Día 22 de junio

22 de junio

 

Memoria libre de san Paulino de Nola

San Paulino, obispo, que, recibido el bautismo en Burdeos, renunció a la dignidad consular y, de noble y rico, se hizo pobre y humilde por Cristo. Habiéndose trasladado a Nola, en Italia, cerca del sepulcro de san Félix, presbítero, para seguir el ejemplo de su conducta, practicó una forma de vida ascética con su mujer y sus compañeros. Ordenado obispo, se distinguió por su erudición y santidad, por acoger a los peregrinos y por ayudar a los desvalidos. (431) (Martirologio Romano).

 

Memoria libre de san Juan Fisher y de santo Tomás Moro

 

San Juan Fisher, obispo, y santo Tomás Moro, mártires, que, por haberse opuesto al rey Enrique VIII en la controversia sobre su matrimonio y sobre la primacía del Romano Pontífice, fueron encarcelados en la Torre de Londres, en Inglaterra. Juan Fisher, obispo de Rochester, varón conocido por su erudición y por la dignidad de su vida, por mandato del rey fue decapitado este día frente a la cárcel, y Tomás Moro, padre de familia de vida integérrima y presidente del consejo real, por mantenerse fiel a la Iglesia católica murió el 6 de julio, uniéndose así al martirio del obispo. (1535) (Martirologio Romano).

 

*****

 

Semblanza

 

Un fiel súbdito de su Graciosa Majestad

 

Un gran inglés

 

En un castillo húngaro, orgulloso de no haber cedido nunca al Turco, entre los retratos de sus principescos propietarios cuelga un cuadro titulado Thomas More. Cuando se pregunta: ¿Quién es este Moro?, el guía contesta: Fue un gran inglés; el Rey le cortó la cabeza, pero en sus actos no hubo delito.

 

Tomás Moro, lord Canciller de Inglaterra, humanista y mártir, es una de las figuras más atractivas del Renacimiento. Nace el 6 de febrero de 1478, en Chapside. Su padre, Jhon Moro, es abogado y juez. Queda huérfano de madre a la edad de cuatro años. Ingresa en el colegio de Saint Anthony y, posteriormente, entra como paje al servicio del cardenal Morton, quien, impresionado por la inteligencia y desenvoltura del joven, recomienda que sea enviado a Oxford, donde estudia Literatura y Filosofía.

 

A los 16 años comienza Derecho en Londres. Y en 1501 recibe el título de abogado. En ese mismo año tiene lugar la boda del príncipe Arturo, heredero de la corona inglesa, con Catalina de Aragón, de la que Tomás Moro es testigo ocular.

 

Atraído por la vida contemplativa, se hospeda frecuentemente en la Cartuja de Londres, llevando una intensa vida de piedad. Pero no tiene vocación de religioso, sino que descubre en medio de las borrascas de su vida interior su vocación de servir a Dios desde el matrimonio y en el ajetreado mundo de la City londinense.

 

Su vida familiar y profesional no le impedirá crecer en la vida de piedad. Nunca abandonó el espíritu de penitencia, que continuamente le llevaba a realizar duras mortificaciones.

 

Su prestigio profesional fue grande. En 1504 es miembro del Parlamento. En 1505 contrae matrimonio con Jane Colt, quien muere pronto, tras haber tenido cuatro hijos. En el mismo año, Tomás Moro se casa en segundas nupcias con Alicia Middleton, viuda que aporta al matrimonio una hija. La nueva esposa se incorpora plenamente al hogar del humanista, verdadero colegio en el que reina el amor y la alegría cristiana.

 

En 1510 es nombrado undersheriff de Londres, cargo que aumenta su prestigio por la diligencia e interés con que resuelve los litigios. Siempre actuó con rectitud de conciencia y con justicia. Cuando Tomás Moro fue condenado a muerte e iba a ser decapitado, una mujer se le abalanzó furiosa porque decía que cuando administraba justicia había dictado sentencia injusta contra ella. Y Moro, sin amargura, le contestó: Demasiado bien recuerdo tu caso. Si otra vez tuviese que dar sentencia sería exactamente la misma que antes.

 

Consejero del Rey

 

En el año 1517 el rey Enrique VIII le llama a su servicio como consejero. Es ya el famoso autor de Utopía, lectura obligada para todos los humanistas de su tiempo. Poco a poco, el Monarca inglés le confía cargos importantes y le concede honores (Caballero en 1521 y Speaker de los Comunnes en 1523). El mucho trabajo de cada día no es obstáculo para que Tomás Moro cuide de su vida interior. En una ocasión le reprocharon que comulgaba con demasiada frecuencia teniendo tanta tarea que hacer. Precisamente por eso comulgo, porque necesito fuerza y luz, fue la respuesta de Moro.

 

En 1521 ayuda a Enrique VIII a redactar su Assertio septem Sacramentorum, por la que el Papa concede al Rey el título de Defensor fidei. En 1529 Tomás es nombrado lord Canciller de Inglaterra. Ocupando este cargo, Tomás Moro oía todos los días la Santa Misa. Un día lo hizo llamar el Rey cuando asistía al Sacrificio Eucarístico, y el Canciller, con humilde respeto, pero con cristiana valentía, le envió como respuesta el ruego de que tuviese Su Majestad la bondad de esperar a que hubiese terminado la Misa que estaba oyendo.

 

Encarcelado en la Torre de Londres

 

En el año 1533, Enrique VIII comienza sus maniobras para desembarazarse de Catalina de Aragón, viuda de su hermano, con la cual se había casado con dispensa concedida por Roma del impedimento de afinidad. El deseo del Rey era obtener el divorcio y casarse con Ana Bolena, de la cual se había enamorado. La Santa Sede no concede la nulidad del matrimonio del Monarca, pues era un matrimonio rato y consumado.

 

Ante la negativa de Roma a los deseos de Enrique VIII, éste se erige en Jefe de la Iglesia en Inglaterra. Tomás Moro es consciente de la gravedad de los hechos y de los derechos de la Iglesia. No se doblega a los caprichos reales y es encarcelado en la Torre de Londres el 17 de abril de 1534 por negarse a afirmar nada que pudiera ir contra la autoridad del Papa del contenido del Acta de Sucesión aprobada por el Parlamento, aunque estaba dispuesto a jurar todo lo que se refería a los derechos de sucesión, aceptando que podían ser fijados por el Rey y el Parlamento.

 

En una conversación mantenida con su hija Margarita, Tomás Moro le explicaba: Ya te he dicho que si en esta cuestión me fuera posible dar contento a su Majestad el Rey, sin ofender con ello a Dios, no habría hombre más gozoso de hacer juramento que yo.

 

Cuando sus amigos intentaron convencerle para que aprobara la conducta de Enrique VIII (que se había dado, después de haber repudiado a su esposa legítima -Catalina de Aragón- y haberse casado con Ana Bolena, el título de Cabeza de la Iglesia en Inglaterra), y salvar con esta aprobación su vida, teniendo en cuenta que casi todo el clero se había sometido, respondió: Aunque todos los obispos cedieran ante el punto de vista del Soberano, eso no dispensaría a mi conciencia de condenar cuanto el Rey ha hecho.

 

También su mujer le intentó convencer que prestara el juramento. En la Torre de Londres, donde Tomás Moro estaba prisionero, tuvo la siguiente conversación con su mujer: Bueno, Alicia, ¿y por cuánto tiempo piensas que podré gozar de esta vida?Por lo menos veinte años, Dios mediante, replicó ella. Mi buena mujer, no sirves para negociante. ¿Es que quieres que cambie la eternidad por veinte años?

 

Juicio y condena

 

El 1 de julio de 1535 fue juzgado bajo una nueva Acta del Parlamento, acusándole de traidor por no querer atribuir al Rey su justo título de jefe supremo de la Iglesia en Inglaterra. En el juicio, Tomás Moro hizo su propia defensa. El excanciller, magistrado y abogado se manifestó en toda su grandeza, con una admirable y magistral defensa, que, sin embargo, resultó inútil.

 

Cuando un testigo -Master Rich- bajo juramento faltó a la verdad, acusando maliciosamente a Tomás Moro, la voz de éste se dejó oír en la sala: Si yo fuese hombre, señores, que no cuidase mis juramentos, obvio es proclamar que ni estaría en este sitio, ni a esta hora, ni en este caso como persona acusada. Y si es verdad, Master Rich, lo que juráis: que jamás vea a Dios cara a cara. Y no diría esto si no fuese así, aunque me diesen el mundo entero. Y dirigiéndose al perjuro: De veras, me da mayor pesadumbre vuestro perjurio que mi propio riesgo, Master Rich.

 

Cuando el lord Canciller leía el pliego de la sentencia interrumpió Moro con estas palabras: Lord, cuando yo administraba justicia en semejantes casos, se acostumbraba preguntar al reo antes de la sentencia los motivos que aducía contra ella. El Canciller lord Audley no tuvo más remedio que dejarle hablar. Tomás Moro prosiguió: Considerando que os veo decididos a condenarme -¡y Dios sabe cómo!- en descargo de mi conciencia manifestaré, llana y libremente, mi parecer sobre la acusación y el estatuto en cuestión. Visto está que la acusación se basa en un Acta del Parlamento que repugna directamente a la ley de Dios y de su Santa Iglesia, cuyo gobierno supremo o el de cualquiera de sus partes ningún príncipe temporal puede asumir por ley, puesto que pertenece legítimamente a la Sede de Roma por especial prerrogativa concedida tan sólo a San Pedro y a sus sucesores, los obispos de dicha Sede, como preeminencia espiritual y por boca de nuestro mismo Salvador cuando en persona estaba presente en la tierra. Resultando de ahí que el Acta es insuficiente entre cristianos para acusar a ningún cristiano.

 

El Canciller Audley le hizo observar que contra su parecer estaban las más autorizadas opiniones de los obispos y Universidades de Inglaterra. Tomás Moro repuso: Si de una parte estuviera yo solo y de otra el Parlamento entero, grande sería mi temor a apoyarme únicamente en mi propio criterio. Y aunque el número de esos obispos y Universidades sean tan importantes como vuestra Señoría da a entender, poca razón veo, lord Canciller, para variar mi conciencia. Porque no me cabe duda de que, si no en este reino, sí en la Cristiandad, componen mayoría los hombres virtuosos y los sabios obispos hoy en vida que piensan igual que yo. Esto sin contar a los que ya están muertos, y muchos de ellos santos en el cielo. Estoy positivamente seguro de que la inmensa mayoría pensaron en vida de la misma manera que yo ahora. Por tanto, lord Canciller, no estoy obligado a conformar mi conciencia al Consejo de un reino contra el Consejo General de la Cristiandad. Ya que por cada obispo de los vuestros cuento yo con más de un centenar de los santos obispos mencionados. Y por un Consejo o Parlamento de los vuestros -¡y Dios sabe qué clase de Parlamento!- cuento con todos los de los demás reinos cristianos. (…) No es sólo por la Supremacía por lo que buscáis mi sangre, sino también por no querer condescender en el asunto del matrimonio.

 

Con estas palabras dejó bien claro ante el tribunal que la verdadera razón de su condena era el no haber condescendido en el asunto del divorcio del Rey.

 

Tomás Moro fue condenado a muerte. Después de escuchar la condena se dirigió a los jueces con las siguientes palabras: San Pablo estuvo presente en la muerte de san Esteban y fue también culpable de ella, y sin embargo, fue un gran santo. Espero de verdad y de todo corazón que todos nosotros, aun cuando vosotros me habéis condenado a muerte y me vais a matar, volvamos a vernos un día en el Cielo.

 

Martirio y glorificación

 

Fue ajusticiado en la Torre de Londres el 6 de julio de 1535, pocos días después de la ejecución del también mártir Juan Fisher. Beatificado Moro por León XIII el 29 de diciembre de 1886, es canonizado juntamente con Fisher por Pío XI el 9 de mayo de 1935, en el IV Centenario de su muerte.

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