Día 9 de julio

9 de julio

Carta apócrifa de un abuelo judío del siglo I a su nieto

Eres todo un manantial de vida. Eso es lo que deduzco cuando leo en tu carta tus planes de futuro. Un futuro, que por ser futuro, es incierto, desconocido, pero que tú deseas llenarlo de ilusiones, proyectos y ambiciones nobles. Me alegra saber que no buscas por los caminos del mundo más que la verdad. Con el entusiasmo de tus años jóvenes estás realizando una nueva siembra. Siembra de paz, amor y justicia, me escribes en tu última carta. También me decías que estás dispuesto a emplear las mejores fuerzas del espíritu para dar un nuevo sentido a tu vida, y que ese sentido tiene un nombre: el de Jesús de Nazaret.

Déjame que te cuente, aunque ya han pasado muchos años, pero acuerdo perfectamente, mi encuentro con el Profeta de Galilea en la época en que gobernaba Judea el procurador romano Poncio Pilato. Nunca la he contado hasta hoy, pero siempre he tenido presente, como si estuviera sucediendo, aquel momento en que tuve una conversación con el Maestro, como le llamaban sus seguidores, entre los cuales estaba Juan de Betsaida, al que tú has conocido en esa ciudad de Éfeso. Te preguntarás por qué he guardado silencio durante tantos años sobre ese asunto, y ahora, cuando mi vida toca ya a su fin, abro mi alma para contártelo. Te diré que ya está contado en esos libros sobre la vida y los hechos de Jesús, escritos por algunos de sus discípulos. Afortunadamente para mí, quedo en el anonimato, pues los autores, con mucha delicadeza que es de agradecer, no me citan con mi nombre, y ni siquiera nombran el lugar exacto donde ocurrió. Pero hoy quiero que sepas que yo fui aquel joven egoísta que andaba bien preocupado por disfrutar de las comodidades que facilitan el poseer abundantes tierras y un patrimonio familiar.

Remontándome al ambiente familiar en que nací, como bien sabes, mi familia estaba imbuida por el espíritu de los Salmos y de veneración al Dios de Israel, tanto en la oración privada como en el culto comunitario. Educado desde niño, crecí dentro de la tradición judía, a la sombra de la Ley del Señor y con profunda fe fui arropado por la acendrada religiosidad de mis padres. Ellos me enseñaron con la palabra, pero especialmente con su ejemplo, a ser un cumplidor de la Ley. Cada sábado, según la costumbre de nuestro Pueblo, el elegido de Dios, acudía a la sinagoga para oír un pasaje de la Escritura y su explicación. Allí observaba cómo el libro de la Ley era objeto de un profundo respeto. En la escuela me habían enseñado que las sinagogas tuvieron su origen en las reuniones cultuales que celebraban nuestros padres en los años del exilio en Babilonia, para mantener vivo el recuerdo de la identidad y el origen de nuestro Pueblo como Pueblo de Dios.

En la familia se interpretaba, siguiendo las enseñanzas de los rabinos, la riqueza como signo de predilección divina: somos ricos, luego eso indica que agradamos a Yavé. Yo pensaba que en la posesión de tantos bienes, de toda aquella inmensa hacienda, estaba la felicidad. Pero tenía mis inquietudes espirituales, había en mi interior como un desasosiego indefinible, intuía algo más.

A mis oídos habían llegado noticias de las obras maravillosas que realizaba el nuevo profeta. Me dijeron de Él que no hablaba ni actuaba como otros que se sientan en las cátedras de las sinagogas, pero no dan buen ejemplo, sino que todo lo hacía bien y hablaba como quien tiene autoridad. Sentí la necesidad de conocer al Maestro, de conversar con Él. Entre otras cosas, quería preguntarle por el significado de mi existencia y cómo conseguir la vida eterna, pues por aquellos años de mi juventud eran los planteamientos que me hacía.

Enterado de que había partido de Galilea encaminándose a la región de Judea, al otro lado del Jordán, salí a su encuentro con una enorme inquietud en mi alma. Al divisarle de lejos por el camino, rodeado de sus discípulos, eché a correr para alcanzarle, pues sólo verle me sentí atraído, fascinado de su persona. No cabía la menor duda: Él era el Maestro bueno.

No sé cómo, pero con espontaneidad, me puse de rodillas delante de Él. Noté como posaba su mirada sobre mí, una mirada llena de cariño, de amor. Apresuradamente inicié la conversación con una pregunta que surgió desde la profundidad de mi corazón: Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna? Sorprendentemente, sin rechazar la alabanza, me dice: ¿Por qué me llamas bueno?, y sin darme tiempo para responder, Él mismo da la respuesta: Nadie es bueno sino sólo Dios. Y ante mis ojos me parecía ver no la bondad de un hombre virtuoso, sino la bondad misma, esa bondad que sólo Dios posee.

Después, ciñéndose a lo que le pregunté, añadió: Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos. Y a continuación enumeró los mandamientos escritos sobre tablas de piedra que Moisés había recibido en el monte Sinaí en el momento de la Alianza entre Dios e Israel. Aún recuerdo el tono de su voz, la fuerza y la lentitud con que pronunció las palabras, cortadas por breves pausas… No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no dirás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y ama al prójimo como a ti mismo. Muy atrevido fui, pero con toda sinceridad le dije: Maestro, todo esto lo he guardado. ¿Qué más me queda? Le estaba descubriendo mi corazón insatisfecho. Ante Él me daba cuenta que aún me faltaba mucho para ser perfecto. Antes, creía haber cumplido mi obligación con no haber quebrantado los mandamientos.

Me miró intensamente. Mis ojos se cruzaron con su mirada. Percibí que me amaba de un modo singular. En ese instante, breves segundos fueron, supe que era amado, eternamente amado… No sé cómo explicártelo, pero su misma mirada era ya una llamada. Si quieres ser perfecto -me dijo-, ve, vende cuanto tienes y dalo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; y luego ven y sígueme. Sí, ahora lo tenía todo claro. Su mirada llena de amor era una invitación a seguirle. Me pedía que me desprendiera de mi fortuna y que me hiciera discípulo suyo. Quedé desconcertado. Su petición me pareció una locura, pero algo en mi interior me impulsaba a responderle que sí, a embarcarme en lo que hubiera podido ser la gran aventura de mi vida.

No quise arriesgar nada, tuve miedo a ser generoso. No me decidí a desprenderme de mis bienes. Con gusto le hubiera seguido si no me hubiese pedido tanto. Estúpidamente me fui. Emprendí una huida -eso ha sido mi vida- buscando refugio en mí egoísmo. Sin atreverme a mirarle, me marché taciturno, triste. Pienso que desde entonces hay una huella de tristeza en mi rostro y un vacío en mi corazón, por mi falta de generosidad, que me han acompañado a lo largo de mi vida. El pensamiento de que toda la labor que Dios había realizado en mi alma desde la infancia se estrelló ante la negativa que le di al Maestro, no me ha abandonado nunca. Después supe que también el Maestro se contristó.

Muy pronto me di cuenta del error cometido. Había rechazado una invitación -yo diría que divina- porque preferí las riquezas -¡malditas riquezas!-, la comodidad, el bienestar, una vida placentera sin ningún riesgo… En una palabra: fui un egoísta. Hubiera deseado en aquel momento que el encuentro no se hubiera producido, pero aún, con los años que han transcurrido, me alegro de haber conocido al Nazareno. En muchas ocasiones he pensado que mi pregunta ¿qué más puedo hacer? fue imprudente y temeraria, hecha con una ingenua ansiedad; otras veces he querido convencerme de que nunca la había formulado, de que todo seguía igual que antes. Pero la verdad es bien diferente. Después de aquella invitación, aunque no la aceptara, todo ha sido muy distinto.

Mi vida ha sido mediocre. Sin horizontes, con una cortedad de miras que impidió convertir mi existencia en una entrega gozosa a Aquél que me miró con tanto cariño, con simpatía.

He leído esos libros sobre Jesús que se han publicado en estos últimos años, y a los que he hecho alusión anteriormente. Me han gustado mucho. Una cosa llama poderosamente la atención: Él nunca se dejaba ganar en generosidad. Impresiona ver como a cambio de unos pocos de panes y de algunos peces da de comer a una muchedumbre; por el trabajo de llenar de agua unas tinajas pone a disposición de los invitados a una boda más de seiscientos litros de vino de la mejor calidad; por unas palabras pronunciadas por un malhechor en defensa suya, le regala una eternidad de felicidad.

Sí, Jesús de Nazaret pasó de largo por mi vida. Él llamó a la puerta de mi corazón, y yo… no la abrí. Ésta ha sido la pena de mi vida. Salud y paz. Tu abuelo (la firma es ilegible).

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s