Día 23 de julio

23 de julio

Fiesta de santa Brígida

Fiesta de santa Brígida, religiosa, nacida en Suecia, que contrajo matrimonio con el noble Ulfo, de quien tuvo ocho hijos, a todos los cuales educó piadosamente, y consiguió al mismo tiempo, con sus consejos y su ejemplo, que su esposo llevase una vida de piedad. Muerto éste, peregrinó a muchos santuarios y dejó varios escritos, en los que habla de la necesidad de reforma, tanto de la cabeza como de los miembros de la Iglesia. Puestos los fundamentos de la Orden del Santísimo Salvador, en Roma pasó finalmente de este mundo al cielo. (1373) (Martirologio Romano).

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Semblanza

Una voz venida del Norte

El Jubileo del año 1350

Hacía casi medio siglo que el papa Bonifacio VIII, con motivo del año centenario 1300, proclamó con la bula Antiquorum habet fida relatio el primer Jubileo de la Iglesia Católica, cuando Clemente VI, tras algunas consultas, se decidió por la convocatoria de un nuevo Jubileo para el 1350. Aunque Bonifacio VIII había establecido que los años jubilares se celebrasen cada cien años, en su bula -la Unigenitus Dei Filius– Clemente VI justificaba su decisión de abreviar el intervalo de tiempo a cincuenta años con los argumentos de brevedad de la vida y de vuelta a la tradición jubilar bíblica, aducidos por Petrarca en una carta que había dirigido al Pontífice pidiendo un Jubileo para el año ecuador de la centuria.

En los cincuenta años transcurridos desde el inicio del siglo XIV en la vida de la Iglesia habían ocurrido varios acontecimientos trascendentales. En el 1303 tuvo lugar la afrenta de Anagni, infligida a Bonifacio VIII por Guillermo de Nogaret; en el 1309 el papa Clemente V fija su residencia en Aviñón, dando inicio a la estancia de los papas en aquella ciudad francesa; dos años después se inaugura el Concilio de Vienne, en el cual se suprime la Orden de los Templarios con la bula Vox in excelso; enfrentamiento entre el Pontificado y el Imperio en las personas de Juan XXII y Luis IV de Baviera; cisma en la Iglesia con el nombramiento del antipapa Nicolás V; la revolución romana capitaneada por Cola di Rienzo; en el 1349 hubo un fuerte terremoto en Roma, calificado de apocalíptico, que derrumbó algunas torres y dañó severamente a los principales monumentos de la ciudad, como la Basílica de San Pablo, que quedó totalmente desmantelada, y la de San Juan de Letrán, que perdió toda la techumbre.

El Jubileo de 1350 se celebró en Roma sin la presencia del papa. Clemente VI envió a dos legados a la Ciudad Eterna: el cardenal Guido de Boulogne, que en la noche de Navidad de 1349 presidió en la Basílica de San Pedro la apertura del Año Jubilar; y el cardenal Annibaldo de Ceccano. El Jubileo fue un éxito popular. Roma se llenó de peregrinos que llegaban de diversas naciones de Europa. Los romeros contemplaban atónitos el aspecto de abandono que presentaba Roma, agravado con el reciente seísmo, pero lamentaban especialmente la ausencia de su mejor tesoro, el Papa. Con entusiasmo y verdadera piedad los fieles se acercaban en masa a venerar la Santa Faz o paño de la Verónica que, por disposición de Clemente VI y en atención al Jubileo, era mostrada con inusual frecuencia.

A Roma llegaban riadas de peregrinos anónimos, pero también otros conocidos como Pertrarca, que vino a la Ciudad Eterna con el único fin, como él escribió en diversas cartas, de aprovecharse espiritualmente, visitando las sagradas basílicas con verdadera contrición y con íntima piedad. También se registró la presencia del rey Luis I de Hungría; y, según parece, la de Cola de Rienzo, entonces desterrado, que entró en Roma de incógnito; pero sobre todo, la de santa Brígida de Suecia, tenaz partidaria del regreso de los papas a Roma y autora de duras y reiteradas requisitorias enviadas a los papas de Aviñón.

Esposa y madre ejemplar

Santa Brígida es la más célebre figura del santoral escandinavo. Es conocida especialmente como mística y fundadora de la Orden del Santísimo Salvador, pero también fue un magnífico ejemplo de esposa y de madre.

Brígida Birgersdatter nació en junio de 1303, en el castillo de Finsta, en la región del sudeste de Upsala. Descendiente de una noble familia sueca, de sangre real, sus padres -Birger Persson, gobernador de Uppland, y Sigrid (Ingerborg)- la educaron esmeradamente.

Vivió la primera parte de su vida como una laica felizmente casada con un cristiano piadoso, pues en septiembre de 1316 se desposó con el príncipe Ulf Gudmarsson. El matrimonio, verdaderamente ejemplar, tuvo ocho hijos: Karl, Birger, Bengt, Gudmar, Märta, Karin (Santa Catalina de Suecia), Ingeborg y Cecilia. Tanto Ulf como Brígida eran terciarios franciscanos y sumamente piadosos, caritativos, ascetas, incluso durante su estancia en la corte del rey Magnus II. Ambos esposos, sin dejarse seducir por las condiciones de bienestar de su clase social, vivieron -totalmente entregados a la vida de piedad- una experiencia de matrimonio en la que el amor conyugal se conjugaba con la oración intensa, el estudio de la Sagrada Escritura, la mortificación y la caridad. Juntos fundaron un pequeño hospital, donde asistían frecuentemente a los enfermos. Brígida, además, solía servir a los pobres.

Al mismo tiempo, Brígida fue apreciada por sus dotes pedagógicas, que tuvo ocasión de desarrollar durante el tiempo en que se solicitaron sus servicios en la Corte de Estocolmo. Esta experiencia hizo madurar los consejos que daría en diversas ocasiones a príncipes y soberanos para el correcto desempeño de sus tareas. Pero los primeros en beneficiarse de ello fueron, como es obvio, sus hijos, y no es casualidad que una de sus hijas, Catalina, sea venerada como santa (San Juan Pablo II, Carta Apostólica Spes aedificandi).

Este período de su vida familiar fue sólo una primera etapa. En 1341, un acontecimiento marcó espiritualmente la vida de Brígida. Con su esposo Ulf emprende el camino de Compostela para venerar la tumba del Apóstol Santiago. Esta peregrinación cerró simbólicamente esta fase, preparando a Brígida para su nueva vida, que comenzó pocos años después.

Mística y fundadora

A su regreso de Compostela, Ulf entró en el monasterio de la Orden del Císter de Alvastra, donde en el año 1344 muere. Brígida permaneció dos años retirada en un edificio contiguo al monasterio, haciendo una vida consagrada a Dios. Tras la muerte de su esposo, oyó la voz de Cristo que le confiaba una nueva misión, guiándola paso a paso con una serie de gracias místicas extraordinarias. Era el comienzo de una nueva etapa en su vida espiritual, en la que fueron frecuentes fenómenos místicos: revelaciones, visiones, profecías, desposorio con Cristo. Sus directores espirituales, el Maestro Matías, canónigo de Linköping, y después, Pedro Olafsson y el monje cisterciense Pedro, superior del monasterio de Alvastra, se encargaron de transcribir y traducir al latín las revelaciones y profecías. En una de estas visiones, el Señor le revela el texto de la Regla de la nueva Orden que debe fundar: sus monasterios serán dobles, hombres y mujeres, y gobernados por una abadesa en representación de la Santísima Virgen. En cada uno habrá 13 sacerdotes y un total de 85 miembros, en memoria de los 13 apóstoles (incluido San Pablo) y de los 72 discípulos. Su fin es expiar por los pecados y contemplar la Pasión de Cristo. El primer monasterio se fundó en Vadstena.

En Roma

Con motivo del Jubileo del 1350 y cumpliendo un mandato del Señor, Brígida, acompañada de sus hijos y de una pequeña comitiva, deja Suecia en 1349 y peregrina desde Vadstena a Roma. Era la primera vez que se acercaba a las murallas de la Ciudad Eterna y mucha el ansia que tenía de ver Roma. En una revelación se le había hablado de calles enlosadas de oro y de canales con sangre de mártires. Pero la impresión que le causó fue pésima. Al contemplar aquella población de unos 20.000 habitantes que hormigueaban en callejuelas míseras junto al río y al pie de ruinosos monumentos, exclamó decepcionada a la vez que dirigía la mirada a su director espiritual: Maestro Pedro, ¿ésta es Roma? Y sin embargo, en Roma, sede del Sucesor de San Pedro, permanecería el resto de su vida, saliendo solamente para sus peregrinaciones.

El traslado a Italia fue una etapa decisiva para ampliar los horizontes, no sólo geográficos y culturales, sino sobre todo espirituales de su mente y su corazón. Muchos lugares de Italia la vieron, aún peregrina, deseosa de venerar las reliquias de los santos. De este modo visitó Milán, Pavía, Asís, Ortona, Bari, Benevento, Pozzuoli, Nápoles, Salerno, Amalfi o el santuario de San Miguel Arcángel en el monte Gargano. La última peregrinación, realizada entre 1371 y 1372, la llevó a cruzar el Mediterráneo, en dirección a Tierra Santa, lo que le permitió abrazar espiritualmente, además de tantos lugares sagrados de la Europa católica, las fuentes mismas del cristianismo en los lugares santificados por la vida y la muerte del Redentor (San Juan Pablo II, Carta Apostólica Spes aedificandi).

Una voz nórdica

Con la denominada cautividad babilónica de los papas en Aviñón el prestigio del Papado se desacreditó por el hecho justamente de que no se trataba de ninguna verdadera cautividad. La dependencia respecto de Francia -en parte justifica el apelativo de capellanes del Rey de Francia con que algunos historiadores nombran peyorativamente a los papas de Aviñón-, el nepotismo desmesurado y, sobre todo, las vergonzosas transacciones financieras de la Curia en Aviñón, hicieron que se alzaran cada vez más fuertes el clamor -la voz del pueblo cristiano- que pedía una reforma de la Iglesia, en su cabeza y en sus miembros, y el retorno del Papa a Roma.

El clamor era más ruidoso en Italia, donde Petrarca escribió páginas enteras de encendida pasión contra la Babilonia del Ródano. Pero, además de la pluma de este príncipe de los humanistas estaba la voz una hija del tintorero de Siena, llamada Catalina. Y otra voz se dejó oír en Italia, aunque no italiana, sino de Suecia: la de Santa Brígida. La voz nórdica que en Roma resonaba no lo hacía en nombre de una nación, como era el caso de Petrarca en el que no todo era celo cristiano y anhelo de reforma, sino también resentimiento nacionalista por el abandono en que yacía Roma. Brígida hablaba en nombre del mismo Cristo y de la Virgen Santísima. Otra voz semejante que se decía sobrenatural procedía de España. Era la de fray Pedro de Aragón, que en 1365 se le reveló que para remediar los males de la Iglesia debía el Papa regresar a su sede de Roma y que él mismo debía comunicar este mensaje divino.

Ven enseguida a Italia… -decía Brígida a Clemente VI-. Levántate pues antes de que venga tu última hora que ya se aproxima. Pero el Papa que había elegido el nombre de Clemente para indicar que se había desposado con la clemencia hizo oídos sordos a la súplica de la santa escandinava. Mayores esperanzas puso ésta en Inocencio VI y en Urbano V. En 1363 durante una audiencia concedida por Urbano V a los embajadores romanos el Papa manifestó su ardiente deseo de volver a Roma, aunque hizo notar que las dificultades eran ingentes. Dos años después Urbano V recibió en Aviñón la visita del emperador Carlos IV al que comunicó su decisión de emprender el viaje hacia la ciudad del Tíber. Y el 30 de abril de 1367 el papa Urbano V salió de Aviñón hacia Marsella para embarcarse camino de Italia y de Roma.

Antes de emprender el viaje Urbano V enumeró los motivos que le impulsaban a ir a Roma: el precepto divino; la ubicación de la Ciudad Eterna, que es el centro del mundo y está dispuesta ad modum orbis; el carácter santo de la Urbe, consagrada con los cuerpos de San Pedro y San Pablo y con la sangre de tantos mártires; el matrimonio espiritual existente entre el Papa y Roma; el ejemplo de tantos pontífices; la revelación de Dios. En este último motivo aludiría probablemente a las revelaciones de Santa Brígida y de fray Pedro de Aragón.

En medio de un júbilo indescriptible fue recibido Urbano V en la Ciudad Eterna el 16 de octubre de 1367. Todo el pueblo lo aclamaba. Allí estaba Brígida, satisfecha de ver cumplidos sus anhelos. Pero al cabo de tres años el Papa decidió dejar la miseria del Tíber para volver a las delicias del Ródano. ¿Motivo? Habiéndose reanudado la guerra entre Inglaterra y Francia, era preciso ir Aviñón para lograr la paz. Mas no convenció a nadie. Para todos, lo que movía al Papa a volver sobre sus pasos no era el amor a la paz sino su amor a su patria. Al enterarse de la decisión pontificia, Brígida le escribió las palabras que le habían sido reveladas: Habla la Madre de Dios: Ya volvió la espalda a mí y no el rostro, y se propuso alejarse de mí, y ser arrastrado con engaño por el espíritu maligno, pues tiene hastío a la tarea divina, y elige su conveniencia corporal. Igualmente el diablo le arrastró consigo con placer mundano, pues no hay en la tierra para él más deseable que su patria y el modo de vivir mundano. Del mismo modo fue arrastrado por los consejos de los amigos de la carne.

Estando en Montefiascone, Urbano V se despide de los romanos con una carta para que les sirviera de consuelo. Vanos fueron los intentos de Petrarca y fray Pedro de Aragón para que se volviera atrás en su decisión; en vano Brígida le amenazó en nombre de Dios. Ésta, venerada en toda la cristiandad, creyó recibir del Cielo un terrible mensaje para el Papa, y se lo comunicó a su confesor, Alfonso de Jaén, a fin de que éste lo transmitiera al Papa. El confesor no se atrevió a hacer de intermediario; tampoco el cardenal Pedro Roger de Beaufort. Y fue la misma vidente quien se presentó en Montefiascone para decirle a Urbano V que, si volvía a Aviñón, Dios le heriría de muerte.

Haciendo caso omiso de tal advertencia, Urbano V partió para Francia. El 13 de septiembre 1370 llegó a Marsella y once días más tarde entraba en Aviñón, pero unas semanas antes, el 5 de agosto había concedido la Bula de aprobación de la Orden del Santísimo Salvador, fundada por Brígida. Tres meses después de su llegada a la ciudad bañada por el Ródano, el 19 de diciembre, según le había profetizado Brígida de Suecia, entregaba su alma a Dios.

Últimos años

Pedro Roger de Beaufort fue el elegido para suceder a Urbano V. El nuevo Pontífice -Gregrorio XI- era un hombre joven, de temperamento sensible y piadoso, que al ver cumplida la profecía de Brígida se impresionó. Al poco tiempo de ser elegido, el cardenal Latino Orsini le comunicó una nueva profecía de aquella mujer venida del Norte. En una visión, la Virgen María le había mandado decir a Gregorio XI: Yo, que engendré al verdadero Hijo de Dios, Jesucristo, tengo unas cosas que anunciar al papa Gregorio. Seré madre de misericordia para con él si persiste en su propósito de venir a Italia y a Roma; lo sustentaré con la dulce leche de mi oración si obedece a la voluntad de Dios, que es que traslade humildemente su sede a Roma. Y, para que no excuse con la ignorancia, yo le aviso que, si no obedeciere, sentirá la vara de la justicia, es decir, la indignación de mi Hijo, pues se le abreviará la vida y se será llamado al juicio de Dios, sin que la ciencia de los médicos ni los aires natales de su patria le sean de provecho.

Gregorio XI, conmovido, pidió a la vidente escandinava una explicación. Un mensajero de Brígida, Nicolás Orsini, conde de Nola, le llevó la respuesta. Ésta era el contenido de una nueva visión con un mensaje más áspero: Yo le avisé al papa Gregorio que debía trasladar su sede a Roma; pero el diablo y algunos consejeros le han persuadido a quedarse en donde está, y esto por amor carnal a sus parientes y amigos y por mundana delectación y consolación. Y, puesto que desea ser más plenamente certificado de la voluntad de Dios, oiga lo siguiente: Si quiere tenerme por madre -habla María Santísima-, debe tornar a Roma inmediatamente, sin dilación alguna y con rapidez, de modo que en marzo, o lo más tarde a principios de abril (1371), tiene que estar personalmente en la Urbe o al menos en Italia. Y, si en esto no obedece, sepa que nunca jamás volverá a gozar de mis palabras ni de otra visitación y consolación mía. Sepa también que la paz de Francia nunca será plenamente segura, firme y tranquila hasta que ese pueblo aplaque la indignación de Dios con grandes obras de piedad y humildad; el empeño de enviar a Tierra Santa las compañías de soldados mercenarios no agrada a mi Hijo.

El Papa oía con humildad tan enérgicas reprensiones de labios de una mujer que decía recibir revelaciones de Dios, las cuales, al ser privadas, nadie estaba obligado a creer. Podían ser verdaderas, comunicadas por Dios a una santa, o bien, pura fantasía producida en la imaginación de una ilusa.

Desde que llegó a Roma para el Jubileo del 1350, Brígida residía en Roma, en una casa del campo Marcio, dedicada a obras de piedad y de misericordia. Estancia que sólo interrumpía con peregrinaciones. En 1372 peregrinó a Tierra Santa, su última peregrinación. A su regreso, estando en Nápoles en febrero de 1373, tuvo otra visión, en la que oyó palabras de Cristo dirigidas a su Vicario en la tierra. Eran palabras fuertes, pero el Papa, al conocer el mensaje, lejos de irritarse pidió a Brígida una señal. No hubo ninguna señal, sino que una vez más la santa le comunicó el contenido de la última visión, en la cual sólo había unos consejos, algunas palabras consoladoras y el deseo perentorio de Cristo de que Gregorio XI estuviera en Roma en el otoño de 1373.

Aquejada de una enfermedad que contrajo en su viaje a los Santos Lugares, el 23 de julio de 1373 moría en Roma Brígida de Suecia. Poco después, dos de sus hijos, Birger y Karin obtuvieron permiso para llevar el cuerpo de su madre al primer monasterio de la Orden fundada por ella, el de Vadstena. Fue canonizada el 7 de octubre de 1391, en plena época del Cisma de Occidente por el Papa de la Obediencia de Roma, Bonifacio IX. Recuperada la unidad de la Iglesia, Martín V confirmó su canonización el 1 de julio de 1419. Su fiesta se celebra el 23 de julio.

Legado espiritual

Sus obras fueron recopiladas por su confidente Alfonso de Vadaterra, antiguo obispo de Jaén. Son ocho libros de Revelationes, otro de Extravagantes, la Regula Sancti Salvatoris, Sermo Angelicus de excellentia B. Mariae Virginis y cuatro Orationes. Todas ellas han sido objeto de enconada polémica. Atacada ya en vida de Brígida, volvieron a serlo en el Concilio de Constanza y en el de Basilea. En ellas hay no pocos errores históricos, fórmulas ambiguas en materia teológica y expresiones de poco gusto literario. Su verdadero valor está en el terreno de la mística. Su mensaje reformador tuvo eco en el mundo de su tiempo.

Brígida se hizo partícipe de la construcción de la comunidad eclesial con el sentido profundo del misterio de Cristo y de la Iglesia, en un momento crítico de su historia -escribió san Juan Pablo II-. En efecto, la íntima unión con Cristo fue acompañada de especiales carismas de revelación, que hicieron de ella un punto de referencia para muchas personas de la Iglesia de su tiempo. En Brígida se observa la fuerza de la profecía. A veces, su tono parece un eco del de los antiguos profetas. Habla con seguridad a príncipes y pontífices, desvelando los designios de Dios sobre los acontecimientos históricos. No escatima severas amonestaciones, también en lo referente a la reforma moral del pueblo cristiano y del clero mismo. Algunos aspectos de su extraordinaria producción mística suscitaron en aquel tiempo dudas razonables, sobre las que se realizó un discernimiento eclesial, remitiéndose a la única revelación pública, que tiene su plenitud en Cristo y su expresión normativa en la Sagrada Escritura. En efecto, tampoco las experiencias de los grandes santos están exentas de los límites inherentes a la recepción humana de la voz de Dios (Carta Apostólica Spes aedificandi).

En el mismo documento, añadía el citado Papa: No hay duda, sin embargo, de que al reconocer la santidad de Brígida de Suecia, la Iglesia, aunque no se pronuncia sobre cada una de las revelaciones que tuvo, ha acogido la autenticidad global de su experiencia interior. Aparece así como un testimonio significativo del lugar que puede tener en la Iglesia el carisma vivido en plena docilidad al Espíritu de Dios y en total conformidad con las exigencias de la comunión eclesial. Por eso, al haberse separado de la comunión plena con la sede de Roma las tierras escandinavas, patria de Brígida, durante las tristes vicisitudes del siglo XVI, la figura de la santa sueca representa un precioso “vínculo” ecuménico, reforzado también por el compromiso en este sentido llevado a cabo por su Orden (Carta Apostólica Spes aedificandi).

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Efemérides

El 23 de julio de 1934 falleció en San Sebastián (España) la beata Margarita María López de Maturana, fundadora de las Mercedarias de Bérriz.

Beata Margarita María López de Maturana

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Semblanza

Fundadora y Misionera

Dos hermanas gemelas

El 25 de julio de 1884, en el seno de una familia cristiana, nacieron en Bilbao dos gemelas, Leonor y Pilar. Al día siguiente recibieron las aguas bautismalesen la iglesia de San Antón. Ambas hermanas crecieron unidas por un amor entrañable y una comunicación sincera. Y las dos abrazaron la vida religiosa. Leonor ingresó en la Congregación de las Carmelitas de la Caridad, fundada por santa Joaquina de Vedruna; y Pilar, en el monasterio de la Vera Cruz de las mercedarias de Bérriz (Vizcaya).

Nuevos horizontes

Pilar, como es costumbre en los monasterios de clausura, al tomar el hábito el 10 de agosto de 1903, cambió su nombre: adoptó el de Margarita María. Y desde el primer momento se entregó a Dios con una fidelidad total en su vida de monja de clausura. Dos son las características que la distinguían: su dedicación a la oración y su caridad exquisita.

En la oración, en su intimidad con el Señor, vio cómo su vocación de mercedaria de redención de cautivos se fue ampliando a nuevos horizontes. Su deseo de hacer llegar al mundo entero la dicha de la comunicación con Dios y del amor a Jesucristo fue haciéndose cada vez mayor. Yo no deseo más que darle a conocer a los que me ha encomendado, que son el mundo entero, escribió el 5 de mayo de 1912. El año siguiente, en una carta a su hermana Leonor, destinada a Argentina, le decía: Tú ya sabes lo aficionada que soy a viajar por todo el mundo, en espíritu, pidiendo para los misioneros ánimo esforzado, celo fervoroso y demás. Si vieras cuánto me gusta acompañar con mis pequeñas obras y sacrificios a los misioneros que trabajan lejos de aquí…

En 1919, en fechas distintas, dos misioneros visitaron el colegio anejo al monasterio: el 18 de enero, un carmelita destinado a la India; y el 13 de septiembre, un jesuita que se iba a China. Ambos enardecieron el espíritu misionero, no sólo a la comunidad de Mercedarias, sino también de las alumnas.. Margarita María lo recordaba años más tarde con estas palabras: Hay momentos en la vida de una especial trascendencia, cuando el Señor nos va señalando el camino… Ese momento culminante para Bérriz fue aquél en que, poniéndonos delante el ejemplo de estos misioneros, se levantó ante nosotras la imagen del pueblo que no conoce a Cristo, diciéndonos: ven a nosotros, ven a socorrernos.

Fundaciones

En 1920, fundó una asociación con el nombre de Juventud Mercedaria Misionera de Bérriz. Y en 1924 cuajaron los propósitos misioneros de las religiosas. Presentaron al padre general de los Mercedarios su proyecto de convertirse en misioneras activas. El Papa Pío XI dio su beneplácito, y el 19 de septiembre de 1926 salió la primera expedición misionera a Wuhu (China). En abril de 1927, Margarita María fue elegida comendadora del convento de Bérriz. Ese mismo año fundó la revista Ángeles de las Misiones, para la difusión de la conciencia misionera.

Un año después del primer envío de misioneras, mandó una nueva expedición a Ponapé (Islas Carolinas). En agosto de 1929 salía ella misma rumbo a Oriente con un grupo de religiosas. Además de visitar a las misioneras de Wuhu, hizo dos nuevas fundaciones. Volvió a Europa por Estados Unidos. En menos de cuatro años había creado cuatro centros de misión: en Wuhu (China), con colegio, dispensario y formación de vírgenes indígenas; en Tokio (Japón), con colegio de enseñanza secundaria; en Saipán (Islas Marianas), con escuela, catequesis y cooperación parroquial; y en Ponapé (Islas Carolinas), con internado indígena, catequesis, cooperación parroquial y dispensario.

Instituto misionero

Al volver a Bérriz, el convento se hallaba en el dilema de constituirse en instituto misionero o volver a la vida de clausura. La transformación en instituto misionero tuvo lugar en 1931, por petición de las 94 monjas, sellada con un sí unánime en votación secreta, como lo exigió la Santa Sede. En 1933, Margarita María fue recibida por Pío XI, que animó a la comunidad en su vocación misionera.

Un año después, Margarita María falleció en San Sebastián, el 23 de julio de 1934. Está enterrada en el monasterio de las Mercedarias Misioneras de Bérriz (Vizcaya).

Beatificación

Su proceso de beatificación se abrió en 1943. En 1987, el beato Juan Pablo II firmó el decreto de heroicidad de virtudes. El 28 de abril de 2006, Benedicto XVI firmó el decreto en el que se reconoce un milagro atribuido a la intercesión de la venerable Margarita María López de Maturana y Ortiz de Zárate. El 17 de mayo se comunicaba al obispo de Bilbao, Mons. Ricardo Blázquez, la concesión hecha por el Papa para que la ceremonia de su beatificación tuviera lugar en la Catedral de Bilbao el domingo 22 de octubre, Jornada mundial por la evangelización de los pueblos. Y así, en tal fecha, por primera vez en España tuvo lugar la celebración de una beatificación delegada por el Papa.

El cardenal José Saraiva Martins, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, fue la persona delegada por Benedicto XVI para declarar beata a Margarita María.

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