Día 4 de julio

4 de julio

Memoria libre de santa Isabel de Portugal

Santa Isabel, reina de Portugal, admirable por su desvelo en conseguir que reyes enfrentados hiciesen las paces y por su caridad en favor de los pobres. Muerto su esposo, el rey Dionisio, abrazó la vida religiosa en el monasterio de monjas de la Tercera Orden de las Clarisas de Estremoz, en Portugal, que ella misma había fundado, en el cual murió cuando se esforzaba por conseguir la reconciliación entre un hijo y un nieto suyos que esteban enfrentados. (1336) (Martirologio Romano).

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Semblanzas

Esposa, madre y reina

Aragonesa de nacimiento

El 25 de mayo de 1625 la Iglesia celebra la fiesta de la Santísima Trinidad. En ese mismo día, en la Ciudad Eterna, el papa Urbano VIII canoniza solemnemente a la que los reinos de Portugal, Aragón y Castilla consideraban como santa desde hacía mucho tiempo, a la reina Isabel de Portugal.

Tres siglos y medio antes había nacido. Fue el 11 de febrero de 1270 cuando la esposa de Pedro III de Aragón, doña Constanza, dio a luz a una hija que quiso bautizaran con el nombre de Isabel, en recuerdo de la tía de su marido, santa Isabel de Hungría.

Justamente cuando la princesa aragonesa cumplió doce años -la edad mínima establecida por el Derecho Canónico en aquel entonces para contraer matrimonio-, se casa por poderes con don Dionís, rey de Portugal, en la capilla de Santa María, luego llamada de Santa Agueda, del palacio real de Barcelona. En junio de 1282 llegó a su nuevo reino, y en Troncoso, a donde había salido a recibirla, se encontró con su esposo al que conoció por primera vez.

Reina de Portugal

A pesar de su corta edad, la reina Isabel aparece ante todos como una mujer adornada de energía tenaz y fuerza del alma no comunes. Además, como quiere la leyenda medieval de su vida, era una mujer dulce y bondadosa, inteligente y bien educada. Las infidelidades conyugales de su marido que ella supo disimular con heroico silencio, constituyeron un profundo dolor para ella, que era una esposa enamorada de su marido. Nunca quiso enfrentarse con don Dionís, sino que con dulzura y amor quería apartarlo de sus ilícitas relaciones. Tan heroica fue su paciencia que hasta llegó a ocuparse con toda solicitud de los hijos bastardos de su esposo.

La fuerza necesaria para llevar con espíritu cristiano estos agravios la encontró la reina en su trato con Dios. Bajo la dirección de su confesor, el mercedario fray Pedro Serra, cultivó una intensa vida interior y de entrega a la voluntad divina, sin perder la naturalidad de esposa y reina. Nunca quiso rehuir sus obligaciones, aun aquellas que parecían más mundanas, y siempre, como reina que era, se la halló presente en las solemnidades, banquetes, recepciones y demás fiestas palaciegas. Minuciosa atención prestaba a las audiencias y visitas de sus súbditos, porque, como decía, era responsable de su salvación y bienestar. Pero no por esta actividad su vida espiritual sufría menoscabo alguno. Antes al contrario, supo encontrar en Dios y estar unida a Él en el cotidiano quehacer.

Vida de piedad

La piedad de la reina Isabel era admirable, pues amaba a Dios sobre todas las cosas. Educada en un espíritu profundamente religioso, consagraba desde niña algunos tiempos de cada día al servicio divino, a la oración y meditación de las grandes verdades enseñadas por Jesucristo. Diariamente asistía a la Santa Misa, quedando conmovidos los demás asistentes por la devoción con que la reina oraba durante el Santo Sacrificio.

Su espíritu de penitencia fue grande. Observaba rigurosamente las abstinencias y los ayunos mandados por la Santa Iglesia; y durante la Semana Santa, para conmemorar la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, incrementaba sus obras de piedad y devoción. Se confesaba con frecuencia; y nunca dejaba de recibir la Sagrada Comunión en las principales fiestas del año (lo más que se permitía en aquella época).

Tenía su tiempo bien organizado y aprovechado que le llegaba para sus devociones y prácticas piadosas, sin abandonar la administración de sus villas y castillos, ni dejar el gobierno de su casa a cuyo frente estaba siempre.

El milagro de las rosas

También se distinguió por su caridad para con los pobres y enfermos, compensada alguna vez por Dios con prodigios extraordinarios. Especialmente es conocidísimo el milagro de las rosas.

Más o menos es así como suele transmitirse el milagro. Una reina poco comprendida, e incluso maltratada por el rey, su marido, socorre a escondidas a los pobres, que continuamente acudía a ella para buscar esa ayuda que les negaba la estructura social de su tiempo. La reina salía de palacio, escondiendo en su manto las limosnas, el pan y las joyas que llevaba para sus protegidos… y, como sucede siempre que no se obra abiertamente, a la luz del sol, fue sorprendida por el severo monarca quien, sin contemplaciones, preguntó lo que ocultaba en aquel regazo tan protegido. ¡La reina llevaba rosas! No debía inquietarse Su Majestad. Pero el rey no creyó en la palabra de su esposa. ¿No comprendía la reina que era enero? ¿Cómo se le ocurría esa idea de esconder rosas, en una estación en que no se veía nada por los jardines? El rey sospechaba que algo extraño sucedía: se le hablaba de rosas en lo más crudo del invierno. Cuando don Dionís exigió a la reina que le mostrase las rosas tan delicadamente escondidas en el regazo, las rosas aparecieron, dejando sobrecogido a aquel marido desconfiado, y proporcionando a los pobres un motivo más de alabar a Dios por la protección que les enviaba.

Pacificadora

Otra faceta de su vida es la labor pacificadora que realizó. Compañera del rey, en razón del matrimonio, doña Isabel tenía que ser al mismo tiempo esposa solícita y colaboradora incondicional en todo lo que fuese de interés para la misión del monarca. Desde que se casó, tenía clara conciencia de la misión que había recibido de Dios, a la cual no podía rehusar, ni siquiera con el pretexto de ser demasiado joven. Así la vemos, con sólo diecisiete años y poco antes de dar a luz a su primer hijo -a una princesa que sería después reina de Castilla- intervenir en las luchas del rey, su marido, con el hermano bastardo que le disputaba el trono. Su eficacia en esa intervención es una prueba clara del lugar privilegiado que ya había conquistado en el corazón de todos los portugueses, incluido el monarca.

También contribuyó, merced a su constante y discreta intervención, a reconciliar a Portugal con el Papa, reconciliación que se confirmó con la firma de un concordato y con la fundación de la Universidad de Coimbra. Igualmente afianzó la paz entre castellanos y portugueses, mediante la unión matrimonial de sus hijos con los del rey de Castilla. En los momentos de la crisis peninsular de 1304, difíciles para la paz, se entrevistó con la reina castellana María de Molina, siendo eficaz su intervención para los intereses de ambos reinos, amenazados por las discordias promovidas en Castilla por los Infantes de la Cerda, que comprometían no sólo al rey Fernando, su yerno, sino al mismo rey de Portugal, su marido, y al de Aragón, Jaime II, su hermano.

Con idéntico efecto pacificador medió entre su hermano Fadrique, rey de Sicilia, y Roberto de Nápoles, dispuesto a dar solución a sus problemas con las armas.

Mucho más ardua y difícil fue la labor pacificadora que tuvo que poner en juego durante la larga crisis entre 1919 y 1924, cuando se produjeron los enfrentamientos entre el rey Dionis y su hijo Alfonso, que llevaron al país a la guerra civil. Vieja era en el ánimo del príncipe heredero la animadversión hacia su padre que se acrecentó por la envidia que en él despertaban los favores que el rey dispensaba al mayor de sus bastardos. Por tres veces se alzó el príncipe Alfonso en rebeldía. Estas luchas entre sus dos más grandes amores fueron la gran prueba que tuvo que sufrir la reina Isabel. Vivo vida muito amargosa, escribe la santa a su hermano, el rey de Aragón. A todos los sacrificios estaba dispuesta con tal de conseguir la paz en su reino y la reconciliación entre el padre y el hijo. Para lograrlo, escribe a su marido: No permitáis que se derrame sangre de vuestra generación que estuvo en mis entrañas. Haced que vuestras armas se paren o entonces veréis cómo enseguida me muero. Si no lo hacéis, iré a postrarme delante de vos y del infante, como la leona en el parto si alguien se aproxima a los cachorros recién nacidos. Y los ballesteros han de herir mi cuerpo antes de que os toque a vos o al infante. Por Santa María y por el bendito S. Dionís, os pido que me respondáis pronto para que Dios os guíe. Hasta el mismo campo de batalla llegó sola, montando en una mula, cuando empezaba en el llano de Alvalade, cerca de la capital portuguesa, otra lucha parricida entre el rey y su hijo. Allí mismo consiguió, una vez más, de su esposo el perdón para el hijo inquieto y rebelde.

Calumniada

Totalmente inmersa en los meandros de la política, tanto interior como exterior, nunca está envuelta en juegos mezquinos, ni en maquinaciones al servicio de intereses menos justos. Esta rectitud en el obrar es lo que garantiza el éxito de las empresas que acomete, toda vez que nunca se movió por puntos de prestigio personal ni de baja política.

La Reina Santa no se vio libre de calumnias. Fue acusada de conspirar con su hijo Alfonso. Ante las calumnias, conservó la serenidad. Y cuando los asuntos parecían tomar un sesgo adverso, supo esperar. Una espera que no se debe confundir con un cruzarse de brazos, con un abandono de la lucha.

Cuando los calumniadores consiguen que la reina sea exiliada en Alenquer, ésta conserva con una lucidez verdaderamente extraordinaria el sentido de sus responsabilidades, sabiendo conciliar como nadie -también en ese difícil momento- el papel de esposa, de madre y de reina. Desde el exilio, pide a su hermano, el rey de Aragón, que intervenga para restablecer la paz entre el rey Dionís y el príncipe Alfonso. En la carta que escribe a Jaime II -aún hablando de su dolor ante la situación de guerra civil en que se encuentra Portugal- no dice una sola palabra sobre su destierro, y evita toda censura, directa o indirecta, al monarca portugués. Silencio que corresponde a una norma de conducta habitual, según se advierte en la actitud tomada cuando los notables de la región vienen a ofrecerle su ayuda para librarse de la injusticia que sufría: después de oírles, les ordena regresar a sus lugares, donde debían permanecer fieles al rey, a cuyo servicio estaban todos, como ella.

Su obediencia al rey, su esposo, tuvo al fin, como recompensa aquel admirable espectáculo, en los alrededores de Leiría, del padre y el hijo estrechándose mutuamente en un fuerte abrazo, y con el pueblo alegre por la paz finalmente conseguida.

Vida retirada

En el año 1324 enferma el rey Dionís. Una vez más experimentaría una gran felicidad al comprobar hasta qué punto le era leal su esposa y que le iba a dar una última prueba de su cariño en los meses que por la enfermedad estuvo postrado en el lecho, del que saldría sólo para la tumba. La reina será su enfermera, y en sus brazos exhalará el último suspiro, el 7 de enero de 1325, en el palacio de Santarem, después de bendecir a todos los hijos, incluidos los bastardos (que la reina -en un alarde de delicadeza para el esposo moribundo- le aproximara).

Inmediatamente después de la muerte del rey, Isabel se retiró a su cámara, se vistió el hábito de las clarisas, cortó por sí misma los cabellos de su cabeza, y volviendo ante el cadáver de su esposo, dijo a los cortesanos presentes: Daos cuenta de que a la vez que al Rey perdisteis a la Reina.

Hasta el fin de sus días vivió una vida retirada, vistiendo siempre el hábito de la Tercera Orden franciscana, aunque libre de votos religiosos, pues siempre quiso mantener su patrimonio para construir iglesias y hospitales. Ya no vive sino para ayudar al necesitado. Sus riquezas van a parar a los pobres y enfermos en forma de ropa y alimentos. En los hospitales pasaba largas horas consolando a los allí acogidos. Construyó iglesias y monasterios: ella misma dirigió las obras del monasterio de Santa Clara de Coimbra. No podía faltar en su vida cristiana la peregrinación a Compostela. Apenas divisó de lejos la iglesia del Santo Apóstol, se apeó e hizo a pie, con gran devoción, el resto del camino; al visitar el templo el día 25 de julio, cuando el arzobispo celebraba con gran solemnidad la fiesta del Santo Protector de España, puso en las manos del celebrante, como prueba de devoción al Apóstol Santiago, su ofrenda: la corona más noble de su tesoro. El arzobispo entregó a la reina un bordón y una esclavina, objetos que ella conservó siempre con la más piadosa devoción, y que fueron guardados en el túmulo juntamente con su cuerpo.

Fiesta de la Concepción de María

Durante toda su vida, Santa Isabel alimentó una tierna devoción a la Virgen María, especialmente bajo el título de su Purísima Concepción; la Reina Santa fue, según consta, quien consiguió que se instituyese en Portugal la fiesta en honor de este misterio de la Santísima Virgen. Era entonces obispo de Coimbra un insigne varón de nombre don Raimundo. Encontrábase Santa Isabel en esta ciudad, con el corazón oprimido a causa de la guerra civil entre su hijo Alfonso y el rey Dionís. En tal situación acudió al auxilio de la Virgen Nuestra Señora de la Concepción para que pusiese fin a la guerra, proponiéndose incrementar -en cuanto fuese posible- la devoción a aquel misterio ya entonces muy difundido entre el pueblo.

Para ello acudió a la autoridad eclesiástica a fin de que sancionase esta devoción mariana y consagrara a la Concepción de María una fiesta especial. Expuso al obispo don Raimundo su pensamiento, y el obispo llamó a consejo a su cabildo y a las personas más virtuosas y versadas en teología; discutieron el asunto; y promulgó después una constitución en virtud de la cual mandaba celebrar todos los años en su catedral, el 8 de diciembre, la fiesta de Nuestra Señora de la Concepción. Pronto fue imitado este ejemplo por el obispo de Lisboa y por los restantes prelados del país. De este modo, gracias a la piadosa iniciativa de la reina santa Isabel, se estableció esta fiesta en todo el reino de Portugal.

Muerte santa

Del mismo modo que no utilizó la juventud como pretexto para permanecer inactiva, tampoco empleó la coartada de la vejez ni de la enfermedad cuando, ante la perspectiva de una lucha entre su hijo Alfonso IV de Portugal y su nieto Alfonso XI de Castilla, abandona el descanso de Santa Clara en 1336 para emprender un viaje, en cuyo curso Dios vendría a buscarla para conceder el premio a su fidelidad. Y, con este premio, la paz por la que había arriesgado todo.

Pese a sus muchos años se puso en camino hacia Estremoz, con el fin de parlamentar con su hijo, y disuadirle de aquella empresa bélica. Aquel viaje agitado y presuroso, en medio de los calores veraniegos, significó su muerte, aunque la causa próxima fue una herida en el brazo, acompañada de fuerte dolor y fiebre. Reconociendo que se acercaba el fin de su vida confesó, oyó misa y con gran devoción y muchas lágrimas recibió el cuerpo de Dios. Rezando y recitando salmos e himnos litúrgicos, como el Maria, mater gratiae, con voz cada vez más débil, entregó su alma al Creador. Era el 4 de julio de 1336, en el castillo de Estremoz. Junto a su lecho, según ella siempre deseó, estaba su hijo, el rey Alfonso IV, por el que tanto había sufrido.

Después de su muerte, su cuerpo fue trasladado hasta el monasterio de Santa Clara de Coimbra. Allí reposa envuelto en una aureola de milagros. El pueblo cristiano ha rodeado, a través de los siglos, de una gloria inmortal a esta santa medieval.

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