Día 25 de junio

25 de junio

 

Dirección espiritual

 

(Del libro: Un libro que perdona)

 

Lo que ahora cuento lo leí en un periódico. Es una de esas noticias que no se olvidan, no porque tenga mucha importancia sino por su peculiaridad. Se trata de la muerte de un animal en un zoológico, lo cual no debe ser nada infrecuente, pero si es la muerte de un hipopótamo… Mas no adelantemos acontecimientos.

 

En un parque de fieras no muy grande, entre las distintas especies de animales, había un hipopótamo que, a falta de delfines y de osos pandas, era la gran atracción, y no precisamente por su movilidad o agilidad. Mayores y pequeños contemplaban aquel volumen de carne viva. Para los niños era una delicia ver cómo el animal abría su bocaza y se tragaba todo. Comía como un… hipopótamo, y nunca esta expresión puede estar mejor empleada. Los niños le llevaban todo tipo de alimentos, que el paquidermo aceptaba complacido. Sólo tenía que abrir la boca… y todo para dentro. Los pequeños se divertían… y los dueños del zoológico también estaban contentos, pues aquel animal era una fuente de ingresos.

 

Un buen día el hipopótamo enferma. Pierde el buen color, y lo que es peor, el apetito. Los veterinarios no acertaron a diagnosticar la enfermedad, sólo comentaron, con cierto pesimismo, que no veían el asunto con claridad, que poco podían hacer para devolverle la salud. El animal fue empeorando cada día más, hasta el desenlace final de la muerte. Una vez muerto, los veterinarios decidieron hacer la autopsia. Querían saber a ciencia cierta de qué había muerto el hipopótamo. Y ¡sorpresa! Encontraron en el estómago del animal 47 botones, tres piedras de tamaño mediano, un timbre de bicicleta, siete pinzas de ropa, la mitad de un alicate, una rueda de monopatín. Y ahí estaba toda explicación de la muerte del animal. Se tragaba todo lo que le echaban y como no podía contar sus dolencias a nadie, acabó muriéndose.

 

Días después de haberlo leído, el sacerdote de mi colegio, en una plática, contó esta misma historia. Yo me preguntaba, cuando le estaba oyendo, a cuento de qué venía aquel relato. Muy pronto obtuve la respuesta. El capellán sacó la siguiente consecuencia práctica. Los hombres tenemos la facultad de hablar, de exponer los síntomas de la enfermedad, de decir dónde nos duele o qué alimentos hemos tomado que nos han causado malestar en el estómago. Si alguien se traga algo que pueda ser nocivo para su salud, va con prontitud al médico. Si hacemos esto para la salud del cuerpo, también lo debemos hacer para la salud del alma. Hay que poner los medios para curar las enfermedades que se puedan presentar en la vida espiritual. Y un medio muy eficaz es la sinceridad en la Confesión y en la dirección espiritual.

 

Y de dirección espiritual es de lo quiero tratar ahora. Lo primero que hay que decir de ella es que es un medio muy eficaz para mejorar en el trato con Dios, pues en este medio de formación: se señalan los posibles obstáculos para vivir la vocación de cristianos; se sugieren metas precisas en la vida de piedad; se impulsa y anima para vencer cansancios y desánimos, especialmente cuando aparece el fantasma del desaliento; se encauzan los afanes para combatir la tibieza y, por supuesto, el pecado; se ayuda a descubrir nuevos horizontes, y a no caer en el conformismo de lo alcanzado; y se despiertan en el alma deseos de una mayor unión con Dios.

 

Antes de seguir quiero contar la siguiente anécdota. A mediados del siglo XX hubo un obispo norteamericano, Mons. Fulton J. Sheen, que era muy conocido por sus charlas en la televisión. Un día contó en la pequeña pantalla cómo se perdió por las calles de Filadelfia cuando iba a pronunciar un discurso. Se acercó a un grupo de chiquillos que estaban en la calle jugando, y les preguntó: ¿Podéis decirme cómo se va al Ayuntamiento? Uno de los chavales, quizá el mayor de ellos, se lo indicó, preguntándole a su vez: ¿Qué es lo que usted va hacer allí? El obispo respondió: Voy a dar una conferencia. Y el chiquillo, un poco asombrado, preguntó de nuevo: ¿Sobre qué? Mons. Sheen, aceptando encantado el diálogo, contestó: Sobre el modo de ir al cielo. ¿Te gustaría oírla? Y el joven, con espontaneidad, dijo: ¿Sobre el modo de ir al cielo? ¡Pero si ni siquiera sabe ir al Ayuntamiento!

 

Era verdad. Aquel obispo no sabía el camino para ir al Ayuntamiento, donde le estaban esperando, pero hizo lo posible para encontrar alguien que lo supiera y se lo indicara. Y esto es lo mismo que debemos hacer nosotros para poder orientar nuestro camino hacia Dios: buscar alguien que nos oriente, que nos exija, que nos ayude, al que podamos acudir para que nos aconseje lo que tenemos que hacer para vivir como buenos cristianos. A ese alguien -director espiritual- le abriremos nuestra alma, y él será para nosotros maestro, médico, buen pastor en las cosas que se refieran a nuestras relaciones con Dios.

 

A la dirección espiritual hay que acercarse con visión sobrenatural. Recibe los consejos que te den en la dirección espiritual, como si viniesen del mismo Jesucristo (San Josemarísa Escrivá, Forja, n. 125). Además, se requiere sinceridad. Hay que vencer el miedo y la vergüenza para hablar, para contar derrotas y pecados, si es que los ha habido. Tengamos muy en cuenta que la dirección espiritual es una ayuda estupenda para formar la conciencia. Hay cosas que nos ocurren a veces y nos quedamos preocupados, con la duda de si ha sido algo malo o pecaminoso. Lo decimos, y nos sacan de la duda. Si realmente hemos pecado, para eso está la Confesión. Y también es necesaria la docilidad, que implica el saber escuchar, y asimilar una idea distinta a la que ya se tiene, es decir, aceptar otro criterio diverso del que uno cree que es el idóneo. Docilidad es, asimismo, llevar a la práctica –libremente– los consejos recibidos, que uno hace propios.

 

Hay que tratar de las virtudes teologales, es decir, de la fe, de la esperanza y de la caridad. Estas virtudes son las más importantes, y se llaman teologales porque tienen por objeto al mismo Dios. La caridad es amor a Dios y al prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios. Vivimos la esperanza cuando deseamos y esperamos la vida eterna que Dios ha prometido a los que le aman y los medios necesarios para alcanzarla. Y con fe creemos todo lo que Dios nos ha revelado, por la autoridad del mismo Dios que no puede engañarse ni engañarnos. Pues bien, en la dirección espiritual comentaremos cómo estamos viviendo estas virtudes. Cuando haya que referirse a la caridad, que no olvidemos que junto al amor a Dios, debe ejercitarse la caridad con el prójimo. ¿Cómo es nuestro comportamiento en casa, en el colegio…?

 

También hay que tratar de otras virtudes como la humildad, la generosidad, la santa pureza, etc.

 

Otros temas para llevar a la dirección espiritual son: el cumplimiento del plan de vida, especialmente de cómo se está haciendo la oración; el examen de la propia conciencia, para tener un conocimiento propio; la formación de la conciencia; los pequeños -o no tan pequeños- sacrificios que se ofrecen al Señor; el estudio, de cómo se procura santificarse uno con ese deber; el carácter, la honradez con que se actúa, la lealtad; el apostolado que se hace con los amigos y compañeros; las preocupaciones, tristezas, alegrías, éxitos, fracasos.

 

Como siempre hay que concretar, lo primero que se me ocurre es que hay que dedicar tiempo a preparar las charlas de la dirección espiritual, pues si no se preparan, podrían convertirse en un simple cambio de impresiones. Muy conveniente es hacer esta preparación en el rato dedicado a la oración mental. Debemos estar prevenidos contra las dificultades que puedan presentarse, reales algunas veces, como la escasez de tiempo o alguna circunstancia imprevisible; otras, pueden responder a simple pereza.

 

También es importante tener concretada la periodicidad, que puede ser semanal o quincenal, y acudir con regularidad. Y ver la manera de cumplir las metas que hayan sido propuestas. Pidamos a Santa María, Madre del Buen Consejo, su ayuda para aprovechar bien este medio de formación.

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