Día 4 de junio

4 de junio

 

La octava maravilla del mundo

 

Todo el mundo ha oído hablar de las siete maravillas de la antigüedad. Éstas son: Las Pirámides de Egipto; El Faro de Alejandría; Los Jardines colgantes de Babilonia; El Templo de Diana en Éfeso; La Estatua de Zeus en Olimpia; El Coloso de Rodas; la Tumba de Mausoleo en Halicarnaso. Sólo una –Las Pirámides de Egipto- existe en la actualidad. De las otras seis no queda más que el recuerdo.

 

Cuando se construyó el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, se dijo de él que era la octava maravilla del mundo. Lo mandó construir el rey Felipe II para conmemorar la batalla de San Quintín, ganada por los españoles a los franceses el día de san Lorenzo de 1557. Encargado de dirigir las obras de su construcción fue el arquitecto Juan de Herrera.

 

El edificio comenzó a construirse en 1561 y no se acabó hasta veintiún años después. Felipe II solía visitar las obras. En una ocasión, entró en la cripta que está debajo de la entrada de la iglesia. El rey observó cómo se estaba construyendo el techo, y ordenó al arquitecto que pusiera una columna en el centro, pues estaba seguro de que sin este apoyo no podría sostenerse. Juan de Herrera no puso ninguna objeción y colocó la columna, según los deseos del Monarca. Cuando enseñó a Felipe II la obra ya terminada, el Rey le agradeció que hubiese seguido su consejo de poner la columna. Y entonces el arquitecto la derribó de un puntapié. La columna era de cartón y no sostenía nada. Y así quedó demostrado que el techo no necesitaba ninguna columna para sostenerse.

 

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Hay personas que exigen un apoyo humano para tener fe, que les demuestren los misterios de fe para poder creer en ellos. Con su pretensión, dan a entender que no tienen la menor idea de lo que es y significa la fe. Los misterios de fe son, necesariamente y por definición, absolutamente indemostrables por la razón humana. Si pudiera demostrarlos la razón, dejarían de ser automáticamente misterios de fe, para convertirse en verdades científicas por la intrínseca evidencia de las mismas.

 

Nuestra fe no se apoya en demostraciones científicas sino en la autoridad de Dios que revela. El Concilio Vaticano I afirma: Esta fe, que es el principio de la humana salvación, la Iglesia Católica profesa que es una virtud sobrenatural por la que, con la inspiración y ayuda de la gracia de Dios, creemos ser verdadero lo que por Él ha sido revelado, no por la intrínseca verdad de las cosas percibidas por la luz natural de la razón, sino por la autoridad del mismo Dios que revela, el cual no puede engañarse ni engañarnos (Constitución dogmática Dei Filius, c. 3).

 

La autoridad de Dios se funda en su ciencia y en su veracidad. Sabemos que Dios es infinitamente sabio y no puede equivocarse; que es infinitamente veraz y bueno, y, por tanto, no puede engañarnos. Toda nuestra fe descansa sobre esos pilares. Por tanto, no hay que buscar demostración donde Cristo pide sumisión del intelecto.

 

Un obstáculo que se opone a la aceptación de la fe por parte de algunas personas es un cierto tipo de racionalismo, que les lleva a considerar a la razón humana como el único medio para alcanzar la verdad, y a rechazar -o a poner en duda- todo lo que no se ha logrado con las propias fuerzas. En definitiva, buscan un apoyo innecesario e inútil, como la columna de cartón que puso Juan de Herrera, para creer en los misterios de nuestra fe.

 

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Nuestro Señor Jesucristo utilizó muchos ejemplos de la vida cotidiana en la exposición de su doctrina. San Mateo recoge la siguiente enseñanza del Señor: Aquél que escucha mis palabras y las pone por obra, será como el varón prudente, que edifica su casa sobre la roca. Cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos y dieron sobre la casa, pero no cayó, porque estaba fundada sobre roca. Pero el que me escucha estas palabras y no las pone por obra, será semejante al necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos y dieron sobre la casa, que se vino abajo estrepitosamente (Mt 7, 24-27). Desgraciadamente hay quienes construyen su vida buscando sólo el placer sin reglas morales, dejándose llevar por el odio y la violencia, recorriendo los caminos sin Dios, cimentándola en el egoísmo, en la irresponsabilidad y en la mediocridad. Se han dejado engañar por los que quieren introducir en los corazones de los jóvenes ideales distintos e incluso opuestos a los de la fe. A éstos que construyen su vida sobre columnas de cartón que nada pueden sostener hay que decirles que sólo en Cristo está la solución de los problemas del hombre, que sólo Jesús es Vida.

 

Pero seguramente la mayoría de los jóvenes de este final del segundo milenio quieren establecer su vida sobre fundamentos sólidos, capaces de resistir las adversidades que no pueden faltar: quieren cimentarla bien, fundarla sobre la roca. Hay que construir el edificio de la vida poniendo por cimientos el mensaje de Cristo. Os dice exactamente lo contrario lo que oís en el mundo. Jesús habla del valor del esfuerzo, el sacrificio y la disciplina. Os encarece una vez más la importancia de honrar a Dios en la oración, levantar el corazón a Dios cada día, confesar los pecados y asistir a Misa. Jesús os repite su mandamiento de amar a los hermanos y hermanas, trabajar arduamente por aliviar sufrimientos y dolores, luchar por eliminar odios e injusticias y abrirse a las necesidades de todos los seres humanos compañeros vuestros, aunque ello implique esfuerzo y sacrificio (San Juan Pablo II, Homilía 23.VIII.1983).

 

Quien cimienta bien su vida, aunque vengan tribulaciones personales, o períodos de confusión en la sociedad porque ha perdido su norte, o sea vea rodeado del error o de un ambiente permisivo, permanecerá fuerte en la fe, en su camino hacia Dios. Y al final, cuando su vida llegue a su término, la hermosura de su alma santa hará palidecer a todas las grandezas de la tierra, incluidas las Siete Maravillas de la Antigüedad.

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