Día 20 de julio

20 de julio

Memoria libre de san Apolinar

San Apolinar, obispo, que, al mismo tiempo que propagaba entre los gentiles las insondables riquezas de Cristo, iba delante de sus ovejas como buen pastor, y es tradición que honró con su ilustre martirio a la iglesia de Classe, cerca de Rávena, en la vía Flaminia, en la Italia actual, donde pasó al banquete eterno el día veintitrés de julio. (c. s. II) (Martirologio Romano).

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Página evangélica

Tributo al César

En el Evangelio según san Mateo se narra un pasaje en el cual unos fariseos y herodianos tienden una trampa a Jesucristo. Situemos el hecho. El Maestro ha narrado la parábola del Rey que celebró con un gran banquete las bodas de su hijo. Con dolor, ha descrito las negativas que muchos de los invitados dan al anfitrión. Los miembros del Sanedrín se han sentido heridos porque en esos ingratos invitados se han visto reflejados. Entonces los fariseos se retiraron y tuvieron consejo para ver el modo de sorprenderlo en alguna declaración (Mt 22, 15).

Al leer los Santos Evangelios no pasa desapercibida la malicia con que los fariseos y los doctores de la Ley acogen la predicación de Cristo: preguntas capciosas y calumnias, fruto de la envidia, han corrido a lo largo y ancho de Palestina, como olas del lago en una noche de tempestad.

Los fariseos enviáronle discípulos suyos con herodianos para decirle: Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas de verdad el camino de Dios, sin darte cuidado de nadie, y que no tienes acepción de personas (Mt 22, 16). Lo primero que hay destacar en este versículo es la extraña alianza de los fariseos con los secuaces de Herodes. No deja de sorprender este contubernio entre personas tan opuestas entre sí: los fariseos, celosos defensores de la Ley de Moisés y de la independencia de Israel; los herodianos, partidarios de un tetrarca impío y disoluto, a quien los romanos sostenían en Galilea con la fuerza de sus legiones.

Fijémonos en el pasaje evangélico, imaginemos la escena. Después de haber decidido tender una trampa a Jesús, aquellos fariseos y herodianos se acercan al grupo donde Cristo está enseñando. En una pausa de la conversación, piden respetuosos la palabra. El Señor, con un ademán, les concede atención. Se ha hecho el silencio y, en tono comedido, casi obsequioso, habla el portavoz del grupo: Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas de verdad el camino de Dios…

Aquellos fariseos le llaman Maestro, pero no están dispuestos a aceptar su doctrina; reconocen que es veraz, pero ellos van con engaño para cazar a Cristo en alguna contradicción; saben que enseña de verdad el camino de Dios, pero ellos se empeñan por ir por otros derroteros. ¡Qué hipocresía tan grande! Se presentan como admiradores y amigos, y lo único que pretenden es retorcer las palabras de Jesús.

También le dicen a Cristo que enseña su doctrina sin darte cuidado de nadie, y que no tiene acepción de personas. Todo es verdad. Aunque dicho por sus enemigos -no les queda más remedio que reconocer la realidad- Cristo es la Verdad, el Camino que conduce al Padre, el único Maestro, que enseña con rectitud de intención, sin respetos humanos ni miedo al que dirán.

Después de haber alabado con hipocresía la imparcialidad del Señor, le hacen la pregunta: Dinos, pues, tu parecer: ¿Es lícito pagar tributo al César o no? (Mt 22,17). Al plantearle esta cuestión, lo que pretenden es encerrar a Cristo en un callejón sin salida. Diga lo que diga, tendrán de que acusarle.

Si responde que sí, que hay que pagar el tributo, quedará desacreditado a los ojos del pueblo, que se sentía herido en su orgullo nacional por la ocupación de su territorio por una nación extranjera y pagaba de mala gana el tributo al emperador romano. Si responde que no, podrán denunciarlo ante la autoridad civil como incitador a la rebeldía. Piensan que esta vez el Señor no tiene escapatoria, que no podrá librarse de la trampa que le han tendido.

Conociendo Jesús su malicia, respondió: ¿Por qué me tentáis, hipócritas? Enseñadme la moneda del tributo. Y ellos le mostraron un denario. Jesús les preguntó: ¿De quién es esta imagen y esta inscripción? Le respondieron: del César. Entonces les dijo: Dad, pues, al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios (Mt 22, 18-21).

La enseñanza del Señor es que no hay contraposición entre la lealtad a Dios y a la patria, entre ser un buen ciudadano y ser un buen cristiano. Aunque muchos sigan la actitud de los fariseos y herodianos, empeñados en ver oposición entre estos dos niveles de la vida del hombre en la tierra.

Al dilema planteado, el Señor da una respuesta clara e inequívoca: Dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Es decir, que es compatible el servicio a Dios y el servicio a los hombres; el ejercicio de nuestros deberes y derechos cívicos, y los religiosos; el empeño por construir y mejorar la ciudad temporal, y el convencimiento de que pasamos por este mundo como camino que nos lleva a la patria celeste.

Por tanto, el compromiso de servir al Señor y de instaurar su reinado en la tierra, no dispensa a los cristianos del fiel y sacrificado cumplimiento de los deberes cívicos, de las cargas sociales, del empeño para intervenir y mejorar la vida pública. Ser cristiano es perfectamente compatible con el cumplimiento de las leyes justas de la legítima autoridad. Es más, no sería un buen hijo de Dios quien desobedeciera estas leyes.

Triste engaño sería, y apartamiento del espíritu del Evangelio, negarse al cumplimiento de los derechos y deberes civiles, escudándose en falsos dictados de religión y piedad. San Pablo habló en una de sus epístolas de la obediencia a los poderes públicos: Todos han de estar sometidos a las autoridades superiores, pues no hay autoridad sino bajo Dios; y las que hay, por Dios han sido establecidas, de suerte que quien resiste a la autoridad, resiste a la disposición de Dios (Rm 13, 1-2).

San José y la Virgen María nos dieron ejemplo de cumplimiento de sus deberes cívicos al viajar de Nazaret a Belén para el empadronamiento ordenado por el emperador romano, que era la autoridad civil de Palestina. Y también, ejemplo de cumplimiento de sus obligaciones para con Dios, pues los vemos observar todo lo prescrito por la Ley de Moisés, entre otras cosas, la peregrinación anual a Jerusalén. Que ellos nos ayude a cumplir siempre con nuestra obligaciones religiosas y cívicas.

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