Día 14 de julio

14 de julio

Memoria libre de san Camilo de Lelis

San Camilo de Lelis, presbítero, que nació cerca de Teano, en la región italiana de los Abruzos, y desde la adolescencia siguió la carrera militar y se dejó arrastrar por los vicios propios de una juventud alegre y despreocupada, pero, convertido de su mala vida, se entregó al cuidado de los enfermos en los hospitales de los incurables, a los que servía como al mismo Cristo. Ordenado sacerdote, puso en Roma los fundamentos de la Orden de Clérigos Regulares Ministros de los Enfermos. (1614) (Martirologio Romano).

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Efemérides

Tal día como el hoy del año 1989 falleció en Madrid José María García Lahiguera, arzobispo de Valencia y fundador de la Congregación de las Hermanas Oblatas de Cristo Sacerdote.

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Semblanza

Una vida para el sacerdocio

Infancia

En la misma ciudad que nació el beato Juan de Palafox y Mendoza, virrey de Nueva España, arzobispo de Puebla de los Ángeles (México) y obispo de Burgo de Osma, tres siglos después vino a este mundo un niño que también sería obispo y cuyo proceso de beatificación ya se ha iniciado. José María García Lahiguera nació en Fitero (Navarra) el 9 de marzo de 1903. Era hijo de Vicente García Albericio y María Lahiguera Martínez. Tres días después, el 12, recibió las aguas del Bautismo. Años más tarde, escribió de este acontecimiento: Yo, José María García Lahiguera, doy gracias a mi Buen Dios por haberme hecho nacer en el seno de mi Santa Madre la Iglesia. Para él, aquel día de su bautizo es un día que no es que marque simplemente una fecha: es que es el comienzo de todas las fechas siguientes, que terminan con “la gran fecha”, la de la muerte, si es que con lógica y, sobre todo, con fe, pensamos y creemos que es verdad la palabra de Jesús: “Yo soy la resurrección”.

El 23 de noviembre de 1907, cuando aún no había cumplido cinco años, recibió otro sacramento de la iniciación cristiana: el de la Confirmación, en la parroquia de Santa María la Real, de Fitero, perteneciente al obispado de Tarazona, de manos del obispo de la diócesis Mons. Santiago Ozcoidi.

En su Fitero natal pasa los años de su niñez, las primeras páginas de su vida. Hablando de aquella época, escribió: El niño es como página blanca en la que no hay nada escrito. Pero, todo lo que oye y ve, va quedando grabado en su alma. Poco a poco, con las nociones elementales de gramática, historia, geografía, etc., comencé a pensar, a sentir, a amar. Aprendí, sí, a amar a Dios y a la Virgen sobre todas las cosas, y a amar y servir a mis hermanos, los hombres. Un niño que fue criado y educado en un hogar cristiano. En ese ambiente limpio y de piedad se fue fraguando la personalidad del niño, la firmeza del adolescente, la vitalidad del hombre. Y el genio fuerte -¿quizá brusco?- de José María fue cambiando, mejorando su carácter.

Fue alumno del colegio de las Hermanas de la Caridad de Santa Ana. En cierta ocasión, una hermana prometió dar un caramelo al niño que rezara mejor el rosario. José María se propuso conseguir el premio… y lo obtuvo, pero el caramelo prometido no apareció por ninguna parte. Años más tarde, siendo obispo auxiliar de Madrid-Alcalá y en visita pastoral, acudió a un hospital atendido por religiosas de la misma congregación que las de su colegio. Y les dijo: Hermanas, me deben ustedes un caramelo, explicándoles el por qué de esa deuda. Todas rieron y admitieron: Pues es verdad. Aquella tarde, cuando el obispo volvió a su casa, se encontró con un abultado paquete de caramelos.

El 29 de abril de 1911 hizo su Primera Comunión. Siendo obispo decía en una plática a los niños que iban a recibir de sus manos por primera vez a Jesús en la Sagrada Comunión: Yo, desde aquel día de mi primera comunión, todos los días, menos algunos poquitos… he comulgado siempre: de niño, de seminarista luego, de cura ya en el altar, de obispo; seguí, seguí comulgando.

Seminarista

En el ambiente familiar y de la tierra que le vio nacer se cultivó la semilla de su vocación sacerdotal. En sus Apuntes Espirituales escribió: Yo siempre he querido ser sacerdote. Nadie me dijo ni indicó ni aun indirectamente nada; fui yo (recuerdo perfectamente) el que dije a mi padre: “Quiero ir al seminario para ser sacerdote”. Tenía nueve años. A los diez, ingresé en el seminario. Y más adelante continúa con el relato de su vocación: Al decir a los nueve años que quería ir al seminario, expresé un deseo de mi alma. Más tarde conocí todo el problema de la vocación. Es don de Dios: quos ipse voluit (Eligió a los que quiso). Más tarde todavía podía exclamar: tengo vocación de sacerdote; Dios me llama al sacerdocio. A la llamada del Señor yo contesté de niño generosa, totalmente y para siempre: Quiero ir al seminario. Y fui y soy sacerdote, y la fuente de mi constante alegría es que soy sacerdote para siempre, in aeternum. Lo soy y lo quise siempre. Pero no olvidar que quien lo quiso desde toda la eternidad fue y es el Señor. La frase de ayer es plenamente exacta si digo, porque así es. “El Señor ha querido que yo fuera santo y sacerdote”. Y como me ha donado la gracia de responder “sí” al querer de Dios, puedo afirmar: yo he querido siempre ser santo y sacerdote.

El 1 de octubre de 1913 ingresó en el seminario menor de Tudela, que era al que acudían todos los niños de la región ribereña de Navarra que querían ser sacerdotes. Allí estuvo dos años, porque en 1915 su familia se traslada a Madrid. Y ya en octubre de 1915 es seminarista del seminario conciliar de Madrid, donde haría los estudios eclesiásticos.

Hablando de la época vivida en el seminario de Madrid, dijo: Entré en el seminario el día 1 de octubre de 1915, y salí camino del Obispado, el 1 de enero de 1949. Durante estos treinta y cuatro años viví día y noche en el seminario, llenando lo que llamaría tres etapas: la de seminarista, después la de superior-profesor y, por último, la de director espiritual, primero del seminario menor y luego –la más interesante- del seminario mayor. Fui feliz, totalmente feliz en todo momento, entonces, y ahora cuando lo recuerdo. Los años de seminarista dejaron huella en mi ser; fueron la forja que al calor del espíritu y constante trabajo, moldearon la figura del futuro sacerdote; fueron como el riego suave en la semilla de la vocación que luego se desarrolló en el apostolado de toda mi vida. Fueron años llenos, respirábamos a pleno pulmón aire de gracia, de paz, de ilusión. Éramos entonces un buen número de seminaristas. Caminábamos alegres, con buen humor; unos más estudiosos, otros menos; unos más piadosos, otros menos; pero todos, con una santa ilusión de llegar al sacerdocio.

Siendo aún seminarista, en 1923 ganó por oposición la plaza de Maestro de capilla en la catedral de Sigüenza. Plaza que nunca ocupó.

Sacerdote

Después de recibir la tonsura (20 de diciembre) y las Órdenes menores (ostiario y lector, el 21 de diciembre; exorcista y acólito, el 22 de diciembre) en el año 1923, y las Órdenes mayores (subdiaconado, el 20 de marzo; diaconado, el 19 de diciembre) en el año 1925, todas ellas previas al presbiterado, el 29 de mayo de 1926, en la Capilla del Seminario, recibió la ordenación sacerdotal de manos de Mons. Eijo y Garay.

El sacerdocio fue la gran obsesión en la vida de José María García Lahiguera: el Sacerdocio único de Cristo Sumo y Eterno Sacerdote; el amor, estima y preocupación por la participación de los que participan ministerialmente de ese Sacerdocio, y el interés por el seminario y las vocaciones sacerdotales.

Su lema cotidiano, que repetía con humilde reverencia, era, sólo sacerdote, siempre sacerdote y en todo sacerdote. Bien consciente era que la identidad del sacerdote es la Cristo, ser otro Cristo. Y que la dignidad sacerdotal requiere santidad. En una ocasión decía a un sacerdote recién ordenado: Por dignidad, que Dios te ha concedido; por santidad personal, que es tu aportación generosa. De tal manera que nunca en ti se pueda separar lo que nunca se separa doctrinalmente: la santidad del sacerdocio. Porque no habiendo más que un sacerdocio, el de Cristo, que es santo, luego los que participan de ese Sacerdocio de Cristo tienen que ser siempre santos. Y en otra ocasión, predicando a sacerdotes en la Capilla del Seminario de Madrid, decía con fuerza: Si no somos santos, ¿para qué somos sacerdotes? Y si somos sacerdotes, ¿por qué no somos santos?

Nunca se olvidó de aquella plegaria de mi santa madre: “¡Señor, que mi hijo conserve siempre su alma limpia de todo pecado!”, ahora, al recibir la Eucaristía de ese hijo, sacerdote para siempre, era hondísima acción de gracias: “¡Señor, hazlo un santo sacerdote!”

En su testamento, que todo un canto de acción de gracias a Dios por inmensos favores recibidos, escribió: Doy gracias a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, por el don inapreciable del Sacerdocio, que me ha concedido hasta la plenitud por la Ordenación Episcopal… Doy gracias al Espíritu Santo, porque siempre me ha hecho sentir en mi alma deseos insaciables y ansias infinitas de pronta y gran santidad sacerdotal… Me atrevo a pedir, y aun a exigir, que tan sólo se graben en ella (en la lápida que cubra mi sepultura) las fechas de mi nacimiento y defunción y estas palabras que han sido mi vida en la tierra y espero que serán mi gloria eterna en el cielo: Sacerdos et Hostia.

Dispuesto al martirio

Al joven sacerdote no le dieron ningún cargo parroquial pues su obispo quiso tenerlo en el seminario. Bien preparado musicalmente, es nombrado director de la Schola Cantorum. También se le encargó de enseñar en el seminario -aparte de la música- Geografía, Historia de España e Historia Universal. Como cargo pastoral fue nombrado Capellán de la Casa que las Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Santos Ángeles (conocidas como las Angélicas).

En 1928 obtuvo el grado de Doctor en Derecho Canónico por la Universidad Pontificia de Toledo. Un año después (octubre de 1929) recibe el nombramiento de Prefecto de externos del seminario; en septiembre de 1932, el de director espiritual del seminario menor, y en julio de 1936, del seminario mayor. En 1933 había obtenido el título de Maestro nacional.

Los primeros años de su sacerdocio se desarrollaron en un marco social de continuos y profundos cambios políticos, forzosamente reflejados en las incidencias de la vida eclesial. España pasó de la férrea dictadura de Primo de Rivera, al desenfreno que supuso su caída en 1929, y a la implantación de la República, que desembocó en la sangrienta guerra civil de los años 1936-1939.

Durante la guerra, José María es encarcelado. El 18 de julio de 1936, día en que estalló la guerra, José María vivía con su familia en la calle Ferraz, 21. Desde el balcón de su casa presenció el asalto del Cuartel de la Montaña y la feroz masacre de los sublevados que en él se habían hecho fuertes. El sacerdote, aunque aterrorizado por el sangriento espectáculo, rezó varios responsos por el eterno descanso de los que habían muerto en el feroz combate.

Aquel hecho produjo en José María una explicable situación de angustia, de miedo visceral. Estuvo varios días sin atreverse a salir a la calle. Pero de aquel miedo pasó a la intrepidez cuando le avisaron que una mujer enferma gravemente solicitaba los auxilios espirituales. Cuando se disponía a salir, sus familiares quisieron impedirlo por el riesgo que suponía. Pero él dijo: Me llaman para ejercer mi ministerio, y no me puedo negar aunque me cueste la vida.

Días después hubo un registro en su casa. Uno de los milicianos vio colgado en la pared un retrato de José María vestido de sacerdote. No le fue necesario identificar la persona retratada con la que tenía delante. El mismo sacerdote le dijo: Sí. Ése soy yo. Soy sacerdote. Entonces el miliciano le preguntó: ¿Y qué haces aquí? La respuesta fue sincera: ¿Dónde voy a estar mejor que en casa de mi madre? Y aquel hombre la aceptó como buena: Tienes razón. Más vale así… ¡Y no esos otros que se han ido a tirar tiros contra el pueblo!

Aquel registro fue un aviso del riesgo que corría por lo que decidió refugiarse en alguna embajada. Después de intentarlo en la de Cuba, lo consiguió en la Legación de Finlandia. Pero el 3 de diciembre de 1936, sin respeto alguno a la inmunidad diplomática, las turbas asaltaron la Legación del país nórdico, y se llevaron a todos los refugiados. José María no ocultó su condición sacerdotal. Junto con los otros fue conducido a la Dirección General de Seguridad, sito en un garaje de la calle Serrano. Allí fue sometido a interrogatorio y volvió a afirmar que era sacerdote, por lo que fue condenado a ser fusilado.

Cuando estaba en una furgoneta celular para ser llevado al paredón, su hermana Asunción preguntó por él: ¿Puedo verle para despedirme de él? Se lo permitieron. José María abrazó a su hermana, diciéndole: Este abrazo para mamá. Dile que me llevan sólo por ser sacerdote. Después se separaron los dos hermanos.

Momentos antes de ponerse en marcha el vehículo, incomprensiblemente una contraorden manda que el coche celular en la que le habían subido no vaya al lugar previsto para las ejecuciones sino que lleven a los detenidos a la cárcel instalada en el Colegio de San Antón de los Padres Escolapios, situada en la calle Farmacia, 18, titulada Prisión Provisional de Hombres. Entonces José María pidió a Dios: Señor, ya que no he merecido ser mártir, concédeme la gracia de ser un santo confesor tuyo. Obtenida la libertad en diciembre de 1936, se dedicó de forma clandestina a ejercer su ministerio sacerdotal, a veces en circunstancias en que hacerlo pudo acarrearle la muerte a manos de los enemigos de la fe de Cristo.

Fundador de las Hermanas Oblatas de Cristo Sacerdote

El 25 de abril de 1938, en plena contienda, con María del Carmen Hidalgo de Caviedes y Gómez fundó la Congregación de Hermanas Oblatas de Cristo Sacerdote, dedicadas al sacrificio y a la oración por la santificación de los sacerdotes. Años después, en su Diario espiritual escribió: Llamado por Dios a ser instrumento, aunque inútil, en la fundación de esta congregación en la Iglesia, he de afirmar rotundamente que jamás la menor inspiración o moción, por pequeña que fuera, sentí en mi alma, aun cuando hubo alguna que otra indicación, de fundar la rama masculina. La femenina, Hermanas Oblatas de Cristo Sacerdote, es en sí positiva y universal y está en manos de la Iglesia. Y fechas después aparece en el Diario, hablando con la Virgen: Madre, ¿te acuerdas? Día como hoy, 16 de julio de 1943, de rodillas ante el altar, a los pies del sagrario, acepté en silencio y soledad el apelativo de fundador de esta amadísima congregación de Oblatas de Cristo Sacerdote. Me costó lo suyo, Tú lo sabes. Y es que , a lo sumo, me podría llamar cofundador. La verdadera y única, auténtica fundadora es la Rvdma. Madre María del Carmen Hidalgo de Caviedes. Gracias a ella, hay congregación.

La fundación tiene una prehistoria. A mediados de la década de los treinta, un Jueves Santo, en la entonces Catedral de San Isidro de Madrid, una joven está muy atenta a las palabras que desde el púlpito dirige a los fieles José María García Lahiguera. María del Carmen Hidalgo de Caviedes y Gómez, tal era aquella joven, pensó: Si este sacerdote me dirigiera, sería santa. Unos años después, aún en plena guerra, providencialmente, el sacerdote, que estaba llevando a cabo la abnegada tarea de atender espiritualmente a los católicos de una iglesia de auténticas catacumbas, conoció a la familia Hidalgo de Caviedes, y María del Carmen comenzó a tener dirección espiritual con don José María.

En la primavera de 1938, la joven hizo unos ejercicios espirituales en absoluto retiro, soledad y silencio, en orden a encajar su vocación religiosa. Don José María le pidió que pusiera por escrito lo que la luz del Espíritu Santo le había hecho ver. Ella escribió: Clausura rigurosa. El convento sea como un sepulcro donde el cuerpo muera y el alma viva en su centro, que es Dios, y a solas, sólo para Él. Y esto, con una intención: La santificación de los sacerdotes y aspirantes al sacerdocio. Cuando María del Carmen acabó de leer sus notas al sacerdote, le dijo: Padre, esto no existe, ¿verdad? José María oía sus palabras en silencio. Él había pensado ya en una congregación religiosa femenina, cuya característica sería: oblación de holocausto por la santidad de los sacerdotes y aspirantes al sacerdocio, como constitutivo esencial de la congregación, además de los tres votos comunes a toda vida religiosa.

Recordando aquel momento, don José María escribió en la Primera página de la Historia de la Congregación: Yo había escuchado con emoción inenarrable, porque cuanto expresaba era un mismo sentir con lo que yo barruntaba hace tiempo como ideal de futura fundación. Quedé callado y al fin le dije: “Hija mía, todo esto es de Dios. Ciertamente no existe, pero existirá”. Recuerdo perfectamente que entonces se arrodilló ante mí y dijo: “Padre, ahora vamos a comprometernos a llevar a cabo eso que Dios quiere, hasta el final, a costa de lo que sea. No hubo más palabras, pero fue un sello de compromiso ante Dios y por Dios hecho. Le di la bendición y marché sobrecogido y en la convicción de que habíamos vivido un acto trascendental en nuestra vida.

Las Oblatas de Cristo Sacerdote recibió el Nihil obstat de Roma el 25 de abril de 1950 y erigida como Congregación religiosa de derecho diocesano el 31 de mayo del mismo año. Pasó a ser de derecho pontificio el 24 de enero de 1967. Y diecisiete años después, el 24 de enero de 1984 fue la aprobación definitiva de las Constituciones revisadas a la luz del Código de Derecho Canónico promulgado en 1983.

Obispo

El 17 de mayo de 1950 fue nombrado obispo titular de Zela y auxiliar del de Madrid-Alcalá, y no auxiliar de Madrid-Alcalá, como el propio José María precisará siempre, porque los obispos auxiliares en aquella época lo eran de la persona del obispo residencial de la diócesis. Fue consagrado el 29 de octubre de ese año, en la Basílica de San Francisco el Grande. El patriarca de las Indias Occidentales y obispo de Madrid-Alcalá, don Leopoldo Eijo y Garay, actuó de consagrante, asistido por don Casimiro Morcillo González, obispo preconizado de Bilbao, y don José María Bueno Monreal, obispo de Vitoria.

El lema de su episcopado es: Anima mea pro ovibus meis (mi vida, por mis ovejas). Como obispo quiere ser, siguiendo el ejemplo del Divino Maestro, buen pastor, apacentar las ovejas que Dios le ha confiado. Sus ovejas son sus sacerdotes, los fieles de la diócesis de Madrid-Alcalá, en cuyo gobierno ayuda a don Leopoldo Eijo y Garay, y en lo sucesivo, todas las que el Señor le encomiende. Pro eis ego sanctifico (por ellos yo me santifico). Y de forma especial, por sus hijas de la congregación religiosa por él fundada.

José María recibió y agradeció el episcopado como la plenitud de aquel sacerdocio que tan entrañablemente amó toda su vida. Su consagración episcopal fue para él, como lo era el simple sacerdocio, una concesión gratuita que le ayudó a sentir la hermosura de su vocación como predilección especial del Señor. La plenitud del sacerdocio le obligaba -¡bendita obligación!- a vivir con mayor exigencia de santidad su identificación -ahora más plena- con Jesucristo Sacerdote.

Durante catorce años estuvo sirviendo a la diócesis de Madrid-Alcalá como obispo auxiliar y vicario general. Por el Patriarca tenía respeto, veneración y afecto filial. Era su costumbre de poner en conocimiento de don Leopoldo, por escrito, todos y cada uno de los asuntos de gobierno de la diócesis que a él competían, y por cierto, bien minuciosamente expuestos. De esta forma, le quitaba menos tiempo que si esta cuenta se la rindiera en audiencia personal, y a la vez, el detalle era más concreto y exacto. Es que no quiero -escribía don José María a su prelado- dar un paso sin conocimiento y aprobación de V.E., ya que, al ser mi superior, sé que de esta manera todos mis pasos son del agrado del Señor. Sin embargo, cuando en algunas ocasiones tomaba decisiones por sí mismo para no molestar a su obispo con excesivas notas, le parecía no obrar bien, y así se lo exponía a don Leopoldo. Éste le tranquilizaba diciéndole: Obra usted como un santo. Una vez, don José María había presidido un cierto acto representando al Patriarca, y después le comentó a éste que le había tan mal representado por mi pobre persona. Mons. Garay y Eijo no aceptó aquellas palabras y le dijo: No diga eso: ni por humildad se pueden decir cosas falsas.

En el curso 1950-51, su primero como obispo, don José María, en la Visita Pastoral a la diócesis visitó treinta parroquias de la capital. En cada parroquia presidía las celebraciones litúrgicas, predicaba las homilías, se reunía con los grupos de pastoral, administraba el sacramento de la Confirmación a los jóvenes, visitaba a los enfermos e iba a las iglesias, conventos, colegios y otros centros de la circunscripción parroquial. A partir del 19 de mayo de 1951 compartió el trabajo con don Juan Ricote Alonso, consagrado como segundo obispo auxiliar.

A don Leopoldo, cuando se le presentaba la ocasión de hacer algún comentario sobre sus dos obispos auxiliares, solía decir: Somos trinidad en la unidad, refiriendo al perfecto entendimiento entre los tres.

El 31 de agosto de 1963 falleció en Vigo el patriarca de las Indias Occidentales y obispo de Madrid. Don José María, con el corazón dolido, dijo a todos los diocesanos de Madrid: ¡El señor patriarca ha muerto!… Aún nos encontramos bajo el peso del profundo dolor que en el ánimo de todos ha producido la muerte de nuestro bien amado padre y pastor, dejándonos en una triste orfandad.

Unos días después, el 3 de septiembre, el cabildo catedral, reunido para proceder a la elección de vicario capitular, según lo dispuesto por el Código de Derecho Canónico, eligió a don José María. Desde aquel día rigió la diócesis durante el período de sede vacante. El 28 de marzo de 1964, la diócesis de Madrid-Alcalá es elevada a la categoría de archidiócesis y nombrado su primer arzobispo, don Casimiro Morcillo González, hasta entonces arzobispo de Zaragoza.

Mons. Morcillo confirmó a don José María como vicario general, pero la Santa Sede tenía otros proyectos. Para cubrir la vacante dejada por don Casimiro en Zaragoza fue designado don Pedro Cantero Cuadrado, obispo de Huelva, y para la sede onubense, Mons. García Lahiguera.

En tierras onubenses

El 7 de julio de 1964 fue nombrado obispo residencial de Huelva. La diócesis onubense era por aquella época la benjamina de las diócesis españolas. Había creada en 1953 y durante diez años estuvo regida por Mons. Cantero Cuadrado. Éste comentó la llegada de su sucesor con este sincero testimonio: Yo he montado la estructura material y jurídica de la nueva Diócesis; don José María sabrá darle la auténtica fisonomía espiritual de Esposa de Cristo.

Al enterarse de su nuevo destino, Mons. García Lahiguera acudió a Palencia a postrarse ante el sepulcro del beato Manuel González García, que fue arcipreste de Huelva, apóstol sin precedentes de la capital onubense -entonces todavía no era sede episcopal-. Allí, de rodillas, ante la tumba del aquel santo obispo, le pidió ayuda para su nueva misión. El 23 de julio de 1964 tomó posesión de su diócesis por poderes. Para este acto estuvo representado por el deán del Cabildo, don Luciano González Alvarez.

Dos meses después, el 7 de septiembre, después de haber pernoctado en el Monasterio de La Rábida, hizo su entrada en Huelva por ría. Al entregársele las llaves de la ciudad dijo: Estas llaves de Huelva han abierto las puertas de mi corazón; yo quiero con estas llaves abrir las puertas del alma de Huelva para llevarla por esas puertas del más allá, al más allá de la eternidad feliz, salvando todas las almas.

Y en aquel rincón de la Península fue padre y pastor. Bajó a las minas para estar con los mineros; se embarcó para visitar a sus diocesanos que trabajaban en las tareas del mar; recorrió pueblos y aldeas en visita pastoral. Y cuando el mar se cobraba tributo en vidas humanas, allí, en la capilla ardiente, se encontraba de rodillas ante los féretros de las víctimas.

Sólo cinco años estuvo en la ciudad del Tinto y del Odiel, pero en ese breve espacio de tiempo su labor su impresionante. En el Apostolado de la enseñanza cabe destacar: la creación de los colegios menores San Pablo, en Huelva, y Arias Montano, en Aracena; el Instituto de Cristo-Sacerdote, en Huelva; la Escuela Naútico-Pesquera, en Huelva; y la Escuela Profesional Nuestra Señora de las Mercedes, en Bollullos par del Condado. En el campo del Apostolado de los medios de comunicación social sobresalen: la apertura de la Librería Welba, dirigida por las Misioneras Seculares, y la construcción de los nuevos estudios de Radio Popular de Huelva. En cuanto al Apostolado del mar está la intensificación de las actividades apostólicas, culturales y asistenciales del club Stella Maris. Además, es necesario referirse a los viajes a Dakar (a bordo del Sierra Espuña, del 22 de febrero al 9 de marzo de 1968) y a Terranova (del 17 al 28 de abril de 1969) para encontrarse con la gente del mar en los lugares en que faenaban.

Entre otras actividades y obras hay que señalar: la construcción de siete templos y cuatro casas parroquiales, y arreglo y reconstrucción de otros varios templos y otras varias casas; la erección de cuatro nuevas parroquias en Huelva capital, y once en el resto de la diócesis; la planificación parroquial de Huelva, en vistas a su expansión, con fijación de lugares y terrenos para 25 parroquias; la creación del presbiterio diocesano y el reajuste de la curia diocesana. También están la Visita familiar, primero, y la Visita Pastoral, después, a todos y cada uno de los pueblos, aldeas y caseríos de la diócesis.

El día 1 de julio de 1969 se hace público su nombramiento como arzobispo de Valencia. Huelva entera: capital y provincia, sacerdotes y fieles, autoridades y pueblo, sienten un inmenso dolor por la marcha de su obispo, que se había ganado el corazón de todos con su amor entrañable de padre y su generosa dedicación de pastor. En una carta, escribe a sus sacerdotes: No sabía cuánto quiero a Huelva, desde la capital floreciente a la más pequeña aldeíta. Todo mi sistema de gobierno pastoral lo sinteticé en esta palabra: amar. Y es el único resorte que he empleado en toda mi actuación. Mis defectos, fallos, imperfecciones han sido innumerables. Lo comprendo. Con paz ante el Señor acepto esta humillación. Pido perdón por el daño o perjuicio que esto haya podido causar… Pero lo que puedo afirmar con toda el alma, testigo es el Señor, es que he amado a todos mis sacerdotes y a cada uno en particular con verdadera pasión… Y como el amor, si no es perenne, nunca fue verdadero, seguirá amando a todos los venerables sacerdotes de esta querida Diócesis, ya que mi amor, al ser de Dios, por Dios, para Dios y en Dios, fue, es y será siempre verdadero. Tan sólo pido la correspondencia de un recuerdo ante el altar con esta súplica: “Buen Pastor, hazle tu pastor bueno”.

El 10 de julio de 1969 fue nombrado hijo adoptivo de Huelva y una semana más tarde, el 17, recibió la Medalla de Oro de la ciudad de Aracena.

En la ciudad del Turia

En su presentación a los fieles de Valencia dice: Hermanos: Amad a vuestro obispo. Con ello no haréis más que corresponder al inmenso amor que os tiene a todos y a cada uno vuestro obispo, que viene como padre para vivir con vosotros, y como pastor para morir por vosotros. Mi Reina y señora, Madre mía, Virgen de los Desamparados, ¡ampárame!

La Archidiócesis de Valencia se distingue por las dos facetas que caracterizan a su vez la espiritualidad de Mons. García Lahiguera: el culto a la Eucaristía, con su obligada referencia a la santificación de los sacerdotes que la hacen posible; y la acendrada devoción a la Virgen María. El primero se ve favorecido en Valencia por guardar en su catedral la preciada reliquia del Santo Grial, el Cáliz utilizado por Nuestro Señor en la Última Cena; y la segunda se exterioriza por el culto ancestral de los valencianos a su celestial Patrona, Nuestra Señora de los Desamparados.

Dos grandes acontecimientos tuvieron lugar en Valencia durante el pontificado de don José María y ambos corresponden exactamente con la doble característica de la piedad valenciana y de la espiritualidad del Pastor de la Diócesis. El primero de ellos fue el VIII Congreso Eucarístico Nacional. Durante su celebración numerosos nuevos sacerdotes de diversas diócesis españolas recibieron de manos de don José María García Lahiguera el Orden de los presbíteros. En la homilía, el Arzobispo dijo: No hay Eucaristía sin Sacerdocio, ni Sacerdocio sin Eucaristía. El otro fue la celebración del Cincuentenario de la Coronación canónica de la Virgen de los Desamparados.

Su alma sacerdotal, en los años posconciliares, sufrió lo indecible con la secularización de un elevado número de sacerdotes. El corazón del obispo de los sacerdotes estaba lacerado por abundantes espinas. Valoró toda la gravedad de este fenómeno, y lo penetró a fondo, pero siempre conducido por dos coordenadas: energía y caridad. Como solución propone algo que nunca falla: la vida interior intensa y el recurso a la Virgen. “Que la Virgen, en tu vida -dice a los que ordena cada año-, ocupe no un lugar, sino que ocupe tu vida”.

Toda su oración y vida entregada es por la santidad de los sacerdotes. Con nobleza y valentía dice al Nuncio de Su Santidad en España: Señor Nuncio: la Iglesia ha hecho muy bien en hacer lo que ha hecho y dar esta facilidad. Pero yo, que tengo mucha experiencia, de tantos años vividos en el sacerdocio, yo le digo, señor Nuncio, que muchos, muchos casos, sin estas normas de la Iglesia, no hubieran sido más que tentaciones, y hasta caídas y pecados gravísimos, si usted quiere, pero no se hubiera llegar a atacar al sacerdocio. Ahora, al dar facilidad… No tiene la culpa la Iglesia, que es madre y madre comprensiva, y por eso, precisamente, ha dado esta facilidad; pero el enemigo es el enemigo, y de esta facilidad ha sacado baza, y no presenta tentaciones: presenta problemas de vida. Ya no es cuestión de… una caída, y me confieso… Es cuestión de tomar postura en la vida, porque…

En los años de Valencia creó 58 nuevas parroquias: 22 en la capital y 36 en los pueblos. Ordenó a 276 nuevos sacerdotes seculares, y 75 religiosos. En 1973, para estar con los 25 sacerdotes de su Archidiócesis que trabajaban en Hispanoamérica, viajó al Nuevo Mundo. No fui a América -escribió- a hacer turismo, sino como padre y pastor; mejor aún, como amigo de los ministros del Señor allí destacados para evangelizar: conviví con ellos utilizando más de una vez sus habitaciones, que gustosamente me cedían; comí los guisos que a menudo ellos mismos preparaban; participé en sus actividades apostólicas; presidí reuniones de militantes y del pueblo fiel, un pueblo sencillo y cariñoso; concelebré casi diariamente con ellos la Santa Misa. Así los seis días de Miami, los diez de Morón (Argentina), y los veintitrés de Chile. El 12 de diciembre regresaba a Valencia, desde Santiago de Chile. Había terminado una de las experiencias pastorales más intensas y comprometidas de mi ya larga vida de obispo.

El 29 de octubre de 1975 don José María celebró sus Bodas de plata episcopales. Con este motivo recibió una preciosa carta de Pablo VI. En su contestación, el prelado valenciano escribe: la besé con unción, y de rodillas ante el Santísimo Sacramento, la he leído emocionado. Y con la fe que siempre embarga mi espíritu, he ratificado mi profundo amor, veneración y sumisión inquebrantable a Su Santidad, sentimientos que han sido ley en toda mi vida y en cuya fidelidad quiero morir.

El 27 de mayo de 1978 le fue aceptada por la Santa Sede la dimisión como arzobispo de Valencia que presentó al cumplir los 75 años de edad.

El final de una vida santa

Aún Dios le había de conceder once años más de vida. Retirado a la Casa-Madre de las Hermanas Oblatas de Cristo Sacerdote, sita en Madrid, se pasa largas horas dedicadas a la oración. Viaja periódicamente para visitar las distintas comunidades de la Congregación y para predicarles ejercicios espirituales. Además, en su domicilio recibe a muchos sacerdotes que acuden a él para tener dirección espiritual. Entre otras actividades, dar un retiro espiritual todos los meses para sacerdotes y dirige, también para sacerdotes, tandas de Ejercicios.

Desde su retiro podía echar una mirada hacia el pasado, casi un siglo de vida. Recordaría, él que fue padre conciliar, los años del Concilio Vaticano II y su intervención disertando sobre el esquema Del ministerio y vida de los presbíteros; la Santa Misión que predicó durante 15 días en febrero de 1965 en la catedral de Sevilla; la Dedicación del Convento de las Oblatas de Cristo Sacerdote de Huelva el 8 de septiembre de 1964, después de asistir a la Misa Solemne en el Santuario de la Cinta en honor de la Patrona de Huelva, como asimismo la del nuevo Santuario del Rocío en Almonte. Grato recuerdo para él sería la institución de la fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote por la que tanto se esforzó para que existiera.

También vendría a su memoria el trato que tuvo con personas santas como el obispo de Palencia Manuel González García; el fundador del Opus Dei Josemaría Escrivá; la carmelita Maravillas de Jesús, y otras muchas. Y más recientemente, ya al final de su larga vida, en su querida Valencia con el papa Juan Pablo II

Por último, cabe reseñar la devoción que tuvo siempre José María García Lahiguera a la Santísima Virgen María. En su testamento escribió: Doy gracias a mi Madre Inmaculada, Madre de la Iglesia, siempre Virgen María, Asunta a los cielos, Reina de mi corazón, Señora de mi vida, Dueña de todo mi ser, Madre de Cristo Sumo y Eterno Sacerdote, por haberme concedido para con Ella una tierna devoción mariana, filial, cariñosa, infantil, constitutivo característico de mi piedad. Consagrado a Ella desde mi nacimiento, de Ella como Mediadora Universal de todas las gracias espero confiadamente el perdón de mis pecados, la santidad de mi vida, mi perseverancia final y eterna salvación.

Falleció en Madrid el 14 de julio de 1989, dejando una estela de fama de santidad, y fue enterrado en la Capilla de la Casa-Madre de las Hermanas Oblatas de Cristo Sacerdote. El día 11 de octubre de 1995 fue abierto oficialmente en Madrid su proceso de beatificación y canonización. El 27 de junio de 2011 fue declarado Venerable al ser aprobado por Benedicto XVI el decreto de virtudes heroicas del Siervo de Dios.

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