Día 20 de junio

20 de junio

 

Origen de la devoción a la Virgen del Rocío

 

Los primeros documentos

 

En el año 1262, el rey Alfonso X el Sabio, conquista Niebla y con ella toda su jurisdicción, a la cual pertenecía Almonte (Alyabal) con su actual y vasto término municipal.

 

En 1335, se reúnen autoridades de las ciudades de Sevilla y Niebla para tratar asuntos concernientes a la división de los términos entre ambas jurisdicciones en un lugar denominado el Bodegón de Freyle o Fraile que “está en buen uso… cabo de una Iglesia que dicen Sancta María de las Rocinas”.

 

Este Bodegón, especie de venta, se encontraba frente a la Ermita en el lugar que hoy día se conoce como la Canaliega.

 

Hacia 1340 se escribe el “Libro de la Montería”, tratado de caza escrito por Alfonso XI, en el cual se cita también la ermita de Nuestra Señora de las Rocinas cuando dice: “…e señaladamente son los mejores sotos de correr cabo de una iglesia que dicen Santa María de las Rocinas et cabo de otra iglesia que dicen Santa Olalla”.

 

Siguiendo la cronología, otro documento fechado en 1349, relata el humilde legado de una vecina de Niebla llamada Urraca Fernández dejando dos maravedíes a la “obra de Santa María de las Rocinas”.

 

Más adelante, concretamente el 25 de febrero del año 1400, se reúnen en la propia Ermita de Santa María de las Rocinas, autoridades de Sevilla y Niebla para firmar un acta de fijación de mojonera entre los términos de las villas de Almonte, Villalba, Manzanilla e Hinojos.

 

De todos estos datos se deduce casi con toda seguridad que la ermita fuera levantada por Alfonso X el Sabio entre 1285 y 1300, como era costumbre del Rey Sabio, en los lugares recién conquistado al Islam. Que a lo largo de todo el siglo XIV permanece levantada y dedicada a Nuestra Señora de las Rocinas, según se comprueba en los documentos expuestos. Que el sitio donde se ubica era un lugar de encrucijada de caminos, de paso obligado y lugar frecuentado por pastores y ganaderos de Almonte, villa esta, distante tres leguas y en cuyo término se enclava.

 

La leyenda

           

Entrando en el siglo quinze de la Encarnación del Verbo Eterno un hombre que ó apacentaba ganado, ó havía salido a cazar, hallándose en el término de la Villa de Almonte en el sitio que llaman de la Rocina (cuyas incultas malezas le hacían impracticable á humanas plantas, y solo accesible á las Aves, y silvestres fieras) advirtió en la vehemencia del ladrido de los perros, que se ocultaba en aquella selva alguna cosa, que les movía a aquellas expresiones de su natural instinto. Penetró aunque á costa de no poco trabajo, y en medio de las Espinas halló la imagen de aquel sagrado Lirio intacto de las espinas del pecado, vio entre las Zarzas el simulacro de aquella Zarza Mystica ilesa en medio de los ardores del original delito, miró una Imagen de la Reyna de los Ángeles de estatura natural colocada sobre el seco tronco de un Arbol. Era de talla, y su belleza peregrina. Vestíase de una tunica de lino entre blanco, y verde, y era su portentosa hermosura atractivo aun para la imaginación más libertina.

 

Hallazgo tan precioso como no esperado, llenó al hombre de un gozo sobre toda ponderación, y queriendo hacer a todos patente tanta dicha á costa de sus afanes desmontando parte de aquel cerrado bosque sacó en sus hombros la soberana Imagen a Campo descubierto. Pero como fuese su intención colocar en la Villa de Almonte distante tres leguas de aquel sitio el bello simulacro, siguiendo en sus intentos piadosos, se quedó dormido a esfuerzo de su cansancio, y su fatiga. Despertó, y se halló sin la sagrada Imagen, penetrado de dolor, bolvio al sitio donde la vió primero, y allí la encontró como antes. Vino á Almonte, y refirio todo lo sucedido, con la cual noticia salieron, el Clero y Cabildo de esta villa, y hallaron la Sta. Imagen en el lugar, y modo que el hombre les havía referido, notando ilesa su belleza no obstante el largo tiempo que havia estado expuesta, a la inclemencia de los tiempos, lluvias, rayos del Sol, y tempestades. Poseidos de la devoción, y del respeto, la sacaron de entre las malezas, y la pusieron en la Iglesia Mayor de dicha Villa entre tanto que en aquella Selva se le labrava Templo.

 

Hizose en efecto una pequeña Hermita de diez varas de largo, y se construyo el Altar para colocar la Imagen de tal modo que el tronco en que fue hallada le sirviese de peana. Adorándose en aquel sitio con el nombre de la Virgen de las Rocinas.

 

Dice más la leyenda…, pero los historiadores aseguran más bien que todo comenzó en una sencilla ermita, construida a finales del siglo XIII sobre tierras de propiedad regia, coto de caza para reyes y cortesanos. El lugar se hallaba junto al arroyo de Las Rocinas, de donde la ermita y la imagen de su interior recibieron el nombre de Santa María de las Rocinas.

 

La leyenda se recogió en las Reglas de la Hermandad Matriz de Almonte, redactadas y aprobadas en 1758. Pero está carente de todo rigor científico. No por ello carece de sentido y de belleza, pues recoge el fruto de una devoción ya existente y extendida por una amplia zona, sirviendo de soporte devocional al pueblo, quien la transmite por vía oral con el consecuente deterioro por el tiempo.

 

En la devoción a Nuestra Señora del Rocío, la historia documentada es tan hermosa como la leyenda, y ambas corren paralelas en el devenir de los siglos, completando la una el posible vacío riguroso que el hombre del siglo XVIII necesita para dar forma a esa devoción ya arraigada en el pueblo y “adornarla” con los elementos barroquizantes del siglo XVIII que es cuando se escribe.

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