Día 17 de junio

17 de junio

 

Historia de la Iglesia

 

La “cuestión romana” y el Tratado de Letrán

 

La cuestión romana surgió a raíz de la unificación de Italia. El beato Pío IX se opuso a la integración de los Estados de la Iglesia en el nuevo reino de Italia. Estaba convencido de que no podía renunciar al Patrimonio de San Pedro, dado por Dios a esta Santa Sede por su dignidad y para defender el libre ejercicio de su apostolado. No había en la actitud del Papa el más mínimo residuo de ambición personal. Sólo le movía el bien de la Iglesia. Quería ser fiel cumplidor de sus obligaciones y una de éstas era defender la soberanía de los Estados Pontificios frente al ejército del rey Víctor Manuel II, de la Casa de Saboya, que buscaba la unidad italiana. Defenderé el poder temporal de la Iglesia hasta la muerte -dijo en una ocasión Pío IX al general pontificio Kanzler-, pero es una verdadera lata.

 

A cualquier solución que se le proponía para resolver la integración de sus Estados en el nuevo reino, el Papa, en conciencia, se creía obligado a responder Non possumus!, (¡no podemos!).

 

El 20 de septiembre de 1870 el ejército del Piamonte, al mando del general Cadorna, entraba en Roma por la Puerta Pía casi sin resistencia. Pío IX había ordenado hacer sólo la necesaria para hacer ver que la ocupación era violenta. El general pontificio Kanzler fue el encargado de capitular. Pío IX desde aquel momento, recluido en el Vaticano, se consideraba despojado de la necesaria independencia territorial para gobernar con libertad a la Iglesia. El Papa es prisionero de Víctor Manuel, dijo el beato Pío IX, en histórica frase.

 

El nuevo Estado italiano trató en vano resolver la difícil situación planteada la cuestión romana unilateralmente con la Ley de Garantías del 13 de mayo de 1871, que declaraba la persona del Romano Pontífice sagrada e inviolable, comprometiéndose el Estado italiano al pago de una renta anual. El beato Pío IX rechazó esta ley porque aceptarla sería reconocer como buena la usurpación.

 

La feliz conclusión del espinoso problema romano fue, sin duda alguna, el logro más espectacular del pontificado de Pío XI.

 

La difícil situación que desde hacía varias decenas de años vivía la Santa Sede e Italia era del todo deseable que desapareciera. El régimen fascista de Mussolini se percató de la trascendencia del asunto, tanto para estabilizar su posición en Italia como para aumentar su prestigio en el extranjero. También la Iglesia se dio cuenta de que la pérdida del territorio quizá no suponía la gran desventaja que pareció en un principio.

 

En el año 1926 Francesco Pacelli, consejero jurídico de la Santa Sede, tomó contacto con el profesor Barone, consejero de Estado del Gobierno italiano. La primera reunión fue tan solo un cambio de impresiones. Barone, en nombre de Mussolini, deseaba saber sobre qué bases sería posible entablar negociaciones. Francesco Pacelli habló con el cardenal Gasparri, Secretario de Estado a la sazón, coincidiendo en que había dos puntos principales: uno, el restablecimiento de un pequeño Estado soberano; otro, el reconocimiento del aspecto legal de los ritos religiosos, particularmente el del matrimonio.

 

Al principio, las conversaciones entre el Gobierno italiano y el Vaticano fueron secretas. En noviembre de 1927 las negociaciones ya eran oficiales. El rey de Italia había delegado en Mussolini, como jefe del Gobierno, la dirección del asunto, y Pío XI, en Francesco Pacelli. Las negociaciones duraron dos años. Al mediodía del 11 de febrero de 1929, en el Palacio de Letrán, que daría su nombre al acuerdo, el cardenal Gasparri, en representación del Papa, y Benito Mussolini, en nombre del rey Víctor Manuel III, firmaron el Tratado de Letrán. Se había puesto término a la enojosa cuestión romana, que durante seis decenios había mantenido frente a frente a los dos poderes de la Ciudad Eterna.

 

Aquella misma mañana Pío XI dirigía una plática a los párrocos de Roma con motivo de la Cuaresma. Cuando el reloj señaló las doce, interrumpió el sermón para anunciar lo que estaba ocurriendo en el Palacio Lateranense. El Tratado tiene por objeto -dijo- reconocer y, en cuanto humanamente es posible, asegurar a la Santa Sede una verdadera, propia y real soberanía territorial (ya que en el mundo, al menos hasta el presente, no se reconoce más forma de verdadera y propia soberanía que la territorial), que le es evidentemente necesaria y debida a quien, según el divino mandato y por la representación divina de que está revestido, no puede ser súbdito de ningún soberano de la tierra.

 

Por el Tratado de Letrán, el Gobierno italiano reconocía, entre otras cosas que el Estado de la Ciudad del Vaticano era soberano e independiente, y el Papa, su jefe, gozaría de derechos extraterritoriales para ciertas propiedades situadas fuera de los límites de la Ciudad Vaticana. Estas propiedades eran las Basílicas Mayores, varios colegios, las sedes de las más grandes congregaciones y la residencia estival del Santo Padre en Castelgandolfo.

 

El Estado de la Ciudad del Vaticano quedaba constituido en Estado soberano, con una extensión de 44 hectáreas. La pequeñez de su territorio no le quita grandeza. Cuando un territorio -dijo Pío XI el mismo día de la firma- puede gloriarse de la columnata de Bernini, de la cúpula de Miguel Angel, de los tesoros de ciencia y arte contenidos en los archivos y bibliotecas, en los museos y galerías del Vaticano; cuando un territorio cubre y guarda la tumba del Príncipe de los Apóstoles, hay derecho para afirmar que no existe en el mundo territorio más grande ni más precioso..

 

A pesar de ser el Estado más diminuto del mundo, cuenta con todos los ramos de la administración, con su sello y monedas propios, con su policía y sus ciudadanos, con diplomáticos y embajadores, con una pequeña fuerza armada y su propia bandera, blanca y amarilla.

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