Día 21 de mayo

21 de mayo

Memoria libre de san Cristóbal Magallanes y compañeros

Santos Cristóbal Magallanes, presbítero, y compañeros, mártires, que, perseguidos en diversas regiones de México en odio al nombre de cristiano y a la Iglesia católica, por haber confesado fielmente a Cristo Rey alcanzaron la corona xdel martirio. (1927) (Martirologio Romano).

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Los nombres de los mártires

Sus nombre son los siguientes: Román Adame, Rodrigo Aguilar, Julio Álvarez, Luis Batis Sáinz, Agustín Caloca, Mateo Correa, Atilano Cruz, Miguel de la Mora, Pedro Esqueda Ramírez, Margarito Flores, Juan Isabel Flores, David Galván, Pedro Maldonado, Jesús Méndez, Justino Orona, Sabas Reyes Salazar, José María Robles, Toribio Romo, Jenaro Sánchez Delgadillo, Tranquilino Ubiarco y David Uribe, presbíteros, y Manuel Morales, Salvador Lara Puente y David Roldán Lara, laicos.

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Meditación

El cumplimiento de la Escritura

Ya que muchos han intentado narrar ordenadamente las cosas que se han cumplido entre nosotros, conforme nos las transmitieron quienes desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra, me pareció también a mí, después de haber informado con exactitud de todo desde los comienzos, escribírtelo de forma ordenada, distinguido Teófilo, para que conozcas la indudable certeza de las enseñanzas que has recibido (Lc 1, 1-4).

Con este prólogo, san Lucas manifiesta la intención que le ha movido a escribir su evangelio: componer una historia bien ordenada y documentada de la vida de Cristo desde sus orígenes. Además, deja entrever cómo el mensaje de Salvación de Jesucristo, el Evangelio, fue predicado antes de ponerse por escrito.

Los autores sagrados compusieron los cuatro Evangelios recogiendo datos de la tradición oral o escrita, reduciéndolos a síntesis, explicándolos según las condiciones de las diversas iglesias, conservando siempre el estilo de la proclamación: así nos transmitieron datos auténticos y genuinos acerca de Jesús. Sacándolo de su memoria o del testimonio de “quienes desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra”, lo escribieron para que conozcamos la “verdad” de lo que nos enseñaron (Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Dei Verbum, n. 19).

Los “testigos oculares” a que se refiere san Lucas pudieron ser la Santísima Virgen, los Apóstoles, las santas mujeres, los discípulos del Señor y otras personas que convivieron con Jesús durante su vida en la tierra.

Los Evangelios son el corazón de todas las Escrituras. Los cristianos, discípulos del Maestro, estamos llamados, por un título especial, a ser otro Cristo. Para conocer a nuestro Señor e identificarnos con Él -modelo de nuestra vida-, es necesario meditar su paso en la tierra. Ojalá fuera tal tu compostura y tu conversación que todos pudieran decir al verte o al oírte hablar: éste lee la vida de Jesucristo (San Josemaría Escrivá, Camino, n.2).

En el Evangelio vemos como Cristo camino de Emaús explica a Cleofás y a su compañero el sentido de las Escrituras. Y el efecto que causaba sus palabras: ¿No es verdad que ardía nuestro corazón dentro de nosotros mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras? (Lc 24, 32).

Al leer el Evangelio no podemos ser como esos turistas de la Semana Santa andaluza que contemplan los pasos, pero no se meten en la Pasión de Cristo. No se trata sólo de leer, sino de vivir el Evangelio. La diferencia es grande. Leer es recordar una cosa que pasó; vivir es hallarse presente en un acontecimiento que está sucediendo ahora mismo, ser uno más en aquellas escenas (San Josemaría Escrivá, Via Crucis, IX, 3). Porque no se trata sólo de pensar en Jesús, de representarnos aquellas escenas. Hemos de meternos de lleno en ellas, ser actores. Seguir a Cristo tan de cerca como Santa María, su Madre, como los primeros doce, como las santas mujeres, como aquellas muchedumbres que se agolpaban a su alrededor. Si obramos así, si no ponemos obstáculos, las palabras de Cristo entrarán hasta el fondo del alma y nos transformarán (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 107).

En una ocasión, al jubilarse un profesor de filosofía, sus alumnos le pidieron que les recomendase una serie de libros para toda la vida. El profesor sólo recomendó cinco. A los alumnos les pareció que eran pocos y así se lo hicieron saber al profesor, pero éste dijo: Con esos cinco, basta. No sabéis la cantidad de cosas que se aprenden cada vez que se vuelve a leer un libro bueno.

La constitución Dei Verbum del Concilio Vaticano II trata de la Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia y dice: La Iglesia siempre ha venerado la Sagrada Escritura, como lo ha hecho con el Cuerpo de Cristo, pues, sobre todo en la sagrada liturgia, nunca ha cesado de tomar y repartir a sus fieles el pan de vida que ofrece en la mesa de la palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo. La Iglesia ha considerado siempre como suprema norma de su fe la Escritura unida a la Tradición, ya que, inspirada por Dios y escrita de una vez para siempre, nos transmite inmutablemente la palabra del mismo Dios; y en las palabras de los Apóstoles y los Profetas hace resonar la voz del Espíritu Santo. Por tanto, toda la predicación de la Iglesia, como toda la religión cristiana, se ha de alimentar y regir con la Sagrada Escritura.

Llevado por su amor, Dios se inclina hacia nosotros y nos entrega la revelación del tesoro de su intimidad. También nos revela, en Cristo, la verdad plena sobre el hombre. Es una riqueza -el depositum– que la Iglesia custodia fielmente como uno de sus mayores bienes y venera con agradecimiento.

En los pocos días de su servicio a la Iglesia desde la Sede del Pescador de Galilea, Juan Pablo I repitió más de una vez: Os quiero explicar estas verdades como un catequista de parroquia. (…) No puedo hacer otra cosa que repetir las verdades del Evangelio como hacía en la iglesia de mi pueblo. (…) En el fondo es esto de lo que tienen necesidad los hombres, y yo soy sobre todo un pastor de almas; entre el párroco de mi pueblo y yo no hay sino una diferencia en el número de los que han sido confiados, pero la tarea es la misma: hablar de Cristo y de su palabra.

San Lucas después de narrar las tentaciones del Señor en el desierto, dice en su evangelio: Entonces, por impulso del Espíritu, volvió Jesús a Galilea, y se extendió su fama por toda la región. Y enseñaba en sus sinagogas, y era honrado por todos. Llegó a Nazaret, donde se había criado, y según su costumbre entró en la sinagoga el sábado, y se levantó para leer (Lc 4, 14-17). El sábado era el día de descanso y de oración para los judíos, por mandamiento de Dios. En este día se reunían para instruirse en la Sagrada Escritura. El que presidía invitaba a alguno de los presentes que conociese bien las Escrituras a dirigir la palabra al auditorio. A veces se levantaba alguno voluntariamente y solicitaba el honor de cumplir este encargo. Así debió de ocurrir en esta ocasión. Jesús busca la oportunidad de instruir al pueblo, y lo mismo harán después los apóstoles.

Y cada de nosotros debemos aprovechar todas las ocasiones que se nos presente para dar buena doctrina, para formar a las gentes, para hablar de Dios. Estamos llamados a anunciar la buena nueva de Jesucristo, a comunicarla de una manera cada vez más plena a los creyentes y darla a conocer a los no creyentes. Hay que difundir las maravillas del Señor, las enseñanzas de Cristo. No hay necesidad más urgente que la de dar a conocer las innumerables riquezas de Cristo a los hombres de nuestra época. En definitiva, anunciar el Evangelio.

Entonces le entregaron el libro del profeta Isaías y, abriendo el libro, encontró el lugar donde estaba escrito: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por lo cual me ha ungido; me ha enviado para evangelizar a los pobres, para sanar a los contritos de corazón, para anunciar la redención a los cautivos y devolver la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos, y papa promulgar el año de gracia del Señor y el día de la retribución”. Y enrollando el libro se lo devolvió al ministro, y se sentó. Todos en la sinagoga tenían fijos en él los ojos. Y comenzó a decirles: “Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír” (Lc 4, 17-24).

Las palabras de Isaías, que leyó Cristo en esta ocasión, describen de modo gráfico la finalidad para la que Dios envió a su Hijo: la redención del pecado, la liberación de la esclavitud del demonio y de la muerte eterna.

Es cierto que Cristo durante su ministerio público, movido por su misericordia, hizo algunas curaciones, libró a algunos endemoniados, etc. Pero no curó a todos los enfermos del mundo, ni suprimió todas las penalidades de esta vida porque el dolor, introducido en el mundo por el pecado, tiene un irrenunciable valor redentor unido a los sufrimientos de Jesús. Por eso, el Señor realizó algunos milagros, que constituyen no tanto el remedio de los dolores en tales casos concretos, sino la muestra de su misión divina de redención universal y eterna.

La Iglesia -todos los bautizados somos Iglesia- continúa esta misión de Cristo. Y, por tanto, tenemos la obligación de predicar las verdades de fe, la urgencia de la vida sacramental, la promesa de la continua asistencia de Cristo a su Iglesia. No se es fiel al Señor si se desatienden esas realidades sobrenaturales: la instrucción en la fe y en la moral cristianas, la práctica de los sacramentos (San Josemaría Escrivá, Homilía: El fin sobrenatural de la Iglesia).

Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír. Estas palabras nos muestran la autoridad con que Cristo hablaba y explicaba las Escrituras. Jesús enseña que esta profecía, como las principales del Antiguo Testamento, se refiere a Él y en Él tienen su cumplimiento. Por ello, el Antiguo Testamento no puede ser rectamente entendido sino a la luz del Nuevo Testamento: en esto consiste la inteligencia para entender las Escrituras que Cristo Resucitado dio a los Apóstoles y que el Espíritu Santo completó el día de Pentecostés.

El Nuevo testamento está latente en el Viejo y el Viejo está patente en el Nuevo. Escribió san Juan Pablo II al inicio del nuevo milenio: La contemplación del rostro de Cristo se centra sobre todo en lo que de Él dice la Sagrada Escritura que, desde el principio hasta el final, está impregnada de este misterio, señalado oscuramente en el Antiguo Testamento y revelado plenamente en el Nuevo, hasta el punto que san Jerónimo afirma con vigor: “Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo mismo”. Teniendo como fundamento la Escritura, nos abrimos a la acción del Espíritu, que es el origen de aquellos escritos, y, a la vez, al testimonio de los Apóstoles, que tuvieron la experiencia viva de Cristo, la Palabra de vida, lo vieron con sus ojos, lo escucharon con sus oídos y lo tocaron con sus manos (Carta Apostólica Novo millennio ineunte, n. 17).

María Santísima es la mujer del silencio y de la escucha, que guardaba todo y lo meditaba en su corazón (Lc 2, 19), y que fue reconocida como Madre por Jesucristo y alabada por Él como bienaventurada, por escuchar y practicar la Palabra de Dios. Ella nos alcanzará del Espíritu Santo que conozcamos y nos enamoremos de Cristo en la Escritura Santa, y que sepamos transmitir la Palabra de Dios con don de lenguas.

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