Día 3 de julio

3 de julio

Fiesta de santo Tomás

Fiesta de santo Tomás, apóstol, quien, al anunciarle los otros discípulos que Jesús habia resucitado, no lo creyó, pero cuando Jesús le mostró su costado traspasado por la lanza y le dijo que pusiera su mano en él, exclamó: “Señor mío y Dios mío”. Y con esta fe que experimentó es tradición que llevó la palabra del Evangelio a los pueblos de la India. (s. I) (Martirologio Romano).

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Meditación

Una profesora de Historia y de Arte de la Educación Secundaria Obligatoria se quejaba de que no podía enseñar a unos chicos que no saben nada del Viejo Testamento ni del Nuevo Testamento. Hay que enseñarles Historia Sagrada y Religión -venía a decir-, porque de lo contrario resulta complicadísimo que entiendan los cuadros de cualquier buen museo de Europa. Pues bien, la Religión hay que estudiarla para vivirla. ¡Qué pena si se estudia sólo para visitar museos! Aunque es verdad que en los museos de Europa hay muchos cuadros de contenido religioso. Muchos pintores plasmaron en sus lienzos escenas de la Biblia y de la vida de los santos.

Uno de los pasajes del Nuevo Testamento que ha sido pintado es el de la incredulidad de santo Tomás. Vamos a fijarnos en este apóstol que aparece repetidas veces en los Santos Evangelios.

Tomás, como los demás apóstoles, fue elegido por el mismo Cristo, que llamó a los que quiso para que le acompañaran y para enviarlos a predicar la Buena Nueva. En el caso de Tomás no se relata -de otros apóstoles, sí- el momento de su encuentro con Jesús. Sin embargo, el cuarto evangelio, sobre todo, nos ofrece algunos rasgos significativos de su personalidad.

El nombre de Tomás deriva de una raíz hebrea que significa mellizo. De hecho, el evangelista san Juan lo llama a veces con el apodo de Dídimo, que en griego quiere decir precisamente mellizo. No se conoce el motivo de este apelativo.

Jesucristo varias veces predijo su pasión y muerte. San Marcos recoge en su evangelio el temor de los apóstoles en una ocasión que Jesús iba a Jerusalén. Iban de camino, subiendo hacia Jerusalén; y Jesús caminaba delante, mientras ellos iban sobrecogidos, siguiéndole medrosos. Tomando de nuevo a los doce, comenzó a declararles lo que había de sucederle. “Subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas, que le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, y se burlarán de Él y le escupirán, y le azotarán y le darán muerte, pero a los tres días resucitará” (Mc 10, 32-34). Por tanto, los apóstoles sabían que Cristo iba a morir, después de ser maltratado en la Ciudad Santa.

La primera vez que aparece Tomás en el Evangelio según san Juan es un momento crítico de la vida de Jesús. El Señor decidió ir a Betania para resucitar a Lázaro, acercándose así de manera peligrosa a Jerusalén. En esa ocasión Tomás dijo a los demás apóstoles: Vayamos también nosotros a morir con él (Jn 11, 16). Esta determinación para seguir al Maestro es verdaderamente ejemplar y nos da una lección valiosa: revela la total disponibilidad a seguir a Jesús hasta identificar su propia suerte con la de Él y querer compartir con Él la prueba suprema de la muerte.

En efecto, lo más importante es no alejarse nunca de Jesús. Por otra parte, cuando los evangelios utilizan el verbo “seguir”, quiere dar a entender que adonde se dirige él tiene que ir también su discípulo. De este modo, la vida cristiana se define como una vida con Jesucristo, una vida que hay que pasar juntamente con él. San Pablo escribe algo parecido cuando tranquiliza a los cristianos de Corinto con estas palabras: “En vida y muerte estáis unidos a mi corazón” (2 Co 7, 3). Obviamente, la relación que existe entre el Apóstol y sus cristianos es la misma que tiene que existir entre los cristianos y Jesús: morir juntos, vivir juntos, estar en su corazón como él está en el nuestro (Benedicto XVI).

Cristiano es, por encima de todo, quien se entrega a Cristo, quien le ofrece la propia vida, porque considera al Señor como el mejor Amigo, el ser más querido, Aquél por quien vale la pena sacrificar cualquier plan, cualquier ambición. Ser discípulo de Jesús significa estar con Él, hacerse conforme a Él, asemejarse al Señor. Porque lo único que merece la pena es ir junto a Jesucristo, como fueron Tomás y los demás apóstoles. Y estar con el Señor es participar de la divina amistad.

Otro pasaje evangélico en el cual interviene santo Tomás es el de la Última Cena. Cristo comenzó aquella cena expresando sus sentimientos: Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer, porque os digo que no la comeré más hasta que sea cumplida en el reino de Dios (Lc 22, 15-16). Predijo su muerte inminente, pero también consuela a los suyos hablándoles del Cielo. No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no fuera así, os lo diría, porque voy a prepararos el lugar, de nuevo volveré y os tomaré conmigo, para que donde yo estoy estéis también vosotros. Pues para donde yo voy, vosotros conocéis el camino (Jn 14, 1-4). Al decir estas últimas palabras, intervino Tomás: No sabemos adónde vas; ¿cómo podemos conocer el camino? (Jn 14, 5).

Esta intervención del apóstol Tomás ofreció a Jesús la ocasión de decir: Yo soy el camino, la verdad y la vida (Jn 14, 6), para añadir a continuación: Nadie viene al Padre sino por mí. Si me habéis conocido, conoceréis también a mi Padre. Desde ahora le conocéis y le habéis visto (Jn 14, 6-7). Es en primer lugar a Tomás a quien el Señor le declara que es el camino, la verdad y la vida, pero esta revelación vale para todos nosotros y para todos los tiempos. Cada vez que escuchamos o leemos estas palabras, podemos ponernos con el pensamiento junto a Tomás e imaginar que el Señor también habla con nosotros como habló con él. Al mismo tiempo, su pregunta también nos da el derecho, por decirlo así, de pedir aclaraciones a Jesús. Con frecuencia no lo comprendemos. Debemos tener el valor de decirle: no te entiendo, Señor, escúchame, ayúdame a comprender. De este modo, con esta sinceridad, que es el modo auténtico de orar, de hablar con Jesús, manifestamos nuestra escasa capacidad para comprender, pero al mismo tiempo asumimos una actitud de confianza de quien espera luz y fuerza de quien puede darlas (Benedicto XVI).

La escena evangélica más conocida en la que aparece el apóstol Tomás es la llamada: La incredulidad de Tomás. Según cuenta el evangelista san Juan, Jesús, en la misma tarde del día de su resurrección se apareció a sus apóstoles que estaban reunidos en el cenáculo, en el mismo lugar en que se celebró la Última Cena, pero Tomás no estaba allí en el momento de la aparición del Resucitado. Cuando llegó, los demás apóstoles, llenos de alegría, le dijeron: Hemos visto al Señor (Jn 20, 24). Mas Tomás no les creía, y dijo: Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré (Jn 20, 25). Comenta Benedicto XVI estas palabras de incredulidad de Tomás: En el fondo, estas palabras ponen de manifiesto la convicción de que a Jesús ya no se le debe reconocer por el rostro, sino más bien por las llagas. Tomás considera que los signos distintivos de la identidad de Jesús son ahora sobre todo las llagas, en las que se revela hasta qué punto nos ha amado. En esto el apóstol no se equivoca.

Ocho días después, Jesús volvió a aparecerse a sus discípulos y esta vez estaba Tomás presente. No sabemos qué cara de sorpresa puso el apóstol al ver al Resucitado. El Señor, después de saludar a todos con el saludo: La paz sea con vosotros, se dirigió a Tomás y le dijo: Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente (Jn 20, 27). La reacción de Tomás fue un acto de fe maravilloso. Su Señor mío y Dios mío (Jn 20, 28) es la profesión de fe más espléndida del Nuevo Testamento. San Agustín comenta esta exclamación del apóstol: Tomás veía y tocaba al hombre, pero confesaba su fe en Dios, a quien ni veía ni tocaba. Pero lo que veía y tocaba lo llevaba a creer en lo que hasta entonces había dudado.

Cuando contemplemos la Hostia Santa, a Cristo Sacramento en la Eucaristía, no veremos las llagas como las vio Tomás, pero haremos un acto de fe con las mismas palabras del apóstol: Señor mío y Dios mío, sabiendo que en la Sagrada Forma se esconden la Humanidad y la Divinidad de Cristo, pero creemos firmemente que está Cristo, con su Cuerpo, Con su Sangre, con su Alma y con su Divinidad.

El evangelista recoge la última frase de Jesús dirigida a Tomás: Porque me has visto has creído. Bienaventurados los que crean sin haber visto (Jn 20, 29). Y dice el papa Benedicto XVI: Esta frase puede ponerse también en presente: “Bienaventurados los que no ven y creen”. En todo caso, Jesús enuncia aquí un principio fundamental para los cristianos que vendrán después de Tomás, es decir, para todos nosotros. Es interesante observar cómo otro Tomás, el gran teólogo medieval de Aquino, une esta bienaventuranza con otra referida por san Lucas que parece opuesta: “Bienaventurados los ojos que ven lo que veis” (Lc 10, 23). Pero el Aquinate comenta: “Tiene mucho más mérito quien cree sin ver que quien cree viendo”. En efecto, la carta a los Hebreos, recordando toda la serie de los antiguos patriarcas bíblicos, que creyeron en Dios sin ver el cumplimiento de sus promesas, define la fe como “garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven” (Hb 11, 1). El caso del apóstol Tomás es importante para nosotros al menos por tres motivos: primero, porque nos conforta en nuestras inseguridades; en segundo lugar, porque nos demuestra que toda duda puede tener un final luminoso más allá de toda incertidumbre; y, por último, porque las palabras que le dirigió Jesús nos recuerdan el auténtico sentido de la fe madura y nos alientan a continuar, a pesar de las dificultades, por el camino de fidelidad a él.

Aún hay otra referencia a Tomás en el cuarto evangelio, cuando es presentado como testigo de Cristo Resucitado en el momento de la pesca milagrosa, la de los ciento cincuenta y tres peces grandes, en el lago de Tiberíades. Después lo que sabemos de él es por una antigua tradición que dice que evangelizó primero Siria y Persia, y luego se dirigió al oeste de la India, desde donde el cristianismo llegó también al sur de la India.

Pidamos a Dios por la intercesión de la Santísima Virgen María que el ejemplo del apóstol Tomás confirme cada vez más nuestra fe en Jesucristo, nuestro Señor y nuestro Dios.

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