en que, acompañado de un número mayor o menor de colaboradores, se dedicaba a la discusión y redacción de los trabajos de investigación, ponencias o preparación de Congresos, Tesis doctorales, etc. etc. (…).

Como resumen de su actividad clínica me atrevería a decir que fundamentalmente su llegada a Granada iba a revolucionar lo que hasta entonces era la Medicina interna.

Miembro supernumerario del Opus Dei

El 1 de junio de 1952, Eduardo pidió la admisión en el Opus Dei como miembro supernumerario porque vio que Dios le llamaba a santificarse cumpliendo bien sus deberes familiares, profesionales y sociales, contribuyendo a la cristianización de la sociedad. Había conocido esta institución de la Iglesia por su hermana Guadalupe, que desde el año 1944 pertenecía al Opus Dei como numeraria.

Su encuentro con la Obra supuso el inicio de una seria lucha por el mejoramiento continuo de su vida cristiana, siguiendo el camino abierto por la vida santa y las enseñanzas de su Fundador, a san Josemaría Escrivá de Balaguer, al que llegó a querer entrañablemente. Poco a poco, consciente de su filiación divina, adquirió una piedad sencilla y recia. Externamente se le veía siempre con una profunda paz y gran alegría, manifestada de modo natural incluso en los contratiempos y en los momentos de cansancio.

A lo largo de su vida, su actividad profesional alcanzó una intensidad sorprendente: la jornada comenzaba muy temprano, con un tiempo dedicado a la oración y a la Santa Misa, y terminaba, de ordinario, en las primeras horas del día siguiente. Atendió con solicitud a sus colegas y colaboradores; para los estudiantes fue maestro y guía, tanto en lo profesional como en lo humano. Trataba con afabilidad a cada uno y procuraba estar siempre disponible; a su vez, era exigente consigo mismo y con los demás, porque quería hacer rendir para Dios los talentos recibidos. Los enfermos encontraron en él a un verdadero amigo, pues se interesaba por todas las facetas humanas de las personas, para ayudarles a mejorar tanto corporal como espiritualmente.

En el Opus Dei aprendió el valor de la unidad de vida. Entendió así que el cuidado de su familia, el estudio y el trabajo, el trato con los amigos, colegas y estudiantes debía estar impregnado de sentido cristiano; cada actividad, ordenada y realizada en su momento, le ayudaba a dirigir el alma a Dios: era el ofrecimiento de su vida, convertido en verdadera oración contemplativa.

En la Universidad de Navarra

El 25 de septiembre de 1958, siendo Vicerrector de la Universidad de Granada, se trasladó a la Escuela de Medicina del Estudio General de Navarra, obra corporativa del Opus Dei, que se convertiría, en 1960, en la Universidad de Navarra.

Meses antes, en febrero, había estado en Pamplona para participar en el paso del Ecuador de la primera promoción de su Facultad de Medicina (1954-1961), invitado por su Decano, el profesor Juan Jiménez Vargas. Mi incorporación definitiva a la Universidad de Navarra -recordaba en 1984-, había sido motivada, en gran parte, por mi vinculación a la Escuela del Prof. Carlos Jiménez Díaz con el que estudié la Patología Médica de 1930 a 1933 y con el que trabajé después, terminada la guerra civil, hasta 1946.

En Pamplona, por aquel tiempo de los años 1958 y siguientes, se repetía una frase que se atribuía al Fundador de la Universidad, Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer: soñad y os quedaréis cortos. De un modo muy singular la incorporó el profesor Weyss, de Clínica Médica de la Universidad de Berna, que viniendo a los toros de San Fermín, en 1959, por ser con su mujer, Anita, muy aficionado, hizo una foto a D. Juan Jiménez Vargas con su bata en unas obras y, al enviarla desde Suiza, ponía en el reverso: Donde se demuestra que también sin edificios puede haber una Universidad.

Al abandonar su puesto de catedrático en Granada y embarcarse en la arriesgada iniciativa de comenzar una nueva Facultad de Medicina, tomó una decisión que le supuso una importante pérdida económica. No obstante, la apasionante idea de levantar una nueva Universidad le animó a no vacilar en su decisión.

Le sirvieron de guía las palabras del Fundador de la Obra, que le alentaba a tener ilusión por dar vida a una institución en la que cuajarán muchos ideales culturales y apostólicos, y en la se formarían hombres bien preparados para construir una sociedad más justa.

Eduardo hizo compatible su afán por ser un buen médico y un buen cristiano. En una ocasión, el doctor Carlos Jiménez Díaz le preguntó: Si usted tuviera que elegir entre ser santo o ganar el premio Nobel, ¿qué elegiría? Él respondió: No hay ninguna contradicción: si quiero ser santo tengo que trabajar como para ganar el premio Nobel.

En el año 1962 se le nombró Decano de la Facultad de Medicina, cargo que desempeñó hasta 1966, en que es nombrado Vicerrector de la Universidad de Navarra. Tres años después cesó como Vicerrector y volvió a ser Decano de Medicina. Pasaron por sus manos treinta y cinco generaciones de estudiantes. Al final de su vida, le gustaba recordar las palabras que le dirigió san Josemaría Escrivá: No te he perdido que hagas una Universidad, sino que te hagas santo haciendo una universidad. En 1978 aceptó ser Presidente de la Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra. En noviembre de ese mismo año cesó como Decano de Medicina.

En 1984 dejó escrito en el discurso que había preparado en el homenaje que le tributó la Universidad, y que no leyó: Desde aquellos primeros meses de 1958 y en los años siguientes, hasta la actualidad de 1984, han pasado muy inolvidables acontecimientos y con ellos ha ido creciendo la Universidad de Navarra y a la vez nuestra fe y por tanto la confianza en el futuro. Al principio y siempre hubo dificultades que para salvarlas pedíamos, y seguimos pidiendo, luces ante la Ermita de Nuestra Señora Madre del Amor Hermoso, en el campus universitario y cuya breve y sin igual historia, hemos leído tantas veces por estar escrita en sus mismas paredes.

Todas estas consideraciones surgen del mismo espíritu de la Universidad de Navarra cuya esencia no procede del legado testamentario de un poderoso hacendado o de la fuerza más o menos orgullosa de un personaje histórico, sino de la oración permanente de su Santo Fundador. Allí está la raíz de nuestra inmensa suerte. Nacer del sacrificio y de la capacidad de entrega de Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei, que, penetrando en todos los rincones de nuestra Universidad, dio consejos, como fruto de su alegre sacrificio.

Así se fue extendiendo por todo el mundo el espíritu de la Universidad de Navarra, como un reto a toda actitud egocéntrica y en medio de una Humanidad extraordinariamente materializada.

Por las aulas de la Facultad de Medicina fueron pasando miles de estudiosos que conseguían licenciaturas, doctorados, cátedras y muy diferentes especializaciones tanto en el campo de la Medicina o de la Cirugía, adquiriendo como sello específico el amor al paciente.

El trato con los enfermos

Eduardo Ortiz de Landázuri fue médico personal del Fundador del Opus Dei, de quien decía que como verdadero padre, supo inculcarme tres virtudes: el cariño al prójimo, con sus limitaciones y defectos para así querer a todos; el sentido sobrenatural en las pequeñas acciones cotidianas; y el amor permanente a la Universidad.

Su prestigio se extendió pronto por el mundo entero: sus publicaciones eran muy apreciadas; participó en congresos de distintas especialidades de la medicina; le solicitaban consulta enfermos de lugares lejanos, a los que procuraba asistir sin restar sacrificios a los viajes; y a Pamplona llegaban pacientes con la esperanza de que él encontraría solución a sus dolores o problemas médicos. Y es que, como dijo una enfermera, los enfermos le idolatraban. Se sentaba en sus camas y les tomaba de las manos y les acariciaban. A él, sin embargo, toda la veneración que le manifestaban los enfermos le servía para dar gracias a Dios.

Hay que aprender a servir -decía a los médicos jóvenes y a las enfermeras de la Clínica Universitaria de Pamplona-, nosotros estamos al servicio del enfermo, a cualquier hora, en cualquier cosa, para lo que sea y en lo que sea. Según explicaba a sus alumnos, en las relaciones médico-enfermo, además del modelo interpersonal, existe el modelo sobrenatural. En éste, el doctor debe ver almas que cuidar: un ser humano al que escuchar y respetar.

En una carta, un paciente le decía: Ya sé que los enfermos hemos sido uno a uno para usted, pero para mí usted ha sido algo especial. Además de un médico, ha sido el cristiano que da luz con su ejemplo y con su actuación. El doctor Ortiz de Landázuri confesó sinceramente en alguna ocasión: Todo lo que he hecho en mi vida, lo he hecho a base de cariño. En el homenaje académico antes citado, aconsejó a todas las autoridades y profesores presentes: Estudio, trabajo…, sí, pero ¡por encima de todo una Universidad tiene que irradiar amor! Tiene que querer a la gente que tiene a su alrededor. Y además añadió lo que había intentado inculcar a sus jóvenes discípulos: cuanto más generosos, más recompensados seréis.

Enfermedad y muerte.

En 1983 dejó la docencia, a los 73 años de edad. Poco después se le diagnosticó un tumor canceroso. Al ser operado, se descubrió que el cáncer era incurable porque estaba muy extendido.

El 20 de mayo de 1985 falleció en la Clínica Universitaria de Navarra, testigo de sus infinitos desvelos por los enfermos, tras haber recibido con piedad los santos Sacramentos. Poco antes, había confiado con sencillez a su director espiritual: Creo que he cumplido mi misión en esta vida y que el Señor no estará muy descontento de mí. Ahora mi misión es morir bien, con mucha paz y mucha alegría.

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