Día 30 de junio

30 de junio

 

Memoria libre de los santos Protomártires de Roma

 

Santos Protomártires de la santa Iglesia Romana, que, acusados de haber incendiado la Urbe, por orden del emperador Nerón unos fueron asesinados después de crueles tormentos, otros, cubiertos con pieles de fieras, entregados a perros rabiosos, y los demás, tras clavarlos en cruces, quemados para que, al caer el día, alumbrasen la oscuridad. Eran todos discípulos de la Apóstoles y fueron las primicias del martirio que la iglesia de Roma presentó al Señor. (s. I) (Martirologio Romano).

 

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La amargura del Regente

 

El cardenal Cisneros es una de las figuras más descollantes de la historia de España. Era fraile franciscano. La reina Isabel la Católica le eligió por confesor; y luego le propuso para que ocupara la sede primada de España.

 

Siendo arzobispo de Toledo no olvidó la espiritualidad de los hijos de san Francisco. Seguía viajando a pie y vistiendo el tosco sayal de su Orden. Sus comidas eran de anacoreta y dormía sobre una dura tabla en una habitación pobremente decorada. Fue preciso que el Papa le obligase a que honrase el cargo que ostentaba con las manifestaciones pertinentes.

 

Cierto día, en una gran ceremonia, presidida por Cisneros desde su sede, revestido con los ornamentos episcopales, en la Catedral de Toledo, el predicador (un viejo fraile franciscano) aludió con aspereza el lujo excesivo de ciertas vestiduras, que contrastaban con la ascética sencillez de la Orden franciscana. La alusión resultaba tan clara, que no pasó inadvertida. Una vez terminada la ceremonia, y ya en la sacristía, Cisneros se aproximó al predicador, diciéndole: He de felicitarle por la fácil expresión de vuestro discurso y también por el espíritu que lo informa. Si bien conviene que tengáis en cuenta la diferencia que ha de establecerse entre la necesaria ostentación que exige el cargo y la intención de quien lo desempeña. Y levantando sus vestiduras pontificales, agregó con voz firme: Ved, bajo la riquísima capa pluvial que me recubre, la túnica de paño burdo que va en contacto con mi cuerpo, como corresponde al ascetismo franciscano, al que jamás falté.

 

El rey Fernando el Católico en su testamento nombró regente del reino a Cisneros; y como tal actuó desde la muerte del monarca aragonés hasta la llegada del príncipe Carlos, hijo de Juana la Loca, futuro Carlos I de España.

 

Enseguida Cisneros hizo proclamar a don Carlos como rey. Éste se hallaba en Flandes, consumiendo allí todo el dinero que ahorraba el regente. Mas a la última demanda de dinero que hizo el futuro emperador Carlos V de Alemania, hubieron de contestar Cisneros y el Consejo de Castilla, que …en los meses en que V.M. se sienta en el trono, lleva ya gastado más que los Reyes Católicos, sus abuelos, durante los cuarenta años de su reinado.

 

Cisneros logró entregar incólume su reino al rey Carlos. Si bien el sino de los grandes hombres es sembrar beneficios para cosechar ingratitudes. El nuevo soberano vino a España, desembarcando en Asturias. El anciano regente se puso en camino para recibirle; pero al llegar a Roa enfermó, falleciendo a los pocos días, dolido por la desdeñosa conducta del rey, que no se dignó visitarle en su lecho de muerte, limitándose a dirigirle una fría carta, en la que le daba las gracias por sus servicios y le otorgaba licencia para que se retirase a su diócesis a descansar y aguardar del cielo la recompensa de sus merecimientos.

 

Parece ser que el efecto que le causó la carta fue fulminante para que el ilustre cardenal, cuya vida, minada por los años, las amarguras y las fatigas de su afanosa existencia, extinguióse el 8 de noviembre de 1517.

 

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Haced penitencia (Mt 3, 2). Predicando la penitencia apareció san Juan Bautista en el desierto de Judea. También Cristo comenzó su predicación exigiendo el arrepentimiento, la penitencia, como condición previa para la acogida del Reino de Dios. Y la Iglesia enseña: El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual. El progreso espiritual implica la ascesis y la mortificación que conducen gradualmente a vivir en la paz y el gozo de las bienaventuranzas (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2.015).

 

La ascesis cristiana ha de vivirse sin ostentación, evitando el aplauso de los hombres, discretamente. Cristo nos dice: Cuando ayunéis no os finjáis tristes como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres noten que ayunan. En verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lávate la cara, para que no adviertan los hombres que ayunas, sino tu Padre que está en lo oculto, y tu Padre que ve en lo oculto te recompensará (Mt 6, 16-18). Triste negocio sería que por no tener en cuenta esta enseñanza evangélica a la hora de vivir la necesaria mortificación de los sentidos, se nos pudiera aplicar contra nosotros las palabras del Señor: ya recibieron su recompensa.

 

Dios no pide a los que están llamados a santificarse en medio del mundo que vistan un hábito de paño burdo como la túnica de Cisneros, pero no quiere decir que nos exima de hacer penitencia. Para que te examines de cómo vives el espíritu de penitencia, te transcribo un párrafo de una homilía del fundador del Opus Dei: Penitencia es el cumplimiento exacto del horario que has fijado, aunque el cuerpo se resista o la mente pretenda evadirse con ensueños quiméricos. Penitencia es levantarse a la hora. Y también, no dejar para más tarde, sin un motivo justificado, esa tarea que te resulta más difícil o costosa. (…) Penitencia es tratar siempre con la máxima caridad a los otros, empezando por los tuyos. Es atender con la mayor delicadeza a los que sufren, a los enfermos, a los que padecen. Es contestar con paciencia a los cargantes e inoportunos. Es interrumpir o modificar nuestros programas, cuando las circunstancias -los intereses buenos y justos de los demás, sobre todo- así lo requieran (San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 138).

 

¡Ah!, también la anécdota del predicador nos tiene que servir para no juzgar a nuestro prójimo, y menos aún, sólo por las apariencias.

 

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La ingratitud del futuro emperador Carlos V con el cardenal Cisneros trae a la memoria el conocido refrán castellano que dice: De bien nacido es ser agradecido.

 

Una de las manifestaciones de la virtud de la caridad es el agradecimiento. La criatura humana debe dar gracias al Creador por todo. Consecuencia de nuestra fe en Dios, es vivir en acción de gracias: Si Dios es el Único, todo lo que somos y todo lo que poseemos viene de Él: ¿Qué tienes que no hayas recibido? (1 Co 4, 7). ¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? (Sal 116, 12). Ninguno hay, a poco que reflexione -decía san Bernardo de Claraval-, que no halle en sí mismo poderosos motivos que le obliguen a mostrarse agradecido a Dios.

 

Además de habernos creado y dado la vida, Dios, por medio de su Hijo encarnado, nos ha redimido, nos ha abierto las puertas del Cielo que fueron cerradas por la desobediencia de Adán y Eva, que es un razón bien poderosa para mostrarle nuestro agradecimiento. Los Ángeles con un tan grande concurso y devoción alaban al Señor y le dan gracias por esta Redención que vino del Cielo, no siendo ellos los redimidos, ¿qué deben hacer los redimidos? Si aquéllos así dan gracias por la gracia y misericordia ajena, ¿qué debe hacer el que fue redimido y reparado por ella? (Fray Luis de Granada, Vida de Jesucristo).

 

Piensa, pues, cómo agradeces a Dios el cúmulo de bienes que has recibido de Él. Y para terminar, un pensamiento de Séneca: Es ingrato quien niega el beneficio recibido; ingrato, quien lo disimula; más ingrato el que no lo restituye, pero de todos, el más ingrato es quien lo olvida.

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