Día 24 de junio

24 de junio

 

Solemnidad de la Natividad de san Juan Bautista

 

Solemnidad de la Natividad de san Juan Bautista, Precursor del Señor, que, estando aún en el seno materno, al quedar lleno del Espíritu Santo exultó de gozo por la próxima llegada de la salvación del género humano. Su nacimiento profetizó la Natividad de Cristo el Señor, y su existencia brilló con tal esplendor de gracia, que el mismo Jesucristo dijo no haber entre los nacidos de mujer nadie tan grande como Juan Bautista. (Martirologio Romano).

 

*****

 

Meditación

 

La Iglesia celebra tres natividades: la de Jesucristo (25 de diciembre), la de Santa María (8 de septiembre) y la de san Juan Bautista (24 de junio).

 

El Evangelio según san Lucas, en el capítulo primero, narra el nacimiento de san Juan. Pero antes, en los primeros versículos, después del breve prólogo, se hace una alusión a sus padres. Siendo Herodes rey de Judea, vivía allí un sacerdote llamado Zacarías. Pertenecía al grupo sacerdotal de Abías, y su esposa, llamada Isabel, era también descendiente de una familia de sacerdotes. Ambos eran personas muy cumplidoras a los ojos de Dios y se esmeraban en practicar todos los mandamientos y leyes del Señor. No tenían hijos, pues Isabel era estéril, y los dos eran ya de edad avanzada (Lc 1, 5-7).

 

Tanto Zacarías como Isabel eran personas santas. Es un ejemplo de matrimonio santo. Ambos se ayudarían en su vida de piedad. Un matrimonio santo, pero sin hijos. Isabel era estéril y ambos de edad avanzada.

 

Mientras Zacarías y los otros sacerdotes de su grupo estaban oficiando ante el Señor, le tocó a él en suerte, según las costumbres de los sacerdotes, entrar en el Santuario del Señor para ofrecer el incienso. Cuando llegó la hora del incienso, toda la gente estaba orando afuera, en los patios. En esto se le apareció un ángel del Señor, de pie, al lado derecho del altar del incienso. Zacarías se turbó al verlo y el temor se apoderó de él. Pero el ángel le dijo: “No temas, Zacarías, porque tu oración ha sido escuchada. Tu esposa Isabel te dará un hijo y le pondrás por nombre Juan. Será para ti un gozo muy grande, y muchos más se alegrarán con su nacimiento, porque este hijo tuyo será un gran servidor del Señor. No beberá vino ni licor, y estará lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre. Por medio de él muchos hijos de Israel volverán al Señor, su Dios. El mismo abrirá el camino al Señor con el espíritu y el poder del profeta Elías, reconciliará a padres e hijos y llevará a los rebeldes a la sabiduría de los buenos. De este modo preparará al Señor un pueblo bien dispuesto” (Lc 1, 8,17).

 

Tu oración ha sido escuchada. El mismo Cristo nos anima a pedir con confianza. Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, y quien busca halla, y al que llama se le abre (Lc 11, 9-10). Y hay muchos ejemplos de la eficacia de la oración en la Sagrada Escritura. Por ejemplo, lo cuenta Isaías: Ezequías enfermó de muerte, y el profeta Isaías (…), fue a visitarle y le dijo: -Esto dice el Señor: “Ordena tu casa, porque morirás”. Volvió Ezequías el rostro a la pared, y oró al Señor diciendo: “Ruégote, Señor, te acuerdes que he caminado en tu presencia con sinceridad, y con perfecto corazón, y que he hecho lo que era bueno a tus ojos”. Y rompió a llorar con grande llanto. Luego habló el Señor a Isaías y le dijo: “Vuelve a Ezequías y dile: Esto dice el Señor Dios de David, tu padre: He visto tu oración y he visto tus lágrimas. Sabe que te añadiré otros quince años de vida, y libraré del poder del rey de los asirios a ti y a esta ciudad, y la protegeré, dice el Señor Todopoderoso” (Is, 38, 1-6).

 

Y el apóstol Santiago el Menor escribió: La oración ferviente del justo tiene gran eficacia. El profeta Elías, que era un hombre de la misma condición que nosotros, oró fervorosamente para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra durante tres años y seis meses; y oró de nuevo, el cielo envió la lluvia y la tierra produjo sus frutos (St 5, 16-18).

 

Este hijo tuyo será un gran servidor del Señor. ¡Qué cosa más estupenda: servir a Dios! En un catecismo antiguo estaba esta pregunta: ¿Para qué nos ha creado Dios? Y se respondía: Para amar y servir a Dios en este mundo y gozar de Él en el cielo. San Juan Bautista cumplió su misión. Jesucristo destacó con claridad su voluntad recia y su empeño en cumplir la misión que Dios le había encomendado. Su vida estuvo al servicio del plan salvífico de Dios, de la redención obrada por Cristo. Él preparó el camino del Señor, predicando la necesidad de hacer penitencia y anunciando que el Mesías ya había llegado. Mostró a sus discípulos al Cordero de Dios. Es el pregonero de la Salvación. Pero simple pregonero, simple voz que anuncia.

 

El Precursor pide un cambio de mentalidad, exige de todos -fariseos, publicanos, soldados- una profunda renovación interior en el mismo ejercicio de su profesión, que les lleve a vivir las normas de la justicia y de la honradez. Y nosotros debemos también pedir un cambio de mentalidad y de costumbres a los hombres sumergidos en una sociedad descristianizada. Nos imaginamos a san Juan ir a contracorriente y a nosotros no nos queda otro remedio. Vemos como muchos semejantes nuestros viven como si Dios no existiera, una ausencia de lo trascendente en el horizonte de una gran mayoría de los seres humanos, una indiferencia religiosa, y lo que es peor, como se rechaza a Dios (en las leyes, familias, escuelas…) en nombre del bien de la humanidad.

 

Sigamos leyendo el Evangelio: Zacarías dijo al ángel: “¿Quién me lo puede asegurar? Yo ya soy viejo y mi esposa también”. El ángel contestó: “Yo soy Gabriel, el que tiene entrada al consejo de Dios, y he sido enviado para hablar contigo y comunicarte esta buena noticia. Mis palabras se cumplirán a su debido tiempo, pero tú, por no haber creído, te vas a quedar mudo y no podrás hablar hasta el día en que todo esto ocurra”. El pueblo estaba esperando a Zacarías, y se extrañaban de que se demorase tanto en el Santuario. Cuando finalmente salió, no podía hablarles, y comprendieron que había tenido alguna visión en el Santuario. Intentaba comunicarse por señas, pues permanecía mudo. Al terminar el tiempo de su servicio, Zacarías regresó a su casa, y poco después su esposa Isabel quedó embarazada. Durante cinco meses permaneció retirada, pensando: “¡Qué no ha hecho por mí el Señor! Es ahora cuando quiso liberarme de mi vergüenza” (Lc 1, 18-25).

 

La incredulidad de Zacarías y su pecado no consisten en dudar de que el anuncio viene de parte de Dios, sino en considerar solamente la incapacidad suya y de su mujer, olvidándose de la omnipotencia divina. El mismo arcángel explicará a la Virgen maría, refiriéndose a la concepción del Bautista, que para Dios no hay nada imposible (Lc 1, 37). Cuando Dios pide nuestra colaboración en una empresa suya, hemos de contar más con su omnipotencia que con nuestras escasas fuerzas.

 

Cuando le llegó a Isabel su día, dio a luz un hijo, y sus vecinos y parientes se alegraron con ella al enterarse de la misericordia tan grande que el Señor le había mostrado. Al octavo día vinieron para cumplir con el niño el rito de la circuncisión, y querían ponerle por nombre Zacarías, por llamarse así su padre. Pero la madre dijo: “No, se llamará Juan”. Los otros dijeron: “Pero si no hay nadie en tu familia que se llame así”. Preguntaron por señas al padre cómo quería que lo llamasen. Zacarías pidió una tablilla y escribió: “Su nombre es Juan”, por lo que todos se quedaron extrañados. En ese mismo instante se le soltó la lengua y comenzó a alabar a Dios. Un santo temor se apoderó del vecindario, y estos acontecimientos se comentaban en toda la región montañosa de Judea. La gente que lo oía quedaba pensativa y decía: “¿Qué va a ser este niño?” Porque comprendían que la mano del Señor estaba con él (Lc 1, 57- 66).

 

San Juan Bautista, aunque concebido en pecado -el pecado original- como los demás hombres, sin embargo, nació sin él porque fue santificado en las entrañas de su madre santa Isabel ante la presencia de Jesucristo (entonces en el seno de María) y de la Santísima Virgen. Al recibir este beneficio divino san Juan manifiesta su alegría saltando de gozo en el seno materno.

 

San Juan Crisóstomo comenta este hecho: Ved qué nuevo y admirable es este misterio. Aún no ha salido del seno y ya habla mediante saltos; aún no se le permita clamar y ya se le escucha por los hechos (…); aún no ve la luz y ya indica cuál es el sol; aún no ha nacido y ya se apresura a hacer de Precursor. Estando presente el Señor no puede contenerse ni soporta esperar los plazos de la naturaleza, sino que trata de romper la cárcel del seno materno y se cuida de dar testimonio de que el Salvador está a punto de llegar.

 

Juan significa Yavé es favorable. Con la imposición del nombre de Juan se cumplió lo que había mandado Dios a Zacarías por medio del arcángel san Gabriel.

 

En ese mismo instante se le soltó la lengua y comenzó a alabar a Dios. En este hecho milagroso se cumplió exactamente lo que había profetizado el ángel a Zacarías, cuando el anuncio de la concepción y nacimiento del Bautista. Observa san Ambrosio: Con razón se soltó enseguida su lengua, porque la fe desató lo que había atado la incredulidad. Es un caso semejante al del apóstol santo Tomás, que se había resistido a creer en la Resurrección del Señor, y creyó después de las pruebas evidentes. Con estos dos hombres Dios hace el milagro y vence su incredulidad; pero ordinariamente Dios nos exige fe y obediencia sin realizar nuevos milagros. Por eso reprendió y castigó a Zacarías, y reprochó al apóstol Tomás: Porque me has visto has creído; bienaventurado los que sin haber visto han creído (Jn 20, 29).

 

Zacarías, que era un hombre justo, en el nacimiento de su hijo Juan recibió además la gracia especial de la profecía. En virtud de ésta pronuncia el cántico llamado Benedictus, tan lleno de fe, reverencia y devoción que la Iglesia ha establecido que se rece diariamente en la Liturgia de las Horas. Profetizar significa no sólo predecir cosas futuras, sino también alabar a Dios movido por el Espíritu Santo. Ambos aspectos se encuentran en el cántico del Benedictus.

 

También en la Liturgia de las Horas se reza el cántico del Magnificat. En este cántico María glorifica a Dios. Al igual que Zacarías y la Virgen María alabemos a Dios por tantas maravillas que Dios ha obrado en favor de los hombres.

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