Día 19 de julio

19 de julio

Hacia la eternidad

Si asumes el compromiso de tu vida, no pienses en la caducidad de lo terreno, sino en la dimensión de eternidad con que fuiste creado.

Un día tras otro. ¿Cuántos? No lo sé. Ya sabes que el tiempo no se detiene y que hay un siempre continuo, pero finito. Un siempre sumergido en el tiempo, cuya duración para ti coincide con tu vida: es tu tiempo. Un tiempo para merecer, compuesto de días -uno tras otro, contados-, pero no me preguntes cuántos.

El final de ese siempre, de tu tiempo, de tu vida, sólo se concretará en el momento de producirse. Pero ese final es el comienzo de otro siempre -no finito, no temporal, sino eterno-. Un siempre sin días, sin fin. Un siempre para siempre. Una eternidad.

Cuando la vida se rompa quedando en su lugar la muerte, empezará la eternidad sin fin. Una eternidad de gloria para todos aquellos hombres, frágiles y débiles, que a pesar de su fragilidad y debilidad, consiguieron una corona incorruptible, porque conocedores de la naturaleza humana, dañada por el pecado, buscaron la fortaleza y el poder de Dios para seguir los senderos del Señor.

Sus vidas -apasionadas, generosas- rindieron tributo al dolor, pero un dolor que les unió al dolor de Cristo crucificado. En el trabajo supieron santificarse -a pesar de oír voces rabiosas que hablaban de maldiciones, luchas de clases y alienaciones-, pues estaban convencidos de que para ellos el trabajo era oración. Y amaron al prójimo, porque vieron en él, con los ojos de la caridad, el rostro de Cristo.

Mas también hay una eternidad -distinta en cuanto a la recompensa, igual en cuanto a la duración- de castigo. Es la eternidad a la que se llega por la senda del pecado. Es el destino de los abominadores de Dios, de los fornicarios, de los ultrajadores, de los inventores de maldades, de los ladrones, de los adúlteros, de los avaros, de los maldicientes, de los blasfemos, de los afeminados, de los idólatras, de los ebrios, de los sodomitas, de los envidiosos, de los desleales, de los despiadados, de los rapaces, de los calumniadores, de los desamorados, de los soberbios, de los insensatos, de los orgullosos, de los chismosos, de los homicidas, de los injustos, de los fanfarrones, de los rebeldes a los padres, de los que conocieron a Dios pero no le glorificaron ni le dieron gloria.

*****

No huyas. Es imposible. El tiempo te lleva a la eternidad. Un día entrarás en el día sin horas de lo eterno. ¿Has visto, en una tarde triste de otoño, caer las hojas muertas? Así caen cada día las almas en la eternidad: un día, la hoja caída serás tú (San Josmería Escrivá, Camino, n. 736).

En este viaje de la vida -¿largo? ¿corto? No lo sé- siempre se llega a la estación término, de la cual no es posible el regreso. La estación se llama eternidad.

¿Cuántos se olvidan que se encuentran en un viaje a la eternidad? ¿Muchos? ¿Pocos? Yo te diría que es algo que nos ocurre con alguna frecuencia a todos. Vamos hacia la eternidad y nos entretenemos en buscar el modo de instalarnos en esta vida, como si de hubiera de durar eternamente.

Sí, tu vida -quieras o no quieras- llegarás a su fin, a la estación denominada eternidad. Una eternidad con dos puertas de entrada. Permíteme ahora que te ponga un acertijo, en el que también se habla de dos puertas.

Sir Charles Campbell ha sido hecho prisionero en China -es la época del Imperio- y, juzgado por espionaje, es condenado a muerte. Pero hay una posibilidad de salvar la vida. “Piénsalo bien, extranjero -dijo el Mandarín sentado en su trono de nácar-. En esta sala, como ves, hay dos puertas cerradas y guardadas por dos de mis soldados. Una de las puertas conduce directamente a un pozo lleno de serpientes venenosas. La otra da paso a un caballo, una bolsa de oro y su salvoconducto para abandonar mi reino. Para decidir qué puerta eliges, la de la muerte o la de la libertad, puedes hacer una sola pregunta a uno cualquiera de los dos soldados, pero ten en cuenta que uno de ellos siempre miente y el otro siempre dice la verdad”. ¿Qué pregunta tendrá que hacer Sir Charles Campbell para salvar la vida?

Complicado, ¿no? No te preocupes, si tienes un poco de paciencia y continúas leyendo estas líneas, más adelante encontrarás la respuesta.

Te decía que la eternidad tiene dos puertas de entrada. El mismo Cristo habla de ellas: Entrad por la puerta angosta, porque amplia es la puerta y ancho el camino que conduce a la perdición, y son muchos los que entran por ella. ¡Qué angosta es la puerta y estrecho el camino que conduce a la Vida, y qué pocos son los que la encuentran! (Mt 7, 13-14).

Para entrar por la puerta de la Vida -la angosta- no necesitas como Sir Charles Campbell acertar con una pregunta bien concreta. Sólo se requiere recorrer el camino de una vida cristiana generosa, sincera y recia. Camino ciertamente costoso, de ahí que Jesús lo califique de estrecho, pero su meta es la Vida o salvación eterna.

A la otra puerta -como ya se ha dicho- se llega por la senda del pecado, que es momentáneamente placentera y no se requiere esfuerzo. Atravesarla significa la perdición eterna.

¿Aún dudas? De nuevo te cito el Evangelio: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas, si no, os lo hubiera dicho, porque voy a prepararos un lugar, y cuando haya marchado y os haya preparado un lugar, de nuevo vendré y os llevaré junto a mí para que, donde yo estoy, estéis también vosotros; a donde Yo voy, sabéis el camino”. Tomás le dijo: “Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podremos saber el camino?” Le respondió Jesús: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie va al Padre sino por Mí” (Jn 14, 2-6).

Jesús es el camino hacia Dios Padre: por so doctrina, pues observando su enseñanza se llega al Cielo; por su ejemplo, ya que nadie puede ir al Padre sino imitando al Hijo; por sus méritos, con los que nos posibilita la entrada en la patria celestial. Yo soy el Camino. Cristo es la única senda que enlaza el Cielo con la tierra. Jesús es el camino. Él ha dejado sobre este mundo las huellas limpias de sus pasos, señales indelebles que ni el desgaste de los años ni la perfidia del enemigo han logrado borrar (San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 127).

Un camino lleno de verdad y de vida. Una verdad que libera al hombre –la verdad os hará libres (Jn 8, 32)-. Una vida que habla de eternidad –Tú tienes palabras de vida eterna (Jn 6, 68)-. Un camino que debes seguir.

¡Ah! La solución del acertijo. ¿No me digas que has estado pensando en él? Lo prometido es deuda, dicen en mi tierra.

La pregunta que hizo Sir Charles Campbell a uno cualquiera de los dos guardianes fue ésta: Si le preguntara a tu compañero cuál es la puerta de la libertad, ¿cuál de las dos puertas me indicaría? Si el soldado guardián al que se dirige es el dice la verdad, le responderá indicándole la puerta de las serpientes, porque ésa es la que habría señalado el soldado mentiroso. Si la pregunta se la hace al mentiroso, le indicará también la puerta de las serpientes. Así que Sir Charles Campbell, después de hacer su pregunta, salió por la puerta contraria a la que le indicaron.

*****

Ahora te toca a ti decidir. No vale dudas. ¿Qué decides? Mira que está en juego toda una felicidad eterna.

Por fin te has decidido por recorrer el camino estrecho que conduce al Cielo. Bien por haber hecho una buena elección. Y no olvides jamás -especialmente cuando te encuentres con esas dificultades que hacen el camino áspero- que al final de la vida terrena está la eternidad.

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