Día 3 de junio

3 de junio

 

Memoria obligatoria de san Carlos Lwanga y compañeros

 

Memoria de los santos Carlos Lwanga y doce compañeros, todos ellos de edades comprendidas entre los catorce y los treinta años, pertenecientes a la corte de jóvenes nobles o al cuerpo de guardia del rey Mwanga, que como neófitos o seguidores de la fe católica, por no ceder a los deseos impuros del monarca, murieron en la colina Namugongo, en Uganda, degollados o quemados vivos. (1886) (Martirologio Romano).

 

*****

 

Los nombres de los mártires

 

Estos son sus nombre: Mbaya Tuzinde, Bruno Seronuma, Jacobo Buzabaliao, Kizito, Ambrosio Kibuka, Mgagga, Gyavira, Achilles Kiwanuba, Adolfo Ludigo Mkasa, Mukasa Kiriwanvu, Anatolius Kiriggwajjo y Lucas Banabakintu.

 

*****

 

Semblanza

 

Patrono de los jóvenes católicos de África

 

Llegada de los Padres Blancos a Uganda

 

Una vez evangelizado el Nuevo Mundo -América-, la actividad misionera de la Iglesia Católica abre sus horizontes en el Continente Negro. Y durante el siglo XIX son muchas las expediciones de misioneros que van saliendo de Europa a diversas regiones de África. En el mes de febrero de 1879 llegaron a Uganda cinco misioneros franceses de la Congregación de los Padres Blancos. Semanas antes habían salido del puerto de Marsella. El año anterior la Santa Sede había decidido que los Padres Blancos se encargaran de llevar la luz del Evangelio a la región de la parte del Vicariato del Nilo superior.

 

La Congregación de los Padres Blancos -“misioneros de África”, como se llamaron al principio- había sido fundada por el cardenal Lavigerie, movido por el deseo de promover el apostolado misional de África. Cuando el papa León XIII instó a Lavigerie que enviase misioneros a aquella zona africana del Alto Nilo, el fundador organizó en 1878 una expedición de diez misioneros, cinco destinados a Tanganica y otros cinco a Nyanza. En el camino moría el superior de la expedición; los demás llegaban a Tabora el 12 de septiembre. Aquí se dividió la caravana: unos se quedaron en Tabora y los demás prosiguieron hacia Nyanza, cuyo lago alcanzaron el 3 de diciembre. El 2 de febrero siguiente, el padre Lourdel marchó con el hermano Amans a la capital de Uganda y se presentó al rey Mutesa I para explicarle el propósito de su viaje, la actividad misionera que quieren realizar. Días después, el 17 de febrero de 1879, se incorporaron los otros tres misioneros del grupo de Nyanza.

 

Los Padres Blancos con mucha fe comenzaron su tarea en Uganda. Al principio, el mismo Mutesa I no sólo veía con agrado la labor de los misioneros sino que los favoreció entregándoles tierras donde asentarse y canoas para sus desplazamientos fluviales. Enseguida establecieron una misión, la de Santa María de Rubasa, al frente de la cual fue colocado como superior el padre Lourdel, que era un hombre joven, piadoso y con gran celo apostólico.

 

Los misioneros inmediatamente se preocuparon por aprender el idioma de los nativos para poder traducir el Catecismo a la lengua de los ugandeses y enseñar el Evangelio. Los frutos no tardaron en llegar. Por centenares acudían los negros a la Misión, y hubo un momento en que no era nada utópico pensar que el sueño de una rápida cristianización de aquel reino africano podía convertirse en una realidad en breve espacio de tiempo.

 

En 1882 ya habían abrazado la fe católica y recibido las aguas bautismales los cinco primeros cristianos de Uganda. Éstos son: El Mayordomo del Campamento Real, Mukasa Bulikuddembe, que gozaba de la amistad del Rey y tomó el nombre cristiano de José al ser bautizado el 3 de abril de 1881; el Maestro de los Tambores Reales, Kaggwa, que al recibir el bautismo cambió su nombre por el de Andrés; el Jefe -Mulumba- y el Sub-Jefe -Banabakintu- de varias aldeas, que tomaron los nombres cristianos de Matías y Lucas, respectivamente. Este último también está relacionado con Mutesa I pues pertenece al clan que construye las canoas reales. Y el quinto es Noé Mawaggali, de profesión alfarero.

 

Cambio de actitud del Rey

 

Mutesa I mostró algún interés por el cristianismo, aunque también se interesó por la religión musulmana que los árabes habían llevado a su reino, pero sin embargo continuó con sus prácticas paganas y al final de su vida, enfermo e irritable, cambió de actitud respecto a los misioneros, mostrándose claramente hostil, quizá por ver en la nueva religión que éstos predicaban un obstáculo para el floreciente comercio de esclavos que él mantenía.

 

Ante esta situación -y bajo la presión real- los Padres Blancos juzgaron prudente abandonar Uganda. En el momento de la partida el padre Lourdel aconseja a los cinco cristianos: Rezad todos los días. Leed el Catecismo. Cada domingo, si es posible, reuníos y orad juntos. Enseñad religión a los que han estado frecuentando la Misión, y el que se haga cristiano debe leer las palabras de Cristo a diario. Debe parecerse a Cristo y como Él debe sacrificarse y dar su vida para salvar a sus hermanos.

 

Aquellos primeros cristianos ugandeses, cuando los misioneros dejaron su país, hicieron lo que el padre Lourdel les había dicho: fueron constantes en la oración cotidiana, de tal manera que los paganos al referirse a ellos los denominaban como los que rezan. Además, se esforzaron por vivir cada vez mejor la fe recibida, asemejándose a Cristo. Especialmente son ejemplares en vivir la caridad: perdonan las ofensas sin dejarse llevar por deseos de venganza; ayudan a los demás; cuidan a los enfermos, también cuando se ha declarado una epidemia de peste en el país. A diferencia de los paganos y musulmanes, no son polígamos.

 

También son verdaderos apóstoles. Enseñan el Catecismo -la doctrina cristiana- a sus familiares, vecinos y amigos y a los que se muestran interesados en ser instruidos en la religión católica. Y bautizan a los que desean ser cristianos y comprometerse a vivir según las exigencias del Evangelio. Así se van formando comunidades cristianas, con un continuo crecimiento porque cada nuevo cristiano era un apóstol entre los suyos.

 

Los miembros de estas comunidades se reunían los domingos para rezar juntos y todos, cada día, leían el Evangelio y hacían oración y penitencia. Eran alegres, pacíficos, trabajadores, leales, honestos, sinceros… No podían recibir los Sacramentos, ni asistir a la Santa Misa, por eso pedían a Dios que volvieran pronto los misioneros.

 

Los pajes de la corte

 

La muerte de Mutesa I hizo posible el regreso de los misioneros. Su hijo Mwanga, de 18 años de edad, es su sucesor. El nuevo rey es amigo de los cristianos y pide a los Padres Blancos que vuelvan a su reino. Renace la esperanza. Y en julio de 1885 están de nuevo el padre Lourdel y demás misioneros en Uganda. A éstos les son presentados por los cinco primeros los nuevos cristianos, que son centenares: Padre, aquí están las gentes de mi aldea, los he instruido y bautizado. Pregúnteles, saben rezar -dice Kaggawa-. Éramos muchos más antes de la epidemia; la peste se llevó muchos bautizados al Cielo, pero aquí están los cristianos de mi ciudad de Kigowa. Mukasa a su vez dice: Padre Lourdel, aquí están los pajes del Rey, conocen la fe, conocen la doctrina.

 

Durante los tres años de ausencia de los misioneros, Mukasa había conseguido reunir a su alrededor a 200 jóvenes (muchos de ellos eran cristianos y los demás, catecúmenos), pajes del Campamento Real, a los que iba educando como soldados, como cortesanos y, a la vez, como cristianos. Y allí estaban, con Mukasa, en la Misión, para conocer a los europeos que había llevado la fe a su tierra.

 

Los misioneros han encontrado a su regreso abundantes frutos de la siembra realizada anteriormente. Su trabajo se ha multiplicado: celebran Misa en diversos pueblos y aldeas, distribuyen la Sagrada Comunión, dedican muchas horas en oír Confesiones, administran la Unción de enfermos… No hay tiempo para el reposo. Todo es una bendición de Dios.

 

En el Campamento Real viven unas 3.000 personas, todas ellas al servicio del Rey: ministros, mensajeros, mujeres del Rey, guardianes, herreros, pastores de los rebaños reales, porteros, siervos y pajes de la Corte… Éstos últimos eran elegidos entre las familias nobles del país, y entraban en la Corte a los 12 años; cuando cumplían los 20 pasaban a pertenecer a la guardia real.

 

Uno de los jefes de los pajes reales es Carlos Lwanga, famoso luchador, que servía al Rey en la Sala de Audiencias. Catecúmeno, es buen cumplidor de sus deberes. Instruye a los pajes para que sirvan al Rey ejemplarmente, pero les enseña que Cristo está primero; casi toda su sección de chicos jóvenes se prepara para el bautismo. Entre otros, están: Kibuka y Kiwanuca, amigos inseparables; Ssebuggwawo, que, al estar durante el día al servicio privado del rey, es instruido en la doctrina católica en las primeras horas de la noche; Kizito y Kamyuka, ambos de 13 años, el primero es de carácter audaz y alegre, y el segundo, un gran corredor; Mbanga-Tuzinde, que es hijo del verdugo mayor.

 

Temores y pasiones del rey Mwanga

 

Al principio de su reinado el joven rey tiene un cierto interés por conocer la religión cristiana. Uno de sus pajes, Buzabaliawo, que ha sido su amigo y compañero de juegos en la infancia, es cristiano y le enseña el Padrenuestro y el Avemaría. Con motivo de una conjura contra su persona, que fue descubierta gracias a Kaggwa, Mwanga decidió rodearse de cristianos, pues estaba seguro de su fidelidad, y así gran parte de su corte estuvo compuesta por jóvenes bautizados, con algunos de los cuales llegó a tener una auténtica amistad. Pronto, sin embargo, aquel panorama iba a verse totalmente turbado.

 

Por un lado, su Primer Ministro, que había tenido cierta participación en el complot descubierto y perdonado luego por Mwanga, no podía perdonar a los cristianos la lealtad hacia el Rey que llevó al fracaso la conspiración, empezó a tramar contra los que rezan. Acabó de exasperarle el rumor de que el Rey pensaba destituirle y nombrar para su cargo a un cristiano, José Mñasa.

 

Por otra parte, los Notables de Uganda -Jefes de los Consejos de Ancianos de las Aldeas- no veían con buenos ojos la religión que había venido de Europa, pues la nueva doctrina prohibía el culto a los espíritus de los antepasados, lo que traería la venganza de los mismos. Además, el cristianismo era exigente y costoso: sólo permitía tener una sola mujer; combatía la corrupción en los cargos públicos. Igualmente desaprobaba el libertinaje, el exceso de la bebida, la venganza, el robo… De forma distinta y con más agrado veían el islamismo, que les parece más fácil de seguir, pues permite cosas que el cristianismo no aprueba.

 

Sometido a una fuerte presión, Mwanga empieza a desconfiar de los cristianos, que cada vez son más numerosos en Uganda, pero siempre fieles súbditos de su rey. Piensa: Todos aman a los misioneros, porque son cristianos y llenos de fervor. Un día me depondrán y harán rey a mi hermano o a mi hermana, la princesa Clara Nalumansi, que ya es cristiana. Además de estos temores, los hechiceros constantemente están soliviantando el ánimo real contra los bautizados. Los cristianos están llenando Uganda -dicen-; si no acabas con ellos, no habrá aquí sitio para nosotros; tendremos que huir.

 

Quizás estas intrigas no habrían sido suficientes para el cambio que experimentó Mwanga respecto a los cristianos si no hubiese intervenido otra causa: la lujuria. Por influjo de las costumbres traídas del exterior por los árabes se introdujeron en el país prácticas homosexuales, que el joven rey -hasta entonces había llevado una vida pura- comenzó a practicar sin recato. Y se encontró con que los jóvenes que formaban parte de su Corte y eran cristianos oponían una negativa rotunda a sus infames solicitaciones. Por esto -testificó en el proceso de beatificación de los mártires de Uganda un cristiano que vivió en la Corte del Rey-, Mwanga se llenó de cólera: nosotros, los cristianos, ya que no queríamos consentir a sus deseos infames. Además de caer en la lujuria en su forma más abyecta y opuesta a la naturaleza, se aficionó a fumar opio. Como consecuencia de sus costumbres disolutas, sus cambios de humor pasan a ser violentos e imprevisibles, y bajo las intrigas del Primer Ministro comenzó a perseguir de forma inexorable y despiadada a los cristianos.

 

El inicio de la persecución

 

La conducta de los pajes cristianos hizo honor a la religión, pero fue utilizada como pretexto para la persecución. En ésta no faltaba nada del esquema clásico de las persecuciones. Como motor, las pasiones. La codicia excitada por el temor a perder el comercio de los esclavos. La ambición de los políticos, temerosos de verse al margen del poder. La lujuria, en su forma más baja y repugnante. Nada iba a faltar tampoco para ese mismo esquema clásico en el desarrollo.

 

El Rey, irritado por aquella resistencia que encontraba, decretó la persecución contra todos los que hicieran oración, que ésta fue la preciosa definición de los cristianos dada en el decreto persecutorio. E inmediatamente se desataron las furias contra aquella cristiandad naciente.

 

El protomártir ugandés fue José Mukasa Bulikuddembe. Aunque Mwanga siempre le había tenido en gran consideración, la actitud real respecto a él cambió totalmente por el celo que mostraba Mukasa en disuadir a los jóvenes de consentir a las invitaciones pecaminosas del Rey, lo que trajo consigo que fuera objeto de particular odio por parte del monarca y, finalmente, fuera decapitado y quemado el 15 de noviembre de 1885. El día anterior, Carlos Lwanga había recibido el bautismo. Antes de morir, Mukasa está tranquilo: Voy a morir por mi religión, dice con serenidad. Y ya en el lugar donde va a ser martirizado, se dirige al verdugo: Dile al Rey que perdono el que, sin culpa, me haya condenado. Pero dile que se arrepienta; si no lo hace, yo le acusaré ante el tribunal de Dios.

 

La muerte del primero de los bautizados y el maestro en la fe de muchos de los que rezan tenía por objeto atemorizar a los jóvenes pajes de la Corte real con el fin de alejarles de la fe cristiana y de sus exigencias morales, pero no produjo ese resultado. Cuando el Rey mande matarnos -se decían unos a otros, según contó un testigo-, también nosotros sabremos morir siguiendo el ejemplo de nuestro Jefe José.

 

Los pajes que frecuentaban la Misión sabían que sus vidas corrían peligro. El mismo Mwanga les había amenazado: Si no dejáis la religión cristiana, os mandaré matar. Voy a condenar a muerte a todos “los que rezan”. Pero nada les hace vacilar. Incluso los más jóvenes, de 13 a 15 años, continúan firmes alrededor de su jefe Carlos Lwanga. Los que aún son catecúmenos piden ser bautizados y están igualmente dispuestos a morir por Cristo.

 

Los misioneros también se preparan para el martirio y, a su vez, preparan a los bautizados y catecúmenos: No tengamos miedo a los que matan el cuerpo solamente… Amemos a nuestros enemigos, recemos por ellos. Devolvamos bien por mal. Así seremos hijos de nuestro Padre Dios. Carlos Lwanga medita: Han pasado ya la Navidad y la Resurrección; nos llamará Dios en la fiesta de la Ascensión.

 

Pasados apenas seis meses del martirio de Mukasa, el 25 de mayo de 1886, Dionisio Ssebuggwawo, que es un muchacho de 16 años, dulce, delgado y tímido, es horriblemente mutilado con largos machetes antes de ser decapitado, por haber enseñado los primeros elementos de la fe cristiana a dos de sus amigos, uno de ellos es Muwafu, hijo del Primer Ministro.

 

Los pajes son convocados por el Rey

 

Ante la cruenta persecución desatada contra los que rezan los pajes paganos dicen a sus camaradas cristianos: ¡Escondeos!, puede que las cosas cambien y entonces podréis volver. La sugerencia no fue aceptada por los cristianos. No -dijeron-, estamos al servicio del Rey, y si huimos nos acusará de traición y nos mandará matar. No, nos quedamos y moriremos por Dios.

 

En la noche del 25 de mayo son convocados para el día siguiente todos los pajes en la Sala de Audiencias. Los pajes cristianos pasan aquella noche preparándose para comparecer ante el Rey: rezan y piden a Dios valentía y fuerza para la batalla que se avecina.

 

Carlos Lwanga, el que había gozado del favor real y al que Mwanga había contado con él para sus encargos más delicados, piensa que ésta es su última noche de hombre libre; él está en plena juventud y siempre ha obedecido al Rey hasta el día en que éste se atrevió a pedirle lo que él no podía en manera alguna darle. La conciencia la tiene tranquila. Emplea aquellas últimas horas de libertad preparando a sus compañeros para el martirio, rezando con ellos por un largo tiempo. El Rey -les dice- nos ha ordenado con frecuencia abandonar nuestra religión. Mañana lo hará otra vez. Entonces seguidme todos y confesad vuestra fe sin miedo alguno. Y ocurra lo que ocurra, no dejéis de rezar. Al ver que Kizito ha quedado impresionado por la muerte de Ssbuggwawo y tiembla sin poderse controlar, se acerca a él y le anima: No te preocupes del futuro, cuando llegue el momento difícil te cogeré de la mano y si tenemos que morir por Jesús, moriremos los dos juntos, con las manos enlazadas. A continuación decide bautizar a los que aún son catecúmenos. Éstos son: Mugagga, Mbaga, Gyavira, Weraba y Kizito. La alegría en todos los pajes es grande.

 

En la Sala de Audiencias

 

Al día siguiente, cuando el Rey llega a la Sala de Audiencias del Palacio manda llamar a los pajes. Los primeros en acudir son Carlos Lwanga y su sección. Gracias al testimonio de Dionisio Kamyuka, uno de los tres pajes cristianos a los que Mwanga indultó, se sabe lo que ocurrió en aquella Sala.

 

Nosotros fuimos conducidos ante el Rey con nuestro Jefe, Carlos Lwanga. Saludamos al Rey y nos sentamos en la tierra. Mientras tanto Mwanga se mofaba de nosotros y nos insultaba. Después dijo: “Todos aquellos que abrazado la religión son condenados a la hoguera”. Ninguno de nosotros se entristeció. Eran alrededor de la 11 de la mañana.

 

El rey Mwanga añadió: Todos “los que rezan” que se pongan a mi derecha. Inmediatamente se levantó Carlos Lwanga, que cogiendo de la mano a Kizito, se colocó en el lugar que el Rey había indicado que debían situarse los que rezan. Todos los demás, con caras radiantes de alegría, le siguieron. También Bruno Sserunkuma, perteneciente a la guardia personal del Rey, se unió a los pajes voluntariamente, sin ser implicado, para tomar parte en el martirio. Todos los presentes -cortesanos, verdugos, asistentes, guardias…- quedaron asombrados de que veían.

 

Pero la sorpresa fue mayor cuando Mugagga, que durante el día estaba al servicio privado del Rey, se puso con los cristianos, porque nadie sabía que iba a la Misión de noche para ser instruido en la religión católica. El Primer Ministro le llamó: ¡Ven aquí! No pretendas ser uno de ellos. El joven paje le respondió: Sí que lo soy, y no quiero quedarme atrás cuando ellos van a morir por Cristo. Otro caso aparte fue el de Mbanga-Tuzinde, hijo de Mkadjanga, el principal y más cruel de los verdugos. Era catecúmeno al empezar la persecución y cuando ésta arreció fue bautizado por Carlos Lwanga. Su padre intentó que renegara de la religión y esconderle en un lugar seguro, pero el hijo se negó rotundamente Un ayudante de su padre le dijo: Corre, obedece a tu padre, escóndete en mi casa. Pero el joven paje, con firmeza, contestó: El Padre a quien debo obedecer primero está en los cielos; déjame con los demás.

 

Condenados a morir

 

Una vez que los cristianos se han puesto a la derecha del Rey, éste ordenó a los verdugos: Atadlos, y llevadlos a Namugongo. Los verdugos enseguida obedecieron, y los pajes fueron atados. Fuera del Campamento Real el padre Lourdel estuvo haciendo gestiones para ser recibido por Mwanga. Fue inútil, pero allí, junto a las puertas del Campamento, permaneció todo el día. En la mañana del 27 los condenados a la hoguera son conducidos a la colina Namugongo, situada a unos 17 kilómetros, donde los condenados serán quemados vivos. Lourdel los ve pasar uno a uno, atados y serenos. Observa a Kizito que va riendo y contento. Este adolescente, de figura angelical y encantadora, que había sufrido con mayor presión las proposiciones libidinosas del Rey rechazándolas siempre valientemente con energía, fue -en los momentos más difíciles- quien dio la nota de máxima valentía, el que levantó el ánimo de los que desfallecían. El misionero, emocionado, bendice por última vez a aquellos jóvenes encabezados por Carlos Lwanga que van al martirio.

 

La subida a la colina se hace penosa. Los jóvenes cristianos van atados de dos en dos para que no puedan huir. Mientras subían a Namugongo rezaban y se animaban unos a otros Muramos con valentía por Dios, se decían. Anastasio Bazzekuketta protesta: No voy a andar hasta Namugongo, el Rey os mandado matarnos. Matadme aquí. Y allí mismo los verdugos los acribillaron de flechas y descuartizaron. También en ese mismo día hubo otras víctimas. Una de ellas es el soldado Ponciano Ngondwe, que es martirizado porque al ser preguntado por la razón de su condena respondió: Por practicar la religión de Dios. Otra es el joven Gonzaga Gonza. Éste, cuando aún quedan 10 kilómetros de caminata, está sin fuerzas para seguir, con los pies muy llagados y los tobillos destrozados por las cadenas. Cae desplomado en el suelo en mitad del camino. Allí recibió la corona del martirio.

 

Al llegar a la cima del monte son encerrados en jaulas que hacen las veces de calabozo, a excepción de Nbaga-Tuzinde. Mkadjanga lleva a su hijo a casa de unos familiares donde el joven es atendido con solicitud y mimo y curado de sus heridas. Ése no volverá, le perdonará ya que es hijo del que manda a los verdugos, comentan algunos guardias. En Namugongo estarán una semana, el tiempo necesario para los preparativos de la ejecución masiva. Durante aquellos siete días de espera los cristianos continúan con sus oraciones y dándose ánimos para afrontar la dura prueba: Seamos valientes, muramos por Cristo. Jesús murió primero por todos nosotros. Después de un corto tiempo de sufrimiento tendremos el Cielo para siempre.

 

Mientras tanto, el padre Lourdel ha conseguido ser recibido por el Rey. El misionero intercede por los prisioneros. Por lo menos -dice-, mándame donde los has enviado. Mwanga no se lo concede, pero promete perdonar a algunos.

 

El martirio

 

El 2 de junio ya está cortada y apilada la leña, tejidas las alfombrillas de juncos en la que cada condenado a la hoguera será envuelto y atado. Todo está listo para el cumplimiento de la sentencia del Rey. Por la noche del aquel día los pajes están durmiendo hasta que el sonido de los tambores anunciadores del holocausto los despierta. Alguno se vuelve hacia el compañero más próximo preguntándole en voz baja: ¿Estás tú despierto, también? Mañana es nuestra última batalla. Todos son conscientes de que ha llegado el gran día de su victoria definitiva. Seamos valientes mañana -comentan entre ellos-, estemos firmes y muramos por Jesucristo.

 

Amaneció el 3 de junio de 1886. En ese día la Iglesia Católica celebra la Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo al Cielo. También en ese día un grupo de jóvenes cristianos, mártires de Cristo, van a entrar en la Gloria que Dios tiene reservada para los que le son fieles en la tierra.

 

Los prisioneros son sacados de los calabozos. Con las manos atadas a la espalda y en pequeños grupos son conducidos hacia el lugar donde se encuentra el verdugo mayor. Delante marcha Carlos Lwanga, que estos días, como prometió, ha estado pegado a Kizito; éste, también ahora, le sigue, y camino del patíbulo invita a todos a ir juntos de tal manera que pudieran ayudarse unos a otros si alguno decayera en su ánimo. Nadie titubeó.

 

Carlos Lwanga es una torre de fortaleza, de valentía y personalidad; el primero entre los luchadores del Palacio, héroe entre sus pajes, y sin miedo ahora ante su propia muerte. Su ejemplo es seguido por todos.

 

Cada grupo que llega al sitio señalado por los verdugos, es recibido con gritos de alegría y felicitaciones por los que habían llegado antes. El entusiasmo llega al máximo cuando ven una figura que se aproxima sola y sin las manos atadas a la espalda. ¡Es Nbanga-Tuzinde!, dice uno; ¡Bien hecho, valiente!, exclama otro. Los verdugos no salen de su asombro y comentan: Estos jóvenes, ¿no saben aún lo que les espera? El verdugo mayor, ¿no ha sido capaz de convencer a su propio hijo?

 

Cuando todos están reunidos, el asistente del jefe de los verdugos, usando de un privilegio -el de ajusticiar personalmente a uno de los condenados- elige a Carlos Lwanga, que ahora sí debe separarse de Kizito. Amigos -les dice-, volveremos a encontrarnos pronto en el Cielo. Voy delante de vosotros. Seguid siendo valientes. Perseverad hasta el fin.

 

Liado en una alfombrilla de hierba tejida, es colocado en una pira hecha para él solo. Va a ser martirizado delante de sus compañeros. Un verdugo prende fuego a la leña. Las llamas llegan empiezan a abrasarle. Carlos Lwanga soporta con entereza el suplicio. Veamos si tu Dios te libra de este fuego, dicen los verdugos. Me estáis quemando -es la contestación de Carlos Lwanga-, pero no me hacéis sufrir.

 

Y murió invocando el nombre de Dios hasta el final. En la fiesta de la Ascensión, como había dicho al comienzo de la persecución, recibió la corona del martirio.

 

Muerto su jefe, los pajes cristianos van a afrontar la muerte sin su líder, pero el ejemplo dado por Carlos Lwanga es fortaleza para todos. Los verdugos empiezan a atarlos con lianas una vez que has sido envueltos en las alfombrillas. La siguiente tarea de los verdugos es llevarlos a la madera apilada. Pero no todos son llevados a la pira. Simeón Sebuta, Dionisio Kamyuka y Weraba son indultados por el Rey, cumpliendo así con la promesa que le hizo al padre Lourdel de perdonar a algunos. Cuando los otros se dan cuenta, se despiden de ellos y les encargan: Decid al padre Lourdel que hemos sido fieles.

 

Un momento especialmente doloroso para todos, verdugos y cristianos, fue cuando el pequeño Kizito, con tan solo 14 años de edad, se despide al ser llevado a la pira: Amigos, adiós. ¡Vamos camino del Cielo! Momentos después Mkadjanga se acerca a su propio hijo: ¡Hijo mío, deja esa religión!, el Rey te perdonará. Yo te esconderé hasta entonces. Pero la respuesta de Nbaga-Tuzinde es clara: ¡Quiero morir por Dios! ¡No quiero abjurar de mi religión! El padre no puede resistir el ver arder a su hijo en la hoguera y pide a uno de sus asistentes que lo mate de un golpe en la nuca, antes de arrojarlo al fuego.

 

Los verdugos prenden fuego a la gran pira. Los mártires recitan oraciones hasta el final. El crepitar de las llamas altas como casas -dice un testigo- va unido al murmullo de esas plegarias. De la inmensa hoguera sale una voz fuerte y clara, la de Bruno Sserunkuma: Pediremos por vosotros, los que nos martirizáis. Minutos después el holocausto se había consumado.

 

Epílogo

 

Dionisio Kamyuka, en su testimonio para el proceso de beatificación, afirmó oír comentar a los verdugos cuando volvían de Namugongo: Hemos ajusticiado a muchos hombres en nuestra vida, ¡ninguno fue como éstos! Todos los anteriores lloraban y maldecían su suerte, pero éstos ¡rezaron hasta el final!

 

Cuántos fueron los que perecieron en la persecución, no se sabe, ni será fácil que se sepa nunca, habiendo ocurrido aquellos martirios en sitios donde la escritura era desconocida prácticamente y donde, por tanto, no podían perpetuase los hechos acaecidos. Pero ciertamente fueron muchos los mártires, aunque no se haya podido establecer para la mayoría de ellos un regular proceso de beatificación sobre los mismos. Dios quiso, sin embargo, que se conocieran siquiera el martirio de algunos africanos que, por ocupar puestos más relevantes, dieron su vida en condiciones que permitieron luego averiguar lo sucedido.

 

La furia persecutoria del Rey impuso un nuevo retiro voluntario de los Padres Blancos en 1888. Dos años después -1890- regresaron lo misioneros.

 

Ya en el siglo XX, Benedicto XV, en el año 1920, beatificó a 22 de los mártires católicos de Uganda. Estos 22 son todos aquellos a quienes se les pudo abrir un proceso de beatificación por estar bien documentado y testificado su martirio. Algunos años más tarde, en 1934, Pío XI designó a Carlos Lwanga patrono de la juventud católica africana. El 18 de octubre de 1964 Pablo VI canonizó a los mártires ugandeses, a aquellos hombres, muchos de ellos adolescentes, y todos nuevos cristianos, que dieron su vida con alegría, sin dudarlo, por su fe en Cristo, a la que amaron sobre todas las cosas.

 

******

 

Efemérides

 

El lunes después del domingo de Pentecostés del año 1963 -3 de junio- murió en Roma el papa san Juan XXIII.

 

San Juan XXIII

 

En Roma, san Juan XXIII, papa, cuya vida y actividad estuvieron llenas de una singular humanidad. Se esforzó en manifestar la caridad cristiana hacia todos y trabajó por la unión fraterna de los pueblos. Solícito por la eficacia pastoral de la Iglesia de Cristo en toda la tierra, convocó el Concilio Ecuménico Vaticano II. (1963) (Martirologio Romano).

 

*****

 

Semblanza

 

Un hombre enviado por Dios

 

Un papa de transición

 

El 9 de octubre de 1958 moría en Castelgandolfo Pío XII. En la tarde del 28 del mismo mes se anunciaba desde el balcón central de la Basílica de San Pedro la elección del cardenal Angelo Giuseppe Roncalli, Patriarca de Venecia, como nuevo papa con el nombre de Juan XXIII. El Pontífice recién elegido estaba a punto de cumplir los 77 años. Los expertos en temas vaticanos no dudaron en etiquetarlo como un papa de transición.

 

Breve fue el pontificado de Juan XXIII -sólo cuatro años y medio-, pero de gran importancia para la vida de la Iglesia. Juan XXIII, con visión profética, comenzó la tarea de la renovación de la Iglesia. Una palabra definió su pontificado: aggiornamiento (puesta al día). Y un hecho marcó su rumbo: la convocatoria del Concilio Vaticano II.

 

A principios de junio de 1963, al día siguiente de la Solemnidad de Pentecostés, hacia las ocho de la tarde, Radio Vaticano dio la escueta noticia: Ha expirado el Sumo Pontífice. El Papa de la bondad ha fallecido religiosa y serenamente a la 19,49 de hoy, 3 de junio de 1963.

 

Infancia y juventud

 

Angelo Giuseppe Roncalli nació en Sotto il Monte, el 25 de noviembre de 1881, en el seno de una familia numerosa y cristianísima. Era el cuarto de los trece hijos de un humilde matrimonio de campesinos que, no sin dificultad, lograban los medios suficientes para educarles. Los padres del futuro papa, Giovanni Battista Roncalli y Mariana Mazzola, el mismo día del nacimiento, llevaron a su hijo a bautizar.

 

Nunca se avergonzó Juan XXIII de su humilde cuna. Siendo Patriarca de Venecia recibió en el palacio patriarcal la visita de Vicent Auriol, Presidente de la República Francesa, con quien le unía una cierta amistad. Al mostrar a su ilustre visitante la austera habitación que en otros tiempos fuera de san Pío X cuando -antes de ser papa- ocupaba la Sede de San Marcos, le dijo: Él también era hijo de pobres, como yo. Por eso se conformaba con tan poco.

 

Desde niño, ayudó a su padre en las faenas del campo a la vez que cursaba sus primeros estudios en la escuela primaria de Cervico. El pequeño Roncalli era tan despierto que el cura párroco de Sotto il Monte se propuso hacer de él algo más que un picapedrero. ¿Un maestro de escuela?, ¿un sacerdote, quizá? El hecho es que ayudó a Angelo Giuseppe a ingresar en el seminario menor. El futuro papa siempre se mostró agradecido a don Francesco Rebuzzini.

 

En 1892 se matriculó en el seminario episcopal de Bérgamo después de haber cursado tres años de secundaria. Amante de la lectura, en el seminario destacó por su inteligencia despierta. En su época de seminarista Angelo Giuseppe Roncalli comenzó a escribir unos apuntes de las cosas de su vida interior. En ellos fue anotando las interioridades de su alma, sus deseos más íntimos y profundos, sus propósitos e ilusiones, sus exámenes de conciencia… Hasta su muerte lo estuvo haciendo, pero mientras vivió, no permitió que fuesen conocidos o publicados estos escritos. Él los escribía para su propia vida, para caminar y vivir cada vez mejor delante del Señor. Siendo papa se los confió a su secretario, Loris F. Capovilla, diciéndole que los publicase después de su muerte. Al año siguiente de la muerte de Juan XXIII se publicaron los apuntes con el título Diario del alma. En esas anotaciones está la marcha interior de un santo muy unido a Dios y siempre cercano a los hombres.

 

Una vez acabados sus estudios eclesiásticos, no puede ordenarse debido a su juventud. Su obispo, monseñor Camilo Guindani, quiso que perfeccionase su preparación para la ordenación, por lo que Angelo Giuseppe decidió continuar sus estudios en Roma. Llegó a la Ciudad Eterna al comienzo del año 1901, y el 3 de enero ingresó en el Ateneo de San Apolinar para proseguir sus estudios teológicos. Un año después los interrumpe para hacer el servicio militar, en el regimiento de infantería de Bérgamo. En el cuartel, con su simpatía, supo ganarse el afecto de sus compañeros y superiores. Aún así, su estancia en filas lo definió como un verdadero purgatorio.

 

Sacerdote

 

Terminado el período militar, regresó a San Apolinar. Estando en el Ateneo, su profesor de Historia de la Iglesia, Bugarini, le dio el siguiente consejo: Lee poco, pero lee bien. El 13 de julio de 1904 corona sus estudios con el doctorado en Teología.

 

Y por fin llegó el día tan deseado. El 10 de agosto de 1904 fue ordenado sacerdote por monseñor Giuseppe Ceppetelli en la Ciudad Eterna. Tenía 23 años de edad. La ordenación tuvo lugar en Santa María de Monte Santo (plaza del Pópolo). Cantó su primera Misa en la Basílica de San Pedro.

 

Meses después fue llamado por el recién nombrado obispo de Bérgamo, monseñor Giacomo María Radini-Tedeschi, para designarle su secretario. Colaboró con su obispo, famoso por su profundo sentido social, en las tareas de apoyo a las reivindicaciones de los obreros y en los sectores más humildes de la diócesis. Desde octubre de 1906 dirigió el boletín eclesiástico La vida diocesana. Además, fue profesor de Historia de la Iglesia en el seminario de la diócesis, y años después, también en el mismo centro docente, explicó Patrología y Apologética.

 

Durante esta época escribió dos obras sobre temas históricos. La primera, El cardenal Baronio en el tercer centenario de su muerte, en la que ensalzó al autor de los Anales de la Historia de la Iglesia y renovador de los estudios históricos; y la segunda, Actas de la visita apostólica de San Carlos Borromeo a Bérgamo. En el año 1914 murió monseñor Radini-Tedeschi, la persona que más había influido en la formación de los primeros años de sacerdocio de Angelo Giuseppe Roncalli. Éste estaba decidido a escribir la biografía del prelado, pero los acontecimientos del aquel año se precipitaron.

 

Primera Guerra Mundial

 

Al estallar la Primera Guerra Mundial, Roncalli fue movilizado. Alistado en el ejército italiano, sirve primero como suboficial de sanidad (alcanzó el grado de sargento) y, después, a partir del 28 de marzo de 1916, como capellán castrense. Se distinguió por su ardor atendiendo y consolando a los heridos. Fue licenciado el 10 de diciembre de 1918.

 

Angelo Giuseppe durante su larga vida guardó en la memoria los recuerdos de su estancia en las filas del ejército. Estos recuerdos dieron lugar a varias anécdotas suyas, siendo ya papa, en las que sobresale su buen humor, como se manifiesta en los siguientes sucedidos. En una audiencia de Juan XXIII con unos prelados italianos fue saludándolos hasta llegar a Arrigo Pontinello, capellán de todo el ejército italiano. El Papa, ante las insignias del Obispo-General, recordó su época de sargento de sanidad, y cuadrándose, le saludó marcialmente, diciéndole: Mi general, el sargento Roncalli a sus órdenes.

 

En otra audiencia, oyó de pasada el nombre de un general entre las personas que recibía. Aquel nombre le llevó a recordar sus años de militar. Quiso hablar a solas con el general. Tan pronto como el militar se halló ante el Papa en la biblioteca privada, se arrodilló y trató de besar el anillo pastoral de Juan XXIII. Pero no encontraba la mano. Al levantar la vista, vio que el Pontífice le saludaba militarmente. Enseguida le dijo: ¿No se acuerda usted del sanitario Roncalli, de nuestro encuentro en el hospital de Bainzizza? Bien; en todo caso me alegra que haya hecho usted carrera en el ejército. Vea usted que yo también he hecho carrera. Ahora soy el jefe de la Iglesia Católica.

 

Al término del conflicto, con la firma del armisticio, regresó Roncalli a Bérgamo, siendo nombrado por su obispo, monseñor Marelli, director espiritual del seminario.

 

Misión diplomática

 

El 3 de marzo de 1925 fue nombrado Visitador Apostólico en Bulgaria y arzobispo titular de Areópolis. El 19 del mismo mes y año fue consagrado obispo en la iglesia romana de San Carlos al Corso por el cardenal Giovanni Tacci. Eligió la divisa Obedientia et pax.

 

En la capital búlgara, Sofía, las competencias del Visitador Apostólico sobre los 50.000 católicos no estaban claramente definidas, pero las dotes naturales de simpatía humana le facilitaron los contactos a todos los niveles, en un ambiente acostumbrado a mirar a Roma con reserva y, a veces, con hostilidad. Poco a poco, estableció relaciones de simpatía y, en ciertos casos, de amistad. En 1930 el Gobierno búlgaro permitió la constitución de una Delegación Apostólica, pero hasta el 20 de septiembre de 1931 no fue nombrado monseñor Roncalli Delegado Apostólico. En su nuevo cargo prosiguió la acción de acercamiento, facilitada por un afecto sincero que profesó siempre hacia el pueblo búlgaro, y las condiciones de los católicos mejoraron notablemente.

 

Después de nueve años en Sofía, el 24 de noviembre de 1935 recibió el nombramiento de Delegado Apostólico en Turquía y Grecia, y al mismo tiempo Administrador Apostólico en Estambul, lo que le amplió el campo de sus tareas pastorales. Residió en la capital turca, pero pasando largas temporadas en Atenas.

 

La situación de los católicos de estos países era comprometida. Roncalli, por medio de un apostolado personal realizado entre las autoridades, consiguió mejorarla. El régimen político turco se distinguía por un laicismo intransigente que llegaba a prohibir a los eclesiásticos vestir en público el traje propio de su condición. Monseñor Roncalli, aunque de mala gana, tuvo que resignarse y vestirse de seglar.

 

En Estambul, donde residía el Delegado Apostólico, no había obispos. El obispo era Angelo Giuseppe Roncalli por su condición de Administrador Apostólico; más aún, fue el párroco de los pocos miles de fieles. El Patriarca ecuménico de Constantinopla lo miraba con desconfianza y el Gobierno turco lo ignoraba. Sin embargo, una vez más las dotes de delicadeza y bondad comprensiva le abrieron muchos corazones.

 

La situación en Grecia no era sustancialmente diversa. No había un régimen laicista de separación, pero la religión del Estado era la ortodoxa y el Metroplitano de Atenas no admitía ninguna concesión a las minorías religiosas, y menos aún a las católicas de rito oriental. A pesar de todo, las cosas mejoraron gracias a monseñor Roncalli y a sus contactos personales, hasta el punto de que posible construir en Atenas una catedral católica.

 

Mientras desarrollaba su misión diplomática en Turquía y Grecia le sorprendió la Segunda Guerra Mundial. En 1940 Grecia es invadida por italianos y alemanes, que ocuparon el pequeño país en su totalidad. Consecuencia inmediata -además de los horrores de los campos de batalla, heridos, prisioneros, etc.- fue el bloqueo de los puertos griegos impuesto por los ingleses para impedir todo aprovisionamiento de los ocupantes.

 

Monseñor Roncalli socorrió a la población hambrienta -sin hacer distinción alguna entre católicos y ortodoxos- con las ayudas que le llegaban de las organizaciones católicas a través de Roma. Consiguió, con la colaboración del Patriarca ortodoxo de Grecia -Damaskinos, Metropolitano de Atenas- establecer un plan eficaz de ayuda: una red de depósitos de alimentos y una adecuada distribución. Pero su tarea humanitaria llegó a más. Como diplomático realizó las oportunas gestiones para que los ingleses dejaran pasar los barcos que traían alimentos. Lo consiguió en 1942. Con este paso el azote del hambre se alivió notablemente.

 

También estaba en contacto con los embajadores de todas las naciones, beligerantes o neutrales, para salvar la vida de miles de judíos, que estaban en peligro real de exterminio por los nazis. En esta labor le ayudó especialmente Von Papen, católico y embajador del Reich. Gracias a su gestión una muchedumbre de judíos pudo escapar de la muerte.

 

Nuncio en París

 

El 6 de diciembre de 1944, cuando Roncalli ya ha cumplido los sesenta y tres años de edad, el Delegado Apostólico en Turquía y Grecia recibió una noticia que lo dejó de una pieza: El Santo Padre lo nombra nuncio en París.

 

Roncalli era un gran pacificador, y en la ciudad del Sena no desaprovechó la oportunidad de demostrarlo. Robert Schumann, que más tarde fue Primer Ministro del Gobierno francés y uno de los fundadores del Mercado Común, decía de él: Es la única persona en París en cuya compañía puede experimentarse la sensación física de paz.

 

Un día, con motivos de unas reformas en la sede de la Nunciatura Apostólica, unos obreros estaban trabajando junto al despacho del Nuncio. En un momento determinado, uno de aquellos hombres, contrariado por algo de su trabajo que no había salido bien, soltó una sonora blasfemia que fue oída por Roncalli. Éste se dirigió hacia el obrero que había blasfemado y, con serenidad, le dijo: ¿Por qué usted no dice como todos: ¡merde! (¡mierda!), en vez de blasfemar?

 

Angelo Giuseppe Roncalli, como Nuncio en París, tuvo que frecuentar reuniones de todo tipo: recepciones diplomáticas, celebraciones solemnes del gobierno, banquetes oficiales o del Cuerpo Diplomático… con gentes de toda nación y religión. Se relacionaba con todos. Tenía capacidad para hacer amigos. Uno de estos amigos fue el Presidente de la Asamblea Nacional, Edouard Herriot, anticlerical conocido y contumaz. Años más tarde, Herriot, viéndose en las puertas de la muerte, pidió los auxilios espirituales de la Iglesia Católica. ¡Bendito sea Dios! -exclamó conmovido Roncalli al enterarse de esta noticia, siendo ya Patriarca de Venecia-. Ahora sí que creo que llegué al corazón.

 

Un día coincidió en una recepción diplomática con el primer rabino de la Comunidad judía de París. Entablaron amistosa conversación y al dirigirse al comedor se cedían mutuamente la precedencia. Entoncés, Roncalli dijo al rabino: Por favor, primero el Antiguo Testamento y luego el Nuevo…

 

Patriarca de Venecia

 

En el segundo y último consistorio del pontificado de Pío XII, celebrado el 12 de enero de 1953, monseñor Roncalli fue elevado a la dignidad cardenalicia, y casi enseguida el papa Pío XII lo nombró Patriarca de Venecia.

 

Dejada la capital francesa, volvió a la tierra en la que nació y trabajó como sacerdote. El 15 de marzo de 1953 hizo su entrada en Venecia. El nuevo Patriarca estaba convencido de que la simplicidad evangélica está por encima del refinamiento diplomático; por eso procuraba siempre simplificar las cosas complicadas. Lo que a veces le mereció el reproche de ingenuo. Pero supo, mejor que muchos intelectuales, que la realidad es polifacética. Se comportó siempre, en todos los sitios y ante todo, como un pastor, esto es, un hombre en contacto directo con los demás hombres a todos los niveles y con sus problemas, sin barreras ni perjuicios, sin etiquetas partidarias ni conveniencias sociales. En los cinco años que permaneció en la Ciudad de las góndolas estuvo presente con sus fieles en las alegrías y en los dolores y se conquistó su amor filial.

 

Durante aquellos años de su pontificado en Venecia, monseñor Roncalli hubo de presenciar un movimiento bastante fuerte de huelgas en la ciudad y en su entorno industrial. Siguió con preocupación los acontecimientos y, por supuesto, creyó oportuno hacer oír su voz. Manifestó su pesar por el conflicto, pidiendo encarecidamente a todos que buscaran y hallaran una pronta solución. No pudo menos de recordar a los más desfavorecidos, las familias obreras desprotegidas y sumidas en la angustia, y entre otras cosas, dijo: No me atrevo a decir más, pero me dirijo a los dirigentes industriales, a sus asesores técnicos y económicos, y les conjuro en nombre de Dios a considerar que la inteligencia y los bienes de fortuna que poseen fueron puestos a su disposición no sólo para su satisfacción personal, sino para servir como instrumentos de la Providencia, en beneficio de toda la familia humana y dedicarlos al más arduo, pero necesario, de los servicios sociales.

 

La muerte de Pío XII lo llamó a Roma para asistir al cónclave, del cual Angelo Giuseppe Roncalli salió convertido en Juan XXIII.

 

Las sucesivas etapas de la vida de Angelo Giuseppe Roncalli, hasta llegar a la Sede de San Pedro, vinieron siempre contra su voluntad. Él no buscó ser secretario del obispo de Bérgamo, monseñor Giacomo Radini-Tedeschi; ni marchar a Bulgaria y Turquía como Delegado Apostólico, ni ser Nuncio en la capital de Francia, ni tampoco ser Patriarca de Venecia, y mucho menos llegar a ser Papa. Él sólo había tenido un deseo en toda su vida, un sueño que jamás pudo realizar. Yo sólo quise ser un cura rural. Dios nunca lo permitió, dijo muchas veces durante su vida.

 

En la Sede de San Pedro

 

No le resultó fácil a Angelo Giuseppe Roncalli hacerse a la idea de que era papa. En las primeras semanas del nuevo pontificado, en una conversación con los alumnos del seminario romano, Juan XXIII desveló la siguiente confidencia: A veces, oyendo hablar del Papa a mi alrededor, en discurso directo o indirecto, se me escapa: “Hay que decirlo al Papa; esto hay que tratarlo con el Papa, etc.” Yo pienso todavía y siempre en el Santo Padre Pío XII, por quien sentía verdadera veneración y afecto, olvidando a veces que el interlocutor interesado de alguna manera soy yo. Poco a poco tendré que irme acostumbrando al modo de hablar que implica mi nuevo ministerio. Sí, soy yo el indigno siervo de los siervos de Dios, porque el Señor lo ha querido: Él y no yo. Cada vez que oigo llamar Santidad o Beatísimo Padre, os aseguro que me siento lleno de confusión y me quedo pensativo.

 

Especialmente se le hizo costoso el riguroso protocolo pontificio que imponía al Papa un aislamiento tremendo. Juan XXIII lo fue suprimiendo poco a poco en parte, y con frecuencia se salía de la rigidez protocolaria del Vaticano. Las siguientes anécdotas hacen referencia a esta guerra declarada del Papa a la rigidez del protocolo.

 

Una costumbre, exigida por el protocolo, a la que tuvo que hacer frente fue la de no comer solo. Un día, recién elegido papa, como no llegaba al comedor a la hora del almuerzo, alguien fue a avisarle. Estaba Juan XXIII sentado en su despacho. El Papa preguntó al que le buscaba: ¿Qué tengo que hacer ahora? Y aquella persona le respondió: Es la hora del almuerzo, Santidad. Entonces, Juan XXIII, levantándose, dijo: Ya voy, hijo mío… Bueno, creo que estoy un poco desorientado. Tengo la impresión de comenzar ahora una especie de noviciado. Al llegar al comedor se dio cuenta de que no había nadie más, pues según la costumbre y el protocolo vaticano el Papa debía comer solo. Ante aquella situación de soledad, comentó con tristeza y resignación: Ya lo creo que estoy comenzando ahora mi noviciado. Ahora tengo que comer solo…, como un seminarista castigado. Y así estuvo unos días, pero no pudo contener su lamento, pues no le agradaba la idea de comer siempre sin compañía: Quieren que coma solo, se dijo. Sin embargo, fue por poco tiempo. Con decisión acometió la crisis y la superó. Con gracejo, contó más adelante: Lo probé durante una semana y no me encontré cómodo. Luego busqué en la Sagrada Escritura un pasaje que dijera que debo comer solo. Y al no encontrarlo me he decidido a suprimir esta costumbre. Ahora estoy más a gusto.

 

La primera audiencia que concedió Juan XXIII fue al conde Giuseppe della Torre, director del L’Osservatore Romano. Como el ilustre periodista se disculpara por su tardanza, ya que no tenía el frac a punto, el Papa le interrumpió: Oh, no quería hablar con el frac, sino con usted… Semanas después, Juan XXIII fue a la imprenta vaticana donde se imprimía el diario oficioso de la Santa Sede, con gran sorpresa del director del periódico, conde Della Torre. El Papa le comentó llanamente que siempre había leído en L’Osservatore Romano las expresiones: “El luminoso Santo Padre…” o “el inspirado y sublime discurso del Santo Padre…”, o “de los augustos labios del Sumo Pontífice…” u otras parecidas, siempre laudatorias y encumbradoras. Él deseaba, sin embargo, que se cambiasen esas expresiones por otras mucho más sencillas. Hablemos sin rodeos -le dijo al director-, con estilo más acorde con estos tiempos, un estilo directo y sencillo. Así: “El Papa ha dicho esto o lo otro… El Papa ha hecho… El Papa ha recibido…” No hace falta nada más. El conde Giuseppe della Torre se quedó desconcertado y en su rostro se reflejaba contrariedad. Al observarlo, Juan XXIII le dijo: Yo lo prefiriría. Y como la aflicción del aristocrático director no desaparecía del todo, rectificó aún para decirle: Nos lo preferiríamos

 

Juan XXIII, a pesar de su avanzada edad, tenía un carácter jovial. Además, en su forma de actual, era expeditivo. Fue un papa extraordinariamente popular, que se manifestaba de forma especial en sus repetidas salidas del Vaticano a diversas partes de Roma y de Italia. Como Obispo de Roma imprimió un nuevo estilo en el ministerio pastoral restableciendo la costumbre de visitar algunas basílicas o instituciones insignes así como parroquias, cárceles y hospitales.

 

El Papa visita los hospitales para consolar a los que sufren -escribió el cardenal Pericles Felici en sus Memorias-; está en la cabecera de los moribundos para infundirles palabras de confianza; va a las cárceles para cumplir una de las más bellas obras de misericordia; a las escuelas, a los seminarios, a los colegios, a los barrios populosos de las grandes ciudades, a los lugares de trabajo; visita las iglesias para predicar la palabra de Dios, para celebrar el sacrificio divino, para administrar los santos sacramentos.

Durante su primer año de pontificado realizó unas cincuenta visitas fuera de los muros del Vaticano, algunas de ellas de un modo totalmente inesperado, dando lugar a situaciones divertidas. Un buen día fue Juan XXIII a visitar en Roma un hospital, llamado Archihospital del Espíritu Santo. Al llegar, como era normal, le recibieron los directivos, entre ellos la superiora de las monjas que atendían el hospital. Santo Padre, yo soy la superiora del Espíritu Santo, dijo la monja al presentarse ante el Papa. Éste, después del saludo, dijo: Mucha autoridad tiene la superiora del Espíritu Santo. Yo no paso de ser el vicario de Cristo.

 

Una paz de espíritu que procuraba transmitir a los demás, como se refleja en el siguiente hecho. Una de sus obligaciones como Jefe de la Iglesia era recibir obispos de todas las partes del mundo, cada uno en una situación bien concreta con sus más variadas circunstancias. En su época todavía no se había introducido la presentación de la renuncia a la sede al cumplir los setenta y cinco años y, por tanto, seguían los obispos al frente de sus diócesis hasta la muerte, siendo escasos los casos de jubilación por enfermedad. Pues bien, alguna que otra vez Juan XXIII se encontró con algún obispo que iba a contarle sus penas, dolores y dificultades. El Papa los escuchaba muy atentamente. A uno le respondió: Sé muy bien lo que usted siente, querido hermano. Yo también a veces siento que no puedo más. Entonces me refugio en la oración. Lo hice recientemente, y me pareció escuchar una voz que me decía: “Ángel, Ángel, no te lo tomes tan en serio”. Y con esto me quedé tranquilo.

 

La convocatoria de un concilio

 

El 25 de enero de 1959 Juan XXIII anunció en la Basílica de San Pablo extramuros su intención de convocar un concilio ecuménico, de celebrar el sínodo romano y de revisar el Código de Derecho Canónico. Fue una decisión sorprendente, inesperada, tan nueva y tan extraordinaria que dejó atónitos a la inmensa mayoría de los cristianos. Un concilio era un acontecimiento que hacía casi cien años que no tenía lugar en la Iglesia. De hecho, surgieron las siguientes preguntas: ¿Qué es un concilio?, ¿cómo se prepara?, ¿cómo se desarrolla?

 

El mismo Juan XXIII reveló pocos días más tarde cómo había llegado a tomar aquella decisión tan trascendente para la vida de la Iglesia. La idea había comenzado a fraguarse el 18 de enero de 1959, el primer día de la semana por la oración por la unión de los cristianos; pero la realización concreta de aquella idea era algo tan remoto que, en palabras del mismo Papa, me pareció una verdadera tentación, hasta el punto de que traté de rechazarla por todos los medios; pero, dada su persistencia, llegué al convencimiento de que se trataba de una inspiración de lo Alto; convencimiento que se convirtió en certeza precisamente el último día de la semana de oración. Entonces ya no tuve la menor duda, y aquel mismo día hice el anuncio del Concilio.

 

En una ocasión, reunido con un grupo de personas que deseaban conocer mejor la finalidad del anunciado concilio, se dirigió tranquilamente hacia la ventana, la abrió de par en par, y les dijo: Para esto es el Concilio, para traer un poco de aire fresco a nuestra Iglesia. Otra vez, un alto dignatario eclesiástico preguntó a Juan XXIII sobre cómo sería el desarrollo del Concilio. El Papa, con todo su buen humor habitual, respondió: En el tema del Concilio todos somos novatos. Todos carecemos de experiencia, pues ninguno ha asistido al anterior.

 

Abierto el Concilio, fue recibiendo por grupos a los obispos del mundo entero. En la audiencia concedida a los obispos de Canadá comentaba familiarmente con ellos las incidencias del Concilio, las discusiones, las diversidades y modos de pensar distintos y aun opuestos, las distintas tendencias, las dificultades, etc. El Papa se mostraba optimista con el desarrollo de las sesiones y, acerca de las opiniones opuestas, les decía: ¿Pensáis que os he hecho venir a Roma para que cantéis todos el mismo salmo como los monjes?

 

Bondad y sencillez

 

En una conferencia de monseñor Loris Capovilla, secretario particular de Juan XXIII, dijo: Permitid que me exprese con una frase confidencial. A él (Juan XXIII) no le disgustó cuando la supo, porque le recordó aquella salida de una mujer romana al día siguiente de la elección de san Pío X: “Será lo que sea, pero al menos es guapo”. Así, también, repito yo el eco de la impresión popular del primer contacto televisivo con él (Juan XXIII), tal vez deformado por la pantalla, la misma tarde de su elección: “Guapo no lo parece mucho, pero la cara de bueno no se la quita nadie”.

 

Juan XXIII fue la imagen personificada de un papa bueno, paciente y paternal por excelencia. Su aspecto de anciano bondadoso guardaba un corazón paternal. No sólo tenía cara de bueno, sino que realmente lo era. En la primera Navidad de su pontificado, por la mañana celebró la Misa pontifical en San Pedro e impartió la bendición urbi et orbi desde el balcón central de basílica vaticana. Por la tarde visitó el hospital infantil del Janículo, donde estuvo con los pequeños pacientes internados, y a continuación marchó al Archihospital del Espíritu Santo, permaneciendo un buen rato con los ancianos enfermos.

 

Cuando entró en el hospital pediátrico, los niños se pusieron locos de alegría, con manifestaciones ruidosas de su alborozo. Todos llamaban al Papa: Papa Juan, ven aquí… Papa Juan, una bendición… Él los miraba hasta que tomó la palabra y dijo: Silencio, guardad un poco de silencio. Yo iré a todos. Esperad un poco… Dirigiéndose al primero de la fila, le preguntó: ¿Cómo te llamas? Ángel, respondió el chaval satisfecho. Mira, también yo me llamaba antes Ángel. Ahora me han cambiado el nombre y me llaman Juan. Y acercándose a otro: Y tú, ¿cómo te llamas? Me llamo Arcángel, contestó el niño. Tienes mucha suerte, ¿sabes? A mí me han llamado Ángel, nada más. Pasó saludando a todos, uno por uno. Al acercarse a un niño ciego, éste le dijo: Tú eres el Papa, yo lo sé, aunque no puedo verte. El Papa se emocionó, y le dijo con inmenso cariño: A veces todos somos ciegos.

 

En el Archihospital del Espíritu Santo estuvo charlando con los ancianos, y les habló de las obras de misericordia. Basta -dijo- con empezar a practicar una de ellas para que a dicha práctica venga a agregarse la de todas las demás. Y él fue el primero en poner por obra lo que aconsejaba. Al día fue a visitar a los reclusos de la cárcel Regina Coeli. A los presos les dijo: Mis queridos hijos, mis queridísimos hermanos, todos nosotros estamos en la casa del Padre, aquí como en otro lugar… De pronto sus palabras fueron interrumpidas por una voz emocionada que gritaba ¡Viva el papa!, que fue secundado por todos los reclusos.

 

Juan XXIII solía visitar las parroquias de Roma, especialmente las de las barriadas periféricas, con mucha gente obrera. Siempre se acercaba a hablar con algunos feligreses, sobre todo con los niños. En una ocasión preguntó a uno: ¿Cómo te llamas? Y el chaval respondió: Me llamo Juan. Y el Papa comentó: Tienes un buen nombre. Yo también me llamo Juan. Siguió el diálogo del niño con el Papa. ¿Y qué quieres ser cuando seas grande?, preguntó de nuevo el Santo Padre. El pequeño, de unos doce años, le contestó: Quiero ser papa como tú. Todos se rieron, Juan XXIII el primero; sus ayudantes, más quedamente. El Papa, a continuación, puso las manos sobre los hombros del chiquillo, e, inclinándose, le dijo suavemente, pero de modo que todos lo pudieron oír: Has elegido una profesión difícil. Créeme, es una vida de sacrificio.

 

Al llegar al Vaticano conservó, sobre todo en los puestos humildes, a los mismos servidores que había tenido Pío XII. A los pocos días de su elección le comunicaron que su chófer personal, el mismo que había tenido su predecesor, quería jubilarse. Juan XXIII le llamó para escuchar sus razones. El buen hombre le dijo: Pienso que Su Santidad tendrá ya a otro. Además, yo ya empiezo a estar viejo. Y el Papa, casi sin darle tiempo a terminar la frase, le respondió: También yo, hijo mío. Soy viejo y me gusta la compañía de los de mi edad. Además, nuestro Estado no tiene mucho tránsito. Quédese.

 

Un buen día Juan XXIII recibió en audiencia a un grupo perteneciente a EURATOM, que era una organización europea creada hacía poco tiempo y se dedicaba al uso pacífico de la energía atómica. El presidente de la organización expuso con palabras muy técnicas los fines de la misma. El Papa escuchaba atentamente. Cuando llegó el final del discurso, dijo con sencillez: Apenas si he entendido algo de lo que usted ha dicho. Anoche, este amigo mío (se refería a su secretario, monseñor Capovilla) me preparó la lección. Tampoco lo entendí. Pero me basta saber que seis hombres pueden sentarse en torno a una mesa con espíritu de paz, y a esos hombres les doy mi bendición…

 

Al despedirse un obispo polaco, después de haber sido recibido en audiencia por Juan XXIII, ya casi desde la puerta, dijo el prelado: Alabado sea Jesucristo. Entonces el Papa le hizo volver para decirle: En Bérgamo, nuestro pueblo, que es listo y piadoso, al saludo “alabado sea Jesucristo” se responde diciendo: “sea por siempre alabado, señor cura, y el diablo sea ahorcado”.

 

Muerte

 

En mayo de 1963, Juan XXIII enfermó de gravedad. Al darse cuenta el médico que le atendía que el final se acercaba, con la ayuda del confesor, le comunicó al Pontífice que su situación era clínicamente desesperada. Su secretario particular, monseñor Capovilla, que le había prometido que le advertiría de la proximidad de la muerte, se acercó a su cabecera y le habló: Santo Padre, mantengo la palabra… Cumplo ahora el mismo deber que Vos mismo cumplisteis ante monseñor Radini. Ha llegado la hora: el Señor os llama. Juan XXIII permaneció unos minutos recogido, luego, sonriendo, dijo al médico: Le agradezco que haya usado conmigo tanta caridad y le agradezco también que haya dicho que voy en busca de la muerte, porque así desde ahora puedo ocuparme únicamente en preparar mi alma para el momento que se aproxima. Después hacía estas conmovedoras confidencias a su secretario monseñor Loris Capovilla: ¡Mirad a este monseñor Loris, tan valiente, que llora como un niño! ¡Ánimo! ¿Acaso es cosa triste irse al Paraíso? Hagamos bien las cosas. Primero, la última audiencia al cardenal Secretario de Estado; luego, la Extremaunción. Después, mi confesor. No es que tenga demasiada necesidad. Estoy dispuesto. Nunca he traicionado. He guardado siempre la castidad. La caridad la he guardado también para con todos. Hay algunos a los que no he podido contentar en lo que querían, y que a lo mejor quedaron descontentos: irás a pedirles perdón en nombre.

 

Juan XXIII recibió con piedad la Unción de enfermos y el viático. Además, conservó hasta el último momento de su vida el buen humor. Estando en el lecho la víspera de su muerte, que era domingo de Pentecostés, viendo a sus familiares tristes y llorosos, les dijo: Ánimo, no lloréis; Pentecostés es un día de alegría.

 

Al atardecer del 3 de junio, lunes de Pentecostés, el Vicario del Papa para la diócesis de Roma, cardenal Traglia, había celebrado la Misa al aire libre sobre la escalinata de la Basílica Vaticana. La Plaza de San Pedro estaba llena de gente. Cuando el celebrante pronunció el ite Missa est, Juan XXIII entregó su alma a Dios. La ventana del tercer piso, su ventana, se iluminó en aquel instante. Todos los fieles comprendieron, y subió al cielo la primera plegaria de sufragio o de impetración.

 

La causa de canonización

 

En el año 1965, el papa Pablo VI anunció a los padres conciliares del Concilio Vaticano II que había introducido la causa de beatificación de sus dos más inmediatos predecesores, Pío XII y Juan XXIII.

 

El milagro que se ha aportado a la causa es la curación inexplicable de una religiosa italiana. Se trata de sor Caterina Capitani, de 58 años, madre superiora de las Hijas de la Caridad de un hospital de Agrigento (Sicilia). Hace 34 años estuvo a punto de morir a causa de una peritonitis en el estómago. Había perdido 24 kilos, no podía alimentarse normalmente; tenía una herida exterior. Los médicos la desahuciaron y se le administró la unción de enfermos. Cuatro días después, el 22 de mayo de 1966, sus hermanas de religión le llevaron una reliquia de Juan XXIII, por quien sentía un gran cariño. Apoyaron la reliquia en la herida que tenía en el estómago y rezaron. Tres días después se cerró la herida, y su imparable mejoría quedó registrada en los exámenes clínicos.

 

La comisión médica de la Congregación para las Causas de los Santos se pronunció en el sentido de que la curación de sor Caterina Capitani se realizó de modo instantáneo, perfecto y duradero, y por tanto es científicamente inexplicable.

 

El 3 de septiembre del Gran Jubileo del Año 2000 de nuestra Redención el papa san Juan Pablo II lo beatificó. Y el 27 de abril de 2014 fue canonizado por el papa Francisco.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s