26 de junio


26 de junio

 

Memoria libre de san Pelayo

 

San Pelagio (o Pelayo), mártir, que en Córdoba, en la región hispánica de Andalucía, a los trece años, por querer conservar su fe en Cristo y su castidad ante las costumbres deshonestas de Abd al-Rahmán III, califa de los musulmanes, consumó su glorioso martirio al ser despedazado con tenazas. (925) (Marirologio Romano).

 

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Efemérides

 

El 26 de junio de 1975 murió santamente en Roma san Josemaría Escrivá de Balaguer.

 

San Josemaría Escrivá de Balaguer

 

En Romas, san Josemaría Escrivá de Balaguer, presbítero, fundador del Opus Dei y de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. (1975) (Martirologio Romano).

 

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Semblanza

 

El santo de lo ordinario

 

Una decisión

 

El invierno de 1917-18 fue especialmente crudo en Logroño. El termómetro marcó durante varios días quince grados bajo cero. Y un día de aquellos cayó una intensa nevada. Las calles de la ciudad riojana quedaron cubiertas de nieve. Un adolescente de quince años vio sobre la nieve las huellas de los pies descalzos de un carmelita. El hecho de que un hombre caminase descalzo sobre la nieve por amor a Dios fue un fogonazo de luz en el alma del joven, que experimentó una profunda inquietud divina. Si otros hacen tantos sacrificios por amor de Dios -pensó-, ¿yo no voy a ser capaz de ofrecerle nada? Éste es el origen de la vocación sacerdotal de san Josemaría Escrivá. Aquel muchacho con aficiones artísticas y humanísticas, además de tener aptitud para las matemáticas y el dibujo, quería ser arquitecto, pero después de ver aquellas huellas decidió ser sacerdote. A partir de entonces, san Josemaría sintió la necesidad de conocer y tratar más íntimamente a Cristo en la oración y en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía. Empezó a asistir diariamente a la Santa Misa. Tomada la decisión, habló con su padre. Éste le dijo: Hijo mío, piénsalo bien. Los sacerdotes tienen que ser santos… (…) Piénsalo un poco más, pero yo no me opondré.

 

Primeros años

 

San Josemaría había nacido el 9 de enero de 1902 en Barbastro, ciudad del Alto Aragón. Sus padres, esposos jóvenes, habían formado una familia cristiana. Antes de san Josemaría, ya alegraba el hogar Carmen, que había nacido a mediados de 1899. Después vinieron tres niñas más (Rosario, Lolita y Asunción) que Dios se las llevó enseguida. Mas las penas no vinieron solas. A finales de 1914, a causa de la quiebra del negocio familiar, la familia se trasladó a Logroño, donde José Escrivá encontró otro trabajo. Fue un cambio costoso para todos; también para el joven san Josemaría. Éste prosiguió sus estudios de Bachillerato, sacando buenas calificaciones. En octubre de 1918 inició los estudios eclesiásticos en el Seminario de Logroño. En febrero del siguiente año tuvo un nuevo hermano: Santiago. En 1920 se incorporó al Seminario de Zaragoza, y en 1923, con permiso de sus superiores, comenzó a estudiar Derecho en la Universidad Civil de la capital aragonesa.

 

Sacerdote

 

El 28 de marzo de 1925 san Josemaría recibió la ordenación sacerdotal de manos de Mons. Díaz de Gómara, que fue obispo auxiliar del Cardenal Juan Soldevila, arzobispo de Zaragoza, que fue asesinado. Dos días después celebró su primera misa en la Basílica del Pilar. Ese día fue para él agridulce, pues hacía poco tiempo que había fallecido su padre, y su ausencia en día tan señalado le causó gran pena. Desde su ordenación, el Santo Sacrificio Eucarístico se reafirmó como el verdadero centro de su vida. Se preparaba cada día para celebrar la Santa Misa como si fuese la primera o la última vez: el pensamiento de que el Señor podía llamarle a Sí inmediatamente después, le animaba a volcar en la Misa toda la fe y el amor de que era capaz. El 24 de octubre de 1966, con sencillez, san Josemaría contó: A mis sesenta y cinco años, he hecho un descubrimiento maravilloso. Me encanta celebrar la Santa Misa, pero ayer me costó un trabajo tremendo. ¡Qué esfuerzo! Vi que la Misa es verdaderamente Opus Dei, trabajo, como fue un trabajo para Jesucristo su primera Misa: la cruz. Vi que el oficio del sacerdote, la celebración de la Santa Misa, es un trabajo para confeccionar la Eucaristía; que se experimenta dolor, y alegría, y cansancio. Sentí en mi carne el agotamiento de un trabajo divino. Así, hasta llegar el 26 de Junio de 1975, en que celebró su última Misa con extraordinario fervor.

 

Un estudiante de Derecho, que a veces ayudaba a misa a san Josemaría, cuenta que, al celebrar, la liturgia en él no era un acto formal sino trascendente. Cada palabra tenía un sentido profundo y un acento entrañable. Saboreaba los conceptos. (…) Josemaría parecía desprendido de su entorno humano y como atado por lazos invisibles a la divinidad. Este fenómeno culminaba sobre todo en el momento del Canon. Algo extraño pasaba en ese instante, en el que Josemaría parecía estar como desprendido de la circunstancia real en que se hallaba (iglesia, presbiterio, altar) y asomarse a misteriosos y remotos horizontes celestiales (Pedro Rocamora, Testimonio).

 

Su primer destino fue una parroquia rural, la de Perdiguera. Este pueblo, situado a pocos kilómetros de Zaragoza, tenía 870 habitantes. Era un encargo de urgencia: sustituir al párroco, ausente por enfermedad. Y allí, san Josemaría se dedicó ejemplarmente a su ministerio sacerdotal: Misa cantada todos los días, Exposición del Santísimo, confesiones, catecismo… Procuró conocer lo más pronto posible a sus feligreses, interesándose por sus necesidades y visitando a los enfermos. Sólo dos meses estuvo en aquella parroquia, pero dejó una huella profunda entre las gentes de Perdiguera. En 1927 se trasladó a Madrid, con permiso de su obispo, para obtener el doctorado en Derecho. Allí desarrolló una intensa actividad pastoral entre los enfermos y en las barriadas más pobres.

 

Celo por las almas

 

Su celo por las almas era inmenso. Para san Josemaría el valor de un ser humano, y la razón de su dignidad eminente, es que tiene un alma inmortal. Por salvar un alma, hemos de ir hasta las mismas puertas del infierno -solía decir-. Más allá no, porque más allá no se puede amar a Dios. Y no eran simples palabras. Es lo que hizo cuando se enteró de un hombre moribundo que estaba en una casa de cita: no le importó, en momentos en que estaba el joven sacerdote en el punto de mira de todos los visores, ir a un prostíbulo para confesar y administrar la Unción de enfermos al hermano de la dueña, que agonizaba. Eso sí, se hizo acompañar por un señor mayor, de aspecto y reputación venerables -porque él, san Josemaría, era entonces un sacerdote que aún no había cumplido los treinta años-, y exigió la palabra en firme de que, en esa casa, durante todo ese día, no se hiciera ni una sola cita, que no se ofendiera a Dios.

 

En otra ocasión ayudó a bien morir a un gitano. Lo dejó escrito en tercera persona “Este hombre se muere. Ya no hay nada qué hacer…” Fue hace años, en un hospital de Madrid. Después de confesarse, cuando el sacerdote le daba a besar su crucifijo, aquel gitano decía a gritos, sin que lograsen hacerle callar. -¡Con esta boca mía podrida no puedo besar al Señor! -Pero, ¡si le vas a dar un abrazo y un beso muy fuerte en seguida, en el Cielo! …¿Has visto una manera más hermosamente tremenda de manifestar la contrición? (Vía Crucis, 3ª Estación, n. 3). También le dejó impresionado una mujer que murió reconciliada con Dios después de una vida de pecado. Rememorando aquella historia, san Josemaría dijo: Era una pobre mujer perdida, que había pertenecido a una de las familias más aristocráticas de España. Yo me la encontré ya podrida; podrida de cuerpo y curándose en su alma, en un hospital de incurables. Había estado de carne de cuartel, por ahí, la pobre. Tenía marido, tenía hijos; había abandonado todo, se había vuelto loca por las pasiones, pero luego supo amar aquella criatura. Yo me acordaba de María Magdalena: sabía amar. Un día hube de administrarle la Extremaunción. Era en el año 1931, mal tiempo ya en España. Y al ver la alegría de su alma, que consideraba que estaba cerca de Dios, le hice decir: “bendito sea el dolor”, y ella lo repetía a voz en grito; “amado sea el dolor; santificado sea el dolor; ¡glorificado sea en dolor!” Poco después moría, y en el Cielo está, y nos ha ayudado mucho.

 

Siendo capellán del Patronato de enfermos que regían las Damas Apostólicas, explicaba el catecismo de la doctrina cristiana y conversaba con viejos y niños, siempre dispuesto a oírlos y a resolverles sus dudas y dificultades. San Josemaría se impuso la costumbre de pasar por los comedores, para ir conociendo a la gente, ocupándose de sus problemas y de las cosas que había en el interior de cada uno. Los domingos confluían en Santa Engracia los niños y las niñas de las escuelas que las Damas Apostólicas tenían en las distintas barriadas, y san Josemaría los iba confesando. Tan ingente era el número de los que allí acudían, que una ayudante de las Damas Apostólicas, ante la cantidad de enfermos que se atendían, de niños que se confesaban o hacían la Primera Comunión, decía: Aquí, en el Patronato, es todo por toneladas. Y no era exageración. En el año de 1928, por ejemplo, se atendió a 4.251 enfermos; se administró la Unción de enfermos a 483 moribundos; se celebraron 1.251 matrimonios; y se confirieron 147 bautismos.

 

Su entrega sacerdotal manifestaba con total nitidez su forma de entender el sacerdocio. Para él, el único afán del sacerdote debía ser servir a Dios y a todas las almas, sin distinción. Más tarde, diría: Servir es el gozo más grande que puede tener un alma, y es eso lo que tenemos que hacer los sacerdotes: día y noche al servicio de todos; si no, no se es sacerdote. Debe amar a los jóvenes y a los viejos, a los pobres y a los ricos, a los enfermos y a los niños; debe prepararse para decir la misa; debe recibir las almas, una a una, como un pastor conoce a su rebaño y llama por su nombre a cada oveja. Los sacerdotes no tenemos derechos: a mí me gusta sentirme servidor de todos y me enorgullece este título.

 

Fundación del Opus Dei

 

En Madrid, el 2 de octubre de 1928, Dios le hizo ver la misión que desde atrás le venía inspirando, y fundó el Opus Dei. Desde ese día trabajó con todas sus fuerzas en el desarrollo de la fundación que Dios le pedía, al tiempo que continuaba con el ministerio pastoral que tenía encomendado en aquellos años, que le ponía diariamente en contacto con la enfermedad y la pobreza en hospitales y barriadas populares de Madrid. En aquella visión intelectual del querer divino, vio a personas de toda raza y nación, de todas culturas y mentalidades, buscando y encontrando a Dios en su vida ordinaria, en su familia, en su trabajo, en su descanso, en su círculo de amistades y conocidos. Personas luchando por lograr la santidad en medio de sus ocupaciones habituales en el campo, en la fábrica o en el despacho: en todas las profesiones honradas de la tierra. Vio a cristianos corrientes procurando santificar su trabajo, santificarse en su trabajo y santificar a los demás con su trabajo; vio a infinidad de personas con un afán grande por llevar la fe y el mensaje cristiano a todos los sectores de la sociedad, cristianizando su propio ambiente con el calor de su cercanía con Cristo. Vio a hombres y mujeres viviendo con plenitud la vocación cristiana recibida en las aguas bautismales, y esforzándose por poner a Cristo en la cumbre de las actividades humanas. Vio apóstoles de Cristo, hablando con Él con sencillez y naturalidad, y tratando de acercar muchas almas a Dios. Vio un camino de santidad y de apostolado para servir a la Iglesia. Se había abierto todo un panorama vocacional en medio de la calle para la Iglesia, dirigido a personas de todas las edades, estados civiles y condiciones sociales. Era un nuevo horizonte eclesial que prometía frutos abundantes de santidad y de apostolado en los cinco continentes. Al recibir aquella inspiración divina, san Josemaría se arrodilló, emocionado. En aquella mañana del otoño madrileño, Dios había suscitado en la tierra el Opus Dei, eligiendo a san Josemaría para fundarlo. El Fundador recordaría durante toda su vida aquel momento de su vida: Tenía yo veintiséis años, la gracia de Dios y buen humor, y nada más. Y tenía que hacer el Opus Dei.

 

Perseguido por su condición sacerdotal

 

Al estallar la guerra civil, en 1936, Josemaría Escrivá se encontraba en Madrid. Como otros tantos sacerdotes, san Josemaría corría peligro de muerte por su misma condición sacerdotal, y tuvo que ir refugiándose en diversas casas particulares, entre grandes riesgos e incertidumbres. Estando escondido en una casa, al llegar unos milicianos para hacer un registro, san Josemaría y otros refugiados que estaban con él subieron a la buhardilla. Cuando parecía que los milicianos iban a entrar en la buhardilla, san Josemaría se acercó a uno de los refugiados que desconocía su condición sacerdotal y le dijo: Soy sacerdote; estamos en momentos difíciles; si quieres, haz un acto de contrición y yo te doy la absolución. De forma inexplicable, los que registraban la casa no entraron en la buhardilla. Aquella actitud de san Josemaría supuso mucha valentía ya que el refugiado a quien le dijo soy sacerdote podía haberle traicionado y, en caso de que los milicianos hubieran entrado, podía haber intentado salvar su vida delatándolo. Aun en medio de esos riesgos continuó celebrando la Misa cuando era posible y prestando atención sacerdotal a muchas personas. Predicó incluso retiros espirituales, citando a los asistentes en lugares variados, donde no llamasen la atención.

 

En noviembre de 1937, san Josemaría atravesó los Pirineos con otros fugitivos. Su idea era pasar a la zona donde tendría libertad para ejercer su ministerio sacerdotal. Era consciente de lo peligroso que era. Estando en Barcelona días antes de iniciar la marcha se enteró de que un colega suyo de la Universidad de Zaragoza, Pascual Galbe, era magistrado en la Audiencia de Barcelona, en representación del Gobierno autónomo de Cataluña. Habían sido grandes amigos, pero en aquellas circunstancias no era fácil prever cómo reaccionaría. San Josemaría le hizo saber, a través de Tomás Alvira, que se encontraba en Barcelona y que deseaba verlo. En el tribunal no –respondió el magistrado-, mejor que venga a comer a mi casa. Apenas lo vio, Pascual Galbe lo abrazó emocionado: No sabes cuánto he sufrido, pensaba que habías muerto…. Para ayudarle a salir del peligro le propuso incorporarse a la magistratura de Barcelona: él era una persona muy influyente, y además, los tribunales tenían una necesidad real de licenciados en derecho. Pero san Josemaría no aceptó: Si, cuando no perseguían al clero y a la Iglesia no he ejercido esta profesión porque debía dedicarme completamente a mi sacerdocio, ahora, sin duda, no buscaré esta escapatoria, para sobrevivir sirviendo a una autoridad que persigue a mi Madre, la Santa Iglesia. Pascual Galbe trató de convencerle: Si te detienen, y es muy probable, te matarán. El Fundador del Opus Dei repuso: No me importa, yo me debo a mi sacerdocio, y no me importa que me maten.

 

Durante la marcha, tan arriesgada y azarosa, a través de las montañas, se dio a conocer como sacerdote y celebró la Santa Misa todas las veces que le fue posible. Sobre una roca y arrodillado -escribió en su bloc de notas un chico que iba en la expedición- casi tendido en el suelo, un sacerdote que viene con nosotros dice la Misa. No la reza como los otros sacerdotes de las iglesias. Sus palabras claras y sentidas se meten en el alma. Nunca he oído Misa como hoy, no sé si por las circunstancias o porque el sacerdote es un santo. Habiendo cruzado la frontera, volvió a España y se estableció en Burgos, hasta que pudo regresar a Madrid al final de la guerra.

 

Al servicio de sus hermanos sacerdotes

 

Yo comencé a dar muchos, muchos cursos de retiro espiritual -se hacían de siete días en aquella época-, por diversas diócesis de España. Era muy joven, y me daba una vergüenza tremenda. Comenzaba siempre diciendo al Señor: Tú verás lo que dices a tus curas, porque yo… ¡Avergonzadísimo! Y después, si no venían, los llamaba uno por uno. Porque no tenían costumbre de hablar con el predicador. Así contaba san Josemaría su trabajo al servicio de sus hermanos sacerdotes. Terminada la guerra, muchos obispos le pidieron que predicara al clero de sus respectivas diócesis, pues después de la cruelísima persecución era necesario fortalecer la vida espiritual de los sacerdotes y seminaristas. El Fundador del Opus Dei era conocido como un santo sacerdote y un buen predicador, y miles de sacerdotes pudieron escuchar, en los numerosos Ejercicios Espirituales que dirigió, su palabra encendida en amor a Cristo. Su predicación consistía sustancialmente en su oración personal, hecha en voz alta; una oración vibrante, que transmitía de forma vigorosa y alentadora su amor al Señor. El punto de partida podía ser la gracia, el pecado o los sacramentos; pero el punto de llegada era siempre el mismo: Cristo; Cristo que nos ama con amor infinito, Cristo que nos busca para que nos unamos íntimamente a Él, para que vivamos en Él y con Él.

 

Estando san Josemaría en Lérida predicando unos Ejercicios Espirituales a los sacerdotes de la diócesis, murió su madre. Después de recibir la noticia por vía telefónica, se fue a la capilla e hizo junto al Sagrario un acto pleno y rendido de aceptación de la Voluntad de Dios. Siempre he pensado -diría años después- que el Señor quiso de mí ese sacrificio, como muestra externa de mi cariño a los sacerdotes diocesanos, y que mi madre especialmente continúa intercediendo por esta labor.

 

Dios había sembrado en su alma un profundo celo apostólico por los sacerdotes. Ya ese amor por el sacerdocio se unía en aquellos primeros años de la década de los cuarenta una exigencia apostólica cada vez más imperiosa: a medida que las labores de apostolado del Opus Dei crecían se ponía de manifiesto la urgente necesidad de contar con sacerdotes formados en el espíritu de la Obra que pudieran dedicarse íntegramente a estas tareas apostólicas. Ésta fue la razón por la que tres miembros del Opus Dei comenzaron a prepararse para el sacerdocio. Mientras tanto, san Josemaría rezaba y pedía luces al Señor para encontrar una solución que le permitiera compaginar el carácter secular propio del Opus Dei con la adscripción de los sacerdotes necesarios para el servicio de un apostolado universal. Su oración fue escuchada, y, durante la Misa, el Señor le hizo ver una solución jurídica que permitirá la ordenación de sacerdotes del Opus Dei: la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

 

El 25 de junio de 1944, tras una preparación intensísima, el Obispo de Madrid-Alcalá, Mons. Eijo y Garay ordenó a los tres primeros sacerdotes del Opus Dei: don Álvaro del Portillo, don José María Hernández de Garnica y don José Luis Múzquiz. Actualmente están abiertos los procesos de canonización de los tres. Aquel día, san Josemaría, por humildad, para no recibir unas felicitaciones que pensaba no merecía, no asistió a la ordenación, fiel al lema que definió toda su vida: ocultarme y desaparecer, que sólo Jesús se luzca.

 

En la Ciudad Eterna

 

Por razones de la universalidad del Opus Dei, san Josemaría se trasladó a Roma. Llegó por primera vez a la Ciudad Eterna el 23 de junio de 1946. Nada más llegar a su apartamento de la Plaza de la Città Leonina, junto a la Plaza de San Pedro, quiso asomarse a la pequeña terraza para contemplar la Basílica. Se quedó extasiado: le parecía un sueño estar allí, junto a la Basílica de San Pedro, a muy pocos metros de los Palacios apostólicos, donde unas luces delataban la amadísima presencia del Papa. El Romano Pontífice fue uno de sus tres grandes amores. Siempre procuró que los fieles del Opus Dei tuvieran un cariño extraordinario y una gran veneración por la persona del Papa. Sabéis, hijos míos, el amor que tenemos al Papa. Después de Jesús y de María, el Papa, quienquiera que sea. Y en su oración pedía a Dios que le diese un amor grande a la Iglesia y al Papa, que se traduzca en obras de servicio. Ya años antes, había escrito en Camino: Católico, Apostólico, ¡Romano! -Me gusta que seas muy romano. Y que tengas deseos de hacer tu “romería”, “videre Petrum”, para ver a Pedro (n. 520). Al pasar los años, decía san Josemaría a los miembros del Opus Dei, lleno de agradecimiento a Dios: Cuando vosotros seáis viejos y yo haya rendido cuentas a Dios, vosotros diréis a vuestros hermanos cómo el Padre amaba al Papa con todas sus fuerzas.

 

San Josemaría recordaría muchas veces, agradecido, que las primeras palabras de ánimo y de afecto que escuchó en Roma salieron de labios del futuro Pablo VI, entonces Mons. Montini. El papa Pío XII recibió en audiencia a san Josemaría pocos días después de la llegada de éste a la Ciudad Eterna. Muy impresionado debió quedar el Romano Pontífice por la figura del Fundador del Opus Dei por el comentario que hizo al cardenal Gilroy: Es un verdadero santo, un hombre enviado por Dios para nuestro tiempo. En 1950, Pío XII dio a la Obra la aprobación pontificia para que pudiera trabajar con un mínimo de estabilidad, aunque el marco jurídico que se le dio no correspondiese con el carisma fundacional.

 

Tiempos de expansión

 

Desde Roma impulsó la labor apostólica por los cinco Continentes. En 1945, durante un viaje de san Josemaría a Portugal, sor Lucía, la vidente de Fátima, le pidió que el Opus Dei comenzase lo antes posible en Portugal. Un año después, ya era una realidad. También en 1946 algunos fieles de la Obra comenzaron la labor en Italia y Gran Bretaña. Al año siguiente, ya estaba el Opus Dei en Francia e Irlanda. Antes de finalizar la década de los cuarenta, se había empezado en el continente americano: Estados Unidos, México, Chile y Argentina. Después, en Kenia, Japón Canadá… La Obra arraigaba bien en esos países tan diversos, como una demostración de que era cosa de Dios. Cuando los hombres y las mujeres marchaban para comenzar la labor apostólica en una nueva nación, san Josemaría les transmitía su fe, su confianza en la Providencia, y les alentaba con solicitud paternal. Con sus cartas, los estimulaba a realizar una amplia siembra de doctrina y de vida cristiana en los diversos ambientes en que vivían y trabajaban. Les insistía siempre en la prioridad de la vida interior, fundamentada en la oración y los sacramentos, y les recordaba la necesidad de realizar un intenso apostolado personal con las personas que les rodeaban, mostrándoles el camino de la santidad viejo como el Evangelio y, como el Evangelio, nuevo.

 

He sembrado de avemarías las carreteras de Europa, solía decir san Josemaría al evocar sus viajes por el viejo Continente para apoyar el trabajo apostólico de sus hijas e hijos y de dar a conocer a los obispos los rasgos esenciales del mensaje del Opus Dei. Durante una de sus estancias en Inglaterra, en agosto de 1958, cuando caminaba por las calles de Londres, al ver aquel ambiente cosmopolita, con personas provenientes de países tan diferentes, con instituciones consolidadas desde hacía muchos siglos, se preguntó cómo podía llevar a tantas naciones el espíritu de la Obra, una realidad eclesial aún tan joven. Y experimentó vivamente el peso de su personal debilidad. Yo no puedo, Señor, yo no puedo, exclamó en su oración. Tú no puedes -le hizo comprender en el fondo del alma-, pero yo sí.

 

Tiempos difíciles

 

El 25 de enero de 1959, san Juan XXIII, que había sucedido a Pío XII tres meses antes, sorprendió al mundo con la convocatoria de un Concilio. Al conocer la noticia, san Josemaría manifestó su alegría y esperanza, y comenzó a rezar y a pedir oraciones por el feliz éxito de esa gran iniciativa que es el Concilio Ecuménico. Siguió con atención los preparativos y las sesiones del Concilio Vaticano II y mantuvo un intenso trato con muchos padres conciliares. Cuando se publicaron los documentos conciliares, el Fundador del Opus Dei se llenó de gozo: Una de mis mayores alegrías ha sido precisamente ver cómo el Concilio Vaticano II ha proclamado con gran claridad la vocación divina del laicado. Sin jactancia alguna, debo decir que, por lo que se refiere a nuestro espíritu, el Concilio no ha supuesto una invitación a cambiar, sino que, al contrario, ha confirmado lo que -por la gracia de Dios- veníamos viviendo y enseñando desde hace tantos años. La principal característica del Opus Dei no son unas técnicas o métodos de apostolado, ni unas estructuras determinadas, sino un espíritu que lleva precisamente a santificar el trabajo. Además, el Concilio recordaba que todos los fieles están llamados, por su consagración bautismal, a realizar un intenso apostolado, porque la vocación cristiana -decía un texto conciliar-, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado.

 

Los años postconciliares fueron duros, tiempos difíciles para la Iglesia. Tras el Concilio, hubo algunos que, amparándose en un pretendido espíritu conciliar, suscitaron desórdenes, desobediencias y rebeldías dentro del seno de la Iglesia, creando una situación muy grave. San Josemaría sufrió indeciblemente por esta situación: acudió a la oración y a la mortificación, como desagravio al Señor, y como buen pastor de su grey tomó las medidas necesarias para asegurar la fidelidad del Opus Dei a las auténticas enseñanzas del Concilio. La Iglesia -decía san Josemaría en aquellos tiempos borrascosos- es una Madre fuerte, hermosísima y sin mancha ni arruga, aunque en estos tiempos algunos se empeñen en afearla tanto y llegue a parecer vieja y sin fuerzas. Hemos de amarla particularmente, más que nunca, y amar también al Romano Pontífice, a los Sucesores de san Pedro, Vicarios de Cristo. Además hizo varias peregrinaciones a santuarios marianos -entre otros, Torreciudad, Fátima, Guadalupe- para pedir a la Santísima Virgen que se acabara pronto aquel tiempo de prueba de la Iglesia.

 

Cuando san Josemaría atravesó el Atlántico para postrarse a los pies de la Virgen de Guadalupe, aprovechó su estancia en México para realizar una gran labor de catequesis, hablando a miles de personas de los ambientes más variados: madres de familia, campesinos, artesanos, obreros, estudiantes, jóvenes profesionales, empleadas del hogar… de Dios, de la Iglesia, de los Sacramentos, de Santa María. En aquellas reuniones, algunas multitudinarias, pero sin perder en ningún momento el sabor de una reunión familiar, en las que planteaban preguntas sobre las cuestiones más candentes y vitales, el Fundador del Opus Dei aclaraba un punto de la vida cristiana, daba doctrina sobre otro, indicaba soluciones y remedios, y alentaba a luchar, con un tono optimista y alegre, salpicado de bromas y anécdotas, que animaba a mejorar.

 

Con la experiencia altamente positiva de su catequesis en tierras mexicanas y al ver los efectos de la falta de fe y de vida cristiana en tantas personas, san Josemaría decidió lanzarse al ruedo para confirmar a las gentes en la fe y darles razón de su esperanza, y realizó largos viajes de catequesis por diversos países del mundo. En otoño de 1972 recorrió Portugal y España; dos años después, estuvo en Brasil, Argentina, Chile, Perú, Ecuador y Venezuela; al año siguiente, de nuevo viajó a América para estar en Venezuela y Guatemala. Los temas dominantes de aquellos encuentros fueron: la grandeza de la vocación cristiana, un sí valiente a la vida y la familia; una defensa firme de la fe de la Iglesia, sin transformaciones, recortes, enmiendas o reinterpretaciones. En su predicación catequética recordaba la necesidad de la conversión, mediante la confesión sacramental; y como romero acudió a los principales lugares de devoción mariana de cada país para rezar a la Madre de Dios.

 

Muerte santa

 

Durante sus últimos años, quizás presintiendo la cercanía de su muerte, el amor a Dios se le desbordaba en ansias de estar junto a su Amor; se consumía en el afán, cada vez más ardiente e intenso, de contemplar, cara a cara, el rostro del Señor: ¡Señor, tengo unas ganas de ver tu cara, de admirar tu rostro, de contemplarte…! ¡Te amo tanto, te quiero tanto, Señor! Y así llegó el 26 de junio de 1975. Después de celebrar la Santa Misa se reunió en Castelgandolfo con un grupo de sus hijas: Vosotras tenéis alma sacerdotal -les dijo-, os diré como siempre que vengo aquí. Vuestros hermanos seglares también tienen alma sacerdotal. Podéis y debéis ayudar con esa alma sacerdotal, y con la gracia del Señor y el sacerdocio ministerial en nosotros, los sacerdotes de la Obra, haremos una labor eficaz… Al regresar a su domicilio, Villa Tevere, después de mirar un cuadro de la Virgen de Guadalupe, el Señor lo llamó para darle la recompensa eterna. La vida de aquel sacerdote santo había llegado a su término, como el había querido, según manifestó cinco años antes en México cuando contemplando una pintura antigua en la que la Virgen de Guadalupe da una rosa a san Juan Diego: Así quisiera morir -musitó en aquella ocasión-: mirando a la Santísima Virgen, y que Ella me dé una flor.

 

Glorificación

 

Muerto el olor de santidad, enseguida se extendió por todo el mundo la devoción privada al Fundador del Opus Dei. El 17 de octubre de 1992, el papa san Juan Pablo II procedía a su beatificación en la Plaza de San Pedro. Diez años después, el 6 de octubre de 2002, el mismo Pontífice y en el mismo lugar lo inscribía en el catálogo de los santos.

 

Testimonio de la intensa atracción que ejerce la figura y las enseñanzas de San Josemaría fue la inmensa multitud de fieles de los cinco continentes, de toda condición social, de lenguas y culturas diversas, que acudió a Roma para asistir tanto a la beatificación como a la canonización, y el número mucho mayor que siguió estas dos ceremonias a través de los medios de comunicación. El ideal y el espíritu de santidad heroica en la vida ordinaria, que Dios hizo ver al Fundador del Opus Dei, atrae universalmente a las almas. Es Cristo quien atrae: San Josemaría es el instrumento fiel que se ha identificado con Él, encarnando ese espíritu, gracias a la acción del Espíritu Santo. En la homilía en la Misa de la canonización, san Juan Pablo II dijo: “La vida habitual de un cristiano que tiene fe -solía afirmar Josemaría Escrivá-, cuando trabaja o descansa, cuando reza o cuando duerme, en todo momento, es una vida en la que Dios siempre está presente”. (…) Elevar el mundo hacia Dios y transformarlo desde dentro: he aquí el ideal que el santo Fundador os indica (…). Siguiendo sus huellas, difundid en la sociedad, sin distinción de raza, clase, cultura o edad, la conciencia de que todos estamos llamados a la santidad. Esforzaos por ser santos vosotros mismos en primer lugar”.

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